MEDELLÍN, COLOMBIA, SURAMERICA No. 328 ENERO DEL AÑO 2026 ISNN 0124-4388
El sector de la salud en Colombia se enfrenta a un nuevo conjunto de normas al comenzar 2026. Aunque estas son técnicamente coherentes y buscan atender necesidades operativas del sistema, evidencian una preocupación fundamental: el sector sigue siendo regulado con mayor intensidad sin resolver sus problemas estructurales. La declaratoria de emergencia económica y social, la ampliación de las obligaciones de reporte en MIPRES, el nuevo Manual Tarifario del SOAT y la actualización de la CUPS configuran un escenario en el que el manejo y el control de la crisis parecen imponerse sobre una transformación efectiva del modelo.
Un buen ejemplo de esta lógica es la Clasificación Única de Procedimientos en Salud (CUPS 2026). Su actualización era necesaria: elimina códigos obsoletos, mejora la precisión técnica y fortalece la estandarización del lenguaje clínico y administrativo. Sin embargo, la pregunta de fondo sigue sin respuesta: ¿de qué vale un sistema mejor codificado si los pacientes continúan enfrentando barreras de acceso, demoras en la atención y escasez de servicios especializados? La CUPS ordena el registro, pero no amplía la oferta ni reduce las listas de espera. Es un avance técnico que, por sí solo, no garantiza de manera automática el derecho a la salud.
La Circular Externa 047 de 2025, que actualiza el Manual Tarifario del SOAT para 2026, se fundamenta en la Unidad de Valor Básico (UVB). El ajuste es consistente desde el punto de vista económico y busca mantener las tarifas alineadas con la inflación y los costos operativos del sector.
La Unidad de Pago por Capitación (UPC), principal fuente de financiación del sistema de salud, se actualiza bajo un ciclo anual que va de octubre a octubre, lo que genera un desfase temporal frente a otros ajustes económicos, como el incremento del salario mínimo que rige desde enero. Esta asincronía incide directamente en la sostenibilidad financiera de EPS e IPS, al obligarlas a asumir mayores costos laborales durante varios meses sin un reconocimiento inmediato en la UPC.
En este contexto, el Manual Tarifario SOAT 2026, indexado a la Unidad de Valor Básico (UVB), se enmarca en la política de desindexación adoptada por el Gobierno nacional, que reemplaza valores monetarios fijos por una unidad técnica ajustada anualmente. La UVB se actualiza con base en la variación del Índice de Precios al Consumidor (IPC) sin alimentos ni regulados, certificado por el DANE, lo que busca reflejar de manera más precisa la evolución real de los costos. No obstante, el problema histórico del SOAT no ha sido únicamente tarifario, sino financiero: pagos tardíos, glosas persistentes y una cartera que asfixia a las IPS, especialmente a aquellas que sostienen la atención de urgencias. Sin resolver el flujo real de los recursos, la actualización tarifaria corre el riesgo de quedarse en el plano contable, sin un impacto efectivo en la sostenibilidad de los prestadores.
El incremento del salario mínimo para 2026 introduce una presión adicional que el marco normativo no termina de absorber. En un sistema de salud intensivo en talento humano y con operación permanente, el aumento de los costos laborales es inmediato, mientras que los mecanismos de financiación avanzan a otro ritmo y bajo otras lógicas. Esta desconexión refuerza la sensación de que el sistema se sigue regulando por partes, sin una visión integral de sostenibilidad.
La discusión sobre el salario mínimo también revela una debilidad recurrente en la gestión del sistema: la falta de sincronía entre las decisiones de política pública. Mientras el ajuste salarial responde a criterios sociales y macroeconómicos, su impacto en sectores como la salud no es acompañado de medidas compensatorias equivalentes en tarifas, UPC o flujo de recursos. En la práctica, esto obliga a hospitales y clínicas a absorber mayores costos en un contexto de liquidez frágil, convirtiendo una decisión legítima en un nuevo factor de riesgo para la continuidad y la calidad de los servicios.
La Circular Externa 044 de 2025, que exige el reporte por MIPRES de los medicamentos financiados con UPC prescritos en el ámbito ambulatorio, refuerza otra tendencia preocupante: la expansión constante de los mecanismos de control. Bajo el discurso de la trazabilidad y la transparencia, se suma una nueva carga administrativa a EPS, IPS y al talento humano en salud, que ya opera en un entorno saturado de reportes, plataformas y exigencias operativas. El resultado es un sistema que vigila más, pero que no necesariamente gestiona mejor. La desconfianza institucional se profundiza y el tiempo clínico continúa desplazándose hacia tareas administrativas.
Este panorama técnico se ve atravesado por una decisión política: el Decreto 1390 de 2025, mediante el cual el Gobierno declaró el Estado de Emergencia Económica y Social. El decreto anticipa —sin detallar tasas ni bases— que las medidas para obtener ingresos se desarrollarán, entre otras vías, a través de impuestos directos e indirectos a personas naturales y jurídicas con mayor capacidad contributiva, así como de tributos orientados a corregir externalidades negativas en asuntos ambientales y de salud pública.
La relevancia de este punto radica en que los decretos legislativos suelen tener tiempos de expedición y puesta en marcha más cortos que una ley ordinaria y, además, implican riesgos jurídicos significativos: cada medida deberá superar el control posterior de constitucionalidad en aspectos como conexidad, necesidad, proporcionalidad y respeto por las competencias del Congreso. Aunque su alcance es transversal, sus efectos sobre el sector salud son directos. La emergencia habilita al Ejecutivo para reorganizar recursos y expedir normas con fuerza de ley, lo que reabre un debate incómodo: la excepcionalidad empieza a consolidarse como una forma recurrente de administrar el sector.
La salud no puede planearse ni sostenerse bajo reglas provisionales que se prolongan en el tiempo. Cuando las decisiones estructurales se adoptan de manera reiterada al amparo de la emergencia, se debilita el debate democrático, se incrementa la incertidumbre jurídica y se refuerza la percepción de un sistema que funciona a punta de ajustes coyunturales, más que de reformas estructurales consensuadas.
En conjunto, las normas que entran a regir en 2026 muestran un sistema altamente normado, técnicamente sofisticado y políticamente tensionado, pero todavía lejos de resolver sus fallas de fondo. Hay más control, más codificación y más reportes, pero no necesariamente más acceso, más oportunidad ni mayor confianza ciudadana.
El riesgo es claro: seguir administrando la crisis sin transformarla. Mientras el debate estructural sobre la sostenibilidad financiera, el modelo de aseguramiento y la gobernanza del sistema continúe aplazado o fragmentado, el sector de la salud seguirá acumulando normas, pero no soluciones. Y en salud, regular no siempre equivale a garantizar.
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