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El título de este artículo es tomado del editorial
de El Tiempo, 26 de octubre de 2008, editorial que hace un
análisis de errores médicos, ilustrado con impresionantes
ejemplos. El editorialista hace un somero recuento de las
posibles causas de esos errores, con énfasis en la
mala práctica, en la formación
dudosa de los médicos, en un sistema de
salud que alteró la esencia del acto médico;
los bajos ingresos y la pérdida de autonomía
frente al manejo de los pacientes, así como la atención
apresurada de los enfermos bajo un esquema mercantilista
y recalca sobre la necesidad de que los profesionales de la
medicina no se escuden en las situaciones adversas -los "eventos
adversos"- en el ejercicio de su misión, como
excusa a su falta de responsabilidad.
Es, sin duda, un análisis relativamente completo, pero,
como en muchos otros presentados en los medios de comunicación
de masas, el énfasis recae sobre la conducta del médico
y poco o nada sobre las situaciones en las que éste
tiene actualmente que desempeñar su misión a
causa de la Ley 100 de 1993, ley perversa desde su origen,
pues tras el seductor ideal de salud igualitaria para todos
los colombianos -lo que no se logró-, hizo de la medicina
un ejercicio comercial, con todos los vicios del mercantilismo,
en el cual unas cuantas instituciones creadas por la misma
Ley -EPS, IPS- trafican con la vida, con la salud, con la
integridad de seres humanos y, luego, hacen recaer la responsabilidad
en los médicos, cuya libertad de acción honesta
ha sido conculcada en beneficio de las rentas monetarias de
dichas instituciones.
La salud no puede ser un bien de consumo ya que hace parte
esencial de la existencia y es el cuidado de ésta,
de la existencia, lo que confiamos al médico cuando
acudimos a la consulta. La misión fundamental del médico,
aunque parezca paradójico, no es el cuidado de la salud
sino el de la vida del paciente, y esta vida es la que se
mercantiliza en las instituciones creadas por la Ley 100.
En otras palabras, se negocia con vidas humanas al amparo
de una ley, en una nación cuya Constitución
vigente, la de 1991, proclama en el artículo 17: Se
prohíben la esclavitud, la servidumbre y la trata de
seres humanos en todas sus formas.
«Ser médico es diferente de saber medicina».
Ser médico implica una actitud, una vocación
de servicio a la persona humana, manifiesta Félix Martí
Ibáñez. La salud por sí misma carece
de sentido, pues nadie desea estar sano por el placer de estar
sano, como bien lo expresa Siebeck, citado por Laín
Entralgo: «No hay salud cumplida sin una respuesta satisfactoria
a la pregunta: Salud, ¿para qué? No vivimos
para estar sanos sino que estamos y queremos estar sanos para
vivir y obrar».
« [...] La labor del médico, su privilegio es
ayudar a una persona; malgasta mucho de su oportunidad cuando
limita su atención a la enfermedad de su paciente»,
nos enseña James Roswell Gallagher, el creador de la
medicina del adolescente, y Laín Entralgo proclama:
«La relación entre el médico y el paciente
no puede ser satisfactoria si no tiene su término en
el paciente mismo
no en la sociedad, ni en el Estado,
ni en el buen orden de la naturaleza, sino en el bien personal
del sujeto a quien se diagnostica y trata, y por lo tanto
el sujeto mismo» (subrayado fuera de texto).
Debemos recalcar algo: esa formación dudosa
de los futuros médicos apenas comienza y cada día
será más crítica: los hospitales que
se enorgullecían de su título de Universitario
desaparecieron por la Ley 100, pues sobreviven de los contratos
con las EPS, IPS, que no permiten que sus afiliados sea sujetos
de enseñanza médica, no siempre por respeto
a éstos sino porque esta práctica disminuye
sus ingresos monetarios y porque en el fondo pueden manipular
más fácil a los profesionales mal preparados.
Así las cosas, inclusive las Facultades de Medicina
que disponían de buenas áreas de práctica
honesta y humana para sus estudiantes, ven menguada esta indispensable
experiencia. Infortunadamente, estos aspectos fundamentales
en la correcta atención de los pacientes, se soslaya
y se da la impresión de que todo depende del cuerpo
médico y que el Estado, que es el llamado a volver
las cosas al buen camino, no tiene responsabilidad, toda la
responsabilidad, al respecto.
Errores médicos han existido siempre y es imposible
evitarlos: en primer lugar, porque la medicina no es una ciencia
exacta, porque todo acto médico, por bien preparado
que esté académica y éticamente el profesional,
cae dentro del rango de la incierta certidumbre de lo biológico;
en segundo lugar, porque como en todo quehacer humano ha habido,
hay y habrá quien piense solamente no en cumplir su
deber sino en explotar para su propio provecho lo que es una
misión humanitaria, una obligación social.
¡Grave y urgente es la tarea de nuestros legisladores
que se hacen los sordos frente a los hechos que vivimos día
a día, en relación con el ejercicio honesto
de la profesión médica.
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Sin resolver aún las dudas sobre su necesidad, y
estar sólo en la fase tres de experimentación,
algunos gobiernos occidentales (Alemania, Reino Unido, Bélgica,
Francia, Dinamarca y España) han aprobado con prisa
sorprendente la vacuna contra los virus del papiloma humano
(VPH) en el esquema público de inmunización.
Promovido por todo un coro mediático de apoyos, que
incluye el de Harald zur Hausen, reciente Premio Nobel de
Medicina, el dudoso programa de tres dosis con valor de unos
300€, dirigido a niñas sin relaciones coitales,
entre 11 y 14 años, podría consumir la mitad
del presupuesto en la salud pública de los países
mencionados. Y lo peor, debilitando en todos la agenda universal
de vacunación eficaz contra viruela, sarampión,
poliomielitis, difteria, tétanos, fiebre amarilla.
Con el médico español Juan Gervás hay
que repetir que las vacunas son un tesoro sanitario, el legado
de salubridad más grande después de la educación
general obligatoria y el suministro del agua potable. En ellas
se compila toda una efectiva y seria tradición médica
tutelar, la que se inicia con Edward Jenner y el hallazgo
contra la viruela en 1796. Fe pública en ese legado
ancestral que no se puede aherrojar por el afán comercial
de esos grandes consorcios farmacéuticos. Hay que salirles
al paso diciéndoles que los virus del VPH se transmiten
por contacto, no por fluidos, durante las relaciones sexuales.
Que hasta el presente no hay epidemia alguna de cáncer
de cuello uterino, ni siquiera en Haití, el país
con más alta tasa de infección del mundo. Que
hay más dudas que certezas y que su eficacia y seguridad
no están demostradas. Que esta vacuna no previene el
cáncer de cuello uterino, sino las infecciones provocadas
por algunos de estos virus.
De nuevo, es el marketing del miedo en plena operación.
Es la heurística de las enfermedades o la reducción
de sus baremos. Todo apunta a una publicidad engañosa
como la desplegada a favor de la vacuna anti-neumocócica,
o el terror suscitado con la meningitis C y la gripe aviar,
en las que también se desconoce su impacto en la historia
natural de la infección y los posibles efectos adversos.
¿Dónde están las inversiones para investigar
soluciones a enfermedades que causan cientos de millones de
muertos al año en países empobrecidos? En todo
esto, el silencio de la Organización Mundial de la
Salud (OMS) es muy sospechoso.
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Bioética
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La
objeción de
conciencia y las tiranías
Ramón
Córdoba Palacio, MD - elpulso@elhospital.org.co |
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La historia nos muestra con terrible evidencia cómo,
desde tiempos inmemoriales, las peores tiranías, las
más crueles y sangrientas, se han ensañado en
imponer sus criterios y en desconocer uno de los más
fundamentales derechos humanos como es obedecer a la propia
conciencia, empleando la violencia física o legal en
contra de quien o de quienes tienen el valor de desconocer
sus criterios para salvaguardar la propia dignidad y la dignidad
incondicional de todo ser humano.
Recordemos, sin ceñirnos a una estricta sucesión
histórica, algunos de estos vergonzosos y crueles episodios:
uno de los más antiguos es, sin duda, el que conocemos
como El martirio de los siete hermanos y de su
madre, en la época de los Macabeos -cerca de 200 años
antes de Cristo-, en el cual uno de los Antíocos hizo
gala de una sevicia que ni el más feroz de los depredadores
irracionales emplearía con sus víctimas. Más
cerca de nuestro tiempo encontramos el circo romano y la multitud
de personas sacrificadas por su fe o como combatientes que
debían morir para complacer la sed de sangre de los
habitantes del Imperio que proclamaba la civilización.
Y en el siglo pasado, siglo XX, se nos presentan como verdadero
baldón del llamado Homo sapiens sapiens, los campos
de concentración nazis y rusos, donde por motivos raciales,
religiosos, políticos, etc., se eliminaban seres humanos
con refinamientos que no aminoran sino que agravan la ferocidad
de tiranos de pueblos llamados civilizados, portadores de
cultura, creadores de ciencia en pro de la humanidad.
Bien. En Colombia, de forma muy sutil pero con preocupante
firmeza, se instaura una de esas tiranías tan crueles
o más que las que hemos citado. Más cruel porque
involucra a seres humanos indefensos, que no han cometido
por su misma condición biológica ningún
delito ni han quebrantado ninguna disposición legal
y que son condenados a muerte sin otorgárseles la posibilidad
de defender sus vidas. Más cruel porque trata de obligar
a personas libres a cometer el delito que ellos señalan
como un derecho, o a convertirse en cómplices porque
no les permite el recurso de la objeción de conciencia,
derecho humano fundamental como lo afirmamos antes, reconocido
en la Constitución de 1991, artículo 18, que
ellos, al asumir sus cargos, juraron cumplir y defender. Todo
tirano jura cumplir la Constitución, pero luego se
hace un perjuro que sólo obedece a su propio criterio.
Desde las altas Cortes, desde el Ministerio de Protección
Social (¿?), y ahora desde el Ministerio Público,
se lucha denodadamente por abolir, especialmente para los
médicos y las instituciones del área de la salud,
el esencial derecho a la Objeción de Conciencia.
¡Ministerio de Protección Social! Parece por
su nombre tener el encargo de cumplir en todos los casos el
artículo 11 de la Constitución de 1991, que
a la letra dice: Artículo 11. El derecho a la
vida es inviolable. No habrá pena de muerte.
Sin embargo, actualmente no sólo se considera legal
condenar a muerte a seres humanos en el período embrionario
de su natural desarrollo, sino que se pretende obligar al
médico a ser el verdugo.
La misma Constitución al ocuparse del Ministerio Público
ordena en el Artículo 277. El Procurador General
de la Nación por sí o por sus delegados y agentes,
tendrá las siguientes funciones: 1. Vigilar el cumplimiento
de la Constitución, las leyes, las decisiones judiciales
y los actos administrativos. 2. Proteger los derechos humanos
y asegurar su efectividad, con el auxilio del Defensor del
Pueblo. etc..
Sí, sutil pero firmemente la tiranía se impone
en Colombia y, por temor más que por desconocimiento,
poco o nada hemos hecho para defender nuestra libertad, antes
de que sea demasiado tarde.
El derecho a la vida es inviolable. Se garantiza
la libertad de conciencia. Nadie será molestado por
razón de sus convicciones o creencias ni compelido
a revelarlas ni obligado a actuar contra su conciencia,
señalan los artículos 11 y 18 de la Constitución
vigente, al reconocer los derechos esenciales de todo ser
humano a la vida y a obrar según su conciencia. Vuelvo
a preguntar: ¿qué hemos hecho o estamos haciendo
para defender nuestra libertad, nuestra dignidad?.
Nota: Esta sección es un aporte del Centro Colombiano
de Bioética -Cecolbe-
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