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Hace casi dos años, en esta misma columna, afirmábamos
que el Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos parecía
no tener vuelta de hoja; que inexorablemente vendría
y que todo lo que se dijera pertenecía más
al campo de la especulación que otra cosa; también
afirmábamos, que el tratado, en salud, nos iba a
encontrar muy débiles, que otra vez seríamos
vencidos y que otra vez sabríamos de la desdicha.
Concluíamos en fin, que sería lo ideal ver
la letra antes de que le pusieran la música.
Pese a que ya pasaron 22 meses de negociaciones, la situación
no ha variado mucho. De entrada sabíamos, que eran
dos países distintos y desiguales -en todo-, que
las negociaciones estarían marcadas por esa desigualdad
de condiciones, que tratados anteriores con otros países
no habían tenido un feliz desenlace para el más
débil, que la discusión acerca de las bondades
y desventajas de los tratados de libre comercio bilaterales
no es local sino que sacude globalmente todos los rincones
de la tierra y todas las instancias, que la discusión
entre apocalípticos e integradores no se ha resuelto
aún, y que en el fondo, en esencia, en lo verdaderamente
sustancial y trascendental, la apuesta clave es otra simple
correlación de fuerzas, para redefinir y reacomodar
bloques de poder económico y social en el mundo,
dentro de esa otra corriente también inexorable de
la globalización.
En El Pulso anterior, Flaubert nos recordaba que los sueños
humanos siempre vuelan al extranjero, siempre están
en otro lugar que no es el origen. Y es así como
ha avanzado la humanidad: en viaje siempre para descubrir
al otro, para trocarse un poco en él, para saber
de sus palabras y sus gustos y sus sueños -que también
vuelan al extranjero-. Incluso, la persecución de
las especias tan preciadas al paladar de los europeos, los
hizo descubrir un nuevo mundo. Y ese deseo tan humano de
acceder al mundo de los otros, dio origen necesariamente
al comercio, al intercambio, al trueque de unos bienes por
otros.
En ese escenario de una cultura y una economía que
todo lo globaliza, Colombia es actor de reparto: no protagonista.
Y al entrar a negociar el TLC con Estados Unidos, era consciente
de su papel en desventaja. Hubo la buena voluntad del gobierno
de preparar lo mejor posible a su equipo negociador, los
ministros asumieron su participación con toda la
gravedad del caso, y así, con la esperanza y la certeza
de que se iba a conseguir un buen tratado que no dejara
a Colombia otra vez fuera del juego, se adelantaron y se
cerraron las negociaciones.
Todavía no se conoce el texto definitivo, faltan
los detalles legales y la letra menuda; sólo se sabe
de las explicaciones de los negociadores, del presidente
de la república y de sus ministros, de sus palabras
oficiales cargadas de optimismo y de promesas, sobre el
sinfín de posibilidades que tendría el país
luego de que se firme y entre en vigencia el TLC con Estados
Unidos.
En materia de salud, igualmente, siguen los interrogantes:
todavía no se sabe a ciencia cierta el motivo de
las palabras tranquilizadoras del señor ministro
de la Protección Social, cuando desde el cierre de
la mesa de propiedad intelectual sostiene que se siente
muy tranquilo con la negociación, que se mantuvo
el status quo, que se protegió la salud pública
y que se garantiza el acceso a medicamentos y a tecnología
que el país necesita. Son aseveraciones de las cuáles
es necesario conocer el sustento. Entretanto, los detractores
del TLC también tienen sus argumentos de peso: afirman
que la negociación de propiedad intelectual -un tema
tan sensible en el tratado que junto con el agro se dejó
para el final- no fue beneficiosa para el país, que
el gobierno cedió en las condiciones que garantizan
el acceso a medicamentos para la población, y que
en resumidas cuentas, en propiedad intelectual no hubo negociación
sino adhesión al texto planteado desde un principio
por Estados Unidos, basado a su vez en textos de tratados
anteriores, y ante los cuales se hicieron incluso concesiones
superiores por parte de Colombia, más altas que las
vigentes internacionalmente.
Reina entonces todavía la expectativa por lo que
traerá el tratado: faltan certezas. Por ahora quizá
sólo queda reflexionar, como el poeta griego, que
es vano buscar otra ciudad, otra tierra, otro mar mejor,
porque ese lugar no se encontrará cuando siempre
se lleva encima la carga propia; si no se ha resuelto la
dificultad en el origen, menos podría resolverse
en otro lado. Si en salud no se resuelven primero los vacíos
y contradicciones internas, difícilmente podrán
resolverse afuera. Y menos aún cuando se negocia
con alguien que no negocia, sino que simple y abiertamente,
impone sus condiciones.
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