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Reflexión del mes
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- Guárdate del hombre de un solo libro.
- ¡Confiamos demasiado en los sistemas, y muy poco
en los hombres!
- ¡Hay pequeñas mentiras, grandes mentiras,
y estadísticas!
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Reflexiones
de Benjamín Disraeli (1804-1881), Lord Beaconsfield,
estadista británico.
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Leí
con detenimiento la columna publicada en el periódico
El Pulso, edición No. 80 de mayo de 2005, titulada La
callada presencia, ¿Qué hacer con los auditores?,
y quiero hacer algunos comentarios. En mi condición de
director clínico de una IPS privada del primer nivel,
de Especialista en Gerencia y Auditoría de la Calidad
en Salud y profesor de este mismo postgrado en la Universidad
Jorge Tadeo Lozano de Bogotá y en otras importantes universidades
del país, quiero expresar mi opinión referente
al artículo en mención.
Soy Odontólogo egresado en el año de 1982. Cuando
me encontraba en el proceso de formación profesional,
siempre tuve clara una deficiencia del modelo de preparación
de los profesionales de la salud en Colombia, pues no se capacitaba
en aspectos tan importantes como calidad, administración
de recursos, formación en herramientas gerenciales como:
motivación, resistencia al cambio, comunicación,
como si el adecuado ejercicio de la profesión estuviese
asegurado por el hecho de haberse logrado un título.
Si en aquel entonces hubiera existido la Gerencia de la Calidad
y la Auditoría como especialidad, yo hubiera soñado
con ser auditor.
Es desconocimiento suponer que dentro de las labores del auditor
está la de revisoría de cuentas, aún cuando
los resultados de las glosas, las objeciones y las observaciones
de los revisores puedan constituir un insumo para la auditoría.
No es tampoco un subproceso del proceso de autorizaciones: la
auditoría es la herramienta para buscar la causa de los
problemas de la organización y así generar mejoramientos.
El trabajo del auditor en una organización de salud es
el de ser difusor de la calidad, ayudar a implantarla, y sostenerla
a través de procesos de retroalimentación.
No estoy de acuerdo con que la mayoría de los auditores
son especialistas frustrados o estudiantes de malas notas, que
puedan ser descalificados tan ligeramente por no haber estudiado
especialidades de la medicina o la odontología. Es una
suposición tan equivocada como injusta. Hasta hace muy
poco en nuestro país la medicina era para una élite
y precisamente esta situación la llevó a niveles
inasequibles para el grueso de la población. No fue casualidad
el que las empresas de medicina prepagada encontraran hace 20
años espacios en los que rápidamente proliferaron
y lograron actuar como agentes reguladores entre la oferta y
la demanda de servicios, haciendo posible el acceso a la salud
a más de un millón de colombianos que hasta ese
momento carecían de estos servicios.
Se hace alusión en el artículo a que sólo
son válidas las especialidades que se realizan en períodos
de tres a cinco años, de tiempo completo, restándosele
así valor al proceso formativo semi-presencial, como
si el esfuerzo de un profesional para transitar por una carretera
durante 12 horas desde la lejana población donde presta
sus servicios, sometiéndose a requisas de guerrilleros
y paramilitares para acudir a sus clases no fuera meritorio;
estos estudiantes de fin de semana, como despectivamente están
siendo llamados, son los que a mi juicio enaltecen nuestra especialización.
Habría que desplazarse a las diferentes ciudades capitales
donde tienen asiento dichos postgrados y observar como con inusitado
interés van llegando desde los mas recónditos
lugares esos estudiantes dispuestos a robarle tiempo a sus pacientes
y a sus familias, con el objetivo de prepararse para ejercer
sus carreras con mayor altura, de manera acorde a los requerimientos
y exigencias de la época actual.
Paradójicamente fueron médicos especialistas como
Ernest Codman, cirujano del Massachusetts General Hospital de
Boston en 1914, los pioneros de la auditoría de la calidad
en la atención; el Dr. Codman, profundamente preocupado
por los resultados de las intervenciones quirúrgicas
a que eran sometidos sus pacientes, pasó de la evaluación
de sus resultados a la propuesta de generalizar este sistema
a todos los cirujanos y hospitales de los Estados Unidos. En
sus propias palabras, todo hospital debería realizar
un seguimiento de cada uno de los pacientes que trata, durante
el tiempo suficiente para saber si el tratamiento ha sido positivo
y, si no lo ha sido, investigar las causas.
Un poco más recientemente, el Dr. Lemboke, cirujano de
John Hopkins University Medical School, quien en 1956 desarrolló
un nuevo método para evaluar la calidad, el audit
médico, también muy preocupado como su colega
por la variabilidad de los resultados que observaba en su práctica
diaria, estableció lo que se denominó el desarrollo
de los criterios explícitos, que permitían la
comparación entre centros de atención y entre
profesionales. Propuso un sistema de recolección de información
que incluía la verificación de los datos y el
diseño de estudios, y además intentó establecer
estándares de práctica mediante la comparación
de los resultados obtenidos. Demostró con sus trabajos,
la mejora en la justificación (de las indicaciones) de
la cirugía pelviana femenina, después de la revisión
efectuada gracias al Audit médico.
Como se puede deducir de los ejemplos citados, el factor común
y punto de partida de los análisis anteriores fue la
preocupación de ambos médicos por sus propios
resultados; esto desde la óptica actual de la auditoría
es denominado autocontrol, y se convirtió en el fundamento
de la gestión de calidad y punto de partida del mejoramiento
continuo. Se puede asegurar entonces que desde hace 91 años,
se viene hablando de la auditoría en salud.
La esencia y razón de nuestro trabajo como auditores
es el usuario o paciente, aunque la connotación de usuario
o cliente me gusta porque significa que éste puede tomar
la decisión autónoma de volver a ser atendido
por el mismo profesional si el servicio le agrada. Nosotros
los ayudamos a convertir sus expectativas en realidades a través
de un flujo organizado de actividades realizadas con calidad,
y más aún, con un resultado predecible.
La labor del auditor es independiente, y éste en todo
momento deberá actuar con rectitud, ética, independencia
e imparcialidad, no importando para quien trabaja o cuál
sea el resultado del proceso de auditoría realizado.
Es innegable que fueron algunos intermediarios del servicio
quienes en su urgente necesidad de producir dividendos económicos,
dieron la connotación de que el oficio del auditor era
glosar cuentas o aprobar o reprobar autorizaciones de procedimientos.
Nada más lejano de los preceptos básicos de la
calidad: el culpable de este embeleco es el sistema que permitió
la aparición de ellos.
Si bien es cierto que trabajamos con recursos finitos, el objetivo
de la auditoría no deberá ser la mal llamada contención
de costos, al contrario: la implantación de un sistema
de calidad y de la herramienta de la auditoría para su
mantenimiento, deberán producir un efecto notorio en
la disminución de costos de producción de los
servicios como consecuencia lógica y no como objetivo.
Algunos manifiestan opiniones erróneas respecto de las
actividades y tareas del auditor; quisiera pensar que están
haciendo referencia a un puñado de personas no preparadas
en la academia que ejercen tales funciones, pretendiendo saber
tanto o lo mismo de auditoría que quienes hacen este
tipo de comentarios. |
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Bioética
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¡Lástima,
Señor Presidente!
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Ramón
Córdoba Palacio, MD - elpulso@elhospital.org.co
Si, lástima, Señor Presidente, Doctor Álvaro
Uribe Vélez, que usted se haya engañado, o se
haya dejado engañar, en relación con las supuestas
bondades de la Ley 100 de 1993; lástima que haya pensado,
y aún piense, que una ley que cambia de un plumazo
la misión esencial de una profesión, la médica
-tan antigua como la humanidad-, de procurar el bien del paciente,
pueda convertirse en un menguado oficio cuya meta es producir
ganancias económicas a unos pocos que ponen precio
a la existencia y a la salud de sus conciudadanos.
Lástima, Señor Presidente, que usted se siga
engañando, o dejándose engañar, por personajes
que tienen en más estima la curva estadística
ascendente de colombianos cubiertos con una falaz
seguridad social en cuanto a salud se refiere, y no escuche
las justas quejas y el llanto de quienes han visto morir a
sus más cercanos parientes -padres, hijos, esposa o
esposo- porque no aparece en pantalla, o porque
su Sisbén es de otro municipio, o porque la intervención
quirúrgica, o el tratamiento médico, o los exámenes
necesarios no fueron oportunamente aprobados o fueron negados
por gerentes o auditores médicos cuya mayor obligación
es la de cuidar el rédito de la empresa antes que la
vida o la salud del mal llamado cliente o usuario
-el antiguo y clásico y adecuadamente denominado "paciente"-,
y que no conocen de primera mano el estado clínico
patológico del paciente ni su angustia y la de su familia.
Detrás de esas voces de entusiasmo pueden esconderse,
porque somos humanos, intereses más de índole
personal -preservación de cargos, créditos políticos,
etc.-, que verdadera pasión por el bien de la comunidad.
Lástima, Señor Presidente, que usted se siga
engañando, o dejándose engañar, por los
que tienen a su disposición todos los medios de comunicación
para hacer creer a quienes reciben el citado Sisbén,
que tienen asegurada la protección que la Constitución
Política de la República de Colombia exige por
parte del Estado en materia de salud para todo colombiano,
valga la redundancia, cuando en realidad la calidad de tal
protección queda a merced de gerentes y auditores que
tienen la potestad de impedir se lleven a cabo los cuidados
que necesita el paciente, a veces de secretarias que niegan
camas, y el enfermo fallece mientras mendiga un cupo que teóricamente
le prometía su Sisbén, su POS,
la Ley 100 y sus decretos reglamentarios, la propaganda oficial,
etc.
Sí, lástima, Señor Presidente, que usted
se engañe, o se deje engañar, y piense que sirve
a los colombianos mirando impasible o permitiendo que se cierren
beneméritos hospitales que han adquirido renombre nacional
y, a veces, internacional por su labor humanitaria y científica
en favor de los pacientes, hospitales que son convertidos
luego en casas de moneda que benefician, no la atención
en salud de la comunidad, sino los ingresos de quienes negocian
con seres humanos -como lo hacían siglos atrás
los que traían esclavos para venderlos al mejor postor
bajo el pretexto de mejorarles a aquéllos la calidad
de vida-.
Lástima, Señor Presidente, Doctor Álvaro
Uribe Vélez, que usted se engañe, o se deje
engañar, sobre los beneficios de que en la atención
de salud adolece un sistema que permite crear restricciones
arbitrarias que sólo pueden repercutir en perjuicio
del paciente, como son: la limitación en el tiempo
de consulta, la restricción en interconsultas, en exámenes
complementarios, en costo de tratamientos necesarios o la
limitación de procedimientos indispensables, y que
coarta en esta forma la honesta, adecuada y oportuna misión
del médico en bien exclusivamente de su paciente y
que, además, permite que gerentes y auditores médicos
decidan sin conocer al paciente, sobre la vida y la salud
de éste.
Lástima, Señor Presidente, que las entidades
encargadas de vigilar los magníficos balances presentados
por algunas de las Empresas Promotoras de Salud creadas por
la citada Ley 100 -balances pienso que ofensivos de cara a
la situación económica más que precaria
de un núcleo importante de nuestra población-,
no sean escudriñados minuciosamente por las autoridades
competentes para detectar que no han ingresado a esas ganancias
dineros economizados en exámenes, tratamientos, etc.,
injustamente denegados o aplazados, actos que han hecho que
la enfermedad avance hasta volver inútil la terapia
o desembocar en el fallecimiento del paciente por no haberle
prestado la atención médica oportuna y diligente,
y que coartan la honesta misión del médico,
no con perjuicio de éste sino de los pacientes que
la Ley 100 dice proteger. O, caso contrario, hospitalizaciones
innecesarias para el paciente pero productivas económicamente
para la entidad. Esto me recuerda el bochornoso episodio de
uno de sus ministros de Protección Social, que afirmó
ante un nutrido grupo de estudiantes de medicina de una de
las universidades de Medellín, que los médicos
teníamos en nuestras manos un gran negocio y no lo
habíamos explotado, que ahora sí iba a ser posible
explotar, y ante las observaciones de uno de los docentes
presentes sobre las contradicciones de su discurso con la
ética médica de siempre, con el êthos
de la medicina desde el origen de la misma, respondió
olímpicamente que esa ética es muy vieja
y hay que cambiarla, como si el compromiso de hacer
siempre el bien debiera cambiarse. Pero la Ley 100 de 1993
lo hizo y cambió la misión del médico
-buscar por todos los medios honestos el bien del paciente-
por la del comerciante de la salud: aumentar a como dé
lugar sus propias ganancias.
Lástima, Señor Presidente Uribe Vélez
que, habiendo otros sistemas de protección social en
salud, efectivos y probados por muchos años, que conservan
la libertad del paciente para buscar su propio médico
y la de éste para ejercer honestamente su misión,
usted se haya engañado, o dejado engañar, por
el actual sistema que priva de la libertad tanto al primero,
al paciente, como al segundo, el médico, con perjuicio
esencialmente de aquél.
Nota:
Esta sección es un aporte del Centro Colombiano de
Bioética -Cecolbe-.
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