MEDELLÍN,   COLOMBIA,   SURAMÉRICA    AÑO 7    NO 82  JULIO DEL AÑO 2005    ISSN 0124-4388      elpulso@elhospital.org.co

 

Reflexión del mes


- Guárdate del hombre de un solo libro.

- ¡Confiamos demasiado en los sistemas, y muy poco en los hombres!

- ¡Hay pequeñas mentiras, grandes mentiras, y estadísticas!

Reflexiones de Benjamín Disraeli (1804-1881), Lord Beaconsfield, estadista británico.

 

Algunas consideraciones
sobre la calidad y la auditoría
Javier Gutiérrez - Odontólogo, Bogotáo
Leí con detenimiento la columna publicada en el periódico El Pulso, edición No. 80 de mayo de 2005, titulada “La callada presencia, ¿Qué hacer con los auditores?”, y quiero hacer algunos comentarios. En mi condición de director clínico de una IPS privada del primer nivel, de Especialista en Gerencia y Auditoría de la Calidad en Salud y profesor de este mismo postgrado en la Universidad Jorge Tadeo Lozano de Bogotá y en otras importantes universidades del país, quiero expresar mi opinión referente al artículo en mención.
Soy Odontólogo egresado en el año de 1982. Cuando me encontraba en el proceso de formación profesional, siempre tuve clara una deficiencia del modelo de preparación de los profesionales de la salud en Colombia, pues no se capacitaba en aspectos tan importantes como calidad, administración de recursos, formación en herramientas gerenciales como: motivación, resistencia al cambio, comunicación, como si el adecuado ejercicio de la profesión estuviese asegurado por el hecho de haberse logrado un título. Si en aquel entonces hubiera existido la Gerencia de la Calidad y la Auditoría como especialidad, yo hubiera soñado con ser auditor.
Es desconocimiento suponer que dentro de las labores del auditor está la de revisoría de cuentas, aún cuando los resultados de las glosas, las objeciones y las observaciones de los revisores puedan constituir un insumo para la auditoría. No es tampoco un subproceso del proceso de autorizaciones: la auditoría es la herramienta para buscar la causa de los problemas de la organización y así generar mejoramientos. El trabajo del auditor en una organización de salud es el de ser difusor de la calidad, ayudar a implantarla, y sostenerla a través de procesos de retroalimentación.
No estoy de acuerdo con que la mayoría de los auditores son especialistas frustrados o estudiantes de malas notas, que puedan ser descalificados tan ligeramente por no haber estudiado especialidades de la medicina o la odontología. Es una suposición tan equivocada como injusta. Hasta hace muy poco en nuestro país la medicina era para una élite y precisamente esta situación la llevó a niveles inasequibles para el grueso de la población. No fue casualidad el que las empresas de medicina prepagada encontraran hace 20 años espacios en los que rápidamente proliferaron y lograron actuar como agentes reguladores entre la oferta y la demanda de servicios, haciendo posible el acceso a la salud a más de un millón de colombianos que hasta ese momento carecían de estos servicios.
Se hace alusión en el artículo a que sólo son válidas las especialidades que se realizan en períodos de tres a cinco años, de tiempo completo, restándosele así valor al proceso formativo semi-presencial, como si el esfuerzo de un profesional para transitar por una carretera durante 12 horas desde la lejana población donde presta sus servicios, sometiéndose a requisas de guerrilleros y paramilitares para acudir a sus clases no fuera meritorio; estos estudiantes de fin de semana, como despectivamente están siendo llamados, son los que a mi juicio enaltecen nuestra especialización. Habría que desplazarse a las diferentes ciudades capitales donde tienen asiento dichos postgrados y observar como con inusitado interés van llegando desde los mas recónditos lugares esos estudiantes dispuestos a robarle tiempo a sus pacientes y a sus familias, con el objetivo de prepararse para ejercer sus carreras con mayor altura, de manera acorde a los requerimientos y exigencias de la época actual.
Paradójicamente fueron médicos especialistas como Ernest Codman, cirujano del Massachusetts General Hospital de Boston en 1914, los pioneros de la auditoría de la calidad en la atención; el Dr. Codman, profundamente preocupado por los resultados de las intervenciones quirúrgicas a que eran sometidos sus pacientes, pasó de la evaluación de sus resultados a la propuesta de generalizar este sistema a todos los cirujanos y hospitales de los Estados Unidos. En sus propias palabras, “todo hospital debería realizar un seguimiento de cada uno de los pacientes que trata, durante el tiempo suficiente para saber si el tratamiento ha sido positivo y, si no lo ha sido, investigar las causas”.
Un poco más recientemente, el Dr. Lemboke, cirujano de John Hopkins University Medical School, quien en 1956 desarrolló un nuevo método para evaluar la calidad, el “audit médico”, también muy preocupado como su colega por la variabilidad de los resultados que observaba en su práctica diaria, estableció lo que se denominó el desarrollo de los criterios explícitos, que permitían la comparación entre centros de atención y entre profesionales. Propuso un sistema de recolección de información que incluía la verificación de los datos y el diseño de estudios, y además intentó establecer estándares de práctica mediante la comparación de los resultados obtenidos. Demostró con sus trabajos, la mejora en la justificación (de las indicaciones) de la cirugía pelviana femenina, después de la revisión efectuada gracias al Audit médico.
Como se puede deducir de los ejemplos citados, el factor común y punto de partida de los análisis anteriores fue la preocupación de ambos médicos por sus propios resultados; esto desde la óptica actual de la auditoría es denominado autocontrol, y se convirtió en el fundamento de la gestión de calidad y punto de partida del mejoramiento continuo. Se puede asegurar entonces que desde hace 91 años, se viene hablando de la auditoría en salud.
La esencia y razón de nuestro trabajo como auditores es el usuario o paciente, aunque la connotación de usuario o cliente me gusta porque significa que éste puede tomar la decisión autónoma de volver a ser atendido por el mismo profesional si el servicio le agrada. Nosotros los ayudamos a convertir sus expectativas en realidades a través de un flujo organizado de actividades realizadas con calidad, y más aún, con un resultado predecible.
La labor del auditor es independiente, y éste en todo momento deberá actuar con rectitud, ética, independencia e imparcialidad, no importando para quien trabaja o cuál sea el resultado del proceso de auditoría realizado. Es innegable que fueron algunos intermediarios del servicio quienes en su urgente necesidad de producir dividendos económicos, dieron la connotación de que el oficio del auditor era glosar cuentas o aprobar o reprobar autorizaciones de procedimientos. Nada más lejano de los preceptos básicos de la calidad: el culpable de este embeleco es el sistema que permitió la aparición de ellos.
Si bien es cierto que trabajamos con recursos finitos, el objetivo de la auditoría no deberá ser la mal llamada contención de costos, al contrario: la implantación de un sistema de calidad y de la herramienta de la auditoría para su mantenimiento, deberán producir un efecto notorio en la disminución de costos de producción de los servicios como consecuencia lógica y no como objetivo. Algunos manifiestan opiniones erróneas respecto de las actividades y tareas del auditor; quisiera pensar que están haciendo referencia a un puñado de personas no preparadas en la academia que ejercen tales funciones, pretendiendo saber tanto o lo mismo de auditoría que quienes hacen este tipo de comentarios.
 
Bioética
¡Lástima, Señor Presidente!

Ramón Córdoba Palacio, MD - elpulso@elhospital.org.co

Si, lástima, Señor Presidente, Doctor Álvaro Uribe Vélez, que usted se haya engañado, o se haya dejado engañar, en relación con las supuestas bondades de la Ley 100 de 1993; lástima que haya pensado, y aún piense, que una ley que cambia de un plumazo la misión esencial de una profesión, la médica -tan antigua como la humanidad-, de procurar el bien del paciente, pueda convertirse en un menguado oficio cuya meta es producir ganancias económicas a unos pocos que ponen precio a la existencia y a la salud de sus conciudadanos.
Lástima, Señor Presidente, que usted se siga engañando, o dejándose engañar, por personajes que tienen en más estima la curva estadística ascendente de colombianos “cubiertos” con una falaz seguridad social en cuanto a salud se refiere, y no escuche las justas quejas y el llanto de quienes han visto morir a sus más cercanos parientes -padres, hijos, esposa o esposo- porque “no aparece en pantalla”, o “porque su Sisbén es de otro municipio”, o porque la intervención quirúrgica, o el tratamiento médico, o los exámenes necesarios no fueron oportunamente aprobados o fueron negados por gerentes o auditores médicos cuya mayor obligación es la de cuidar el rédito de la empresa antes que la vida o la salud del mal llamado “cliente” o “usuario” -el antiguo y clásico y adecuadamente denominado "paciente"-, y que no conocen de primera mano el estado clínico patológico del paciente ni su angustia y la de su familia. Detrás de esas voces de entusiasmo pueden esconderse, porque somos humanos, intereses más de índole personal -preservación de cargos, créditos políticos, etc.-, que verdadera pasión por el bien de la comunidad.
Lástima, Señor Presidente, que usted se siga engañando, o dejándose engañar, por los que tienen a su disposición todos los medios de comunicación para hacer creer a quienes reciben el citado Sisbén, que tienen asegurada la protección que la Constitución Política de la República de Colombia exige por parte del Estado en materia de salud para todo colombiano, valga la redundancia, cuando en realidad la calidad de tal protección queda a merced de gerentes y auditores que tienen la potestad de impedir se lleven a cabo los cuidados que necesita el paciente, a veces de secretarias que niegan camas, y el enfermo fallece mientras mendiga un cupo que teóricamente le prometía su “Sisbén”, su “POS”, la Ley 100 y sus decretos reglamentarios, la propaganda oficial, etc.
Sí, lástima, Señor Presidente, que usted se engañe, o se deje engañar, y piense que sirve a los colombianos mirando impasible o permitiendo que se cierren beneméritos hospitales que han adquirido renombre nacional y, a veces, internacional por su labor humanitaria y científica en favor de los pacientes, hospitales que son convertidos luego en casas de moneda que benefician, no la atención en salud de la comunidad, sino los ingresos de quienes negocian con seres humanos -como lo hacían siglos atrás los que traían esclavos para venderlos al mejor postor bajo el pretexto de mejorarles a aquéllos la “calidad de vida”-.
Lástima, Señor Presidente, Doctor Álvaro Uribe Vélez, que usted se engañe, o se deje engañar, sobre los beneficios de que en la atención de salud adolece un sistema que permite crear restricciones arbitrarias que sólo pueden repercutir en perjuicio del paciente, como son: la limitación en el tiempo de consulta, la restricción en interconsultas, en exámenes complementarios, en costo de tratamientos necesarios o la limitación de procedimientos indispensables, y que coarta en esta forma la honesta, adecuada y oportuna misión del médico en bien exclusivamente de su paciente y que, además, permite que gerentes y auditores médicos decidan sin conocer al paciente, sobre la vida y la salud de éste.
Lástima, Señor Presidente, que las entidades encargadas de vigilar los magníficos balances presentados por algunas de las Empresas Promotoras de Salud creadas por la citada Ley 100 -balances pienso que ofensivos de cara a la situación económica más que precaria de un núcleo importante de nuestra población-, no sean escudriñados minuciosamente por las autoridades competentes para detectar que no han ingresado a esas ganancias dineros economizados en exámenes, tratamientos, etc., injustamente denegados o aplazados, actos que han hecho que la enfermedad avance hasta volver inútil la terapia o desembocar en el fallecimiento del paciente por no haberle prestado la atención médica oportuna y diligente, y que coartan la honesta misión del médico, no con perjuicio de éste sino de los pacientes que la Ley 100 dice proteger. O, caso contrario, hospitalizaciones innecesarias para el paciente pero productivas económicamente para la entidad. Esto me recuerda el bochornoso episodio de uno de sus ministros de Protección Social, que afirmó ante un nutrido grupo de estudiantes de medicina de una de las universidades de Medellín, que los médicos teníamos en nuestras manos un gran negocio y no lo habíamos explotado, que ahora sí iba a ser posible explotar, y ante las observaciones de uno de los docentes presentes sobre las contradicciones de su discurso con la ética médica de siempre, con el êthos de la medicina desde el origen de la misma, respondió olímpicamente que “esa ética es muy vieja y hay que cambiarla”, como si el compromiso de hacer siempre el bien debiera cambiarse. Pero la Ley 100 de 1993 lo hizo y cambió la misión del médico -buscar por todos los medios honestos el bien del paciente- por la del comerciante de la salud: aumentar a como dé lugar sus propias ganancias.
Lástima, Señor Presidente Uribe Vélez que, habiendo otros sistemas de protección social en salud, efectivos y probados por muchos años, que conservan la libertad del paciente para buscar su propio médico y la de éste para ejercer honestamente su misión, usted se haya engañado, o dejado engañar, por el actual sistema que priva de la libertad tanto al primero, al paciente, como al segundo, el médico, con perjuicio esencialmente de aquél.
Nota:
Esta sección es un aporte del Centro Colombiano de Bioética -Cecolbe-.

 











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