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En Colombia, la crisis está declarada en los trasplantes.
Tomando sólo los últimos 10 años, ha
crecido la lista de pacientes en espera de un órgano
o tejido, y bajado el número de donantes.
El trasplante de órganos y tejidos constituye la
mejor opción terapéutica, o a veces la única,
ante la falla de un órgano o tejido, como corazón,
hígado, riñón, pulmón, páncreas
o córneas. Los buenos resultados obtenidos en la
actualidad han sido posibles gracias a mejoras en las técnicas
quirúrgicas, avances en los tratamientos y capacitación
de alto nivel de los cirujanos de trasplantes. Hoy día
en Colombia el trasplante dejó de ser una actividad
experimental, para constituirse en parte básica del
armamentario terapéutico disponible para el paciente
con insuficiencia terminal de un órgano.
El problema radica entonces en la imposibilidad o dificultades
de los pacientes que necesitan un trasplante, de recibir
el órgano o tejido, y la autorización para
el trasplante y su cuidado posterior. Por ello aunque no
parezca, el aumento de demanda de trasplantes es otro síntoma
de las disfunciones del sistema de salud. Si el país
tuviese una población relativamente saludable, con
acceso a medicina preventiva, con buenos hábitos
de vida, no tendría ese número creciente de
personas con órganos vitales deteriorados.
Una población enferma de todo es la resultante de
un sistema asistencialista que vive de la curación
o tratamiento de enfermedades, dentro de un modelo al cual
no convienen los reemplazos orgánicos que garanticen
sobrevida larga y estable. Al modelo que tenemos le conviene
más la venta de tecnología y costosos tratamientos,
que aportan períodos de vida útil muy cortos
y limitados a los pacientes, y en la misma medida, reportan
una lucrativa relación costo-beneficio a la cadena
de atención (asegurador-IPS-laboratorio).
Lo primero que falta es una amplia y sólida cultura
de la donación, la cual exige una cultura de la solidaridad
humana; es la primera virtud social que debemos construir.
Además, se requiere una conciencia unánime
de todos los estamentos del sistema sobre la necesidad de
sustituir el modelo tecnológico a ultranza y los
costosos tratamientos por los trasplantes. Hay que sacar
a estas intervenciones del contexto tenebroso del paseo
de la muerte; esto significa humanizar y agilizar
el tortuoso proceso administrativo que empieza en el pre-trasplante
y termina en el post-trasplante, con innumerables trabas,
enredos y dificultades con las autorizaciones, protocolos
y suministro de medicamentos.
En este punto, las EPS tienen gran responsabilidad: las
mismas entidades que entorpecen la atención inicial,
siguen entorpeciéndola al limitar la atención
especializada, y cuando el paciente no le queda más
opción que el trasplante, las trabas se multiplican
y profundizan. No es desdeñable tampoco toda la causalidad
de las enfermedades que llevan a la gente a
buscar el trasplante. El crecimiento exponencial de enfermedades
renales, pulmonares, cardíacas e intestinales responde
a factores alimentarios, ambientales y sociales, que no
serían tan incidentes si se atendieran los Determinantes
Sociales de la Salud. De momento, a falta de un sistema
de salud humano, que no tendremos de la noche a la mañana,
la única solución que tenemos a la mano es
que todos donemos todos nuestros órganos a quienes
los necesitan para seguir viviendo.
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