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Distopía

De “Diarios de epidemia”, por Abrenuncio Domicó

Por: Alejandro Londoño
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A puñetazo limpio se batían las personas que otrora encopetadas solían mirar sobre la altura de sus hombros. Un puñado de granos, dos aceitunas, una pequeña tostada, eran suficientes para atizar el más violento e improvisado duelo. El miedo los había reducido al peor de los atavismos, una regresión salvaje que les permitía obviar los últimos atisbos de humanidad. Involucionados a lo más básico de sus instintos y reducidos únicamente a sus necesidades, los códigos morales eran historias del pasado. Razonaban, si a eso se le llama pensar, sintiendo el vientre en riesgo, y aún ahítos luego de su glotonería, la codicia los impulsaba a devastar.

Todo comenzó a fines de enero, cuando un viejo cayó postrado por una extraña fiebre estacional. Los expertos interpretaron su rápido descenso como producto de una “hiporreactividad senil” o a un no extraordinario caso de “anergia sanguínea”. Siendo un viejo, poco ruido hizo su muerte, pues la dinámica de la economía moderna era medida en un tipo de moneda conocida como “corpus coin”. Medida tomada con base en las potencias del músculo, la rapidez de los nervios y la capacidad productiva. Para la cuantificación de esta unidad, que definía la utilidad social del sujeto, se usaba la famosa fórmula de Auschwitz, operación logarítmica que permitía la asignación de un valor de “usabilidad” al sujeto por parte del estado. Cuerpos tarados, lisiados, heridos de guerra, los que gustaban de placeres “contra natura”, dementes, los aquejados de “idiocia” y, sobre todo, los viejos, hacían parte de la población que matemáticamente no ajustaba los mínimos necesarios para sumar a la maquinaria del sistema.

La estadística y sus indicadores eran contundentes, y si se anhelaba la supervivencia de la especie habría que sacar al uso ese macabro ábaco que permitía identificar lo que sobraba, y que viviendo amenazaba con limitar los recursos de aquellos más aptos para “un mundo cambiante”, que fue como lo llamaron.

Las muertes aisladas, a pesar de lo común de sus síntomas, no fueron tenidas en cuenta, y a aquellos que se atrevieron a gritar ¡epidemia! les rompieron las quijadas a culatazos para luego ser obligados a redactar largas disculpas públicas. El enconoso líder, reconocido por su simétrica sonrisa y sus habilidades para bailar el tango, obvió avisos y alarmas, a pesar de que día a día la cifra de muertos se multiplicaba con lógica exponencial. Las personas morían calcinadas entre fiebres, sudores, y los más espantosos paroxismos de una tos que los desgarraba desde dentro. Los cuerpos eran tantos, que fue necesario habilitar hornos barriales para facilitar “una combustión orgánica”, según manifestaron las autoridades locales. Los viejos caían a tal velocidad que se hacía imposible toda asistencia. Rápidamente, los hospitales y las unidades de atención de calamidades fueron puestas a prueba y superadas todas sus capacidades. Se fundó así la ULAV, sigla que hacía referencia a “unidad de limpieza al viejo”, denominación que maquillaba con ideales humanistas el deseo de capitalizar la muerte de los ancianos en algo llamado “el supremo bien del estado”. Habiendo identificado los factores de riesgo, el vector y el agente parásito, la información fue escondida y reemplazada por consejos de salud pública que buscaban multiplicar la posibilidad de contagio y así la cantidad de viejos muertos por infección. El comunicado de reputados salubristas rezaba: “todo adulto sumado en años deberá, el cuerpo expuesto al clima, salir de su domicilio y respirar a profundidad todo aquello exhalado por los cuerpos idos”. Usaban un lenguaje ambiguo y mencionaban más abajo: “igual que la antigua variolización fue el principio vacunal que salvó a millones de una dolorosa muerte, o a otros tantos de horrorosas cicatrices, la nebulización pausada y profunda de los moribundos favorecerá las dinámicas inmunes y fortalecerá el principio defensivo del cuerpo vivo”. Tremenda “jugada”, como solían decir los señores de las leyes, pues veían en la coyuntura epidemiológica el llamado principio salvador de una economía harto caduca y tremendamente rentable para los potentados. Hacían campañas por radio, y en publicidad televisiva invitaban a los viejos a abandonar sus casas y a salir a la calle “para adoptar la inmunidad necesaria para la vida”. Construyeron eslóganes, incluyeron en los sermones del domingo y la oración nocturna frases alusivas a la necesidad de respirar profundo y salir de casa. Grupos de niños exploradores visitaban a los viejos y los invitaban a hacer caminatas al campo, de manera que la exposición grupal arreciara en contundencia la epidemia. Los econometristas encargados saboreaban sus victorias al ver, por fin, indicadores en mano, cómo la pirámide poblacional se invertía de nuevo y los gastos pensionales, tan fastidiosos y problemáticos para el gobierno, eran llevados al punto de su ambición. Compraron lujos sin medida, como si el metal y las joyas pudiesen ser metabolizados en proteínas. Ignoraron que el viejo sabe lo que el joven ignora. La sociedad, ahora regida por la potencia de un órgano, sin contexto ni historia, viaja en vertiginosa caída, dando tumbos en sus peores excesos. Se perdió la justa medida del límite y la cultura, antes guardada por los ancianos, que para mal de todos fue reemplazada por los apetitos glotones de una masa ciega.


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