MEDELLÍN, COLOMBIA, SURAMERICA No. 265 OCTUBRE DEL AÑO 2020 ISNN 0124-4388 elpulso@sanvicentefundacion.com icono facebook icono twitter

La decadencia de Occidente

Por: Damián Rúa Valencia. Magister en Literatura Francesa comparada Universidad de Estrasburgo – Francia
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Hace poco cayó en mis manos un libro del escritor francés contemporáneo más traducido: Michel Houellebecq. Más leído y conocido, para sorpresa mía, que Patrick Modiano y J.M.G Le Clézio. Ambos con obras sólidas, y galardonados con el premio Nobel de literatura.

En la contraportada, en una foto en blanco y negro, un joven desaliñado, demasiado calvo para ser un adolescente, pero no tan maduro para parecer adulto, sonríe como quien ha hecho una travesura. Pero pese a su apariencia de boy scout empedernido, de su aire indolente, en Francia es el diablo en persona. Basta con que dé una entrevista, con que hile tres frases para que haga rabiar a unos y atice los rencores en otros.

Sus comentarios sueltos y los diálogos de sus personajes, a veces muy chocantes, se los adueña la extrema derecha, que ve en él a un aliado, y cierto sector de la izquierda para el que Houellebecq sería una suerte de visionario que dejaría al descubierto el racismo y la violencia latentes en la Francia de hoy en día.

Tanto así que, con motivo de la publicación de Sumisión (2015), que coincidió con el ataque terrorista a las instalaciones de Charlie Hebdo en París, el primer ministro francés creyó oportuno aclarar, para salvaguardar la buena conciencia de sus compatriotas que: “Francia no es Michel Houellebecq. No es intolerancia, odio, miedo”.

Y no lo es. Por lo menos, no es solamente eso. Pero si sus libros tienen tal impacto en el público y en buena parte de la crítica, incluso en la que lo menosprecia, no es sólo debido a la maquinaria editorial, sino sobre todo a que ponen el dedo en la llaga. Explotan los miedos y los odios que flotan en el aire.

Y sería interesante preguntarse qué ha pasado para que el país de los derechos del Hombre y de la libertad, el país de Voltaire y de Diderot se haya convertido en el escenario de esos personajes depresivos, misóginos, racistas y frustrados que pululan en las novelas de Houellebecq.

El libro en cuestión es su primera y mejor novela, según creo yo: Ampliación del campo de batalla. En ella se hallan condensados ya todos los elementos que componen su obra, sin el recurso a la erudición un tanto postiza que mostrará después: la insatisfacción sexual y la pornografía, el análisis cínico del capitalismo, la depresión, la crítica de los ideales revolucionarios y del feminismo, la problematización de la inmigración, en fin, el resentimiento de la clase media, mecida en la orfandad de los ideales y en el tedio de la democracia.

Publicada en 1994, la novela se sitúa en el momento en que el gobierno francés busca modernizar y automatizar sus sistemas de información. El uso de los computadores comienza a democratizarse y, en teoría, el nivel de vida mejora, calculado en términos de poder adquisitivo y potenciado por el capitalismo triunfante.

En ese contexto aparece el protagonista (anónimo, pues su nombre nunca se menciona) que trabaja como analista-programador en una compañía en contrato con el ministerio de agricultura. Un puesto importante que, como descubrimos después de varias páginas, no tiene mayor utilidad.

El personaje cuenta en primera persona sus peripecias: viajes profesionales a ciudades apartadas y feas, reuniones con sus superiores, visitas a supermercados y tentativas de conquista en bares que no llegan a nada. Como si la única odisea posible hoy en día fuera el periplo entre el trabajo y la casa, los barcos de Ulises se hubieran convertido en trenes atestados de gente y Penélope en una exesposa agriada por el psicoanálisis y los antidepresivos. El único evento que parece sacarlo de la rutina e introducir una dosis de imprevisto en su vida es la pérdida de su auto durante una borrachera.

A pesar de su posición económica aventajada (gana dos veces y medio el salario mínimo), el narrador se considera a sí mismo un perdedor: feo, sin encanto para atraer a las mujeres, presa de repetidos ataques de depresión, sin aspiraciones ni aventuras y, sobre todo, solo en el mundo como un champiñón.

El “héroe” constata con amargura que el combate se ha extendido a otros aspectos de la existencia. De ahí, la crítica mordaz de la liberación sexual, que Houellebecq extenderá a toda la revolución hippie en su siguiente novela Las partículas elementales, y su pesimismo ante el sistema económico imperante:

“El liberalismo económico es la ampliación del campo de batalla, su ampliación a todas las edades de la vida y a todas las clases de la sociedad. Asimismo, el liberalismo sexual es la ampliación del campo de batalla, su ampliación a todas las edades”, etc.

Y remata:

“Al igual que el liberalismo económico desenfrenado, y por las mismas razones, el liberalismo sexual produce fenómenos de pauperización absoluta”.

Todo esto dentro de un mundo banal hasta más no poder (los diálogos giran, en general, en torno a la rotación del personal en la empresa y a las pequeñas ambiciones de cada quien) y que, a fuerza de especializarse y aislarse, se ha ido desecando. Por eso, y para contrarrestarlo según el narrador, la publicidad nos bombardea con imágenes excitantes, a diferencia de lo que hacía la Iglesia durante la Edad Media, época en la que buscaba apaciguar las ansias locas de vivir que tenía la gente.

“Necesitamos aventura y erotismo – dice más o menos a mitad del libro – porque necesitamos repetirnos que la vida es maravillosa y excitante; y es así, claro está, porque eso nos parece un poco dudoso”.

Liberalismo a ultranza, pérdida de sentido, banalidad, soledad, depresión, trabajos inútiles e insatisfacción. Es quizás por eso por lo que Houellebecq molesta tanto. Todo suena bastante familiar, sobre todo en los países del llamado primer mundo, donde como constata el narrador al ver a un montón de locos en un manicomio, las personas no están chifladas, “simplemente les faltaba un poco de amor”.


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