MEDELLÍN,   COLOMBIA,   SURAMÉRICA    AÑO 10    No. 109 OCTUBRE DEL AÑO 2007    ISSN 0124-4388      elpulso@elhospital.org.co






 

 


Los dedos chuecos que
deja el amor a la escritura
Juan Carlos Arboleda Z - elpulso@elhospital.org.co
“Todo es presente: el pasado está ocurriendo hoy y el futuro ya está aquí, y dentro de 10 minutos el futuro que estamos viviendo ya no será. Éste es uno de los retos mayores y más interesantes del escritor y sobre todo del novelista: darse cuenta de que el presente es portador del pasado y del futuro, no hay más pasado que el que recordamos, y no hay más futuro que el que somos capaces de desear. Es memoria y deseo, dos extremos sobre los cuales se mueve la literatura en un presente que está recordando y está deseando constantemente”.
Cuarenta grados de temperatura. Un sudor intenso corriendo por frentes y cuellos. Un vaso con Cubalibre. Una noche en Cartagena, pero con Carlos Fuentes. Sentados sobre las murallas, mientras un fuerte viento quiere llevarse las palabras del maestro al mar que nos une con la España de la lengua que ama y respeta como a nada en el mundo. Carlos Fuentes el escritor, Fuentes el Maestro, el amigo eterno de Gabo en Méjico, el hombre que ahora escribe con pluma porque los muchos años de teclear la maquina de escribir con sus dedos índices se los puso chuecos, pagando la cuenta que el oficio le pasó a su amor por las letras. A sus 79 años, este mejicano nacido en Panamá, criado en Estados Unidos y hoy habitante del mundo, aún tiene todo por decir.
Por un azar del trabajo diplomático de su padre, Carlos Fuentes, uno de los escritores latinoamericanos más importantes del siglo XX, nació en Ciudad de Panamá el 11 de noviembre de 1928; Chile, Argentina, Estados Unidos, fueron los lugares en los que transcurrió su niñez, pero nunca se alejó de su entrañable Méjico gracias a los relatos que sus abuelas le contaban en los viajes de cada temporada de vacaciones, relatos que le enseñaron a amar una Latinoamérica grande, un castellano rico como lengua y que lo llevaron a adoptar por profesión el arte de escribir. Ganador del Premio Cervantes en 1987, múltiples homenajes y una vasta obra publicada, son apenas muestras de una gran personalidad comprometida con causas sociales, pero ante todo con el arte.
El castellano, esa lengua amada
Carlos Fuentes fue testigo privilegiado de una evolución en la connotación mundial del español como lengua y del reconocimiento del oficio de escribir: ”Mi generación estaba conformada a lo sumo por 10 ó 12 escritores; ahora hay decenas y excelentes tanto en el mundo hispánico como en la América española, y un factor que antes no existía es la importancia de la comunidad hispano parlante de los Estados Unidos. Yo crecí en Washington y recuerdo que cuando viajaba con mi madre y mi hermana a Méjico por carretera y nos deteníamos en algún restaurante del sur de Estados Unidos y hablábamos en español, la mesera nos tiraba los platos y decía: ¡Don´t talk this language! El español para ellos no era una lengua, era una cosa sucia que los molestaba e inquietaba; en los años 70 dando una conferencia en la Universidad de Santa Bárbara, California, me di cuenta de que la mayor parte de los asistentes eran de origen mejicano y pregunté por qué hablábamos en inglés: propuse hacer las preguntas y respuestas en español. El silencio total cundió en las filas hasta que una chica valiente increpó al público y les dijo: ¿Por qué no hablan en español? Otra chica levantó la mano y respondió: ¡Porque es una lengua de esclavos! Yo me pregunto: La lengua de Borges, Neruda y Cervantes, ¿es una lengua de esclavos? Existía una vergüenza de usar el castellano en los Estados Unidos. Pero hoy, hasta el más ridículo político norteamericano que ha existido - y Usted sabe a quién me refiero-, hace discursos en español para ganar votos: hoy el español gana votos. Antes ganaba repudio. Hay una transformación esencial en la aceptación de una lengua que se convirtió en la segunda más hablada de Occidente y quizá pronto sea la primera”.
“En todas las artes aparece un mundo soñado pero
no consciente de ser sueño; la inspiración existe,
pero en la fuerza del mundo interior, del mundo onírico:
proviene del mundo de las memorias perdidas, del mundo
de los ancestros, reaparece de manera misteriosa en
la página que estás escribiendo y escapa totalmente
a la lógica que te habías propuesto”.
Pero la transformación no fue solo en la aceptación del español por los “habitantes del imperio”. Según Fuentes, la gran riqueza parte de las entrañas mismas de la lengua: “El español se crea desde abajo, vive en una constante y fantástica mutación popular: las palabras populares que se empleaban en mi infancia en Méjico ya nadie las conoce, ya son de diccionario. En cambio con las palabras de la nuevas generaciones tengo que 'parar el oído' porque yo tampoco las conozco; tenemos una lengua de metamorfosis muy rápida que indica una vitalidad extraordinaria, y eso tiene que ver mucho con la literatura, porque refleja esos cambios sin que traiga un glosario de la lengua popular”.
El oficio de escribir
Escribir es un acto sensual, del cual Carlos Fuentes se siente más cercano al hacerlo a mano, llenando cuadernos en la hoja derecha y corrigiendo en la izquierda: “Tengo un erotismo frente a la escritura, porque estoy cerca del material: la pluma, la tinta, el papel. Soy mañanero dependiendo de dónde estoy; en Londres, donde vivo, me levanto a las 6:00 de mañana, me hago el desayuno y escribo hasta las 12:00 del mediodía; luego paseo una hora por un cementerio por el miedo al tráfico de Londres -siempre viene en direcciones que no entiendo- y veo tumbas que son lo mejor de la literatura fantástica de Inglaterra”.
Pero la soñada “inspiración” no viene de la disciplina ni de sus caminatas, ni siquiera de la experiencia en el oficio: su origen está en otro mundo. “Los libros se escriben a golpe de calcetín, a lo largo de mucho tiempo, y no se puede decir que hoy empiezo un libro y lo termino en tal fecha; el libro tiene su vida propia.
Pero hay un hecho que me maravilla y me inquieta: soy una persona disciplinada, tengo ascendentes alemanes, fui educado en Estados Unidos, sé cuál es el valor de la disciplina, los escritores que no tienen disciplina; no escriben, acaban en la cantina -quizá muy contentos pero no escriben-. Entonces yo tengo la disciplina de planear para el día siguiente lo que tengo que escribir, me siento y me digo `mañana toca este capitulo`, los personajes van a decir y hacer más o menos esto; me acuesto, me levanto al día siguiente y me siento a escribir, pero lo que sale es completamente distinto, es algo no planeado ni pensado y tiene que ver con el poder onírico. En los sueños pasan cosas que uno no recuerda, pero que de manera mágica, misteriosa y prodigiosa van pasando a la página escrita; ahí está lo que soñaste sin tener conciencia de ello: los sueños que recordamos son idiotas -que estaba encuerado por la calle, que me ahogué en una piscina-. Pero el sueño profundo, la realidad onírica que es la mitad de nuestras vidas, aparece de manera poderosa y tácita, sin anunciarse, en la escritura, la pintura, la música, el cine. En todas las artes aparece un mundo soñado pero no consciente de ser sueño; la inspiración existe, pero en la fuerza del mundo interior, del mundo onírico: proviene del mundo de las memorias perdidas, del mundo de los ancestros, reaparece de manera misteriosa en la página que estás escribiendo y escapa totalmente a la lógica que te habías propuesto”.
Pero el acto de escribir no concluye al plasmar ni el mundo onírico ni las interpretaciones del mundo real, porque la responsabilidad desprendida de los trazos sobre el papel afecta la existencia de su mismo soporte: la lengua. “Hay algo muy importante: la literatura transforma el lenguaje de la calle, pero la literatura es el único arte que se basa en lo que todos usan; no todos tararean en la regadera una partitura, la pintura es pura creación, la música es muy abstracta, la arquitectura no se hace con dos piedras. En cambio el escritor trabaja con algo que pertenece a todos, que es el lenguaje: decimos buenos días, paramos un taxi, decimos palabras de amor, palabras de odio, pedimos la comida, nos enojamos, usamos el lenguaje todos los días; pero ese lenguaje en bruto no puede pasar a la literatura: existe un proceso de selección inevitable, de convertir el cobre de todos los días en el oro de la literatura, y esa es una responsabilidad muy grande. ¿Qué filtrar? Yo vuelvo siempre a Cervantes, al Arcipreste de Hita, a Quevedo: ellos son la prueba de que la literatura admite todo a condición de que pase por el filtro de la imaginación; cuando el lenguaje pasa el filtro de la imaginación, se convierte en literatura. Es una gran responsabilidad porque el escritor trabaja con algo que es de propiedad colectiva, que no nos pertenece, y que es la lengua”.
“Se crean realidades y uno siempre sabe
cuándono hay una realidad literaria creada por el escritor;
pero es realidad la visión más fantástica y también
es realidad la visión más social de un Balzac”.
Un tema siempre mágico, el tiempo y su presencia en la literatura como preocupación estilística y como fuerza creadora, desvela al escritor mejicano: ”Todo es presente: el pasado está ocurriendo hoy y el futuro ya está aquí, y dentro de 10 minutos el futuro que estamos viviendo ya no será. Éste es uno de los retos mayores y más interesantes del escritor y sobre todo del novelista: darse cuenta de que el presente es portador del pasado y del futuro, no hay más pasado que el que recordamos, y no hay más futuro que el que somos capaces de desear. Es memoria y deseo, dos extremos sobre los cuales se mueve la literatura en un presente que está recordando y está deseando constantemente. Para mí esa es la esencia de la historia, y por eso la literatura es tan importante: porque no presenta una historia cronológica, sino como vivencia. Un poema de Góngora no tiene edad, pero está siempre en el presente radical de la literatura: es un poema que en el instante posee un pasado y un futuro, en el presente. Eso lo tengo muy claro cuando escribo”.
Y agrega: “Pero también creo que el tiempo es la novela, en el sentido de que puede haber tiempo sin novela; lo ha habido porque la novela se inicia con Cervantes y el Quijote, pero no ha habido una sola novela que no tenga tiempo. Una novela sin tiempo no existe, porque ésta se estructura siempre en torno de una idea del tiempo, dice Virginia Wolf en Las Olas; es como dar cuenta de los 70 ó 77 tiempos simultáneos que están todo el tiempo en mi cabeza. En esencia, toda novela implica una noción, una visión y tratamiento del tiempo, un recuerdo del tiempo, un deseo del tiempo, un presente del tiempo en el acto de la escritura: nadie se puede excluir de esa regla”.
Latinoamérica: futuro del siglo XXI
Carlos Fuentes, como los mejores novelistas, en cierto modo es un exorcista de los males de la sociedad, que en algunas oportunidades en vez de exorcizar acaba profetizando. Pero el poeta y el escritor no están en el mundo para evitarnos dolores, sino para confrontarnos con la realidad: en este caso, la de América Latina es una constante en su vida y su obra: “Yo siempre he dicho que América Latina comienza al sur de los Estados Unidos, más o menos entre Virginia y las Carolinas; ese sur es un poco Latinoamérica o lo era, y William Faulkner es muy hermano y hermanable de la América Latina. A su vez, la negritud americana es esencial para entender la literatura del Brasil, del Caribe, y creo que esto es lo extraordinario de nuestra cultura de las dos orillas: por un lado el golfo de Méjico y el Caribe, y por el otro lado el Mediterráneo. Es una cultura que cruza el Atlántico en ambas direcciones, que lleva a Europa una tradición indígena, hispánica y negra, más toda la cultura mediterránea heredada de España; y cuando digo mediterránea no me refiero únicamente a la cultura cristiana española: me refiero a una cultura judía, a una árabe, romana, griega e incluso fenicia, de manera que somos una gran cosmovisión de los dos mundos, que se da mucho más fuerte que en cualquier otra región del mundo. Esa es nuestra singularidad, y creo mucho en lo que estoy diciendo porque ahí está el futuro nuestro: es lo que le vamos a dar al siglo XXI para que no sea monopólico, ni de un solo poder, ni una sola tendencia, ni una sola ideología. Y depende mucho de lo que nosotros hagamos, digamos y escribamos, para que sea un siglo pluralista, cultural y que dé cabida a todas las tendencias y culturas del mundo”.
Un último viento ronda las calles nocturnas de Cartagena, y el problema del compromiso con la realidad queda zanjado, apenas es esbozado: ”La realidad literaria abarca tanto al testimonio más crudo de la vida en los barrios bajos de Nueva York como a la fantasía de Edgar Allan Poe imaginando castillos que nunca visitó y que sólo existieron en su gran paisaje imaginario mental. ¿Es realidad Poe? Es realidad Poe. ¿Es realidad John Dos Pasos? También es realidad Dos Pasos. Se crean realidades y uno siempre sabe cuándo no hay una realidad literaria creada por el escritor; pero es realidad la visión más fantástica y también es realidad la visión más social de un Balzac”.
Asimismo es realidad Fuentes, que revestido de una solemnidad no buscada, sino lograda por la tranquilidad del deber cumplido, sólo espera que las nuevas generaciones tengan el mismo o mayor compromiso con Latinoamérica del que él y los escritores de su generación tuvieron, mientras camina lento por sobre la muralla de Cartagena y se aleja con su vaso de ron en la mano y quién sabe cuál historia en su mente.
 
Ocioso lector
La guerra que empezó
en un partido de fútbol
“Señor, ¡mire cuántos zapatos!
Clavó la vista en las botas de los soldados de la compañía que se arrastraban, entornó los ojos, reflexionando con gravedad acerca de algo que le preocupaba y, finalmente, habló con una voz llena de desazón:
- Toda mi familia anda descalza.
(...) El tiroteo amainó por unos instantes (...) Me dijo con voz jadeante que lo esperara mientras él volvía hasta el lugar donde acababa de producirse el último combate de su compañía. Los vivos seguramente ya se habrían alejado de allí (...) y en el campo de batalla sólo quedarían los muertos, que ya no necesitaban zapatos. Él iría hasta aquel lugar, descalzaría a algunos muertos, escondería las botas entre los arbustos y señalaría el escondrijo. Cuando terminara la guerra y lo licenciaran, regresaría y calzaría a toda su familia. Ya había calculado que por un par de botas militares le darían tres pares de zapatos de niño, y él era padre de nueve criaturas”
“Mientras atravesábamos sigilosamente el bosque pregunté al soldado por qué él y sus compatriotas luchaban contra El Salvador. Me respondió que no lo sabía, que eran asuntos del gobierno. Le pregunté cómo podía luchar sin saber en nombre de qué causa derramaba su sangre. Repuso que viviendo en el campo más le valía no hacer preguntas. El que pregunta despierta sospechas del alcalde de la aldea. Luego, el alcalde no duda en mandar al curioso a realizar trabajos de la comunidad. Al prestar esos servicios, el campesino se ve abocado a descuidar su terruño y a su familia, y pasa más hambre que nunca, que ya es un decir. La miseria que los azota todos los días ya es suficiente. Hay que vivir de modo que el nombre de uno nunca llegue a los oídos de las autoridades, del poder”.
Fragmentos de “La guerra del futbol”, de Kapuscinski
 



Arriba

[ Editorial | Debate | Opinión | Monitoreo | Generales | Columna Jurídica | Cultural | Breves ]

COPYRIGHT © 2001 Periódico El PULSO
Prohibida su reproducción total o parcial, así como su traducción a cualquier idioma sin autorización escrita de su titular
. Reproduction in whole or in part, or translation without written permission is prohibited. All rights reserved