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Los dedos chuecos que
deja el amor a la escritura
Juan
Carlos Arboleda Z - elpulso@elhospital.org.co |
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Todo
es presente: el pasado está ocurriendo hoy y el futuro
ya está aquí, y dentro de 10 minutos el futuro
que estamos viviendo ya no será. Éste es uno de
los retos mayores y más interesantes del escritor y sobre
todo del novelista: darse cuenta de que el presente es portador
del pasado y del futuro, no hay más pasado que el que
recordamos, y no hay más futuro que el que somos capaces
de desear. Es memoria y deseo, dos extremos sobre los cuales
se mueve la literatura en un presente que está recordando
y está deseando constantemente.
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Cuarenta grados de
temperatura. Un sudor intenso corriendo por frentes y cuellos.
Un vaso con Cubalibre. Una noche en Cartagena, pero con Carlos
Fuentes. Sentados sobre las murallas, mientras un fuerte viento
quiere llevarse las palabras del maestro al mar que nos une
con la España de la lengua que ama y respeta como a nada
en el mundo. Carlos Fuentes el escritor, Fuentes el Maestro,
el amigo eterno de Gabo en Méjico, el hombre que ahora
escribe con pluma porque los muchos años de teclear la
maquina de escribir con sus dedos índices se los puso
chuecos, pagando la cuenta que el oficio le pasó a su
amor por las letras. A sus 79 años, este mejicano nacido
en Panamá, criado en Estados Unidos y hoy habitante del
mundo, aún tiene todo por decir.
Por un azar del trabajo diplomático de su padre, Carlos
Fuentes, uno de los escritores latinoamericanos más importantes
del siglo XX, nació en Ciudad de Panamá el 11
de noviembre de 1928; Chile, Argentina, Estados Unidos, fueron
los lugares en los que transcurrió su niñez, pero
nunca se alejó de su entrañable Méjico
gracias a los relatos que sus abuelas le contaban en los viajes
de cada temporada de vacaciones, relatos que le enseñaron
a amar una Latinoamérica grande, un castellano rico como
lengua y que lo llevaron a adoptar por profesión el arte
de escribir. Ganador del Premio Cervantes en 1987, múltiples
homenajes y una vasta obra publicada, son apenas muestras de
una gran personalidad comprometida con causas sociales, pero
ante todo con el arte.
El castellano, esa lengua amada
Carlos Fuentes fue testigo privilegiado de una evolución
en la connotación mundial del español como lengua
y del reconocimiento del oficio de escribir: Mi generación
estaba conformada a lo sumo por 10 ó 12 escritores; ahora
hay decenas y excelentes tanto en el mundo hispánico
como en la América española, y un factor que antes
no existía es la importancia de la comunidad hispano
parlante de los Estados Unidos. Yo crecí en Washington
y recuerdo que cuando viajaba con mi madre y mi hermana a Méjico
por carretera y nos deteníamos en algún restaurante
del sur de Estados Unidos y hablábamos en español,
la mesera nos tiraba los platos y decía: ¡Don´t
talk this language! El español para ellos no era una
lengua, era una cosa sucia que los molestaba e inquietaba; en
los años 70 dando una conferencia en la Universidad de
Santa Bárbara, California, me di cuenta de que la mayor
parte de los asistentes eran de origen mejicano y pregunté
por qué hablábamos en inglés: propuse hacer
las preguntas y respuestas en español. El silencio total
cundió en las filas hasta que una chica valiente increpó
al público y les dijo: ¿Por qué no hablan
en español? Otra chica levantó la mano y respondió:
¡Porque es una lengua de esclavos! Yo me pregunto: La
lengua de Borges, Neruda y Cervantes, ¿es una lengua
de esclavos? Existía una vergüenza de usar el castellano
en los Estados Unidos. Pero hoy, hasta el más ridículo
político norteamericano que ha existido - y Usted sabe
a quién me refiero-, hace discursos en español
para ganar votos: hoy el español gana votos. Antes ganaba
repudio. Hay una transformación esencial en la aceptación
de una lengua que se convirtió en la segunda más
hablada de Occidente y quizá pronto sea la primera. |
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En todas las artes
aparece un mundo soñado pero
no consciente de ser sueño; la inspiración
existe,
pero en la fuerza del mundo interior, del mundo onírico:
proviene del mundo de las memorias perdidas, del mundo
de los ancestros, reaparece de manera misteriosa en
la página que estás escribiendo y escapa
totalmente
a la lógica que te habías propuesto.
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| Pero la transformación
no fue solo en la aceptación del español por los
habitantes del imperio. Según Fuentes, la
gran riqueza parte de las entrañas mismas de la lengua:
El español se crea desde abajo, vive en una constante
y fantástica mutación popular: las palabras populares
que se empleaban en mi infancia en Méjico ya nadie las
conoce, ya son de diccionario. En cambio con las palabras de
la nuevas generaciones tengo que 'parar el oído' porque
yo tampoco las conozco; tenemos una lengua de metamorfosis muy
rápida que indica una vitalidad extraordinaria, y eso
tiene que ver mucho con la literatura, porque refleja esos cambios
sin que traiga un glosario de la lengua popular. |
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El oficio de escribir
Escribir es un acto sensual, del cual Carlos Fuentes
se siente más cercano al hacerlo a mano, llenando cuadernos
en la hoja derecha y corrigiendo en la izquierda: Tengo
un erotismo frente a la escritura, porque estoy cerca del material:
la pluma, la tinta, el papel. Soy mañanero dependiendo
de dónde estoy; en Londres, donde vivo, me levanto a
las 6:00 de mañana, me hago el desayuno y escribo hasta
las 12:00 del mediodía; luego paseo una hora por un cementerio
por el miedo al tráfico de Londres -siempre viene en
direcciones que no entiendo- y veo tumbas que son lo mejor de
la literatura fantástica de Inglaterra.
Pero la soñada inspiración no viene
de la disciplina ni de sus caminatas, ni siquiera de la experiencia
en el oficio: su origen está en otro mundo. Los
libros se escriben a golpe de calcetín, a lo largo de
mucho tiempo, y no se puede decir que hoy empiezo un libro y
lo termino en tal fecha; el libro tiene su vida propia.
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Pero hay un hecho que me maravilla
y me inquieta: soy una persona disciplinada, tengo ascendentes
alemanes, fui educado en Estados Unidos, sé cuál
es el valor de la disciplina, los escritores que no tienen disciplina;
no escriben, acaban en la cantina -quizá muy contentos
pero no escriben-. Entonces yo tengo la disciplina de planear
para el día siguiente lo que tengo que escribir, me siento
y me digo `mañana toca este capitulo`, los personajes
van a decir y hacer más o menos esto; me acuesto, me
levanto al día siguiente y me siento a escribir, pero
lo que sale es completamente distinto, es algo no planeado ni
pensado y tiene que ver con el poder onírico. En los
sueños pasan cosas que uno no recuerda, pero que de manera
mágica, misteriosa y prodigiosa van pasando a la página
escrita; ahí está lo que soñaste sin tener
conciencia de ello: los sueños que recordamos son idiotas
-que estaba encuerado por la calle, que me ahogué en
una piscina-. Pero el sueño profundo, la realidad onírica
que es la mitad de nuestras vidas, aparece de manera poderosa
y tácita, sin anunciarse, en la escritura, la pintura,
la música, el cine. En todas las artes aparece un mundo
soñado pero no consciente de ser sueño; la inspiración
existe, pero en la fuerza del mundo interior, del mundo onírico:
proviene del mundo de las memorias perdidas, del mundo de los
ancestros, reaparece de manera misteriosa en la página
que estás escribiendo y escapa totalmente a la lógica
que te habías propuesto.
Pero el acto de escribir no concluye al plasmar ni el mundo
onírico ni las interpretaciones del mundo real, porque
la responsabilidad desprendida de los trazos sobre el papel
afecta la existencia de su mismo soporte: la lengua. Hay
algo muy importante: la literatura transforma el lenguaje de
la calle, pero la literatura es el único arte que se
basa en lo que todos usan; no todos tararean en la regadera
una partitura, la pintura es pura creación, la música
es muy abstracta, la arquitectura no se hace con dos piedras.
En cambio el escritor trabaja con algo que pertenece a todos,
que es el lenguaje: decimos buenos días, paramos un taxi,
decimos palabras de amor, palabras de odio, pedimos la comida,
nos enojamos, usamos el lenguaje todos los días; pero
ese lenguaje en bruto no puede pasar a la literatura: existe
un proceso de selección inevitable, de convertir el cobre
de todos los días en el oro de la literatura, y esa es
una responsabilidad muy grande. ¿Qué filtrar?
Yo vuelvo siempre a Cervantes, al Arcipreste de Hita, a Quevedo:
ellos son la prueba de que la literatura admite todo a condición
de que pase por el filtro de la imaginación; cuando el
lenguaje pasa el filtro de la imaginación, se convierte
en literatura. Es una gran responsabilidad porque el escritor
trabaja con algo que es de propiedad colectiva, que no nos pertenece,
y que es la lengua. |
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Se crean realidades
y uno siempre sabe
cuándono hay una realidad literaria creada por el escritor;
pero es realidad la visión más fantástica
y también
es realidad la visión más social de un Balzac.
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Un tema siempre mágico, el tiempo y su
presencia en la literatura como preocupación estilística
y como fuerza creadora, desvela al escritor mejicano: Todo
es presente: el pasado está ocurriendo hoy y el futuro
ya está aquí, y dentro de 10 minutos el futuro
que estamos viviendo ya no será. Éste es uno de
los retos mayores y más interesantes del escritor y sobre
todo del novelista: darse cuenta de que el presente es portador
del pasado y del futuro, no hay más pasado que el que
recordamos, y no hay más futuro que el que somos capaces
de desear. Es memoria y deseo, dos extremos sobre los cuales
se mueve la literatura en un presente que está recordando
y está deseando constantemente. Para mí esa es
la esencia de la historia, y por eso la literatura es tan importante:
porque no presenta una historia cronológica, sino como
vivencia. Un poema de Góngora no tiene edad, pero está
siempre en el presente radical de la literatura: es un poema
que en el instante posee un pasado y un futuro, en el presente.
Eso lo tengo muy claro cuando escribo.
Y agrega: Pero también creo que el tiempo es la
novela, en el sentido de que puede haber tiempo sin novela;
lo ha habido porque la novela se inicia con Cervantes y el Quijote,
pero no ha habido una sola novela que no tenga tiempo. Una novela
sin tiempo no existe, porque ésta se estructura siempre
en torno de una idea del tiempo, dice Virginia Wolf en Las Olas;
es como dar cuenta de los 70 ó 77 tiempos simultáneos
que están todo el tiempo en mi cabeza. En esencia, toda
novela implica una noción, una visión y tratamiento
del tiempo, un recuerdo del tiempo, un deseo del tiempo, un
presente del tiempo en el acto de la escritura: nadie se puede
excluir de esa regla.
Latinoamérica: futuro del siglo
XXI
Carlos Fuentes, como los mejores novelistas, en cierto
modo es un exorcista de los males de la sociedad, que en algunas
oportunidades en vez de exorcizar acaba profetizando. Pero el
poeta y el escritor no están en el mundo para evitarnos
dolores, sino para confrontarnos con la realidad: en este caso,
la de América Latina es una constante en su vida y su
obra: Yo siempre he dicho que América Latina comienza
al sur de los Estados Unidos, más o menos entre Virginia
y las Carolinas; ese sur es un poco Latinoamérica o lo
era, y William Faulkner es muy hermano y hermanable de la América
Latina. A su vez, la negritud americana es esencial para entender
la literatura del Brasil, del Caribe, y creo que esto es lo
extraordinario de nuestra cultura de las dos orillas: por un
lado el golfo de Méjico y el Caribe, y por el otro lado
el Mediterráneo. Es una cultura que cruza el Atlántico
en ambas direcciones, que lleva a Europa una tradición
indígena, hispánica y negra, más toda la
cultura mediterránea heredada de España; y cuando
digo mediterránea no me refiero únicamente a la
cultura cristiana española: me refiero a una cultura
judía, a una árabe, romana, griega e incluso fenicia,
de manera que somos una gran cosmovisión de los dos mundos,
que se da mucho más fuerte que en cualquier otra región
del mundo. Esa es nuestra singularidad, y creo mucho en lo que
estoy diciendo porque ahí está el futuro nuestro:
es lo que le vamos a dar al siglo XXI para que no sea monopólico,
ni de un solo poder, ni una sola tendencia, ni una sola ideología.
Y depende mucho de lo que nosotros hagamos, digamos y escribamos,
para que sea un siglo pluralista, cultural y que dé cabida
a todas las tendencias y culturas del mundo.
Un último viento ronda las calles nocturnas de Cartagena,
y el problema del compromiso con la realidad queda zanjado,
apenas es esbozado: La realidad literaria abarca tanto
al testimonio más crudo de la vida en los barrios bajos
de Nueva York como a la fantasía de Edgar Allan Poe imaginando
castillos que nunca visitó y que sólo existieron
en su gran paisaje imaginario mental. ¿Es realidad Poe?
Es realidad Poe. ¿Es realidad John Dos Pasos? También
es realidad Dos Pasos. Se crean realidades y uno siempre sabe
cuándo no hay una realidad literaria creada por el escritor;
pero es realidad la visión más fantástica
y también es realidad la visión más social
de un Balzac.
Asimismo es realidad Fuentes, que revestido de una solemnidad
no buscada, sino lograda por la tranquilidad del deber cumplido,
sólo espera que las nuevas generaciones tengan el mismo
o mayor compromiso con Latinoamérica del que él
y los escritores de su generación tuvieron, mientras
camina lento por sobre la muralla de Cartagena y se aleja con
su vaso de ron en la mano y quién sabe cuál historia
en su mente. |
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| Ocioso
lector |
La guerra que empezó
en un partido de fútbol |
Señor,
¡mire cuántos zapatos!
Clavó la vista en las botas de los soldados de la compañía
que se arrastraban, entornó los ojos, reflexionando con
gravedad acerca de algo que le preocupaba y, finalmente, habló
con una voz llena de desazón:
- Toda mi familia anda descalza.
(...) El tiroteo amainó por unos instantes (...) Me dijo
con voz jadeante que lo esperara mientras él volvía
hasta el lugar donde acababa de producirse el último
combate de su compañía. Los vivos seguramente
ya se habrían alejado de allí (...) y en el campo
de batalla sólo quedarían los muertos, que ya
no necesitaban zapatos. Él iría hasta aquel lugar,
descalzaría a algunos muertos, escondería las
botas entre los arbustos y señalaría el escondrijo.
Cuando terminara la guerra y lo licenciaran, regresaría
y calzaría a toda su familia. Ya había calculado
que por un par de botas militares le darían tres pares
de zapatos de niño, y él era padre de nueve criaturas
Mientras atravesábamos sigilosamente el bosque
pregunté al soldado por qué él y sus compatriotas
luchaban contra El Salvador. Me respondió que no lo sabía,
que eran asuntos del gobierno. Le pregunté cómo
podía luchar sin saber en nombre de qué causa
derramaba su sangre. Repuso que viviendo en el campo más
le valía no hacer preguntas. El que pregunta despierta
sospechas del alcalde de la aldea. Luego, el alcalde no duda
en mandar al curioso a realizar trabajos de la comunidad. Al
prestar esos servicios, el campesino se ve abocado a descuidar
su terruño y a su familia, y pasa más hambre que
nunca, que ya es un decir. La miseria que los azota todos los
días ya es suficiente. Hay que vivir de modo que el nombre
de uno nunca llegue a los oídos de las autoridades, del
poder.
Fragmentos de La guerra del futbol, de Kapuscinski |
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