EDELLÍN,   COLOMBIA,   SURAMÉRICA    AÑO 10    No. 119 AGOSTO DEL AÑO 2008    ISSN 0124-4388      elpulso@elhospital.org.co

Fundado en Medellín, el 30 de julio de 1998. Director: Julio Ernesto Toro Restrepo. Comite Editorial: Juan Guillermo Maya Salinas, Alba Luz Arroyave, Jairo Humberto Restrepo, Javier Ignacio Muñoz y Gonzalo Medina. Dirección Comercial: Diana Cecilia Arbeláez. Editora: Olga Lucía Muñoz López. Asesoras comerciales: Amparo Abril Rojas y María Eugenia Botero. Web master: Santiago Ospina Gómez


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El ser humano es un sistema complejo, y por tanto, impredecible. Los sistemas de salud también son sistemas complejos, pero sus procesos y resultados sí pueden predecirse.
La atención del médico al enfermo es la profesión más humana, porque se ocupa del ser humano en todas las etapas de su vida, y por tanto exige a quién la ejerce, respeto por la vida y la integridad de ese enfermo puesto a su cuidado. Así ha sido desde el principio de los tiempos y así se exige hoy con más énfasis desde los sistemas de salud, por ser una obligación ética y moral, porque permite salvar la vida y evitar discapacidad al paciente, porque reduce costos a todos, y porque evita líos jurídicos a profesionales de la salud y a las instituciones hospitalarias.
Pero hablar de seguridad del paciente no es tema nuevo: desde siempre, el enfermo busca al médico confiado en obtener el bienestar que la atención médica le pueda proporcionar. Pero también, desde siempre, el acto médico-paciente no ha estado libre de resultados impredecibles, por lo que mencionábamos que tanto ese ser humano como el proceso mismo de la atención médica, son bastante complejos.
Más hoy día ya no se habla de errores médicos sino de eventos adversos, definido como incidente desfavorable, percance terapéutico, lesión iatrogénica u otros sucesos desfavorables que ocurren directamente asociados con la prestación de atención médica. Y los eventos adversos crecen en número de forma dramática y alarmante. ¿Por qué? Porque la atención en salud es una actividad compleja y llena de incertidumbres, por lo impredecible del ser humano, porque hay escasa formación sobre cómo resolver el problema y se minimiza, porque se oculta el error en vez de admitirlo o se responsabiliza a otro que puede ser el mismo paciente, porque se temen medidas punitivas…
Ya desde Hammurabi se hablaba de responsabilizar al médico del daño que causare; luego Hipócrates graba indeleblemente el principio universal para el ejercicio médico de “primero no hacer daño”, Plutarco recordó que “errar es humano”, y así sucesivamente desde todas las instancias y épocas del saber humano, se formula el llamado a evitar el daño del médico al paciente. Hoy, los eventos adversos que pueden evitarse, son un tema en la mira de todos, porque las proporciones son altas en relación con las necesidades y expectativas sociales, en comparación con otras industrias y actividades humanas, y porque se pueden intervenir desde la técnica y la prevención. Para completar el cuadro, el acto médico en general se ha despersonalizado, se ha deshumanizado, se ha convertido en una relación funcional, donde el paciente se reduce a un número, a una historia clínica, a un caso más, todo lo cual también contribuye a crear campo para el evento adverso.
En buena hora, la OMS y su Alianza Mundial para la Seguridad del Paciente, entran a proponer estrategias encaminadas a lograr la seguridad del paciente, a proponer diseños de gestión preventivos del evento adverso como parte fundamental de los sistemas de salud, y a darle oportunidad a la autonomía médica de auto-regularse mediante la adopción de estándares asumidos en común y con carácter de obligatorios para todos.
Sin embargo, en todo este proceso, meritorio y necesario por cierto, no hay que dejarse seducir por propuestas fantasiosas, ni confiarse a la tecnología ni crear dependencias especializadas, ni emprender caminos largos y tortuosos. No es inventar nada nuevo, ni mejorar procesos dañando a las personas: es mejorar la seguridad del paciente reduciendo el daño con protocolos básicos, aplicar la estrategia en cada proyecto institucional sin desarrollos sofisticados o inversiones desaforadas, pero sí con participación activa del área administrativa y asistencial.
Está bien ser pro-activos, integrar modelos de gestión a la prestación del servicio para identificar factores que contribuyen a la presentación de eventos adversos, intervenirlos y mitigarlos; está bien generar cultura de la prevención, evitar toda negligencia que ponga en riesgo la vida o el bienestar del paciente. Que si la técnica, que si la cultura organizacional, que si la cultura justa y la cultura de seguridad del paciente en suma, sí, a todo sí, todo debe considerarse, pero ante todo, lo primordial sigue siendo el compromiso ético de los médicos: “primero no hacer daño”. Si ese principio se mantiene vigente como primordial, se convierte en compromiso y en realidad vital cada día, sin dejarse manchar de cualquier otro interés distinto a la seguridad de ese ser confiado su cuidado.

 
 




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