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El ser humano es un sistema complejo, y por tanto, impredecible.
Los sistemas de salud también son sistemas complejos,
pero sus procesos y resultados sí pueden predecirse.
La atención del médico al enfermo es la profesión
más humana, porque se ocupa del ser humano en todas
las etapas de su vida, y por tanto exige a quién
la ejerce, respeto por la vida y la integridad de ese enfermo
puesto a su cuidado. Así ha sido desde el principio
de los tiempos y así se exige hoy con más
énfasis desde los sistemas de salud, por ser una
obligación ética y moral, porque permite salvar
la vida y evitar discapacidad al paciente, porque reduce
costos a todos, y porque evita líos jurídicos
a profesionales de la salud y a las instituciones hospitalarias.
Pero hablar de seguridad del paciente no es tema nuevo:
desde siempre, el enfermo busca al médico confiado
en obtener el bienestar que la atención médica
le pueda proporcionar. Pero también, desde siempre,
el acto médico-paciente no ha estado libre de resultados
impredecibles, por lo que mencionábamos que tanto
ese ser humano como el proceso mismo de la atención
médica, son bastante complejos.
Más hoy día ya no se habla de errores médicos
sino de eventos adversos, definido como incidente desfavorable,
percance terapéutico, lesión iatrogénica
u otros sucesos desfavorables que ocurren directamente asociados
con la prestación de atención médica.
Y los eventos adversos crecen en número de forma
dramática y alarmante. ¿Por qué? Porque
la atención en salud es una actividad compleja y
llena de incertidumbres, por lo impredecible del ser humano,
porque hay escasa formación sobre cómo resolver
el problema y se minimiza, porque se oculta el error en
vez de admitirlo o se responsabiliza a otro que puede ser
el mismo paciente, porque se temen medidas punitivas
Ya desde Hammurabi se hablaba de responsabilizar al médico
del daño que causare; luego Hipócrates graba
indeleblemente el principio universal para el ejercicio
médico de primero no hacer daño,
Plutarco recordó que errar es humano,
y así sucesivamente desde todas las instancias y
épocas del saber humano, se formula el llamado a
evitar el daño del médico al paciente. Hoy,
los eventos adversos que pueden evitarse, son un tema en
la mira de todos, porque las proporciones son altas en relación
con las necesidades y expectativas sociales, en comparación
con otras industrias y actividades humanas, y porque se
pueden intervenir desde la técnica y la prevención.
Para completar el cuadro, el acto médico en general
se ha despersonalizado, se ha deshumanizado, se ha convertido
en una relación funcional, donde el paciente se reduce
a un número, a una historia clínica, a un
caso más, todo lo cual también contribuye
a crear campo para el evento adverso.
En buena hora, la OMS y su Alianza Mundial para la Seguridad
del Paciente, entran a proponer estrategias encaminadas
a lograr la seguridad del paciente, a proponer diseños
de gestión preventivos del evento adverso como parte
fundamental de los sistemas de salud, y a darle oportunidad
a la autonomía médica de auto-regularse mediante
la adopción de estándares asumidos en común
y con carácter de obligatorios para todos.
Sin embargo, en todo este proceso, meritorio y necesario
por cierto, no hay que dejarse seducir por propuestas fantasiosas,
ni confiarse a la tecnología ni crear dependencias
especializadas, ni emprender caminos largos y tortuosos.
No es inventar nada nuevo, ni mejorar procesos dañando
a las personas: es mejorar la seguridad del paciente reduciendo
el daño con protocolos básicos, aplicar la
estrategia en cada proyecto institucional sin desarrollos
sofisticados o inversiones desaforadas, pero sí con
participación activa del área administrativa
y asistencial.
Está bien ser pro-activos, integrar modelos de gestión
a la prestación del servicio para identificar factores
que contribuyen a la presentación de eventos adversos,
intervenirlos y mitigarlos; está bien generar cultura
de la prevención, evitar toda negligencia que ponga
en riesgo la vida o el bienestar del paciente. Que si la
técnica, que si la cultura organizacional, que si
la cultura justa y la cultura de seguridad del paciente
en suma, sí, a todo sí, todo debe considerarse,
pero ante todo, lo primordial sigue siendo el compromiso
ético de los médicos: primero no hacer
daño. Si ese principio se mantiene vigente
como primordial, se convierte en compromiso y en realidad
vital cada día, sin dejarse manchar de cualquier
otro interés distinto a la seguridad de ese ser confiado
su cuidado.
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