|
A la hora de evaluar un sistema de salud, hay que revisar
si fue efectivo para recuperar o mantener los niveles de
salud de la población. Esa es su esencia, su razón
de ser.
Y al mirar retrospectivamente el sistema de salud en Colombia,
hay que reconocer que aumentó la cobertura del aseguramiento,
pero que tener un carnet no significa acceso al servicio;
que aumentó las coberturas útiles de vacunación,
pero cayeron otros indicadores importantes de salud pública;
que población que antes ni soñaba con acceder
a consulta con especialistas y servicios de alta complejidad,
ha podido beneficiarse de los últimos avances en
conocimiento de la ciencia médica y la tecnología;
que población de lugares apartados del país
logró acceder a un mejor servicio de salud. E indiscutiblemente,
que alrededor del mundo de la salud se creó toda
una estructura financiera que en 2009 movió más
de $30 billones de pesos, con base en la destinación
de alrededor del 8 por ciento del PIB, convirtiéndolo
en uno de los sectores más dinámicos de la
economía colombiana. Todos esos fueron logros importantes
que no hay que desconocer.
Pero igualmente, hay que reconocer las enormes grietas del
sistema luego de casi 17 años de su creación.
Sí: tenemos muy presente que el Sistema General de
Seguridad Social se construyó sobre unos supuestos
y presupuestos que no se cumplieron. Pero hay que reconocer
que se propuso alcanzar la universalización de la
cobertura y la igualación de planes de beneficios
antes de 2001, y no alcanzó ninguna de las dos metas.
Que el gobierno no aportó el pari passu
que le correspondía y hoy esa cuenta asciende a más
de $5 billones (cuya falta contribuyó a la desfinanciación
del sistema). Que se invirtió el objetivo del 70-30,
con más afiliados en el subsidiado que en el contributivo,
cuando la expectativa era la contraria. Que no existe la
suficiente inspección, vigilancia y control, y esto
provocó que cada actor incumpliera muchas de sus
responsabilidades con el sistema y que algunos incurrieran
en abuso de posición dominante y descarados casos
de corrupción que llevaron al sistema al borde del
colapso, y que luego cínicamente quisieron echar
la culpa del hueco financiero que ellos causaron con incumplimiento
de pagos y de la normatividad legal, a los usuarios y a
los médicos.
Por eso ante la llegada del nuevo gobierno, todos los actores
y espectadores del sistema de salud no han faltado con propuestas
que buscan aportar a la resolución de la grave crisis
del sistema. Pero adviértase que la Corte Constitucional
en la sentencia que tumbó la emergencia social, alertó
no llamarse a engaños y reconocer que la crisis no
era sobreviniente sino estructural y de tiempo atrás
(más de una década). Entonces como los problemas
son viejos, las soluciones también se han planteado
de tiempo atrás y no tienen mucho de novedad.
Los objetivos que se plantean no son simples ni fáciles
de alcanzar, empezando por lograr las metas propuestas desde
el inicio del sistema, como la cobertura universal y la
unificación de planes de beneficios, pasando por
asegurar la sostenibilidad financiera del sistema, la accesibilidad
y la garantía de calidad en el servicio de salud.
Y lo más importante, como decíamos al principio:
recuperar o mantener los niveles de salud de la población,
teniendo siempre en el centro del foco a los usuarios. Recuperar
¡por fin!, la salud pública.
Semejante tarea no puede hacerla una fuerza única:
tal y como lo propuso la Corte en la sentencia que declaró
inexequible la emergencia social, ésta debe ser una
labor profunda, de cara al país, con participación
de todos los competentes -Legislativo, Ejecutivo, Judicial-,
escuchando conceptos de los técnicos y gobernando
con fortaleza.
Los recursos escasean, la atención a los pacientes
deja que desear, la prevención de la enfermedad brilla
por su ausencia, el precio de los medicamentos es inalcanzable
y la corrupción campea entre muchos agentes del sistema
de salud. Por eso las soluciones también se reclaman
con carácter de urgencia: y ahí estamos todos
a una.
Así las cosas, es entonces mucha la fe pero también
el temor, en la gestión del nuevo gobierno para enderezar
el rumbo de un sistema de salud en jaque por las grandes
presiones económicas, la corrupción y el juego
de intereses de los actores del sistema. Pero lo fundamental
es no olvidar el norte: un sistema que mejore la salud de
los colombianos.
|