DELLÍN,   COLOMBIA,   SURAMÉRICA    AÑO 14    No. 165  JUNIO DEL AÑO 2012    ISSN 0124-4388      elpulso@elhospital.org.co






 

 


 
Doctor César Augusto Giraldo,
oficial científico de la medicina forense
Hernando Guzmán Paniagua - Periodista - elpulso@elhospital.org.co
¿Será cierto que entre los médicos “se tapan” errores fatales con sus pacientes, así como entre bomberos no se pisan las mangueras? ¿Qué tanta responsabilidad atañe a los hospitales por las “infecciones nosocomiales”? Lo único innegable son los muertos que resultan. A estas y otras preguntas eternas de nuestra medicina contesta un veterano de muchas guerras en la medicina legal, el doctor César Augusto Giraldo Giraldo, ratón científico de anfiteatro, el legista que hubiera querido tener Sherlock Holmes para descifrar sus enigmas, uno
de los magos que llevaron las ciencias forenses en Colombia de su postración medieval a la altura científica y tecnológica de hoy.
Médico patólogo y profesor de la Facultad de Medicina de la Universidad de Antioquia, Jefe del Departamento de Patología del Hospital San Vicente de Paúl, director seccional del Instituto de Medicina Legal y Ciencias Forenses, hoy alejado de morgues y necropsias, distante del mundo de los muertos y más cercano a los daños corporales y mentales de los vivos, puede hablar con plena autoridad: “Hemos podido desmitificar eso de que 'los médicos se tapan' cuando hay error médico, lo decimos con toda claridad, ello nos ha valido demandas de médicos que no les gusta el dictamen, pero somos inmunes a todo tipo de presión. Las fallas de la actividad médica como tal no son tan frecuentes: son más las fallas del sistema, la falta de oportunidad en la atención, el largo trámite de las autorizaciones con las EPS; al médico le dan muy poquitico tiempo para atender al paciente, la ley pone limitaciones, demoran horrible las interconsultas con especialistas”.
Dijo que con la salud como derecho fundamental, subieron mucho las demandas por supuestos errores en el ejercicio médico (daños en la salud, por acción u omisión de un diagnóstico), sobre los cuales dictamina con autoridad la Universidad CES donde labora.
Agregó que los programas de medicina en Colombia siempre han enfocado la docencia de la medicina legal a lo penal y con la judicialización de la salud por la Constitución del 91, los médicos salen sin una visión de su responsabilidad civil, el gerente del hospital y el médico recién egresado no se saben defender de demandas, en principio por $25 o 30 millones en fallos de primera instancia, a los 6 o 7 años el monto llega a $400 o $500 millones, y si va al Consejo de Estado a otros tantos miles de millones de pesos que hacen cerrar el hospital.
César Augusto Giraldo es uno de los
grandes de la medicina forense en Latinoamérica.
Tantos años en contacto científico con la muerte,
son a la vez un gran testimonio de vida.
Aseveró el facultativo: “La gran diferencia es que las IPS privadas se defienden como 'gatos patas arriba' con su 'pool' de abogados hábiles, el sector público no los tiene (en la IPS del Seguro Social ni siquiera contestaban las demandas). Algunas demandas son contra hospitales retiradísimos como el de Ituango (Antioquia), por no hacer lo que hace la Clínica Harvard; citan bibliografías sofisticadas, hacen ver al pobre médico del pueblo como un ignorante. Eso es muy bonito en Harvard, en Boston, pero en Ituango a media noche y con las uñas, el médico hace lo que puede hacer”.
Infección intrahospitalaria
El científico señaló que abunda la literatura de infecciones intrahospitalarias en materia de costos y morbi-mortalidad, pero apenas se escriben los primeros capítulos sobre responsabilidad médico-legal: “Algunas veces en transmisión de hepatitis B o C por transfusiones, cabe toda la culpa al hospital por usar instrumental contaminado, pero otras veces la infección es inevitable. A pacientes con quemaduras extensas y a otros en cuidados intensivos, posiblemente la intubación les genere una infección pulmonar, pero les puede evitar la muerte. Infortunadamente, se cree que si se infecta es culpa del médico. Hay abogados hábiles que arman tempestades en un vaso de agua por cosas ínfimas, como una aguja que se parte y radiológicamente se ve un pedacito en el músculo. Hay que explicar a los jueces que la mayoría de los instrumentos, los 'stents' que dilatan arterias del cerebro o del corazón son metálicos y los metales en general son bien tolerados por el cuerpo, y trocitos de broca ortopédica o de aguja son casi normales, pasa millones de veces en el mundo; muy distinto de quedar adentro del cuerpo una gasa: ya hay jurisprudencia de las altas Cortes diciendo que es culpa del médico”.
Anotó que la mayoría de los jueces son juiciosos para condenar, no así la mayoría de los demandantes, y mientras en otros países el demandante temerario recibe graves consecuencias, en Colombia sólo por excepción el juez recurre a las costas del juicio y a sancionarlo en estos casos.
 
Pionero en Criminalística
En la Medellín de 1973-74, cuando no había necropsias los fines de semana, y las de los viernes había que aplazarlas hasta el lunes, empezó la odisea del doctor César Augusto Giraldo como legista: “Eso se había vuelto un problema grave, aunque Medellín no era tan violenta. Era alcalde el médico Ignacio Vélez Escobar, quien fue decano, profesor y rector en la Universidad de Antioquia, y siempre quiso que la medicina legal tuviera la visión de un patólogo. Me vinculó como médico legista del municipio para hacer autopsias los sábados y domingos; así, gradualmente fue creciendo mi interés por la práctica medico-legal”.
Autor de “Medicina forense”, libro de obligatoria consulta que lleva 12 ediciones, de 18 volúmenes de “Casos forenses en Medicina Legal”, y de múltiples artículos humanísticos, históricos y científicos en periódicos y revistas, compiló, “como simple gomoso”, una amena “Antología forense” con relatos policíacos de grandes literatos:
“Al principio era como en las obras de García Márquez -recordando la necropsia de Santiago Nassar (Crónica de una muerte anunciada), esa masacre de vísceras consumada en una escuela por el cura, el boticario y un estudiante de primer año de medicina, y cuya visión volvió vegetariano y espiritista a un coronel represor-. Una vez en la iglesia de Santa Teresita del barrio Laureles en Medellín murió una señora, y un médico legista dijo que murió del corazón, sin más ni más. Al tiempo, por remordimiento, la nuera de la señora confesó que no se podía ver con la suegra, le echó unas goticas de Folidol antes de irse para misa se vino a saber uno o dos años después, y creyeron que exhumando el cadáver podían saber la causa de la muerte, pero el cadáver ya estaba muy podrido y el médico que había hecho la necropsia inicial, que era como del tiempo de Cien años de soledad, contestó con una frase ingeniosa pero cínica: Señor juez: se muere una persona normal con Folidol, ¿qué no le pasará a un cardiópata?”.
El Dr. Giraldo es testigo de excepción del
avance tecnológico del Instituto de Medicina Legal,
presente hoy en más de 100 sitios críticos del país,
y que sitúa a nuestra medicina legal entre
las mejores de América Latina.
Y cuenta por ejemplo, que al laboratorio de otra ciudad de Colombia llegó un foto-colorímetro, el médico no sabía para qué era ese aparato y lo alquilaron a una clínica. El doctor Giraldo es testigo de excepción del avance tecnológico del Instituto de Medicina Legal, presente hoy en más de 100 sitios críticos del país, con laboratorios de referencia en las capitales y situando a nuestra medicina legal entre las mejores de América Latina: “A mí me ayudó mucho ser patólogo, ver que uno tenía que untarse de muertos, y el apoyo del Departamento de Patología, siendo jefe el doctor Emilio Bojanini; muchos casos difíciles los guardaba para revisarlos con patólogos, como los doctores Óscar Duque y Mario Robledo”.
 
El “thriller”: literatura,
historia y medicina legal
Hernando Guzmán Paniagua - Periodista - elpulso@elhospital.org.co
Desde sus inicios en la medicina forense, el doctor César Augusto Giraldo alternaba el bisturí con sus lecturas de “thriller” literarios como “El albergue de las mujeres tristes” de Marcela Serrano. Refiere: “Hay un caso increíble de psicología criminal: a una señora de la alta sociedad maltratada por su marido, su mejor amiga le dijo: '¡Cásquele usted también!', ella lo mató y la metieron a la cárcel.
La amiga fue a visitarla y le preguntó: '¿Qué has aprendido en la cárcel?' Y contestó: 'Que las mujeres nunca matamos si no es por amor, en cambio un hombre mata por cualquier cosa, por un partido de billar, por una apuesta'. Me gustó mucho Crimen y castigo de Dostoievsky, sus cargos de conciencia.
Mucho antes de nuestro Código Penal, García Márquez en El general en su laberinto, relata algo que llegó a ser figura del actual Código: el traslado por grave enfermedad de un general sindicado de homicidio, de un sitio malsano, por intercesión de su esposa, amiga de Bolívar. José María Córdoba, ascendido a general por Bolívar tras la Batalla de Ayacucho, una vez se paró ante el espejo y dijo: “Córdoba, eres el general más joven de la Nueva Granada y el más bien parecido, ¿qué te falta?”.
Su edecán le contestó: “Juicio, mi general”. Córdoba lo mandó a fusilar. El Libertador le dictó Consejo de Guerra, el cual dictaminó que tenía un síndrome llamado de lóbulo frontal por la caída de un caballo, era exasperado y primario”.
Para el doctor César Augusto, es fascinante su mezcla de literatura, historia y medicina legal, y lamenta haber dejado en el tintero de su libro “Antología forense”, un montón de piezas literario-médico-legales: “Está por aparecer la revisión de un libro fabuloso: Meditaciones biológicas sobre la muerte, que escribió en 1944 el médico Alonso Restrepo Moreno, de una visión humanística extraordinaria y con toquecitos de excentricidad; él se iba para el cementerio de San Pedro en Medellín poco antes del cierre, pasó varios meses vagando y meditando sobre la muerte. Anticipándose al saber sobre la putrefacción cadavérica, hizo notables descripciones de cómo llegan los insectos, cómo muere la gente súbitamente y de muertes que no eran por lo que se pensaba”.
“Está por aparecer la revisión
de unlibro fabuloso: 'Meditaciones biológicas
sobre la muerte', que escribió en 1944 el
médico Alonso Restrepo Moreno, de una visión
humanística extraordinaria y con
toquecitos de excentricidad”.
Dr. César Giraldo
Y aseveró: “Leyendo expedientes hubieran escrito obras fabulosas Gabriel García Márquez o Fernando Vallejo, el gran iconoclasta. Uno encuentra novelas increíbles en la vida real. En una sentencia de la Corte Suprema de Justicia supe de una señora secretaria en una fábrica cuyo dueño murió y ella le contó al marido desempleado: 'Qué vamos a hacer, el hijo mayor de nosotros no es hijo suyo sino del dueño de la fábrica y estamos tan fregados que debemos demandar la herencia'. Demandaron y las pruebas de patología demostraron que no era hijo de ninguno de los dos”.
El legista detectó cosas tan formidables como que el proceso oral estaba desde la época de Don Quijote: “Una mujer violada arma un escándalo, el juez le pregunta: '¿Y qué hiciste tus monedas?' Ella contesta: 'Aquí las tuve guardadas'. Entonces, el juez replicó: 'Si hubieses guardado tu virtud como guardaste tus monedas, no te hubieran violado' y absolvió al hombre. A un sastre que le mandan hacer un traje no le quieren pagar, ante una demanda el juez sentenció: 'Esto, ni para usted ni para usted: para los presos de la cárcel'. San Jerónimo hizo un diagnóstico genial: La perpetua virginidad de María, tema inquietante para el compilador, pues en su Antología incluyó, 'De cómo saber si una virgen estaba mintiendo' (Joyce Salisbury), donde San Ambrosio lo descubre por el embarazo, pues la sexualidad crea hábito y 'una indiscreción conduciría a la siguiente, hasta llegar al fin a la condenada preñez”.
El doctor Giraldo expresó: “Yo asocio estas piezas literarias, sólo como gomoso, de forma anecdótica, por su visión deslumbrante del alma humana”. Aludió también a un interesante texto de Piedad del Valle Montoya, sobre la medicalización de la justicia en Antioquia, con prólogo de fines del siglo XIX y principios del XX, que dice cómo empieza a cambiar el empirismo del perito. Y recuerda a Don Upo, el cronista judicial del periódico El Colombiano: “Sus titulares solo eran comparables a los editoriales de Juan Zuleta Ferrer. Su crónica roja en los 50's y 60's sería para una antología sin igual, por su poder de síntesis y de ironía”.
 
Ocioso lector
Una antología negra
El médico forense César Augusto Giraldo se sumergiría gustoso en las tinieblas de “Historias para leer a plena luz” que compiló Alfred Hitchcock, no le estaría vedado su volumen “Prohibido a los nerviosos”, penetraría sin cautela en las “Historias para leer con precaución”, aceptaría la gentil invitación de “Hablemos con el diablo”, y participaría como miembro de número en su “Sesión de calaveras”. Admiraría la glamorosa pasarela de “Velos y mortajas” y saludaría de mano uno por uno a “Los dieciséis esqueletos de mi armario” y desearles a posteriori “Feliz funeral”.
Cualquiera imagina que tiene entronizada en su biblioteca la santísima trinidad pionera del relato policíaco: “Los crímenes de la calle Morgue”, “El misterio de Marie Roget” y “La carta robada”. Hombres de la agudeza analítica y de la finura intelectual del doctor Giraldo, serían contertulios de honor del buen Hércules Poirot y de Agatha Christie, de Truman Capote, Dashiell Hammett y demás oficiantes de la novela negra.
Hobbies como el suyo demues-tran que las personalidades más humanistas y ajenas a las empresas del mal son capaces de este sibaritismo literario, donde se igualan mártires del santoral y gangsters del bajo mundo, en el crisol de la ficción. Y recuerdan un comentario a los relatos recogidos por Hitchcock: “El crimen perfecto no es el que asegura la impunidad del culpable, sino aquel que resuena en los oídos del buen conocedor como un acorde sinfónico de sangre y muerte”.
La “Antología forense” del doctor César Augusto Giraldo nos hace sentir en “Guayabo negro” de Efe Gómez, el infierno mental de Pedro Zabala cuando intenta aniquilar su propio corazón (“Ha poco dulce y caliente nido de ilusiones y ventura, y ahora ventregada de víbora voraces”), es el viaje a los recintos góticos de “El nombre de la rosa” con sus enigmáticas muertes de frailes, en olor de santidad y con el mal sabor de una tinta ponzoñosa: “El universo de los venenos es tan variado como variados son los misterios de la naturaleza”. Transmite el horror de un joven destrozado por varios lobos (“Mazurca para dos muertos” de Camilo José Cela), notifica la demanda de un rabino contra Dios, nos arroja a la pesadilla de los campos de concentración nazis con su radiografía del verdugo y la pena de muerte como “anticipación parcial del juicio final” (“No matarás” - Josef Janker).
Y relata los repulsivos experimentos de venenos con animales domésticos en “Un acto de justicia” de Sergio Ramírez, revela que una tía puede matar a su esposo para casarse con el sobrino (“Piel de naranja” - Oscar Wilde) y que 19 siglos después se repite el asesinato del emperador Julio César en plena pampa argentina, “para que se repita una escena”.
   



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