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Hermanas de la Caridad, 1955. Su bondad
proverbial en la atención a los enfermos en el Hospital
San Vicente era reconocida por todos.
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Profunda huella literaria dejan los 100 años del Hospital
Universitario de San Vicente Fundación. Literatos atildados
como Fernando González, Fernando Vallejo y Alfonso Castro,
y una pléyade de médicos escritores, son autores
de miles de pequeñas grandes historias.
Don Tomás Carrasquilla, en Del monte a la ciudad,
describió la Medellín de 1874, sin el Hospital
de San Vicente: No había asilo de ancianos, huérfanos
ni mendigos. En el Hospital de San Juan de Dios, Casa de Locos
y Beneficencia, tenían de recogerse los que cupiesen.
Sólo la Cofradía del Sagrado Corazón de
Jesús ejercía la caridad limosnera. |
Y relata
la llegada de las Hermanas de la Caridad, de la comunidad Hermanas
Dominicas de La Presentación, de Tours (Francia), enfermeras
primigenias del Hospital: En Villa tan devota no había
más religiosas que las veintiún Carmelitas del
único monasterio. Lo que era fraile no se conocía
sino en las loterías de figuras. Precisamente en ese
mismo año, al repique de campanas y entre el alborozo
de media Villa, llegaron las cuatro primeras Hermanas de la
Caridad. Pero como el diablo no había de quedarse atrás,
prolongóse en esos días, cuadra y media Cuchillón
arriba, la calle de Ayacucho. Antes que le demarcasen dos cuadras,
abrieron unos señores Raves una casa de recreo, con billares
y cantina. 'Buenos Aires' le pusieron en letras rojas, y Buenos
Aires se quedó.
Luego, 66 años después, Carrasquilla pasaría
sus últimos días en el nuevo Hospital de San Vicente
de Paúl, al cuidado de las monjas, cuando los trastornos
circulatorios y la caída de un caballo lo inmovilizaron
y unas cataratas descuidadas lo dejaron casi ciego. En 1934
le practicaron una cirugía que le devolvió parcialmente
la visión. En diciembre de 1940 fue operado en el Hospital
de una gangrena y le amputaron una pierna; y 5 días después,
el 19 de diciembre de 1940, murió. EL PULSO conoció
una libreta de apuntes inédita de Fernando González,
donde registra una visita al maestro (Vea Ocioso Lector).
Cabe resaltar que la Bondad proverbial de las Hermanas de la
Caridad era reconocida hasta por escritores del liberalismo
radical como Alfonso Castro, médico, periodista, congresista,
profesor de patología general en la Facultad de Medicina
de la Universidad de Antioquia y rival literario de Tomás
Carrasquilla. En su novela El Señor Doctor,
ambientada en el Hospital de los años 20, dice de la
Madre San Ramón (1): Era ésta una santa
mujer, de unos setenta años, que no revelaba por su robustez
y salud, de origen francés y con el corazón alegre
y puro como el de un niño. Diligente abeja, iba de una
parte a otra, inspeccionándolo todo. Corrigiendo lo malo,
mirando por la más estricta limpieza, cuidando y deleitándose
ante las flores y, a cada paso, deteniéndose ante los
enfermos, a quienes acariciaba como a hijos, confortándolos
con pintorescas frases, mezcla de francés e español.
1. Debe anotarse que anteriormente, las Hermanas de la Caridad
al momento de su consagración adoptaban nombres de hombres
(del padre, hermanos o familiares, o de un santo de su devoción);
por eso se llamaban Sor Seraphin, Hermana Guillermo, o como
cita Alfonso Castro, Madre San Ramón. |
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Humor y medicina
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El
doctor Tomás Quevedo Gómez, gastroenterólogo,
pintor, escultor y miembro de una ilustre dinastía de
27 médicos e intelectuales, pese a ser un disciplinado
escritor, decía: No soy un escritor, sólo
un médico del montón. En Humor y medicina.
Para leer mientras cambia el semáforo, contó
múltiples anécdotas de su ejercicio: Por
la cuadra de arriba del Hospital pasaba en ese entonces el tranvía
que salía de la plaza de Cisneros, pasaba por el Parque
de Berrío, por el Hospital, por el Cementerio, por el
Bosque de la Independencia y llegaba a Aranjuez de donde se
devolvía para hacer el recorrido a la inversa.
Un montañero dado de alta en el Hospital preguntó
dónde cogía el tranvía para la Plaza de
Cisneros, pero lo tomó en sentido errado y preguntó
al motorista: - ¿Este tranvía va para Cisneros?
- No, éste va para el Cementerio. - ¡Ay hombre!
Y yo que había avisado a mi casa que estaba mejorcito.
En Consulta Externa, Quevedo preguntó a una muchacha
si venía para un examen general y ella, señalando
con la mano del cuello hacia la frente le dijo: - No doctor,
yo vengo es para examen de órganos de los sentidos de
aquí pa´arriba. Un campesino con herida profunda
de barbera en el abdomen, llegó a la Policlínica,
suturado con cabuya y dijo al médico: Yo venía
ayer a caballo en mi finca e iba ya para la casa cuando me encontré
con un enemigo, se me acercó y me dio este barberazo
que casi me parte en dos, se me salieron las tripas, yo las
sostuve en la ruana y seguí en el caballo para la casa.
Cuando llegué, mi señora, viendo lo que traía
en la ruana, me preguntó que para qué había
comprado carne si ella ya lo había hecho.
Santiago el Caratejo Vélez Escobar, autor
de la letra del famoso pasillo 'Al calor de tu afecto' de Carlos
Vieco Ortiz, preguntó a un doctor Gil cuánto valía
una operación que requería; como el costo era
alto, el médico le propuso: - Hagamos una cosa,
te opero sin cobrarte nada en el Hospital, pero eso sí,
allá todos los estudiantes presencian la operación
y eso te puede incomodar. -Vea doctor, le dijo el Caratejo-
¿Por qué no hacemos más bien otra cosa,
por qué no me opera en el Teatro Junín y partimos
las entradas?. Y cuando la Policlínica quedaba
en la Plazuela Uribe Uribe (llamada entonces de San Roque),
por una trifulca que dejó muchos heridos con puñal
y barbera en Guayaquil, llegó el doctor Braulio Henao
Mejía, vio una prostituta chorreando sangre y preguntó:
- ¿La 'señorita', también fue herida
en la reyerta? - No doctor -contestó un borracho que
la acompañaba- un poquito más arriba, entre la
reyerta y el ombligo.
Una vez al doctor Quevedo le tocó examinar con las solas
manos a una tuberculosa vomitando sangre en la Sala Santa Catalina,
a las dos de la mañana, estaban guardados el tensiómetro
y el estetoscopio, y las monjas tenían las llaves. Iba
a lavarse las manos ensangrentadas con una pasta de jabón
que vio en el nochero, pero la enfermera gritó: -
¡No! Con ese no que está untado de Santos Óleos.
- Pero, yo estoy untado de tuberculosis que es mucho peor,
dijo Quevedo.
El médico santandereano Elmer Pinilla Galvis en Semblanzas.
Profesor Pedro Nel Cardona, refiere que en 1931 una paciente
operada entró en choque irreversible y estaba al borde
de la muerte, y la Hermana Lucrecia, jefe de quirófanos,
buscó al capellán para que le aplicara los Santos
Óleos, regresó a los 5 minutos con el aceite bendito
pero sin el cura; narra el doctor Quevedo: El doctor Cardona
consideró factible aplicarlos él, abrió
la caja, untó el índice con el aceite y le hizo
a la moribunda la señal de la cruz en la frente y en
los dorsos de las manos y de los pies. Al día siguiente,
El Diario, vespertino liberal, tildó al doctor Cardona
de blasfemo y sacrílego y pidió para él
la excomunión. También cuenta Pinilla Galvis
que una vez paseando por las calles del Hospital, una dama atractiva
le solicitó al doctor Cardona la revisión semestral
tras una cirugía de melanoma vulvar; en el consultorio,
frente a su paciente desnuda, exclamó: ¡Ah!,
pero claro, mujer: tú eres Catalina Lecumberri Ordosgoitia,
la maestra de escuela de la vereda Pantanillo de Anorí.
¿Cómo están tu marido Otoniel, tus hijos
Epifanio, Alipio, Virgelina y Ester, y tus padres Don Abundio
y Doña Encarnación?. |
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Ocioso
lector
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Apunte de Fernando González ante
honores vacíos a muerte de Carrasquilla |
Vengo de donde don Tomás
Carrasquilla. Está grave; una pierna gangrenada, gangrena
seca. Mañana a las diez dizque le cortarán una
pierna por el muslo.
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Fernando González. Fotografía de Guillermo Angulo,
1959.
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Ayer
19 de diciembre de 1940, a las tres y media, poco más
o menos, murió en el hospital de S. Vicente, Tomás
Carrasquilla. Creo que fui uno de sus últimos visitantes,
12 horas antes de que le cortaran la pierna. Murió de
gangrena. Anoche fui a su casa (donde su cuñado Claudino
Arango) y ahí estaba el ataúd y dos o tres marranos
conversando de cosas indiferentes. Nadie se tocaba con él.
Los colombianos de hoy son marranos cúpidos. Ahora, a
las diez, lo trajeron al salón de la Asamblea. Honores
cagados, honores al pedo. El cadáver es carroña;
es como si se los hicieran a la pierna amputada, pues su cuerpo
todo está amputado de él. No siento nada, sino
odio a Colombia, tierra deshabitada, desierto humano, semillero
de ladrones ladinos y de cúpidos de sexo. Asco, asco.
(Fernando González - De una libreta inédita de
apuntes) |
| El 16 de enero de
1934, Carrasquilla le había escrito a González
una carta que dice, en algunos apartes: Como hace seis
años que estoy tullido y cuatro que estoy ciego, vivo
en Babia. Y más adelante, en alusión a El
hermafrodita dormido, expresaba don Tomás: Quisiera
hablarle de su última obra; pero, se me figura que un
viejo que hace la caricatura viviente de Edipo y de Prometeo
a un mismo tiempo, está al margen de la vida y al borde
de la fosa. Por lo mismo, creo que no me asiste ni aún
el derecho de opinar. (Cortesía de la Casa
Museo Otraparte, en Envigado, Antioquia). |
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Un pabellón de
guerra en nuestra paz:
Fernando Vallejo |
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El Hospital San Vicente de
Paúl no ha sido ajeno a la guerra, a la que pasó
y a la que sigue, él mismo libra su propia guerra contra
la muerte del prójimo. La dolorosa historia de los
heridos rematados en el quirófano también pasó
por aquí, su sombra aún espanta.
El consagrado novelista Fernando Vallejo inmortalizó
en La Virgen de los sicarios, macabras imágenes
que otros eternizaron en el cine: Cuando tú vuelves
en Colombia la otra mejilla, de un segundo trancazo te acaban
de desprender la retina. Y una vez que no ves, te cascan de
una puñalada en el corazón. En nuestro Hospital
San Vicente de Paúl, en la sala de urgencias que llaman
'la Policlínica', siempre atestada, un pabellón
de guerra en nuestra paz, son expertos en coser corazones:
con cualquier hilo corriente de atar tamales los cosen, y
tan bien que vuelven a latir y a suspirar y a sentir el odio.
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| Como aquí el
que vive se venga, los que te cascaron se meten al hospital
y te rematan saliendo de la operación exitosa: de cuatro
o cinco o veinte tiros en el coconut a ver si los médicos
antioqueños son tan buenos neurocirujanos como cardiólogos. |
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| Franco Vélez, punto aparte |
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Las
historias del médico, escritor y poeta Jorge Franco Vélez
son punto aparte. Su andanza en el Hospital está en Hildebrando,
Relatos y recuerdos, Terapia ocupacional
y en escritos periodísticos. Mi santuario es la
tienda de la esquina , dice en un poema y como prueba
de ello, cuenta que en la época de alcoholismo, antes
de entrar a clase de 7 a.m. se tomaba un aguardiente en el bar
Las dos tortugas, a una cuadra del Hospital; un día llegó
cuando apenas abrían el local y las sillas estaban sobre
las mesas. El empleado le dijo: ¿Dónde se
lo pongo, doctor? Y él contestó: Pues será
intravenoso.
Ése bohemio fue el creador del grupo de Alcohólicos
Anónimos del Hospital. Tiberio Álvarez lo cita
en sus Historias subterráneas: Cuando
me jubilé, me dediqué a trabajar más por
A.A. y fundamos, aquí en el Hospital, un grupo institucional,
el día 1° de marzo de 1975, con el estímulo
de ese gran hombre que fue el Dr. Héctor Ortega Arbeláez.
Y agrega: Los siquiatras y los sacerdotes nos mandan pacientes.
Uno de esos curas me dijo un día: 'Hombre, yo no puedo
con esos maridos borrachos, manejálos vos', y luego:
Si el Diablo nos pide ayuda, se la damos. |
| Claro, si el Diablo
se vuelve alcohólico y nos busca (...). A
mí me ha tocado hablar en iglesias y en una ocasión
me provocó empezar a predicar como aquel cura andaluz
que hablaba del trago: 'Hermanos míos, no os dediquéis
a la bebida. La bebida es propia de los animales, os lo digo
por experiencia. |
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| El
pabellón de la mandrágora |
| El gineco-obstetra
Emilio Alberto Restrepo Baena, trabajó en el Hospital
Universitario San Vicente de Paúl. Su novela El
pabellón de la mandrágora recoge, como él
dice, historias tan universales que pudieran pasar en
cualquier hospital, cualquiera podría decir que ocurren
en el Hospital de La Hortúa o en la Fundación
Santa Fe. |
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Es una trama con ribetes
de novela negra: ... Tener que tirarme al suelo con
el uniforme blanco postrada de la humillación cuando
se arman abaleos en urgencias; o tener que reconocer ante
mí misma que me oriné del susto cuando llegaron
a rematar un herido en un operativo; pacientes terminales
usados en una cadena de cobro fraudulento de seguros de vida;
los gallinazos funerarios; B.J., rey
de los mitómanos, quien juraba haberle perdonado la
vida a Tirofijo como militar en el sitio de Marquetalia,
haber cargado en hombros a Pelé en el Mundial de Fútbol
de Méjico y conducido en taxi a Pablo Escobar Gaviria,
y a los sicarios que mataron a Luis Carlos Galán; Margarita
Monguis, la enfermera que daba caldo de fríjoles
a los recién nacidos y anticonceptivos femeninos a
los hombres para el acné; Mónica Andrea,
la vampiresa y arribista Enfermera Jefe; la monja embarazada
tras una violación colectiva en zona roja del oriente
de Antioquia
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Y Los círculos
perpetuos de Restrepo Baena, empieza con el relato En
una calle cualquiera, que narra el asesinato de un médico
por un sicario que fue paciente suyo:
- Mendoza, ¿no me reconoce, hombre? Yo soy el doctor
Restrepo, el que lo operó cuando usted llegó herido
al Hospital de San Vicente. Recuérdeme, Mendoza; yo sé
que usted es Iván Mendoza, yo lo cuidé, nos hicimos
muy amigos cuando usted casi se muere la noche en que lo abalearon.
Recuérdeme hombre, yo fui el cirujano que lo operó,
el que lo salvó.
- Claro que me acuerdo de usted, médico. Yo estoy vivo
gracias a usted, a su cirugía y a sus cuidados. Usted
estaba trabajando e hizo muy bien su labor
Ahora yo estoy
en mi trabajo y créame que también hago muy bien
mi oficio.
No sintió nada. Siempre creyó que los impactos
de bala dolían al romper la piel y en sus últimas
luces se alegró de que no fuera así. Sólo
le pareció un poco duro el suelo y muy triste la forma
como se diluyeron en tan pocos segundos los recuerdos, los afectos,
los apegos, el orgullo, ese cuerpo que ya casi no estaba, ese
líquido caliente que le humillaba la hombría,
ese frío que le desgarraba el alma
.
Sala de cadáveres vivientes
El hospital como expresión del drama humano es
la temática del libro Confesiones de un Médico
Interno, del médico Álvaro Aristizábal,
crónicas sencillas pero sobrecogedoras de su ejercicio
en varios hospitales. Tras sus rotaciones por cirugía,
cardiología, urgencias, acupuntura y anestesiología
en el Hospital San Vicente, dice: Tenemos la sala de recuperación
de anestesia llena de cadáveres vivientes, (
)
tres de ellos son jóvenes que recibieron balazos
mortales en distintos órganos.... Cuando
ya no daban signos de vida, a muchos de ellos los médicos
les desconectaban el respirador artificial, a uno ya lo
tenían de candidato a donante de órganos, pero
luego reaccionó lentamente y volvió a la
vida. Fue la duda de sus padres para donar sus órganos
lo que nos dio ese tiempo de esperar que resultó vital
para el joven.
Discurren por la obra los imanes o polartrones y la terapia
del color, con los cuales el doctor Jorge Carvajal diagnosticaba
tumores cerebrales; el montón de viejitos hacinados en
los corredores con fracturas de cadera y sin dinero para la
operación; el herido por un balazo en la arteria femoral
que después de una amputación de pierna le fallaron
los riñones: Varias veces tuvo que ser reintervenido
para quitar más y más tejido muerto de su muñón
que ya llegaba al nivel de la cintura; ya no tenía más
para dónde cortarle, y no podemos cortarlo a la mitad,
decía un cirujano. O el ladrón que en su fuga
una bala le cruzó la columna vertebral, dejándolo
paralítico: Ahora, ni siquiera podría robar,
decía socarronamente, mientras yo extraía la bala
asesina que lo había traspasado y se tocaba a flor de
piel.
Y en Cuasi una fantasía, el médico
Efraín Otero Ruiz narró la muerte de Carlos Gardel,
ocurrida el lunes 24 de junio de 1935, y la reacción
del personal hospitalario ante muertos y heridos (Cenotafio
para Gardel, EL PULSO No. 161- febrero 2012); relato,
como los demás, pleno de vigor periodístico y
calidad literaria. Otero recuerda la proeza de médicos
y enfermeras ante el desplome de la cúpula de un teatro
en enero del mismo año, que mató a mucha gente,
prueba de fuego para las recién inauguradas salas de
urgencias y traumatología, creadas por el doctor Joaquín
Aristizábal.
Los 100 años de nuestro Hospital Universitario de San
Vicente Fundación son una historia que se cuenta minuto
a minuto, segundo a segundo, en cada rincón, en cada
sala y en cada cama, en cada cuerpo humano y en cada alma que
habitan este espacio de vida. |
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Historias subterráneas
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| Incidentes
de literatos y bohemios también las hay en Historias
subterráneas de la medicina antioqueña del
anestesiólogo Tiberio Álvarez Echeverri. Cita
a su colega Jorge Franco Vélez, sobre el poeta de la
música andina colombiana Tartarín Moreira, el
de Dolor sin nombre: Nosotros queríamos
mucho a Tartarín, y sus canciones eran obligadas en aquellas
noches de bohemios y de serenata, sobre todo cuando eran cantadas
por Obdulio y Julián, sus mejores intérpretes.
También murió pobre, aquí en el Hospital
San Vicente el 1° de noviembre de 1954. Cuando Julián
Restrepo estaba en el Hospital Mental, su compañero Obdulio
venía con frecuencia al servicio de consulta externa
del Hospital para el control de su diabetes. Allí se
hizo muy amigo del doctor Iván Duque, con quien formó
dueto en varias ocasiones. Y cuenta picardías de
Franco Vélez: Decían que en medio de sus
borracheras se aparecía de vez en cuando al Hospital,
montado en carro de bestia. Y cita al autor de esas travesuras:
Todavía hay gente que recuerda mi odisea alcohólica
de 24 horas, en aplanadora, del Hospital San Vicente a la Inspección
de Permanencia de Calibío, lugar de mi destino. |
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