DELLÍN,   COLOMBIA,   SURAMÉRICA    AÑO 15    No. 177  JUNIO DEL AÑO 2013    ISSN 0124-4388      elpulso@elhospital.org.co






 

 


El Hospital San Vicente

en la literatura: 100 años
de pequeñas grandes historias
Hernando Guzmán Paniagua - Periodista elpulso@elhospital.org.co
Hermanas de la Caridad, 1955. Su bondad proverbial en la atención a los enfermos en el Hospital San Vicente era reconocida por todos.
Profunda huella literaria dejan los 100 años del Hospital Universitario de San Vicente Fundación. Literatos atildados como Fernando González, Fernando Vallejo y Alfonso Castro, y una pléyade de médicos escritores, son autores de miles de pequeñas grandes historias.
Don Tomás Carrasquilla, en “Del monte a la ciudad”, describió la Medellín de 1874, sin el Hospital de San Vicente: “No había asilo de ancianos, huérfanos ni mendigos. En el Hospital de San Juan de Dios, Casa de Locos y Beneficencia, tenían de recogerse los que cupiesen. Sólo la Cofradía del Sagrado Corazón de Jesús ejercía la caridad limosnera”.
Y relata la llegada de las Hermanas de la Caridad, de la comunidad Hermanas Dominicas de La Presentación, de Tours (Francia), enfermeras primigenias del Hospital: “En Villa tan devota no había más religiosas que las veintiún Carmelitas del único monasterio. Lo que era fraile no se conocía sino en las loterías de figuras. Precisamente en ese mismo año, al repique de campanas y entre el alborozo de media Villa, llegaron las cuatro primeras Hermanas de la Caridad. Pero como el diablo no había de quedarse atrás, prolongóse en esos días, cuadra y media Cuchillón arriba, la calle de Ayacucho. Antes que le demarcasen dos cuadras, abrieron unos señores Raves una casa de recreo, con billares y cantina. 'Buenos Aires' le pusieron en letras rojas, y Buenos Aires se quedó”.
Luego, 66 años después, Carrasquilla pasaría sus últimos días en el nuevo Hospital de San Vicente de Paúl, al cuidado de las monjas, cuando los trastornos circulatorios y la caída de un caballo lo inmovilizaron y unas cataratas descuidadas lo dejaron casi ciego. En 1934 le practicaron una cirugía que le devolvió parcialmente la visión. En diciembre de 1940 fue operado en el Hospital de una gangrena y le amputaron una pierna; y 5 días después, el 19 de diciembre de 1940, murió. EL PULSO conoció una libreta de apuntes inédita de Fernando González, donde registra una visita al maestro (Vea “Ocioso Lector”).
Cabe resaltar que la Bondad proverbial de las Hermanas de la Caridad era reconocida hasta por escritores del liberalismo radical como Alfonso Castro, médico, periodista, congresista, profesor de patología general en la Facultad de Medicina de la Universidad de Antioquia y rival literario de Tomás Carrasquilla. En su novela “El Señor Doctor”, ambientada en el Hospital de los años 20, dice de la Madre San Ramón (1): “Era ésta una santa mujer, de unos setenta años, que no revelaba por su robustez y salud, de origen francés y con el corazón alegre y puro como el de un niño. Diligente abeja, iba de una parte a otra, inspeccionándolo todo. Corrigiendo lo malo, mirando por la más estricta limpieza, cuidando y deleitándose ante las flores y, a cada paso, deteniéndose ante los enfermos, a quienes acariciaba como a hijos, confortándolos con pintorescas frases, mezcla de francés e español”.
1. Debe anotarse que anteriormente, las Hermanas de la Caridad al momento de su consagración adoptaban nombres de hombres (del padre, hermanos o familiares, o de un santo de su devoción); por eso se llamaban Sor Seraphin, Hermana Guillermo, o como cita Alfonso Castro, “Madre San Ramón”.
 
Humor y medicina
El doctor Tomás Quevedo Gómez, gastroenterólogo, pintor, escultor y miembro de una ilustre dinastía de 27 médicos e intelectuales, pese a ser un disciplinado escritor, decía: “No soy un escritor, sólo un médico del montón”. En “Humor y medicina. Para leer mientras cambia el semáforo”, contó múltiples anécdotas de su ejercicio: “Por la cuadra de arriba del Hospital pasaba en ese entonces el tranvía que salía de la plaza de Cisneros, pasaba por el Parque de Berrío, por el Hospital, por el Cementerio, por el Bosque de la Independencia y llegaba a Aranjuez de donde se devolvía para hacer el recorrido a la inversa”. Un montañero dado de alta en el Hospital preguntó dónde cogía el tranvía para la Plaza de Cisneros, pero lo tomó en sentido errado y preguntó al motorista: “- ¿Este tranvía va para Cisneros? - No, éste va para el Cementerio. - ¡Ay hombre! Y yo que había avisado a mi casa que estaba mejorcito”.
En Consulta Externa, Quevedo preguntó a una muchacha si venía para un examen general y ella, señalando con la mano del cuello hacia la frente le dijo: “- No doctor, yo vengo es para examen de órganos de los sentidos de aquí pa´arriba”. Un campesino con herida profunda de barbera en el abdomen, llegó a la Policlínica, suturado con cabuya y dijo al médico: “Yo venía ayer a caballo en mi finca e iba ya para la casa cuando me encontré con un enemigo, se me acercó y me dio este barberazo que casi me parte en dos, se me salieron las tripas, yo las sostuve en la ruana y seguí en el caballo para la casa. Cuando llegué, mi señora, viendo lo que traía en la ruana, me preguntó que para qué había comprado carne si ella ya lo había hecho”.
Santiago “el Caratejo” Vélez Escobar, autor de la letra del famoso pasillo 'Al calor de tu afecto' de Carlos Vieco Ortiz, preguntó a un doctor Gil cuánto valía una operación que requería; como el costo era alto, el médico le propuso: “- Hagamos una cosa, te opero sin cobrarte nada en el Hospital, pero eso sí, allá todos los estudiantes presencian la operación y eso te puede incomodar. -Vea doctor, le dijo el Caratejo- ¿Por qué no hacemos más bien otra cosa, por qué no me opera en el Teatro Junín y partimos las entradas?”. Y cuando la Policlínica quedaba en la Plazuela Uribe Uribe (llamada entonces de San Roque), por una trifulca que dejó muchos heridos con puñal y barbera en Guayaquil, llegó el doctor Braulio Henao Mejía, vio una prostituta chorreando sangre y preguntó: “- ¿La 'señorita', también fue herida en la reyerta? - No doctor -contestó un borracho que la acompañaba- un poquito más arriba, entre la reyerta y el ombligo”.
Una vez al doctor Quevedo le tocó examinar con las solas manos a una tuberculosa vomitando sangre en la Sala Santa Catalina, a las dos de la mañana, estaban guardados el tensiómetro y el estetoscopio, y las monjas tenían las llaves. Iba a lavarse las manos ensangrentadas con una pasta de jabón que vio en el nochero, pero la enfermera gritó: “- ¡No! Con ese no que está untado de Santos Óleos. - Pero, yo estoy untado de tuberculosis que es mucho peor”, dijo Quevedo.
El médico santandereano Elmer Pinilla Galvis en “Semblanzas. Profesor Pedro Nel Cardona”, refiere que en 1931 una paciente operada entró en choque irreversible y estaba al borde de la muerte, y la Hermana Lucrecia, jefe de quirófanos, buscó al capellán para que le aplicara los Santos Óleos, regresó a los 5 minutos con el aceite bendito pero sin el cura; narra el doctor Quevedo: “El doctor Cardona consideró factible aplicarlos él, abrió la caja, untó el índice con el aceite y le hizo a la moribunda la señal de la cruz en la frente y en los dorsos de las manos y de los pies”. Al día siguiente, El Diario, vespertino liberal, tildó al doctor Cardona de “blasfemo y sacrílego y pidió para él la excomunión”. También cuenta Pinilla Galvis que una vez paseando por las calles del Hospital, una dama atractiva le solicitó al doctor Cardona la revisión semestral tras una cirugía de melanoma vulvar; en el consultorio, frente a su paciente desnuda, exclamó: “¡Ah!, pero claro, mujer: tú eres Catalina Lecumberri Ordosgoitia, la maestra de escuela de la vereda Pantanillo de Anorí. ¿Cómo están tu marido Otoniel, tus hijos Epifanio, Alipio, Virgelina y Ester, y tus padres Don Abundio y Doña Encarnación?”.
 
Ocioso lector

Apunte de Fernando González ante
honores vacíos a muerte de Carrasquilla
“Vengo de donde don Tomás Carrasquilla. Está grave; una pierna gangrenada, gangrena seca. Mañana a las diez dizque le cortarán una pierna por el muslo.
* * *
Fernando González. Fotografía de Guillermo Angulo, 1959.
Ayer 19 de diciembre de 1940, a las tres y media, poco más o menos, murió en el hospital de S. Vicente, Tomás Carrasquilla. Creo que fui uno de sus últimos visitantes, 12 horas antes de que le cortaran la pierna. Murió de gangrena. Anoche fui a su casa (donde su cuñado Claudino Arango) y ahí estaba el ataúd y dos o tres marranos conversando de cosas indiferentes. Nadie se tocaba con él. Los colombianos de hoy son marranos cúpidos. Ahora, a las diez, lo trajeron al salón de la Asamblea. Honores cagados, honores al pedo. El cadáver es carroña; es como si se los hicieran a la pierna amputada, pues su cuerpo todo está amputado de él. No siento nada, sino odio a Colombia, tierra deshabitada, desierto humano, semillero de ladrones ladinos y de cúpidos de sexo. Asco, asco”.
(Fernando González - De una libreta inédita de apuntes)
El 16 de enero de 1934, Carrasquilla le había escrito a González una carta que dice, en algunos apartes: “Como hace seis años que estoy tullido y cuatro que estoy ciego, vivo en Babia”. Y más adelante, en alusión a “El hermafrodita dormido”, expresaba don Tomás: “Quisiera hablarle de su última obra; pero, se me figura que un viejo que hace la caricatura viviente de Edipo y de Prometeo a un mismo tiempo, está al margen de la vida y al borde de la fosa. Por lo mismo, creo que no me asiste ni aún el derecho de opinar”. (Cortesía de la “Casa Museo Otraparte”, en Envigado, Antioquia).
 
“Un pabellón de
guerra en nuestra paz”:
Fernando Vallejo
El Hospital San Vicente de Paúl no ha sido ajeno a la guerra, a la que pasó y a la que sigue, él mismo libra su propia guerra contra la muerte del prójimo. La dolorosa historia de los heridos rematados en el quirófano también pasó por aquí, su sombra aún espanta.
El consagrado novelista Fernando Vallejo inmortalizó en “La Virgen de los sicarios”, macabras imágenes que otros eternizaron en el cine: “Cuando tú vuelves en Colombia la otra mejilla, de un segundo trancazo te acaban de desprender la retina. Y una vez que no ves, te cascan de una puñalada en el corazón. En nuestro Hospital San Vicente de Paúl, en la sala de urgencias que llaman 'la Policlínica', siempre atestada, un pabellón de guerra en nuestra paz, son expertos en coser corazones: con cualquier hilo corriente de atar tamales los cosen, y tan bien que vuelven a latir y a suspirar y a sentir el odio.
Como aquí el que vive se venga, los que te cascaron se meten al hospital y te rematan saliendo de la operación exitosa: de cuatro o cinco o veinte tiros en el coconut a ver si los médicos antioqueños son tan buenos neurocirujanos como cardiólogos”.
 
Franco Vélez, punto aparte
Las historias del médico, escritor y poeta Jorge Franco Vélez son punto aparte. Su andanza en el Hospital está en “Hildebrando”, “Relatos y recuerdos”, “Terapia ocupacional” y en escritos periodísticos. “Mi santuario es la tienda de la esquina “, dice en un poema y como prueba de ello, cuenta que en la época de alcoholismo, antes de entrar a clase de 7 a.m. se tomaba un aguardiente en el bar Las dos tortugas, a una cuadra del Hospital; un día llegó cuando apenas abrían el local y las sillas estaban sobre las mesas. El empleado le dijo: “¿Dónde se lo pongo, doctor? Y él contestó: Pues será intravenoso”.
Ése bohemio fue el creador del grupo de Alcohólicos Anónimos del Hospital. Tiberio Álvarez lo cita en sus “Historias subterráneas”: “Cuando me jubilé, me dediqué a trabajar más por A.A. y fundamos, aquí en el Hospital, un grupo institucional, el día 1° de marzo de 1975, con el estímulo de ese gran hombre que fue el Dr. Héctor Ortega Arbeláez”. Y agrega: “Los siquiatras y los sacerdotes nos mandan pacientes. Uno de esos curas me dijo un día: 'Hombre, yo no puedo con esos maridos borrachos, manejálos vos', y luego: “Si el Diablo nos pide ayuda, se la damos.
Claro, si el Diablo se vuelve alcohólico y nos busca” (...). “A mí me ha tocado hablar en iglesias y en una ocasión me provocó empezar a predicar como aquel cura andaluz que hablaba del trago: 'Hermanos míos, no os dediquéis a la bebida. La bebida es propia de los animales, os lo digo por experiencia”.
 
“El pabellón de la mandrágora”
El gineco-obstetra Emilio Alberto Restrepo Baena, trabajó en el Hospital Universitario San Vicente de Paúl. Su novela “El pabellón de la mandrágora” recoge, como él dice, “historias tan universales que pudieran pasar en cualquier hospital, cualquiera podría decir que ocurren en el Hospital de La Hortúa o en la Fundación Santa Fe”.
Es una trama con ribetes de novela negra: “... Tener que tirarme al suelo con el uniforme blanco postrada de la humillación cuando se arman abaleos en urgencias; o tener que reconocer ante mí misma que me oriné del susto cuando llegaron a rematar un herido en un operativo”; pacientes terminales usados en una cadena de cobro fraudulento de seguros de vida; los “gallinazos” funerarios; “B.J.”, rey de los mitómanos, quien juraba haberle perdonado la vida a “Tirofijo” como militar en el sitio de Marquetalia, haber cargado en hombros a Pelé en el Mundial de Fútbol de Méjico y conducido en taxi a Pablo Escobar Gaviria, y a los sicarios que mataron a Luis Carlos Galán; “Margarita Monguis”, la enfermera que daba caldo de fríjoles a los recién nacidos y anticonceptivos femeninos a los hombres para el acné; “Mónica Andrea”, la vampiresa y arribista Enfermera Jefe; la monja embarazada tras una violación colectiva en zona roja del oriente de Antioquia…
Y “Los círculos perpetuos” de Restrepo Baena, empieza con el relato “En una calle cualquiera”, que narra el asesinato de un médico por un sicario que fue paciente suyo:
“- Mendoza, ¿no me reconoce, hombre? Yo soy el doctor Restrepo, el que lo operó cuando usted llegó herido al Hospital de San Vicente. Recuérdeme, Mendoza; yo sé que usted es Iván Mendoza, yo lo cuidé, nos hicimos muy amigos cuando usted casi se muere la noche en que lo abalearon. Recuérdeme hombre, yo fui el cirujano que lo operó, el que lo salvó.
- Claro que me acuerdo de usted, médico. Yo estoy vivo gracias a usted, a su cirugía y a sus cuidados. Usted estaba trabajando e hizo muy bien su labor… Ahora yo estoy en mi trabajo y créame que también hago muy bien mi oficio.
No sintió nada. Siempre creyó que los impactos de bala dolían al romper la piel y en sus últimas luces se alegró de que no fuera así. Sólo le pareció un poco duro el suelo y muy triste la forma como se diluyeron en tan pocos segundos los recuerdos, los afectos, los apegos, el orgullo, ese cuerpo que ya casi no estaba, ese líquido caliente que le humillaba la hombría, ese frío que le desgarraba el alma…”.
Sala de cadáveres vivientes
El hospital como expresión del drama humano es la temática del libro “Confesiones de un Médico Interno”, del médico Álvaro Aristizábal, crónicas sencillas pero sobrecogedoras de su ejercicio en varios hospitales. Tras sus rotaciones por cirugía, cardiología, urgencias, acupuntura y anestesiología en el Hospital San Vicente, dice: “Tenemos la sala de recuperación de anestesia llena de cadáveres vivientes”, (…) “tres de ellos son jóvenes que recibieron balazos mortales en distintos órganos...”. “Cuando ya no daban signos de vida, a muchos de ellos los médicos les desconectaban el respirador artificial”, a uno ya lo tenían de candidato a donante de órganos, pero “luego reaccionó lentamente y volvió a la vida. Fue la duda de sus padres para donar sus órganos lo que nos dio ese tiempo de esperar que resultó vital para el joven”.
Discurren por la obra los imanes o polartrones y la terapia del color, con los cuales el doctor Jorge Carvajal diagnosticaba tumores cerebrales; el montón de viejitos hacinados en los corredores con fracturas de cadera y sin dinero para la operación; el herido por un balazo en la arteria femoral que después de una amputación de pierna le fallaron los riñones: “Varias veces tuvo que ser reintervenido para quitar más y más tejido muerto de su muñón que ya llegaba al nivel de la cintura; ya no tenía más para dónde cortarle, y no podemos cortarlo a la mitad”, decía un cirujano. O el ladrón que en su fuga una bala le cruzó la columna vertebral, dejándolo paralítico: “Ahora, ni siquiera podría robar, decía socarronamente, mientras yo extraía la bala asesina que lo había traspasado y se tocaba a flor de piel”.
Y en “Cuasi una fantasía”, el médico Efraín Otero Ruiz narró la muerte de Carlos Gardel, ocurrida el lunes 24 de junio de 1935, y la reacción del personal hospitalario ante muertos y heridos (“Cenotafio para Gardel”, EL PULSO No. 161- febrero 2012); relato, como los demás, pleno de vigor periodístico y calidad literaria. Otero recuerda la proeza de médicos y enfermeras ante el desplome de la cúpula de un teatro en enero del mismo año, que mató a mucha gente, prueba de fuego para las recién inauguradas salas de urgencias y traumatología, creadas por el doctor Joaquín Aristizábal.
Los 100 años de nuestro Hospital Universitario de San Vicente Fundación son una historia que se cuenta minuto a minuto, segundo a segundo, en cada rincón, en cada sala y en cada cama, en cada cuerpo humano y en cada alma que habitan este espacio de vida.
 
Historias subterráneas
Incidentes de literatos y bohemios también las hay en “Historias subterráneas de la medicina antioqueña” del anestesiólogo Tiberio Álvarez Echeverri. Cita a su colega Jorge Franco Vélez, sobre el poeta de la música andina colombiana Tartarín Moreira, el de “Dolor sin nombre”: “Nosotros queríamos mucho a Tartarín, y sus canciones eran obligadas en aquellas noches de bohemios y de serenata, sobre todo cuando eran cantadas por Obdulio y Julián, sus mejores intérpretes. También murió pobre, aquí en el Hospital San Vicente el 1° de noviembre de 1954. Cuando Julián Restrepo estaba en el Hospital Mental, su compañero Obdulio venía con frecuencia al servicio de consulta externa del Hospital para el control de su diabetes. Allí se hizo muy amigo del doctor Iván Duque, con quien formó dueto en varias ocasiones”. Y cuenta picardías de Franco Vélez: “Decían que en medio de sus borracheras se aparecía de vez en cuando al Hospital, montado en carro de bestia”. Y cita al autor de esas travesuras: “Todavía hay gente que recuerda mi odisea alcohólica de 24 horas, en aplanadora, del Hospital San Vicente a la Inspección de Permanencia de Calibío, lugar de mi destino”.
 



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