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Quien es buena paga, se esmera por cancelar
sus obligaciones cumplida y correctamente. Quien no, dilata
el pago, con mil excusas y pretextos. No otra cosa ocurre
con las socorridas glosas de cuentas médicas y de
salud, la forma más diplomática inventada
en Colombia para evadir los pagos de los servicios de salud
contratados por ciertas EPS con los hospitales y clínicas.
¿Será justo que algunas prósperas aseguradoras
cuadren caja y apalanquen sus negocios a costa de las torturadas
finanzas de las instituciones prestadoras que atienden a
los enfermos del país?
Son admirables varias EPS que -pese al enrarecido sistema
de salud y a la normatividad que sirve de patente de corso
a la irresponsabilidad contractual- pagan honesta y responsablemente
sus deudas a los hospitales, evitando las glosas infundadas
y demás subterfugios técnicos que algunos
colegas utilizan a su arbitrio.
Nadie desconoce que un cierto porcentaje de cuentas (muy
bajo como lo demuestra el resultado de la auditoría
final de cuentas) incurre en soportes insuficientes o mal
elaborados, en incongruencias entre los servicios y tarifas
pactados y los efectivamente aplicados, en eventuales faltas
de pertinencia y otras fallas administrativas. Casos excepcionales,
como lo demuestra el porcentaje en que queda la glosa definitiva
en todo Colombia, frente a la glosa inicial. Lo corrobora
el dictamen del señor Superintendente de Salud, Gustavo
Morales Cobo, en declaración a este periódico.
Así lo aceptan incluso las escasas y tímidas
declaraciones de los voceros de EPS. Si admiten que muchas
empresas se equivocan reiteradamente en esta práctica,
¿por qué no la corrigen de una vez por todas
en vez de persistir en lo que la contralora saliente, Sandra
Morelli, llamó con toda razón, práctica
abusiva y eventual abuso de posición
dominante?
El artilugio de glosa genera una distorsión del flujo
de los recursos que engrosa la ya abultada cartera hospitalaria.
Las cuantiosas glosas infundadas y extemporáneas
sólo le sirven a las entidades responsables
del pago, a la postre ni tan responsables, que juegan
impúdicamente con la salud pública para maquillar
sus estados financieros y dilatar el pago, acudiendo muchas
veces al ridículo argumento de la falta de
autorización, autorización que obviamente
otorga o niega el ente glosador, en una auditoría
concurrente inequitativa y tramposa.
La misma normatividad que regula las glosas -remendada,
maltrecha e inoperante como toda la legislación del
sistema- contiene vacíos y admite toda clase de esguinces
y leguleyadas. Los artículos claves de esas normas
-que consagran clara y taxativamente los deberes de cada
actor- son violados sistemáticamente, y los entes
de control, en especial la Supersalud, acusan desbordamiento
e insuficiencia de recursos para frenar el fenómeno,
ante el alud de procesos sancionatorios y la multiplicación
de una práctica que a todo el mundo se le salió
de las manos. En vano siguen argumentando algunos dirigentes
de EPS que el problema es técnico, expediente
tan fácil como el de las famosas zonas grises,
cuando se trata de no pagar. En conclusión, las glosas
son el suero antiofídico de las EPS contra las culebras
más bravas que tienen con clínicas y hospitales
en todo el país.
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