DELLÍN,   COLOMBIA,   SURAMÉRICA    AÑO 16    No. 214 JULIO   AÑO 2016    ISSN 0124-4388      elpulso@elhospital.org.co






 

 


Héctor Abad Gómez, una lección
de “salud y bienestar, en libertad y en paz”
Hernando Guzmán Paniagua - Periodista - elpulso@sanvicentefundacion.com

Abad Gómez en su libro “Teoría y práctica de la salud
pública” termina enunciando la “poliatría”, que “se encarga
de estudiar y aplicar leyes del bienestar, de, para y en los
grupos humanos”, es la ciencia del bienestar humano.
“Si cada ser humano pudiera dedicarse, siquiera, a hacer feliz a otro ser humano, toda la humanidad sería feliz”. Esta frase resume el ideal de vida de Héctor Abad Gómez, quien vivió en función de los derechos humanos y cayó asesinado en 1987, soñando con un país justo y en paz. El hombre era su credo y lo amó sobre todas las cosas.
Fue grande en todo. Médico salubrista, investigador en ciencias de la salud, político, escritor, ensayista, profesor, periodista. Muchas facetas, una sola misión: defensor de los derechos humanos. A la salud pública en Colombia le abrió caminos. Tras un largo trasiego, decidió desaprender lo aprendido. Vio que la salud pública era necesaria pero no suficiente, un eslabón en la cadena de la felicidad. En las charlas decía que entre más estudiaba, se sentía más ignorante.
En sus “Cartas desde Asia” (1976), escritas desde Filipinas a familiares, amigos, colegas y hasta enemigos, recalcaba: “Lo que deberíamos hacer los que fuimos alguna vez maestros sin ser sabios, es pedirles humildemente perdón a nuestros discípulos por el mal que les hicimos”.
En el “Manual de tolerancia” (1988), reiteró: “El mero conocimiento no es sabiduría. La sabiduría sola tampoco basta. Son necesarias la sabiduría y la bondad para enseñar y gobernar a los hombres”. Señal de evolución de su pensamiento y de la salud pública. Se abría campo la salud social o sociatría, el salubrista pasaba a mejor vida y emergía el poliatra, científico del bienestar integral. A un discípulo, expresaba: “Hace 15 años estoy tratando de enseñar. Creo que he enseñado muy poco, aunque creo que una cosa sí he logrado: Hacer pensar libremente” (Cartas desde Asia).
Salud pública y salud social
“La salud pública moderna con la que soñaba mi padre ya no existe”, dice la médica Sol Beatriz Abad Faciolince, hija del maestro, en el prólogo de “Fundamentos éticos de la salud pública” (Selección de textos de Héctor Abad Gómez, Universidad de Antioquia, 2012). Precisó: “Buena parte de las nuevas generaciones médicas, no introyectaron ya ese asunto. Ellos a veces parece que estuvieran convencidos de que lo que les intentan enseñar los médicos mayores son concepciones del siglo pasado que no tienen que ver con las concepciones actuales, ni con los conceptos supuestamente modernos de UPC, IPS, EPS, copago, cuota moderadora e integración vertical”.
Si Héctor Abad viviera, sería el primer contradictor de este sistema de cifras, rentabilidad, cobertura universal, mortalidad, morbilidad, alta expectativa de vida y tecnologías de punta. Pensaba que el ser humano debe ser sagrado para el médico desde su concepción, pero “no debemos seguir creyendo que nuestra misión es salvar vidas (…) ¿Tiene la vida un valor en sí misma o depende dicho valor de la clase de vida que logremos vivir?”. Su meta fue: “La conservación de su vida, pero no de una vida cualquiera, sino de la mejor vida posible para él, es la empresa más importante a que una sociedad debe dedicarse. Esto significa que toda sociedad debe asegurarles a todos sus individuos salud, alimentación, dignidad, decoro, en una palabra, bienestar físico, mental y social”.
Como Secretario de Salud de Antioquia y asesor de la Oficina Sanitaria Panamericana y de la OMS en varios países, constató que en muchos hospitales, “los niños desde antes de nacer, en relación con la comida que consumen sus madres, ya empiezan su vida intra-uterina en condiciones de inferioridad”, con inequidades de peso y talla.
Vivir mucho o vivir bien
Apóstol de los determinantes sociales de la salud, apoyado en el “concepto ecológico de enfermedad” y tan enemigo del latifundio excluyente como del minifundio empobrecedor, propuso “unidades agrícolas familiares”, los mesofundios, para todas las familias campesinas. Puntualizaba: “Tienen que dividirse mejor los 27 millones de hectáreas tituladas que tiene el país”. Entonces, apenas 10.000 familias concentraban 20.000 haciendas de más de 200 hectáreas, en un total de 15 millones de hectáreas. Ecuánime, no sectario ni dogmático, decía: “Ni la Edad Media, ni el capitalismo predatorio, ni el socialismo totalitario, parece que hayan podido, en la práctica, hacer felices a todos los humanos”. Proponía “una nueva ética”, un “socialismo democrático no confesional”.
“Si no contribuimos a ayudar a
organizar a nuestro pueblo para la salud
y el bienestar, en libertad y en paz, otros lo harán
probablemente con violencia y tiranía”.
Dr. Héctor Abad Gómez
Preconizó la atención básica en salud, criticó la desproporción entre tantos médicos y tan pocas enfermeras, auxiliares y ayudantes de enfermería y promotoras rurales de salud. Indicaba: “Por cada médico, debería haber, siquiera, 60 personas auxiliares”. Mostró con estudios que, con ellos y sin tantos especialistas, habría menor mortalidad infantil y más sanidad en las viviendas, vacunación, ocupación hospitalaria y atención médica oportuna.
Propuso regionalizar la atención en salud y aumentar los promotores urbanos y rurales. Señaló a los médicos y profesores de medicina el reto de una “subcultura médica latinoamericana (…) una cultura humanística, que tenga en gran aprecio y por encima de todo, los auténticos valores humanos: el valor de la vida, el valor de la salud, el valor del servicio a los demás, el valor de la felicidad, el valor del pensamiento científico, el valor del goce artístico”.
Hace 20 años, como si le hubieran tocado las EPS, el maestro aseveraba: “Nuestra sociedad le da más importancia a la enfermedad que a la salud, más importancia al lucro que al servicio”. Señalaba a “unos pocos privilegiados que se enriquecen a costa de la dura ley del mercado de la oferta y la demanda”, y deducía que los seres más patógenos para la gente no eran los microbios ni los parásitos sino los mismos seres humanos.
La poliatría, ciencia del bienestar
Su libro “Teoría y práctica de la salud pública” termina enunciando la poliatría, la teoría mesopanómica y el mesoísmo. La poliatría, hija de la salud pública y nieta de la medicina, “se encarga de estudiar y aplicar leyes del bienestar, de, para y en los grupos humanos”, es la ciencia del bienestar humano. La gran tarea de la Universidad es formar poliatras, “que sean conductores, no jefes de nadie, sino que sean la levadura que humanice más a la humanidad”.
Acorde con el enfoque poliátrico, Abad Gómez propuso un programa de salud pública para Colombia que incluía entre otros puntos: agua potable para todos; disposición final de excretas y de basuras; vivienda ventilada, iluminada y espaciosa; manejo higiénico de alimentos, hospitales y otros centros médicos suficientes; alimentación nutritiva para gestantes, maternas, niños, adultos y ancianos; inmunización general contra enfermedades prevenibles; tratamientos médicos, quirúrgicos y odontológicos masivos; prevención de accidentes, intoxicaciones, hechos violentos, de enfermedades laborales, congénitas, dentales, sexuales y mentales; control y estandarización de hospitales, clínicas y laboratorios clínicos y de salud pública; notificación estadística oportuna de enfermedades, accidentes y violencia; y rehabilitación física, mental, laboral y social de las personas afectadas por distintos males.
Parece que el doctor Héctor Abad Gómez nos siguiera saludando como en su programa de radio dominical: “¡Salud, amigos!”, y repitiendo la frase que hoy cobra vigencia: “Si no contribuimos a ayudar a organizar a nuestro pueblo para la salud y el bienestar, en libertad y en paz, otros lo harán probablemente con violencia y tiranía”.
 
Vida y obra
Héctor Abad Gómez, (Jericó 1921-Medellín 1987). Médico de la Universidad de Antioquia (1947), profesor de la misma, Master en Salud Pública (Universidad de Minnesota, EU), impulsor del año rural obligatorio, de las promotoras rurales de salud y de las primeras campañas anti-polio.
Fundador de la Escuela Nacional de Salud Pública de la U. de A. Secretario de Salud de Antioquia y de Medellín, oficial médico de la Oficina Sanitaria Panamericana en Washington, asesor de la OMS en Perú, Méjico, Cuba, Haití y República Dominicana, y de los Ministerios de Salud de Indonesia y Filipinas. Militante del Movimiento Revolucionario Liberal (MRL), Diputado a la Asamblea de Antioquia, Representante a la Cámara, presidente de los Comités Permanentes para la Defensa de los Derechos Humanos de Antioquia y Colombia.
Autor de los libros “Teoría y práctica de la salud pública”, “Manual de tolerancia”, “Cartas desde Asia”, y de numerosos ensayos y columnas periodísticas en medios nacionales y foráneos. Asesinado el 25 de agosto de 1987 en Medellín por un grupo paramilitar.
 
“Creo en el hombre y
en su capacidad de ser feliz”: Héctor Abad Gómez
“No es matando guerrilleros, o policías, o soldados, como parecen
creer algunos, como vamos a salvar a Colombia. Es matando el hambre,
la pobreza, la ignorancia, el fanatismo político o ideológico, como se puede mejorar este país”. Dr. Héctor Abad Gómez
“En vez de maldecir la oscuridad, prende, aunque sea, una pequeña luz”, dice el proverbio oriental que hizo suyo el doctor Héctor Abad Gómez. Toda su vida prendió no una sino muchas luces, aún vivas en sus escritos y en la memoria de todos los que con ellas siguen caminando.
Su hijo Héctor Abad Faciolince le ayudó a preservar las lecciones de tolerancia. Un día llevó de la Morgue a su casa las ropas ensangrentadas -aún albergaban una bala- y las quemó. Pero guardó muchos años la camisa con las manchas ennegrecidas para no olvidar el crimen y vengar a su padre. Cuenta el escritor: “Al escribir este libro la quemé también, pues entendí que la única venganza, el único recuerdo y también la única posibilidad de olvido y de perdón, consistía en contar lo que pasó, y nada más”. Ese fue el origen de su libro “El olvido que seremos”.
Y el del “Manual de Tolerancia” de su padre arrancó de un legajo de manuscritos, a modo de diario, que ordenó y editó Abad Faciolince.
En el prólogo de este testamento espiritual publicado en 1988, a un año de su muerte, el constitucionalista y compañero de lides humanitarias del maestro, Carlos Gaviria Díaz, dijo: “Pienso que la tolerancia sintetiza un impulso vital y un sentimiento posibles de contradecirse, pero que en el médico humanista ni siquiera virtualmente se podían escindir: la libertad y el altruismo”.
Contra el fanatismo
Dice Abad Gómez al principio del libro: “El fanatismo y los fanáticos han sido el instrumento de los más grandes desastres humanos”. Su hijo, Héctor Abad Faciolince, rememora: “Mi papá fue un profesor, un buen profesor, como muchos de ustedes aquí en la Universidad de Antioquia lo pueden atestiguar. Como tal, luchó contra la ignorancia, contra el fanatismo, contra la estupidez. Porque en general la ignorancia, el fanatismo y la estupidez no producen sino sufrimiento. Y mi papá era un enemigo del sufrimiento. Yo sé que él, si pudiera, nos diría que ya no suframos más por su muerte, que ya no pensemos más en su sangre derramada. Que envejezcamos como él, gozando con la belleza del campo, con la compañía amena de los amigos, con la compañía de la buena música y los mejores libros” (“Acuérdate de olvidar”, El Espectador, 25 de agosto de 2012).
“¿La paz? Los que hacen imposibles
los cambios pacíficos, hacen inevitables
los cambios violentos (…) Se equivocan los que
creen que pueden acallar el clamor de paz y justicia
del pueblo colombiano”.
Dr. Héctor Abad Gómez
Don Héctor fue abierto y pluralista, sin renunciar a sus postulados ideológicos: “Mis sentimientos están como mi corazón, a la izquierda; mi razón, como mi cerebro, al centro; mis odios y resentimientos en mi pequeña vesícula biliar, a la derecha”. Pacifista convencido, decía: “No es matando guerrilleros, o policías, o soldados, como parecen creer algunos, como vamos a salvar a Colombia. Es matando el hambre, la pobreza, la ignorancia, el fanatismo político o ideológico, como se puede mejorar este país”.
Creía en una cultura humana única, “en que las nociones de convivencia, de igualdad, de fraternidad entre toda la especie humana, sean aceptadas como cosas naturales y corrientes”.
“…Ojalá no me maten”
A quien ame y respete la vida, tienen que estremecer estas palabras de quien lloró a otros mártires: Pedro Luis Valencia, Luis Felipe Vélez…: “Creo que he vivido plenamente, intensamente, suficientemente […]. Aunque no le temo a la muerte tampoco quiero que me maten, ojalá no me maten: quiero morir rodeado de mis hijos y mis nietos, tranquilamente, una muerte violenta debe ser aterradora”. En su “Manual de tolerancia” afirmó: “Hay un solo medio de transporte en el que acepto que me saquen de la Universidad: el ataúd”. Lo mataron. A pocos metros y a pocos minutos cayó su discípulo amado Leonardo Betancur, a manos de los mismos sicarios, y seguieron en la lista Luis Fernando Vélez, Jesús María Valle, Carlos Gónima…
Se fue a la eternidad, pero legó su credo: “Creo en el hombre y en su capacidad de ser feliz. En su capacidad de disfrutar esta vida aquí en la tierra; en su capacidad de entender las leyes naturales y ponerlas a su servicio; en su capacidad de convivencia, en su capacidad de altruismo, de abstracción, (…) creo en su capacidad de trascender los goces y bienes inmediatos hacia bienes superiores, (…) en su capacidad de sacrificio por ideales superiores” (Manual de tolerancia). El 18 de septiembre de 1984, como hablando a los profetas actuales del desastre, el maestro Abad Gómez sentenció: “¿La paz? Los que hacen imposibles los cambios pacíficos, hacen inevitables los cambios violentos” (op. cit). Lo escrito hace más de 25 años parece de hoy: “Se equivocan los que creen que pueden acallar el clamor de paz y justicia del pueblo colombiano”.
 
 
Medicina en la pintura

“La extracción de
la piedra de la locura”, de El Bosco
Hernando Guzmán Paniagua, Periodista - elpulso@sanvicentefundacion.com
“La extracción de la piedra de la locura”, óleo sobre tabla de 48 x 35 cm. de la primera etapa del pintor holandés Hieronymus Van Aeken Bosch - “El Bosco” (1450-1516), pintada entre 1475-1480, integra grabados satíricos y burlescos de la época en los Países Bajos.
Plasma una rudimentaria operación quirúrgica usual en la Edad Media: la extirpación de una piedra causante de la necedad del hombre, según la creencia. Un falso doctor, que en vez de birrete lleva un embudo en la cabeza (símbolo de la estupidez), extrae o finge extraer dicha piedra de la cabeza de un enfermo. En realidad saca un tulipán, alusión a la ingenuidad; en Holandés se le llama al necio 'cabeza de tulipán'. El puñal en la bolsa de dinero simboliza la estafa. Así los artistas satirizaban a quienes creían poseer el saber, siendo más ignorantes que sus pacientes.
Un fraile con un cántaro de vino y una monja con un libro sobre la cabeza, alegoría de la borrachera, la superstición y la ignorancia clericales, revelan el anticlericalismo de El Bosco, propio de la devotio moderna y otras doctrinas previas a la reforma protestante en Flandes.

El formato de espejo del cuadro parece mostrar al mundo la imagen de su propia estupidez. La leyenda Meester snyt die Keye ras, myne name is Lubbert Das (“Maestro, extráigame la piedra, mi nombre es Lubber Das”), alude a este personaje satírico de la literatura holandesa, símbolo de la estupidez.
Irene González, de la U. Complutense de Madrid, dice que podría haber tres manos en la obra: una en la inscripción, otra en la escena -la de El Bosco- y otra en el paisaje, aunque la línea elevada del horizonte es típica de El Bosco. Ante las teorías que dudan sobre su autoría en La mesa de los pecados capitales, Las tentaciones de San Antonio y La extracción de la piedra de la locura, Jesusa Vega expresa: “En ese tiempo la cuestión de autoría ni existía. El 'yo' del artista es una construcción cultural del Renacimiento italiano”.
La obra remite a fines de la Edad Media y principios del Renacimiento, con el cisma entre la cirugía y la medicina. Los cirujanos -casi siempre barberos, curanderos y charlatanes- oficiaban en campos de batalla, ferias y mercados, en tiendas de campaña, alternando a veces con malabaristas y otras diversiones. Algunos pretendían curar la epilepsia con una incisión en la frente, fingiendo sacar una piedra que llevaban escondida en la mano. Era una “cirugía placebo”, que hacía creer al enfermo y a su familia, que había curado, como antes les hacían creer que estaba loco. Estos seres entraron en pugna con los médicos formados en universidades y acreditados con diplomas.

Referencias:
www.museodelprado.es/coleccion/obra -de-arte/la-extraccion-de-la-piedra-de-la-locura.
https://es.wikipedia.org/wiki/Extracci%C3%B3n_ de_la_piedra_de_la_locura
www.ucm.es/data/cont/docs/621-2013-11-21-PIEDRA%20DE%20LA%20LOCU RA



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