Elegir, un ejercicio de la más pura democracia
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Cinco siglos antes de Cristo, en la Atenas que construyó las bases de occidente, la práctica de la democracia era tan rutinaria como los juegos dedicados a Zeus, y en esencia según su etimología se refiere gobierno o poder ejercido desde y por el pueblo. Su explicación actual nos remite a una forma de organización social donde la titularidad del poder recae sobre el conjunto de la ciudadanía, y siendo más estrictos, es la forma de organización del Estado en la que las decisiones colectivas son adoptadas por el pueblo mediante mecanismos de participación directa o indirecta, de donde surge la legitimidad de los mandatarios. Es también una estructura que permite la convivencia social.
En su momento, según cuenta Norberto Bobbio, Platón definió la democracia como el gobierno “de la multitud” mientras Aristóteles lo clasificaba como el “de los más. Por su parte el historiador Plutarco colocaba su origen en un momento aún más remoto, como una práctica de la población libre del Ática. Sin embargo atribuirle toda la creación del concepto a los griegos puede ser errado, ya que existe evidencia antropológica de grupos tribales en antiguas civilizaciones en todo el mundo donde se dieron ejercicios del poder con sistemas políticos democráticos.
Y el recuento es importante porque en un año electoral, y con una clase política colombiana completamente desprestigiada, al momento de elegir quien representará a los colombianos en las máximas instancias de poder, si es que se quiere hacer el ejercicio de manera correcta, la tarea de análisis no es nada fácil.
Cuando se tiene la posibilidad de elegir, una pregunta que debe aparecer en cualquier análisis, es: ¿Elegir para qué? Y la respuesta no debe limitarse a los conceptos básicos de la participación democrática, sino que debe explorar los intereses particulares como grupo social, familiar, gremial, o simplemente individual. Esta clasificación de las motivaciones al momento de elegir es importante porque precisamente algunos de quienes centran sus consideraciones en los intereses individuales, son el germen del clientelismo: yo voto porque después me nombrarán… o incluso de la corrupción, ya sea por los pesos que se pagan por depositar un voto, o con la expectativa del contrato futuro. En cambio, si votar se asume como un acto de conciencia, en este caso desde el sector salud, es mucho lo que tenemos por exigir.
Hay que reconocer que en varias oportunidades el Congreso de la República ha asumido el tema de la salud y emprendido reformas probablemente bien intencionadas, pero que no han logrado cuajar en su propósito de corregir los problemas estructurales del sistema. Las leyes 1122 y 1438 son dos ejemplos de ello. En tiempo más reciente la Ley Estatutaria representó un buen esfuerzo del legislativo por darle claridad al alcance del derecho fundamental a la salud, aunque la norma fue modulada y determinadas sus dimensiones por la Corte Constitucional.
Para los nuevos congresistas la tarea no es sencilla, pero hay que anotar que cuentan con un marco constitucional desde el cual partir, que es precisamente la Ley Estatutaria, o 1751 de 2015, el parámetro normativo que debe regir el cumplimiento desde el estado del derecho a la salud. A partir de allí se deben enfocar las reformas que deben tener una característica: tocar el fondo estructural de los problemas.
Si bien la crisis del último año parece ser financiera, su solución no debe limitarse a buscar más recursos, varias veces se ha raspado la olla y poco tiempo después estos vuelven a escasear, lo que indica que no necesariamente el problema yace en la falta de recursos, incluso que puede ser la gran cantidad de dinero destinado a la salud (más de 40 billones de pesos) lo que sirva de imán para atraer intereses que más allá de propender por la salud de los ciudadanos, buscan enriquecerse prontamente sin asumir muchos compromisos, ya que las liquidaciones en el sistema muestran que la tendencia es dejar las deudas insolutas sin que haya un responsable o quien haga cumplir las obligaciones.
Reformar de fondo el sistema de salud implica replantear si es la competencia regida por el mercado la mejor manera de regular el flujo de los recursos. Es pensar también como organizar la prestación de servicios para que hospitales y clínicas puedan ejercer su papel más cerca de las comunidades aumentando así la oportunidad y accesibilidad de los pacientes, pero esto sumado a que las instituciones no vivan con las afujías de un día a día incierto en sus sostenibilidad financiera.
Una reforma estructural incluye establecer unos mecanismos de inspección, vigilancia y control con un carácter proactivo, que actúe de forma preventiva en el cuidado de los recursos y no solo cuando es poco lo que queda por hacer más allá de destapar un nuevo escándalo, pero además, se requiere que se asuma de verdad la defensa del derecho a la salud de los colombianos, y no una entidad que se limite a intermediar quejas entre usuarios y EPS, lo que termina sobrecargando el sistema judicial. Si los ciudadanos tienen unos derechos, la función del estado es hacerlos cumplir, no esperar a que la rama judicial ordene qué hacer en cada caso.
El nuevo legislativo debe pensar también como fortalecer las capacidades del talento humano en salud, primero recuperando su dignidad a través de la creación de una política nacional en el tema, facilitando el ejercicio con autonomía como lo ordena la Ley Estatutaria, promoviendo la capacitación continua con una estructura de financiación transparente, y adecuando la formación universitaria para recuperar en los nuevos profesionales la capacidad de resolución perdida en los últimos años.
Son muchas las acciones por emprender, y quienes aspiran a ocupar las curules del Congreso, deben entender que su compromiso es con una sociedad que clama desde hace mucho un mejor sistema de salud. 25 años de promulgada la Ley 100 es suficiente tiempo para evaluar su efectividad, e incluso para que en una generación de colombianos hubiera visto un cambio radical en sus condiciones de salud. Se puede haber avanzado en algunos aspectos, es innegable, y esos logros se deben sostener, la idea no es destruir lo construido, es partir de allí hacia un mejor futuro, y esta generación de congresistas tiene su oportunidad histórica.
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