MEDELLÍN,   COLOMBIA,   SURAMÉRICA    AÑO 6    NO 71  AGOSTO DEL AÑO 2004    ISSN 0124-4388      elpulso@elhospital.org.co






 

 

Piedad Bonnett

O el arte de la seducción poética
Augusto Escobar Mesa Universidad de Antioquia elpulso@elhospital.org.co
La producción literaria de Piedad Bonnett es, sin lugar a dudas, un desafío a todos los modos del mal y formas de muerte que asedian la condición del hombre y una auténtica exaltación de la vida, del reto de existir y del amor.

"En todos los poetas el tiempo es el tema por excelencia. El tiempo es un correr hacia la muerte, memoria por lo que se logra retener, igual por lo que se pierde. Es la dicha del instante que se te está yendo, es una cosa de la que estamos presos. El tiempo es la esencia misma de la poesía”, así afirma Piedad Bonnett. Si el tiempo es esa cosa inasible que se fuga ineludiblemente, su obra literaria es el intento por hacer que el tiempo permanezca entre los hombres mediante el canto poético, vivido con la intensidad del que reconoce su contingencia y vive al borde de todo límite.
No se había mitigado aún el basilisco de la muerte a mediados del siglo XX en Colombia que dejó a la vera de los caminos más de 200 mil víctimas, cuando una niña de ocho años y de la mano de sus padres tuvo que salir desde uno de esos pueblos perdidos y olvidados de las montañas antioqueñas, Amalfi, en busca de otro espacio que se convirtió en el suyo, Bogotá. En este nuevo medio, extraño a los exiliados de tantas partes, debe abrirse camino con dificultad, manifestando siempre una rebeldía con causa ante tan inesperado y permanente desarraigo. Aunque hacia fuera y en lo académico es una joven ejemplar y asume cualquier reto para demostrarse a sí y a los otros lo que pueden los desafíos personales, por dentro lleva un alma rota que sólo mitiga la lectura, y se vuelve catarsis con la escritura. Esos tanteos por el alma desgarrada de tantos otros alelados por las palabras: Baudelaire, Neruda, Vallejo, Emily Dickinson, Barba-Jacob, León de Greiff, Rulfo, Borges, la llevan a delinear progresiva y dudosamente las fronteras de una geografía verbal que a veces se torna cenagosa, otras cristalina, pero eso sí, espacio suyo. Comienza pues a defender el baluarte único que le queda, a protegerse del distorsionante, del estruendoso ruido que la acecha, y de todo aquello y todos los que pretenden franquear sus muros para dejarla al desnudo, como quedó cuando abandonó aquel bucólico tiempo primero. Tras esa peculiar y única geografía en la que puede guarecerse y con las pocos restos de piel que le pertenecen, se esconde, hasta ir perfilando los senderos que serán suyos tras aquellas fronteras que dejan vislumbrar el mundo que ha construido rémoras del pasado a pesar suyo y de los otros. Es a ese pasado que canta la poeta escondida tras la imagen de la casa: Mi alma es una casa vacía donde habitan / fantasmas de otros días […] Mi alma es una casa de puertas clausuradas / y a un desierto lunar sus ventanas se abisman.
La palabra es, para ella, "hechicera", "dulce mentirosa" que "tiende su trampa", que se hace agua, se hace lágrima, / se hace calor, saliva, piel y beso. / La palabra, / loca fabuladora del deseo. Y parodiando a Borges, dirá que ellas son palabras astilladas, / palabras mutiladas por el tiempo que tienen la capacidad de revelarnos al hombre, esos animales tristes que bien o mal somos.
Perfeccionista consigo, exigente con los demás, y aunque otras esferas del conocimiento le atraen, se deja seducir por la escritura para fijarse definitivamente en ella; es por eso que busca la formación exigente de la filosofía, de la literatura, de las artes, y de la actividad docente en la que aún se encuentra, como una forma de insaciedad y de demostrar la alta competencia a la que puede llegar; sin embargo, todo eso la deja vacía y siempre a punto de comenzar. Cada curso, cada seminario que dicta, se vuelve, aún hoy, en reto tras la búsqueda de respuestas de otros ávidos de saber, pero en ella ese conocimiento representa sólo variantes de una y de tantas preguntas que la acosan desde siempre; de ahí que cada poema, cuento, relato o ensayo suyo no sea otra cosa que la puesta en manifiesto de esos interrogantes, que traducido en versos sería: ¡Tanto sueño perdido, / tanta esperanza rota, / tanto para tan poco / y tanta pena!
Poesía y teatro
En 1985 y de manera tímida da a conocer su primer libro de poemas, De círculo y ceniza. Un año antes adapta para el teatro la obra Noche de Epifanía de Shakespeare. En 1991 estrena la pieza dramática Gato por liebre, centrada en el tema de la mujer que busca defender su identidad. Mientras escribe poesía y dicta clases, traduce, entre otros, el famoso poema El cuervo de Edgar Allan Poe. En 1994 publica su segundo libro de poemas Nadie en casa. Esa casa primera y arquetipo de toda realidad es como, dirá Borges, "del tamaño del mundo; mejor dicho, es el mundo", porque lo contiene todo: el tiempo del origen y su paraíso perdido e irrecuperable; los
miedos primeros, el terror al abandono y el exilio definitivo; la presencia tutelar del padre y su fuerza adánica; el espacio de los sueños y la imaginación; la apacible convivencia con una naturaleza no hollada; el desgaste y derrumbe inevitable de la casa y de sus habitantes; la vejez, la muerte y el olvido que deja un lastre ineluctable. Al año siguiente publica El hilo de los días, con el que gana un premio nacional de poesía. En 1996 da a conocer el poemario Ese animal triste. En 1997 incursiona de nuevo en el género teatral con la obra Que muerde el aire afuera y, a finales de 1998, sale publicado su libro de poemas amorosos Todos los amantes son guerreros. Un proporcionado tiempo de espera y mucha reflexión para volver al género inicial, la narración, permite la aparición de su primera novela, Después de todo (2001), con la que abre nuevas expectativas porque la construye con la misma dote en el manejo del lenguaje, el mismo cuidado, rigor e intensidad observados en su poesía. Y sobre todo, profunda intensidad y sensibilidad para mostrar el drama de dos seres que deambulan por el mundo en busca del otro, sin que puedan encontrarse, porque las mismas circunstancias, absurdas muchas veces, lo impiden, como si un destino trágico de burlas se interpusiera. La enfermedad como un mal real o simbólico, cuando no es el azar, la tragedia, los celos, la locura, se interponen para aguar la fiesta de la vida, porque ésta está minada desde sus cimientos. Cualquier acto, gesto, intento de los protagonistas de la novela, por osado que sea para liberarse de esa carga, es inútil. Hay que asumir la cuota trágica de la vida como una condición de ella sine qua non.
Para alejar el fantasma de la novela y de la poesía reciente, incursiona en nueva obra teatral, Sanseacabó (2001). Hace pocos meses fue lanzado su nuevo libro de poemas (2004), con la misma sensibilidad, intensidad, intimismo y fuerza poética de los anteriores. Con sus dos primeros libros de poemas, De círculo y ceniza y El hilo de los días, se hace un reconocimiento por parte de los lectores colombianos y de habla hispana de alguien que sólo era una sombra poética en el panorama colombiano, habida cuenta de figuras reconocidas como Álvaro Mutis, Fernando Charry Lara, Rogelio Echavarría, José Manuel Arango, para no citar sino unos cuantos, a pesar de los muchos cuentos, poemas y ensayos que Bonnett había escrito y publicado antes en distintos medios. Era como si a ella con estos dos libros se le hubiera reconocido el derecho a una carta de identidad, cuando lo que había pasado era que, inmersa en un grupo amorfo de poetas en un país de tanto versificador, no alcanzaba a distinguirse, no porque no tuviera cómo, sino porque el medio y la crítica, obnubilados observando otras estrellas, unas pocas permanentes y muchas fugaces, no habían podido reconocer el halo de distinción que comenzaba a germinar en ella. Aura que, paradójicamente con su primer libro y allende nuestras fronteras, otros comenzaron a distinguir al otorgarle una mención de honor en el concurso hispanoamericano de poesía Octavio Paz de Méjico. Mención que indicaba que en ese primer libro había destellos singulares, pero faltaba aún trabajo de perfeccionamiento y afinación de la voz personal. Desafío que asume y logra casi diez años después de escrito De círculo y ceniza con El hilo de los días, libro que gana una de las más codiciadas justas literarias del país: el premio nacional de poesía de Colcultura de 1994, con el que refrenda su condición de poeta y se le abren las puertas a los lectores y a las editoriales que comienzan a interesarse por sus nuevas y anteriores obras.
Atrapada por la magia de las palabras
Estimada en general como una de las autoras femeninas más importantes en el campo poético, Piedad Bonnett es hoy una de las voces más representativas de la nueva generación de escritores colombianos; sin embargo, y paradójicamente, es más reconocida, valorada y comentada su poesía fuera del país que dentro. Empero, en ella, estas circunstancias adversas por la ausencia de lectores debido a una pobre divulgación y poco espacio para la crítica en los medios y un menguado interés o limitada formación de los críticos, pareciera convertirse en acicate para seguir en la ardua labor de tejer la trama de la vida con palabras que llevan a sentidos deseados, pero que siempre ocultan lo esencial, lo que en otros términos significa que son inatrapables y por más que se las combine jamás se logra alcanzar la expresión absoluta deseada. Por eso las palabras siguen seduciendo a los poetas, narradores, ensayistas, en fin, a esos escribanos de la vida y la muerte. La palabra es, para ella, "hechicera", "dulce mentirosa" que "tiende su trampa", que se hace agua, se hace lágrima, / se hace calor, saliva, piel y beso. / La palabra, / loca fabuladora del deseo. Y parodiando a Borges, dirá que ellas son palabras astilladas, / palabras mutiladas por el tiempo que tienen la capacidad de revelarnos al hombre, esos animales tristes que bien o mal somos.
Si bien Bonnett ha sido fiel al amor en medio de tantas vicisitudes, más lo ha sido a las palabras, a las que somete a su crisol permanente. Ellas han sido y son sus compañeras, confidentes y las que tanta satisfacción dan. Sometidas a una complaciente, dedicada y apoteósica alquimia, las palabras han instaurado su reino en la vigilia y el sueño, así como en los entresueños; de ahí su goce por conocer la cara y el envés de cada una de esas medusas que, entronizadas en un verso, quedan petrificadas para siempre, pero que igual y paradójicamente renuevan su sentido cada vez que el nuevo o reiterado lector vuelve sobre ellas. Por eso dice la poeta refiriéndose a la poesía: Otra vez vuelvo a ti. / Cansada vengo, definitivamente solitaria. / Mi faltriquera llena de penas traigo, desbordada / de penas infinitas, / de dolor […] vengo a beber de tus profundos manantiales, / a rendirme en tus brazos, / hondos brazos de madre, y en tu pecho / de amante, misterioso, / donde late tu corazón como un enigma […] Humilde vuelvo a ti con el alma desnuda / a buscar el reflejo de mi rostro, / mi verdadero rostro / entre tus aguas.
Fueron veintidós, dice la crónica.
Diecisiete varones, tres mujeres,
dos niños de miradas aleladas,
sesenta y tres disparos, cuatro credos,
tres maldiciones hondas, apagadas,
cuarenta y cuatro pies con sus zapatos,
cuarenta y cuatro manos desarmadas,
un solo miedo, un odio que crepita,
y un millar de silencios extendiendo
sus vendas sobre el alma mutilada.
Cantos a la muerte
¿Qué tiene la muerte agresiva, la violencia que despoja al individuo del bien físico, corporal y moral que motiva a la poeta al reiterado canto lírico? Entre el amor y la muerte todo umbral ha desaparecido para dar cabida a la realidad disolutiva y engullidora; todo es mar desolado y oscuro cuya marejada avanza incontenible. En muchos de sus versos la poeta canta a la muerte como si un demonio interior hubiera tomado posesión suya: boca oscura que a todos nos devoras / y a todos nos trituras / y a todos nos escupes convertidos en polvo. Ya no es el canto seductor de la pasión amorosa el que se escucha, sino el de la bestia desfogada que sobresalta el alba con el ronco bramido de las bestias / que son sacrificadas […] La muerte va trazando sus signos en la blanca madrugada. Y luego la poeta sugiere que está cerrada toda posibilidad a la esperanza porque la vida como el alma han sido cercenadas: Fueron veintidós, dice la crónica. / Diecisiete varones, tres mujeres, / dos niños de miradas aleladas, / sesenta y tres disparos, cuatro credos, / tres maldiciones hondas, apagadas, / cuarenta y cuatro pies con sus zapatos, / cuarenta y cuatro manos desarmadas, / un solo miedo, un odio que crepita, / y un millar de silencios extendiendo / sus vendas sobre el alma mutilada. De la ciudad, la juglar ya no escucha el tráfago cotidiano que anuncia la presencia de los hombres, ni siente el frío benévolo del altiplano, ni el calor del trópico en tiempos de verano, sólo un silencio pétreo y el frío glacial de la parca que ha fijado su imperio yacente: Sobre la infame ciudad / pasó una bandada de aves que huían pavoridas / estremeciendo el cielo con su torvo silencio. / La gentes apenas si elevaron la vista / tan grande era su empeño de vivir, tan pobre era su / tiempo. / Una noche ficticia se hizo por un instante, / y un olor a cadáver se apoderó del aire / y las calles, los árboles, los techos / enmudecieron / con la lluvia de estiércol en las frentes.
Poesía de desafío
La docena de libros publicados por Bonnett, la mayoría de ellos fruto del aliento y agonía personal, no hacen otra cosa que confirmar una manera singular de ver el mundo y de apropiárselo. Esos textos, más los que están en camino y los que vendrán luego revelan, eso sí, una voz auténtica y sin fisuras porque es ella misma y no hay quien se le asimile, así las grietas se manifiesten por doquier en sus poemas, explayadas en cada verso, en cada línea de su escritura; son grietas de un alma desgarrada, asediada por las frustraciones, por la absoluta avidez y a la vez la absoluta insatisfacción. En ella no hay paliativo ni bálsamo que mengue ese punzante dolor, ni fuerza que aligere ese fardo que la doblega, pero de esa acerba condición nace la unidad de la forma, la fuerza del canto que reivindica lo humano cotidiano hasta alcanzar trascendencia y, sobre todo, una singular intensidad poética. Piedad Bonnett lee el mundo y lo da a conocer, igual lee a los que le precedieron y descubre en ellos otras manera de entender y explicar la realidad que complementa la suya. En definitiva, su literatura permite conocer la naturaleza humana y, por tanto, ayuda a comprenderla como un mero atisbo. La producción literaria de Piedad Bonnett es, sin lugar a dudas, un desafío a todos los modos del mal y formas de muerte que asedian la condición del hombre y una auténtica exaltación de la vida, del reto de existir y del amor.
 
A Canadá
Augusto Escobar, Doctor en Literatura de la Universidad III de Bordeaux, profesor jubilado de la Universidad de Antioquia, miembro del Comité Editorial y colaborador permanente del periódico El Pulso, parte a la búsqueda de nuevos horizontes profesionales y de vida en Canadá.
¡Gracias profesor! Que esta nueva aventura le permita continuar como alma y nervio de El Pulso desde la distancia. Que la pasión y la devoción puestas en el sueño de este periódico, nos mantenga vigentes en su recuerdo y no permitan que se rompan los lazos de sincera amistad, forjada en días y días ante cada página de esta publicación.
¡Buen viento y buena mar!



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