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"En todos los poetas el tiempo
es el tema por excelencia. El tiempo es un correr hacia la
muerte, memoria por lo que se logra retener, igual por lo
que se pierde. Es la dicha del instante que se te está
yendo, es una cosa de la que estamos presos. El tiempo es
la esencia misma de la poesía, así afirma
Piedad Bonnett. Si el tiempo es esa cosa inasible que se fuga
ineludiblemente, su obra literaria es el intento por hacer
que el tiempo permanezca entre los hombres mediante el canto
poético, vivido con la intensidad del que reconoce
su contingencia y vive al borde de todo límite.
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No se había
mitigado aún el basilisco de la muerte a mediados del
siglo XX en Colombia que dejó a la vera de los caminos
más de 200 mil víctimas, cuando una niña
de ocho años y de la mano de sus padres tuvo que salir
desde uno de esos pueblos perdidos y olvidados de las montañas
antioqueñas, Amalfi, en busca de otro espacio que se
convirtió en el suyo, Bogotá. En este nuevo
medio, extraño a los exiliados de tantas partes, debe
abrirse camino con dificultad, manifestando siempre una rebeldía
con causa ante tan inesperado y permanente desarraigo. Aunque
hacia fuera y en lo académico es una joven ejemplar
y asume cualquier reto para demostrarse a sí y a los
otros lo que pueden los desafíos personales, por dentro
lleva un alma rota que sólo mitiga la lectura, y se
vuelve catarsis con la escritura. Esos tanteos por el alma
desgarrada de tantos otros alelados por las palabras: Baudelaire,
Neruda, Vallejo, Emily Dickinson, Barba-Jacob, León
de Greiff, Rulfo, Borges, la llevan a delinear progresiva
y dudosamente las fronteras de una geografía verbal
que a veces se torna cenagosa, otras cristalina, pero eso
sí, espacio suyo. Comienza pues a defender el baluarte
único que le queda, a protegerse del distorsionante,
del estruendoso ruido que la acecha, y de todo aquello y todos
los que pretenden franquear sus muros para dejarla al desnudo,
como quedó cuando abandonó aquel bucólico
tiempo primero. Tras esa peculiar y única geografía
en la que puede guarecerse y con las pocos restos de piel
que le pertenecen, se esconde, hasta ir perfilando los senderos
que serán suyos tras aquellas fronteras que dejan vislumbrar
el mundo que ha construido rémoras del pasado a pesar
suyo y de los otros. Es a ese pasado que canta la poeta escondida
tras la imagen de la casa: Mi alma es una casa vacía
donde habitan / fantasmas de otros días [
] Mi
alma es una casa de puertas clausuradas / y a un desierto
lunar sus ventanas se abisman.
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La palabra es, para ella,
"hechicera", "dulce mentirosa" que "tiende
su trampa", que se hace agua, se hace lágrima,
/ se hace calor, saliva, piel y beso. / La palabra, / loca
fabuladora del deseo. Y parodiando a Borges, dirá que
ellas son palabras astilladas, / palabras mutiladas por el
tiempo que tienen la capacidad de revelarnos al hombre, esos
animales tristes que bien o mal somos.
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| Perfeccionista
consigo, exigente con los demás, y aunque otras esferas
del conocimiento le atraen, se deja seducir por la escritura
para fijarse definitivamente en ella; es por eso que busca la
formación exigente de la filosofía, de la literatura,
de las artes, y de la actividad docente en la que aún
se encuentra, como una forma de insaciedad y de demostrar la
alta competencia a la que puede llegar; sin embargo, todo eso
la deja vacía y siempre a punto de comenzar. Cada curso,
cada seminario que dicta, se vuelve, aún hoy, en reto
tras la búsqueda de respuestas de otros ávidos
de saber, pero en ella ese conocimiento representa sólo
variantes de una y de tantas preguntas que la acosan desde siempre;
de ahí que cada poema, cuento, relato o ensayo suyo no
sea otra cosa que la puesta en manifiesto de esos interrogantes,
que traducido en versos sería: ¡Tanto sueño
perdido, / tanta esperanza rota, / tanto para tan poco / y tanta
pena! |
Poesía y teatro
En 1985 y de manera tímida da a conocer su primer libro
de poemas, De círculo y ceniza. Un año antes adapta
para el teatro la obra Noche de Epifanía de Shakespeare.
En 1991 estrena la pieza dramática Gato por liebre, centrada
en el tema de la mujer que busca defender su identidad. Mientras
escribe poesía y dicta clases, traduce, entre otros,
el famoso poema El cuervo de Edgar Allan Poe. En 1994 publica
su segundo libro de poemas Nadie en casa. Esa casa primera y
arquetipo de toda realidad es como, dirá Borges, "del
tamaño del mundo; mejor dicho, es el mundo", porque
lo contiene todo: el tiempo del origen y su paraíso perdido
e irrecuperable; los |
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miedos primeros, el terror al abandono y el exilio definitivo;
la presencia tutelar del padre y su fuerza adánica; el
espacio de los sueños y la imaginación; la apacible
convivencia con una naturaleza no hollada; el desgaste y derrumbe
inevitable de la casa y de sus habitantes; la vejez, la muerte
y el olvido que deja un lastre ineluctable. Al año siguiente
publica El hilo de los días, con el que gana un premio
nacional de poesía. En 1996 da a conocer el poemario
Ese animal triste. En 1997 incursiona de nuevo en el género
teatral con la obra Que muerde el aire afuera y, a finales de
1998, sale publicado su libro de poemas amorosos Todos los amantes
son guerreros. Un proporcionado tiempo de espera y mucha reflexión
para volver al género inicial, la narración, permite
la aparición de su primera novela, Después de
todo (2001), con la que abre nuevas expectativas porque la construye
con la misma dote en el manejo del lenguaje, el mismo cuidado,
rigor e intensidad observados en su poesía. Y sobre todo,
profunda intensidad y sensibilidad para mostrar el drama de
dos seres que deambulan por el mundo en busca del otro, sin
que puedan encontrarse, porque las mismas circunstancias, absurdas
muchas veces, lo impiden, como si un destino trágico
de burlas se interpusiera. La enfermedad como un mal real o
simbólico, cuando no es el azar, la tragedia, los celos,
la locura, se interponen para aguar la fiesta de la vida, porque
ésta está minada desde sus cimientos. Cualquier
acto, gesto, intento de los protagonistas de la novela, por
osado que sea para liberarse de esa carga, es inútil.
Hay que asumir la cuota trágica de la vida como una condición
de ella sine qua non.
Para alejar el fantasma de la novela y de la poesía reciente,
incursiona en nueva obra teatral, Sanseacabó (2001).
Hace pocos meses fue lanzado su nuevo libro de poemas (2004),
con la misma sensibilidad, intensidad, intimismo y fuerza poética
de los anteriores. Con sus dos primeros libros de poemas, De
círculo y ceniza y El hilo de los días, se hace
un reconocimiento por parte de los lectores colombianos y de
habla hispana de alguien que sólo era una sombra poética
en el panorama colombiano, habida cuenta de figuras reconocidas
como Álvaro Mutis, Fernando Charry Lara, Rogelio Echavarría,
José Manuel Arango, para no citar sino unos cuantos,
a pesar de los muchos cuentos, poemas y ensayos que Bonnett
había escrito y publicado antes en distintos medios.
Era como si a ella con estos dos libros se le hubiera reconocido
el derecho a una carta de identidad, cuando lo que había
pasado era que, inmersa en un grupo amorfo de poetas en un país
de tanto versificador, no alcanzaba a distinguirse, no porque
no tuviera cómo, sino porque el medio y la crítica,
obnubilados observando otras estrellas, unas pocas permanentes
y muchas fugaces, no habían podido reconocer el halo
de distinción que comenzaba a germinar en ella. Aura
que, paradójicamente con su primer libro y allende nuestras
fronteras, otros comenzaron a distinguir al otorgarle una mención
de honor en el concurso hispanoamericano de poesía Octavio
Paz de Méjico. Mención que indicaba que en ese
primer libro había destellos singulares, pero faltaba
aún trabajo de perfeccionamiento y afinación de
la voz personal. Desafío que asume y logra casi diez
años después de escrito De círculo y ceniza
con El hilo de los días, libro que gana una de las más
codiciadas justas literarias del país: el premio nacional
de poesía de Colcultura de 1994, con el que refrenda
su condición de poeta y se le abren las puertas a los
lectores y a las editoriales que comienzan a interesarse por
sus nuevas y anteriores obras.
Atrapada por la magia de las
palabras
Estimada en general como una de las autoras femeninas más
importantes en el campo poético, Piedad Bonnett es hoy
una de las voces más representativas de la nueva generación
de escritores colombianos; sin embargo, y paradójicamente,
es más reconocida, valorada y comentada su poesía
fuera del país que dentro. Empero, en ella, estas circunstancias
adversas por la ausencia de lectores debido a una pobre divulgación
y poco espacio para la crítica en los medios y un menguado
interés o limitada formación de los críticos,
pareciera convertirse en acicate para seguir en la ardua labor
de tejer la trama de la vida con palabras que llevan a sentidos
deseados, pero que siempre ocultan lo esencial, lo que en otros
términos significa que son inatrapables y por más
que se las combine jamás se logra alcanzar la expresión
absoluta deseada. Por eso las palabras siguen seduciendo a los
poetas, narradores, ensayistas, en fin, a esos escribanos de
la vida y la muerte. La palabra es, para ella, "hechicera",
"dulce mentirosa" que "tiende su trampa",
que se hace agua, se hace lágrima, / se hace calor, saliva,
piel y beso. / La palabra, / loca fabuladora del deseo. Y parodiando
a Borges, dirá que ellas son palabras astilladas, / palabras
mutiladas por el tiempo que tienen la capacidad de revelarnos
al hombre, esos animales tristes que bien o mal somos.
Si bien Bonnett ha sido fiel al amor en medio de tantas vicisitudes,
más lo ha sido a las palabras, a las que somete a su
crisol permanente. Ellas han sido y son sus compañeras,
confidentes y las que tanta satisfacción dan. Sometidas
a una complaciente, dedicada y apoteósica alquimia, las
palabras han instaurado su reino en la vigilia y el sueño,
así como en los entresueños; de ahí su
goce por conocer la cara y el envés de cada una de esas
medusas que, entronizadas en un verso, quedan petrificadas para
siempre, pero que igual y paradójicamente renuevan su
sentido cada vez que el nuevo o reiterado lector vuelve sobre
ellas. Por eso dice la poeta refiriéndose a la poesía:
Otra vez vuelvo a ti. / Cansada vengo, definitivamente solitaria.
/ Mi faltriquera llena de penas traigo, desbordada / de penas
infinitas, / de dolor [
] vengo a beber de tus profundos
manantiales, / a rendirme en tus brazos, / hondos brazos de
madre, y en tu pecho / de amante, misterioso, / donde late tu
corazón como un enigma [
] Humilde vuelvo a ti con
el alma desnuda / a buscar el reflejo de mi rostro, / mi verdadero
rostro / entre tus aguas. |
Fueron
veintidós, dice la crónica.
Diecisiete varones, tres mujeres,
dos niños de miradas aleladas,
sesenta y tres disparos, cuatro credos,
tres maldiciones hondas, apagadas,
cuarenta y cuatro pies con sus zapatos,
cuarenta y cuatro manos desarmadas,
un solo miedo, un odio que crepita,
y un millar de silencios extendiendo
sus vendas sobre el alma mutilada. |
Cantos
a la muerte
¿Qué tiene la muerte agresiva, la violencia que
despoja al individuo del bien físico, corporal y moral
que motiva a la poeta al reiterado canto lírico? Entre
el amor y la muerte todo umbral ha desaparecido para dar cabida
a la realidad disolutiva y engullidora; todo es mar desolado
y oscuro cuya marejada avanza incontenible. En muchos de sus
versos la poeta canta a la muerte como si un demonio interior
hubiera tomado posesión suya: boca oscura que a todos
nos devoras / y a todos nos trituras / y a todos nos escupes
convertidos en polvo. Ya no es el canto seductor de la pasión
amorosa el que se escucha, sino el de la bestia desfogada que
sobresalta el alba con el ronco bramido de las bestias / que
son sacrificadas [
] La muerte va trazando sus signos en
la blanca madrugada. Y luego la poeta sugiere que está
cerrada toda posibilidad a la esperanza porque la vida como
el alma han sido cercenadas: Fueron veintidós, dice la
crónica. / Diecisiete varones, tres mujeres, / dos niños
de miradas aleladas, / sesenta y tres disparos, cuatro credos,
/ tres maldiciones hondas, apagadas, / cuarenta y cuatro pies
con sus zapatos, / cuarenta y cuatro manos desarmadas, / un
solo miedo, un odio que crepita, / y un millar de silencios
extendiendo / sus vendas sobre el alma mutilada. De la ciudad,
la juglar ya no escucha el tráfago cotidiano que anuncia
la presencia de los hombres, ni siente el frío benévolo
del altiplano, ni el calor del trópico en tiempos de
verano, sólo un silencio pétreo y el frío
glacial de la parca que ha fijado su imperio yacente: Sobre
la infame ciudad / pasó una bandada de aves que huían
pavoridas / estremeciendo el cielo con su torvo silencio. /
La gentes apenas si elevaron la vista / tan grande era su empeño
de vivir, tan pobre era su / tiempo. / Una noche ficticia se
hizo por un instante, / y un olor a cadáver se apoderó
del aire / y las calles, los árboles, los techos / enmudecieron
/ con la lluvia de estiércol en las frentes.
Poesía de desafío
La docena de libros publicados por Bonnett, la mayoría
de ellos fruto del aliento y agonía personal, no hacen
otra cosa que confirmar una manera singular de ver el mundo
y de apropiárselo. Esos textos, más los que están
en camino y los que vendrán luego revelan, eso sí,
una voz auténtica y sin fisuras porque es ella misma
y no hay quien se le asimile, así las grietas se manifiesten
por doquier en sus poemas, explayadas en cada verso, en cada
línea de su escritura; son grietas de un alma desgarrada,
asediada por las frustraciones, por la absoluta avidez y a la
vez la absoluta insatisfacción. En ella no hay paliativo
ni bálsamo que mengue ese punzante dolor, ni fuerza que
aligere ese fardo que la doblega, pero de esa acerba condición
nace la unidad de la forma, la fuerza del canto que reivindica
lo humano cotidiano hasta alcanzar trascendencia y, sobre todo,
una singular intensidad poética. Piedad Bonnett lee el
mundo y lo da a conocer, igual lee a los que le precedieron
y descubre en ellos otras manera de entender y explicar la realidad
que complementa la suya. En definitiva, su literatura permite
conocer la naturaleza humana y, por tanto, ayuda a comprenderla
como un mero atisbo. La producción literaria de Piedad
Bonnett es, sin lugar a dudas, un desafío a todos los
modos del mal y formas de muerte que asedian la condición
del hombre y una auténtica exaltación de la vida,
del reto de existir y del amor. |
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A Canadá
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Augusto
Escobar, Doctor en Literatura de la Universidad III de Bordeaux,
profesor jubilado de la Universidad de Antioquia, miembro del
Comité Editorial y colaborador permanente del periódico
El Pulso, parte a la búsqueda de nuevos horizontes profesionales
y de vida en Canadá.
¡Gracias profesor! Que esta nueva aventura le permita
continuar como alma y nervio de El Pulso desde la distancia.
Que la pasión y la devoción puestas en el sueño
de este periódico, nos mantenga vigentes en su recuerdo
y no permitan que se rompan los lazos de sincera amistad, forjada
en días y días ante cada página de esta
publicación.
¡Buen viento y buena mar! |
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