MEDELLÍN,   COLOMBIA,   SURAMÉRICA    AÑO 5    NO 65   FEBRERO DEL AÑO 2004    ISSN 0124-4388      elpulso@elhospital.org.co

Fundado en Medellín, el 30 de julio de 1998. Director: Julio Ernesto Toro Restrepo. Comite Editorial: Augusto Escobar Mesa, Juan Guillermo Maya Salinas, Javier Ignacio Muñoz. Editora: Albaluz Arroyave Zuluaga. Dirección Comercial: Diana Cecilia Arbeláez.

Del porqué y del cómo

Después de diez años de la aparición de la Ley 100, mucho y a la vez muy poco pudiera decirse. En el marco de ella y en este lapso, ha habido muchos acontecimientos y también grandes sorpresas. Lo sucedido ahora con la epidemia de fiebre amarilla es una tapa que se levanta y deja ver hacia dentro graves dificultades y serios problemas que antes ni imaginábamos. En números anteriores, El Pulso se refirió de manera amplia al impacto que la Ley 100 ha tenido en el modo de vida del sector de la salud. Sin embargo, hay algo que puede repetirse, señalándolo siempre como algo muy sustancial que ella conlleva en sus entretelas: el comercio. La idea de buscar y alcanzar un bien común, un propósito de interés de Nación, despertando e invitando el espíritu y el afán de negocio con el aliciente del lucro, sin duda fue una muy mala idea, y ello es la esencia de la Ley 100. Ella fue y es una mala idea. Lo es fundamentalmente porque disocia el “porqué” del “cómo”. La salud, el mejor estar, lo esencial, la vida, esa necesidad fundamental, quedó desarticulada por virtud y por ley del cómo lograrlo de manera natural y consecuente. La respuesta que dio la Ley 100 a esas necesidades imprescindibles de vivir del ser humano, fue totalmente desacertada y violatoria de sus sentimientos más íntimos. Esa respuesta se apuntala en que todo se lograra con la mediación del comercio, con las herramientas del mercado apoyando, amparando y favoreciendo el ánimo de lucro. A posteriori se constata esto nuevamente, porque no de otra manera se explica la participación del capital en estas tareas.
El efecto de la Ley no ha parado. No hablemos de lo ya sucedido, como tener descubierto al 48 % de la población, ni de la crisis hospitalaria que se vive por estos días y por cuarta o quinta vez en este período, ni de la separación del ISS como bien público en negocios, ni de la fiebre amarilla, ni del monto de la masa de dinero frente al nivel de salud logrado, etc. No. Hablemos de otro aspecto que cada vez toma más fuerza, como es la tarea que se han impuesto las EPS y ARS de crear sus propios servicios asistenciales, participando en toda la cadena desde la adquisición y producción de insumos hasta la prestación por sus propias manos y con su propio saber, de los servicios asistenciales.
Para explicar el porqué de esa ruta, pueden darse muchas razones que hacen parte de lo complejo del sector. Sin embargo, la explicación más cierta entraña la búsqueda de mayor rentabilidad a la inversión. No se conocen argumentos de tipo ético ni razones de inoportunidad de atención, ni limitaciones en el número de camas disponibles, ni estrechez en la oferta de consultas médicas, ni quejas de los afiliados por maltrato, ni escasez de insumos, ni desmejora en los indicadores asistenciales, ni protesta por parte de los auditores médicos, nada de eso se conoce. Sí se conoce, que ese propósito de la integración vertical entraña el afán de lograr mejores réditos económicos, y ello por supuesto es la constatación de que la Ley 100 sí persigue unos porques muy distintos a los porques más sentidos, más íntimos, más apreciados y más caros a la condición humana.
Tener un porqué es una necesidad fundamental para cualquier acción. Él debe corresponder a su propio cómo. Pero desarticular el porqué del cómo y poner otro ajeno y que no corresponda al propio, sino que por el contrario ese responda a intereses diferentes y en este caso subalternos, es lastimar los propósitos elementales del hombre y dar al traste con sus mejores y más valiosas intenciones y propósitos. He ahí lo grave de la política que diseñó la Ley 100, he ahí lo grave de su desarrollo y he ahí donde estriba lo funesto de sus intenciones y la razón de su fracaso. La integración vertical lo corrobora.
 




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