MEDELLÍN,   COLOMBIA,   SURAMÉRICA    AÑO 6    NO 70  JULIO DEL AÑO 2004    ISSN 0124-4388      elpulso@elhospital.org.co






 

 

Don Rufino José Cuervo (Bogotá 1844-París 1911)

El sabio y su cerveza
Ana Ochoa Acosta Periodista elpulso@elhospital.org.co

Rufino José Cuervo,.Bogotá 1844-París 1911. Según Menéndez y Pelayo, en “el filólogo más grande de la lengua española que produjo el siglo XIX”.

La primera fábrica de cerveza en Bogotá -la segunda para otros-, nace hacia 1860 gracias a dos hermanos, Ángel y Rufino José Cuervo, un joven de 16 años que a los 19 ya habla y escribe las lenguas clásicas, conoce el árabe, el hebreo, el sánscrito… Rufino José será con los años polígloto en 32 idiomas, en lenguas y dialectos como el asturiano, el caldeo, el sardo y profundizará en los misterios de su propia lengua con una disciplina autodi-dacta y una inteligencia que lo convertirán, al decir de Menéndez y Pelayo, en “el filólogo más grande de la lengua española que produjo el siglo XIX”.
Este joven pálido, de calvicie prematura que, tiempo después, en la cumbre de su vida, recibirá a sus amigos en un domicilio austero de París con una copita de Málaga, asiste silencioso en su niñez, cada noche de sábado a las siete y hasta las 8 y media, a las tertulias con chocolate que anima en la casa su padre, el doctor Rufino Cuervo Barreto -hombre de Estado y presidente encargado de Colombia en 1847-, tertulias de fama como las de sus amigos, los Caro, que invitan a su helada casa bogotana “impregnada de un fuerte olor a libros y a rapé”.
El padre de Rufino José, hombre sencillo, que desdeña las banales pompas y los estiramientos, pone en primer lugar el hábito del estudio y enseña a Rufino geografía y gramática. “A las seis de la mañana estaba ya en pie aguardando que comenzásemos a estudiar”. Fueron 7 hijos, el menor de ellos Rufino José. Este, con su hermano Ángel, escribiría en 1892 una bella biografía de su padre. El ambiente de estudio en la casa era permanente y hasta los trabajadores, en sus horas libres, aprendían con los jóvenes Cuervo a escribir, a leer y a contar.
“La patria no necesita más médicos y abogados”
En carta de 1835, el padre subraya a su esposa, Doña María Francisca Urisarri y Tordesillas de Cuervo: “Si yo muriere, tú tienes el deber de educarlos…no tengo la vana pretensión de que mis hijos ocupen puestos elevados en la sociedad, ni tampoco quiero que sigan por la carrera de la medicina o del foro, como lo están haciendo casi todos nuestros jóvenes. La patria no necesita de muchos médicos y abogados, sino de ciudadanos laboriosos que cultiven los campos, mejoren la industria y transporten nuestros frutos a los mercados extranjeros. No economices gasto ni sacrificio alguno para educar a nuestros hijos: vende lo más precioso que tengas, porque aún cuando no les dejes bienes de fortuna, ellos tendrán siempre lo bastante con la buena educación”.
Rufino José Cuervo dejó buena parte de sus bienes al Hospital San Juan de Dios en Bogotá y a la Sociedad San Vicente de Paúl.
Las penurias económicas, llevaron a estos hermanos eruditos a buscar sustento en la fabricación de cerveza y a tomar las riendas de un hogar sostenido, en ocasiones, apenas por la venta de botellas de vinagre hecho por su madre.
A los 16 años de Rufino José, la adversidad económica de la familia -acentuada por la ausencia del padre fallecido en 1853, la miseria dejada por revoluciones políticas como la del general Mosquera en 1860, la venta de las minas familiares de sal y de carbón de Sesquilé…- llevó a estos hermanos eruditos a buscar sustento en la fabricación de cerveza y a tomar las riendas de un hogar sostenido, en ocasiones, apenas por la venta de botellas de vinagre hecho por su madre. Cuenta Rufino José que su hermano Ángel, imposibilitado incluso para salir con ropa decente y acorralado por las necesidades de toda índole, decide aventurarse en 1860 con su fábrica: Cerveza de Cuervo. “Tales fatigas no consentían descanso, pues cabalmente los días en que todos o los más huelgan, eran los que más actividad nos demandaban.”
Sin experiencia y con la información incompleta de algunos libros, el proceso se hace en extremo complejo, un día sale bien la producción y al otro resulta “mala la fermentación en las botellas, era preciso recoger la cerveza de noche…y al mismo tiempo hacer comprar en otras partes de la buena que quedaba, para no perder los otros parroquianos.” “La escasez de recursos no permitía tener empleados ni obreros suficientes, y Ángel mismo lavaba botellas y barriles y ejecutaba todas las demás faenas sin descanso días tras de días…No necesitábamos menos fortaleza corporal para esta ruda labor que filosofía para desdeñar a los que decían: Vean en lo que han parado los hijos del doctor Cuervo, y para ocuparnos nosotros mismos en el cobro de las cuentas, yendo por las fondas y tabernas, aguardando y volviendo una y más veces”, como toca a cualquier vendedor de la plaza.
Casa de los Cuervo en Bogotá
Con la fábrica de cerveza, “los días en que todos o los más huelgan, eran los que más actividad nos demandaban.”
A los 19 años, empieza a perfilarse el amor de Rufino José por el estudio de la lengua y concibe, con su amigo Venancio González Manrique, los rudimentos de un diccionario de castellano que juzgan inexistente para fines prácticos. Manrique escogió la letra L y Cuervo la O. Tiempo después, en 1872, a los 28 años y con gran conocimiento filológico y sentido crítico, inicia formalmente la obra
que lo haría célebre y en la que invertiría toda su vida: el Diccionario de Construcción y Régimen de la Lengua Castellana, empresa ambiciosa que Cuervo, por motivos de salud, deja inconclusa y que sólo más de cien años después, en 1995, lograría completarse para su publicación gracias al Instituto Caro y Cuervo. El primer tomo aparece en 1886, en París. Las dos letras iniciales, la A y la B, ocupan en esta edición 900 páginas, resultado de 14 años de investigación. El segundo volumen, que comprende la C y la D, aparece siete años después, en 1893, con 1348 páginas. A los 23 años, Cuervo había publicado en Bogotá la primera edición de Apuntaciones Críticas del Lenguaje Bogotano; a los 25 años la famosa Gramática Latina, escrita en colaboración con su amigo, Don Miguel Antonio Caro y, a los 30, sus Notas a la Gramática de Andrés Bello y varios ensa-yos que contribuirían a su elección como miembro de la Real Academia Española, en 1875, con sólo 31 años de edad.
Venta de la cervecería y domicilio en París
La vida de estudio y el amor decidido por las letras, no excluyen sus actividades varias en la fábrica de cerveza, que da cada vez mejores rendimientos. En 1878 viaja con su hermano Ángel a la Exposición de París, se actualizan en asuntos de producción y visitan varias cervecerías europeas. La correría, que era también de descanso, dura alrededor de un año. El diario de viaje de su hermano Ángel, comerciante y también escritor, fue publicado por el Instituto Caro y Cuervo. Aquella libreta de tapas duras forradas en cuero café, obsequiada el día de la partida por Don Manuel Pombo, se conserva en la Biblioteca Nacional de Colombia y es una maravillosa colección de impresiones de viaje, comentarios sobre gentes, artes, lugares, comidas…Notas agraciadas con flores recogidas en diferentes lugares, hojas y ramas diminutas con inscripciones cuidadosas: Flor de las canteras del Pentélico, Catedral de Toledo, Patio de las 100 doncellas, Cementerio de Crimea… “A primera vista los ingleses son estirados, pero tratándolos, se encanta uno con ellos…En el Royal Hotel donde nos hospedamos nos han servido como a príncipes, aunque nos comieron más de medio lado”. Y, entre los párrafos, las mujeres encontradas desde su partida en Colombia: de hermosura despilfarrada como las de Guaduas, sucias y hermosas como las obreras de Manchester, o “casi todas con bigotito y patillas” como las españolas. A propósito del asunto, la reconocida escritora Emilia Pardo Bazán -“mi bigotudita, mi cielo feo” le escribía Pérez Galdós- sería en su momento una de las entusiastas comentaristas del trabajo del filólogo colombiano: “Cuervo nos pertenece, a pesar de su ardiente patriotismo bogotano, y su obra es, en suma, cosa de España”.
El primer tomo del gran diccionario de Cuervo aparece en 1886, en París. Las dos letras iniciales, la A y la B, ocupan en esta edición 900 páginas, resultado de 14 años de investigación.
Maravillados por lo encontrado en Europa, los hermanos Cuervo regresan a Bogotá a mediados de 1879 y trabajan en la cervecería hasta 1882, año en el cual la venden para cumplir el sueño de radicarse definitivamente en París y dedicarse al estudio. Su amigo, Rafael Pombo, dolido por la partida de los hermanos Cuervo, compone esta décima, al parecer en Facatativá:

“!Ángel! !Rufino!
Medio yo de aquí me alejo,
Y es la otra mitad que dejo
La única que dice adiós.
Mi buen yo va con los dos,
Quédase aquí el condenado;
Y aunque es grande su pecado
Y justa su penitencia,
!Quiera el cielo su clemencia
reintegrarme a vuestro lado!”

Angel Cuervo, hermano de Rufino José, con quien fundó la cervecería en Bogotá y con quien vivió en París por casi tres décadas.
En su apartamento de París, modesto como lo exigen su sentido religioso y la sensatez y finura de su alma, Rufino José Cuervo lleva una vida recogida y sencilla. Su fiel empleada doméstica, Leocadie, a quien dejará buena parte de sus bienes, lo cuida hasta su muerte, le pone sin falta su ruana cada atardecer y salva de interferencias su trabajo solitario, consagrado a la investigación, la escritura y la lectura.
“Nadie había leído tantos libros españoles como él, si se exceptúa a Menéndez y Pelayo”, comentó el escritor Pedro Henríquez Ureña. Cuervo escribe también para varias revistas y publicaciones periódicas, como la Revue Hispanique, Romania, el Bulletin Hispanique; sostiene correspondencia con los más prestigiosos filólogos de Europa y América -como dan cuenta los gigantescos tomos de su epistolario- y adelanta la escritura de las minuciosas “papeletas” que edificaron su diccionario.
Dona sus bienes al Hospital San Juan de Dios
La muerte inesperada de su hermano Ángel en París, el 24 de abril de 1896, debido a una fulminante pulmonía, lo afecta de manera grave. “Palabras me faltan para decir lo que fue Ángel para mí. Eran de padre los ejemplos y consejos de discreción y prudencia; de madre, la solicitud con que posponía siempre su comodidad a la mía…” Su menguado ánimo, la vieja fragilidad de su salud, y los años de soledad, lo deterioran progresivamente. Rufino José Cuervo muere el 17 de julio de 1911 en París, la ciudad donde vivió 29 años. Es enterrado en el legendario cementerio Pere Lachaise, cuyas tumbas célebres tanto había visitado. Hombre soltero, Cuervo deja parte importante de sus bienes al Hospital San Juan de Dios y a la Sociedad San Vicente de Paúl, protegida también por su hermano Ángel. Deja a su empleada doméstica francesa, parte importante de sus posesiones y tiene en cuenta que una de las donaciones llegue con justicia a un desconocido: “un obrero tipógrafo, bogotano de nacimiento, reconocidamente pobre, padre o cabeza de familia…” Todo ello retrata muy bien el talante de Rufino José Cuervo. En su monumental diccionario, dedica a la palabra “Amor” 15 columnas de texto.
“No tengo la vana pretensión de que mis hijos ocupen puestos elevados en la sociedad, ni tampoco quiero que sigan por la carrera de la medicina o del foro, como lo están haciendo casi todos nuestros jóvenes. La patria no necesita de muchos médicos y abogados, sino de ciudadanos laboriosos que cultiven los campos, mejoren la industria y transporten nuestros frutos a los mercados extranjeros”.
Carta del padre de Rufino José Cuervo a su esposa en 1835



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