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Cuando se es testigo cotidiano de la tragedia de los enfermos
de cáncer, cada vez más y en edades más
tempranas y más devastados; cuando se sabe de la
marginalidad y discriminación a que son sometidos
los pacientes de VIH-sida; cuando se presencia la inexorable
condena a muerte para los enfermos cardiovasculares, ante
la falta de opciones terapéuticas verdaderas y de
largo plazo; cuando no cesa la lástima por los miles
de pacientes amarrados a una máquina de diálisis
para aferrarse a la vida, porque es la última opción
que les otorgan; cuando se aprecian estos miles de enfermos
que deambulan por la vida apenas como espectros de los seres
que alguna vez fueron, un ser humano que se precie de tal
no puede menos que sobrecogerse y apretar el corazón
y ahogar un grito en el pecho, para ahogar una envenenada
impotencia.
Por simple y elemental solidaridad humana, no es bueno para
el espíritu confirmar que los enfermos de cáncer,
sida, insuficiencia renal y enfermedades cardiovasculares,
tienen que luchar por tiempo de vida y por un mejor estar,
primero con su cuerpo, enseguida con los seres que les discriminan
por el mal que padecen, y finalmente, contra todo un sistema
de salud que no se conduele de su circunstancia y que a
duras penas le procura atenciones paliativas. No, eso no
es bueno.
Pero será menos bueno aún, quedarse apenas
como espectador de toda esta tragedia, reducida por el sistema
a escandalosos números y curvas de rentabilidad,
sin exigirle al Estado que atienda su causalidad real: la
falta de acciones efectivas y obligatorias de promoción
de la salud y prevención de la enfermedad. No se
puede permitir que alguien pretenda enseñorearse
sobre la vida de los enfermos de alto costo,
ni el resto de los mortales podemos quedarnos apenas en
decir: ¡Sálvenos la providencia de convertirnos
en uno de ellos!. No, no puede ser así. El
Estado colombiano tiene la obligación moral y legal
de hacer promoción de la salud y prevención
de la enfermedad; no puede renunciar a esa responsabilidad
de velar por la vida e integridad de todos sus asociados,
como reza la Constitución. Puede apoyarse en los
actores del sistema de salud a los cuales delegó
algunas de sus obligaciones en el tema, pero en últimas,
esa responsabilidad siempre será su competencia fundamental.
A fin de cuentas: ¿Sobre quién sería
soberano si los colombianos dejasen de existir? ¿O
pretende serlo sobre una miríada de enfermos de alto
costo que desbordarían los recursos y que no
podría atender ni siquiera con cuidados paliativos?
A no dudarlo, en el momento hay que atender a las personas
que por falta de atención en salud o por la provisión
de malos servicios de salud, hoy sufren estas enfermedades
estigmatizantes; pero no basta con abandonarlos a la suerte
que les depare su entidad aseguradora de servicios de salud,
porque ya sabemos de sus reticencias, de sus dilaciones,
de sus falsos argumentos para negarle servicios y de su
falta de compasión cuando de bajar costos se trata.
Como somos un pueblo de escasa memoria, habrá que
recordarle por todos los medios al Estado, que tiene obligaciones
irrenunciables con la salud de los colombianos, que siendo
un país pobre y con grandes necesidades, debe adecuar
las mejores formas de atender a las necesidades básicas
en salud, y que debe procurar todos los mecanismos necesarios
para que las enfermedades de alto costo no se
conviertan en el cáncer que socave la existencia
misma de la sociedad, mientras unos pocos se enriquecen
a ese precio.
Mientras eso sucede, mientras la fe nos devuelva la esperanza
en un mejor estado de salud para todos los colombianos,
para que no sean cada vez más los que se convierten
en enfermos de alto costo, habrá que
recordar al inglés John Donne: La muerte de
todo hombre me disminuye. Por eso, apreciado lector,
las campanas, siempre doblan por ti, siempre doblan por
mi
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