MEDELLÍN,   COLOMBIA,   SURAMÉRICA    AÑO 8    NO 98  NOVIEMBRE DEL AÑO 2006    ISSN 0124-4388      elpulso@elhospital.org.co

Reflexión del mes

“El último encuentro (fragmento)
"Uno acepta el mundo, poco a poco, y muere. Comprende la maravilla y la razón de las acciones humanas. El lenguaje simbólico del inconsciente... porque las personas se comunican por símbolos, ¿te has dado cuenta?, como si hablaran un idioma extraño, chino o algo así, cuando hablan de cosas importantes, como si hablaran un idioma que luego hay que traducir al idioma de la realidad. No saben nada de sí mismas. Sólo hablan de sus deseos, y tratan desesperada e inconscientemente de esconder, de disimular. La vida se vuelve casi interesante cuando ya has aprendido las mentiras de los demás, y empiezas a disfrutar observándolos, viendo que siempre dicen otra cosa de lo que piensan, de lo que quieren en verdad... Sí, un día llega la aceptación de la verdad, y eso significa la vejez y la muerte. Pero entonces tampoco esto duele ya”


Sándor Márai (Hungría, 1900 Estados Unidos 1989). Narrador, poeta y dramaturgo húngaro nacionalizado estadounidense. Su verdadero nombre era Sándor Grosschmid. En 1948 abandonó Hungría en protesta por la ocupación soviética del país. Existen ediciones en castellano de sus obras Música en Florencia, El último encuentro, La herencia de Eszter, Divorcio en Buda y La amante de Bolzano.
Se ha comparado su obra con la de Thomas Mann y Gyula Krúdy, Stefan Szweig, Arthur Schnitzler o Joseph Roth, porque como ellos, él pertenece a la mejor estirpe de narradores centroeuropeos. Se le conoce como el Proust húngaro. Márai manifestó alguna vez: "Tal vez la única obligación de mi vida y de mi trabajo como escritor sea elaborar el proceso de la desintegración de la clase media húngara". Sándor Márai se quitó la vida en 1989.
 
Con mucha frecuencia, más de lo deseado por los errores que se difunden, opinamos sobre temas que desconocemos o conocemos muy superficialmente. Y las confusiones que se crean son mayores cuando quien habla o escribe es un insigne personaje en otro campo del conocimiento. Entre las áreas en las cuales es común que se cometan estos desaguisados están la economía, la política, la religión y, actualmente, la ética y la bioética.
Es usual pero erróneo deducir que cuando un clérigo dice, escribe o publica su personal concepto sobre temas fundamentales, ese concepto pasa a ser la opinión oficial de la iglesia correspondiente. Al menos en la Iglesia Católica Romana eso no es así y no podemos afirmar que ésta acepta algo porque un sacerdote, inclusive teólogo reconocido, lo admita. La Iglesia Católica tiene canales bien establecidos para definir oficialmente sus criterios y afirmar que ésta avala algo -especialmente en temas de especial gravedad- porque en la obra de un moralista aparece aprobado, es una falacia o una ignorancia crasa.
Igual error ocurre al referirse a la mal llamada “eutanasia pasiva”. Hoy en día -y desde hace ya varias décadas- la tendencia de los autores que se ocupan del tema es considerar la eutanasia como un todo y no tener en cuenta la división de activa y pasiva, pues ésta, la pasiva, no existe en realidad ya que dejar de llevar a cabo un acto que debe realizarse, crea éticamente responsabilidad por una acción que consciente y voluntariamente se omitió, un acto de omisión, un acto que implica voluntaria actividad humana: dejar de hacer.
Si analizamos lo anterior desde el punto de vista antropológico y de la ética médica, es obvio que no existe realmente la llamada “eutanasia pasiva”. Recordemos: se estructura un acto de eutanasia cuando voluntaria y conscientemente, y para acortar la existencia del paciente, se lleva a cabo o se omite un tratamiento o una medida asistencial que es necesaria, debida y que tiene sentido, es decir, cuando en la intención del médico o de quien hace su papel predomina el deseo de suprimir la vida del enfermo. Este criterio es válido aún para los enfermos en período terminal, porque para vivir dignamente esta etapa de su existencia necesitan humanamente los llamados cuidados básicos: hidratación, alimentación, comodidad, acompañamiento, etc.
En cambio en la ortotanasia, que no debe confundirse con la impropiamente denominada eutanasia pasiva, el médico o quien haga su función, suspende u omite un tratamiento o cuidado médico que no es necesario, no es debido y carece de sentido dada la posible respuesta a la indicación médica. La intención consciente y la ejecución voluntaria de suspender u omitir el tratamiento o la medida médica es, en esta situación, contribuir a la dignificación del paciente reconociendo la limitación intrínseca, biológica, de la vida terrenal que tiene un final ineludible -un agotarse natural de su energía vital-, la limitación intrínseca de la medicina que sólo puede y debe contribuir a la dignificación de la persona y de la vida del paciente y la limitación del profesional de la medicina que no es dueño sino cuidador de dicha vida para dignificarla, no para eliminarla. Por estas razones, la ortotanasia es el verdadero derecho a morir con dignidad, y si se cumplen correctamente las exigencias de atención primaria y de tratar oportuna y adecuadamente el dolor y la angustia del enfermo -tratamientos paliativos-, merece siempre la aprobación ética.
En cambio, desde el punto de vista antropológico y ético, la eutanasia -suprimir la vida de un enfermo porque padece sufrimientos en vez de suprimir éstos- es siempre reprobada por la ética axiológica personalista y por la ética médica; la ortotanasia es siempre, tanto antropológica como éticamente, aprobada, y no debe confundirse con la mal llamada “eutanasia pasiva” ni con la distanasia -alejar por todos los medios el momento de la muerte sin importar la prolongación de la agonía del enfermo-.
Bioética
Objeción de conciencia

Ramón Córdoba Palacio, MD - elpulso@elhospital.org.co

Causan espanto y vergüenza los conceptos lanzados a los cuatro vientos sobre la objeción de conciencia por parte de algunos medios de comunicación -casi todos- y especialmente de representantes del Estado -de un Estado que se proclama democrático-, de directores de salud, de magistrados de tribunales de ética médica, de gerentes de hospitales oficiales, de académicos, etc., es decir, de personas que debieron aprobar estudios de bachillerato y universitarios, y que por las dignidades que ostentan o cargos que desempeñan deben defender la dignidad y la libertad humana, orientar a sus conciudadanos.
La objeción de conciencia no es cuestión religiosa ni legal -así haya quien sostenga que la ley está por encima de la conciencia- sino un derecho inscrito en la misma condición de ser humano, de persona, que por estructuración ontológica es libre y que, necesariamente, tiene que elegir siempre y para todas sus acciones humanas por baladíes que parezcan.
¿Ignorancia crasa o criterio de superhombre, es decir, de tirano? Entre estas dos hipótesis está la respuesta a la preocupante posición que han asumido. Como sus conceptos sobre el no respeto a toda vida humana desde el momento mismo de la concepción, el no derecho del hijo sano o enfermo a la vida, las falacias sobre los peligros de la madre, etc., tienen serias impugnaciones éticas, científicas y sociales, acuden a la fuerza de determinaciones legales para imponer sus opiniones. Acusan de fanático a quien no piense como ellos y en la debilidad racional de la falacia de sus argumentos quieren imponerlos con presiones legales, como lo hicieron célebres regímenes: el nazista en Alemania, el estalinista en Rusia, para no mencionar sino dos de los más nefandos.
Cuando ante cuestiones éticas o morales de la magnitud del aborto, la eutanasia, etc., se agotan los argumentos racionales, históricamente se ha echado mano a la imposición violenta de criterios que atropellan la libertad y la dignidad de la persona humana cualesquiera sea la religión, la ideología política, la raza, la circunstancia económica, cultural o social de quien se opone. Se empieza obligando sutilmente a realizar lo que en conciencia uno se ve inhibido de practicar; luego, si esto no basta, se toman medidas tales como impedir que se ejerza su profesión, lo que equivale a cerrar la posibilidad de ganarse la vida honestamente, y de allí a la desaparición forzada no hay sino un paso. Nos quejamos y con razón de la situación en que viven muchos de nuestros conciudadanos en manos de violentos organizados como insurgentes, pero ahora el Estado, o al menos algunos de sus distinguidos representantes, pretenden implantar como legal la misma norma: ¡O piensas como yo y haces lo que te indico o pereces!
Más aún, en su ignorancia o en su soberbia están seguros de que su conducta debe ser paradigmática porque está fundada en los más nobles ideales de defensa de la vida y de la dignidad humana, de la igualdad de todos los seres humanos y de la justicia. Desconocen también, o lo olvidan maliciosamente, el artículo 18 de la Constitución Política de 1991, vigente a pesar de quienes niegan la validez de la objeción de conciencia. Y en su insana soberbia consideran que el médico que haga objeción de conciencia tiene, por determinación oficial, que convertirse en cómplice al tener el deber de señalar a alguien que elimine a un ser humano (en el caso de aborto o eutanasia), como si la objeción de conciencia no incluyera toda participación en el crimen.
Puede vejarse y hasta destruirse al ser humano que consciente de su dignidad, de su libertad y de su responsabilidad se niega a actuar acogiéndose a la objeción de conciencia, pero el derecho de acogerse a ésta no desaparecerá mientras el ser humano estructuralmente sea inteligente, racional, libre y digno. Este privilegio, la objeción de conciencia, no depende de elementos externos como leyes o disposiciones positivas sino de la condición de ser la persona una realidad humana, y de dicho privilegio no puede excluirse a ningún miembro de esta especie cualquiera sea el cargo que desempeñe en la sociedad, tanto en el área oficial como en la privada, porque es inherente a la persona humana y no al cargo.
Nota: Esta sección es un aporte del Centro Colombiano de Bioética -Cecolbe-

 











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