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Reflexión del mes
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El último
encuentro (fragmento)
"Uno acepta el mundo, poco a poco, y muere. Comprende
la maravilla y la razón de las acciones humanas. El
lenguaje simbólico del inconsciente... porque las personas
se comunican por símbolos, ¿te has dado cuenta?,
como si hablaran un idioma extraño, chino o algo así,
cuando hablan de cosas importantes, como si hablaran un idioma
que luego hay que traducir al idioma de la realidad. No saben
nada de sí mismas. Sólo hablan de sus deseos,
y tratan desesperada e inconscientemente de esconder, de disimular.
La vida se vuelve casi interesante cuando ya has aprendido
las mentiras de los demás, y empiezas a disfrutar observándolos,
viendo que siempre dicen otra cosa de lo que piensan, de lo
que quieren en verdad... Sí, un día llega la
aceptación de la verdad, y eso significa la vejez y
la muerte. Pero entonces tampoco esto duele ya
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Sándor Márai (Hungría,
1900 Estados Unidos 1989). Narrador, poeta y dramaturgo húngaro
nacionalizado estadounidense. Su verdadero nombre era Sándor
Grosschmid. En 1948 abandonó Hungría en protesta
por la ocupación soviética del país. Existen
ediciones en castellano de sus obras Música en Florencia,
El último encuentro, La herencia de Eszter, Divorcio
en Buda y La amante de Bolzano. |
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ha comparado su obra con la de Thomas Mann y Gyula Krúdy,
Stefan Szweig, Arthur Schnitzler o Joseph Roth, porque como
ellos, él pertenece a la mejor estirpe de narradores
centroeuropeos. Se le conoce como el Proust húngaro.
Márai manifestó alguna vez: "Tal vez la única
obligación de mi vida y de mi trabajo como escritor sea
elaborar el proceso de la desintegración de la clase
media húngara". Sándor Márai se quitó
la vida en 1989. |
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Con mucha frecuencia,
más de lo deseado por los errores que se difunden, opinamos
sobre temas que desconocemos o conocemos muy superficialmente.
Y las confusiones que se crean son mayores cuando quien habla
o escribe es un insigne personaje en otro campo del conocimiento.
Entre las áreas en las cuales es común que se
cometan estos desaguisados están la economía,
la política, la religión y, actualmente, la ética
y la bioética.
Es usual pero erróneo deducir que cuando un clérigo
dice, escribe o publica su personal concepto sobre temas fundamentales,
ese concepto pasa a ser la opinión oficial de la iglesia
correspondiente. Al menos en la Iglesia Católica Romana
eso no es así y no podemos afirmar que ésta acepta
algo porque un sacerdote, inclusive teólogo reconocido,
lo admita. La Iglesia Católica tiene canales bien establecidos
para definir oficialmente sus criterios y afirmar que ésta
avala algo -especialmente en temas de especial gravedad- porque
en la obra de un moralista aparece aprobado, es una falacia
o una ignorancia crasa.
Igual error ocurre al referirse a la mal llamada eutanasia
pasiva. Hoy en día -y desde hace ya varias décadas-
la tendencia de los autores que se ocupan del tema es considerar
la eutanasia como un todo y no tener en cuenta la división
de activa y pasiva, pues ésta, la pasiva, no existe en
realidad ya que dejar de llevar a cabo un acto que debe realizarse,
crea éticamente responsabilidad por una acción
que consciente y voluntariamente se omitió, un acto de
omisión, un acto que implica voluntaria actividad humana:
dejar de hacer.
Si analizamos lo anterior desde el punto de vista antropológico
y de la ética médica, es obvio que no existe realmente
la llamada eutanasia pasiva. Recordemos: se estructura
un acto de eutanasia cuando voluntaria y conscientemente, y
para acortar la existencia del paciente, se lleva a cabo o se
omite un tratamiento o una medida asistencial que es necesaria,
debida y que tiene sentido, es decir, cuando en la intención
del médico o de quien hace su papel predomina el deseo
de suprimir la vida del enfermo. Este criterio es válido
aún para los enfermos en período terminal, porque
para vivir dignamente esta etapa de su existencia necesitan
humanamente los llamados cuidados básicos: hidratación,
alimentación, comodidad, acompañamiento, etc.
En cambio en la ortotanasia, que no debe confundirse con la
impropiamente denominada eutanasia pasiva, el médico
o quien haga su función, suspende u omite un tratamiento
o cuidado médico que no es necesario, no es debido y
carece de sentido dada la posible respuesta a la indicación
médica. La intención consciente y la ejecución
voluntaria de suspender u omitir el tratamiento o la medida
médica es, en esta situación, contribuir a la
dignificación del paciente reconociendo la limitación
intrínseca, biológica, de la vida terrenal que
tiene un final ineludible -un agotarse natural de su energía
vital-, la limitación intrínseca de la medicina
que sólo puede y debe contribuir a la dignificación
de la persona y de la vida del paciente y la limitación
del profesional de la medicina que no es dueño sino cuidador
de dicha vida para dignificarla, no para eliminarla. Por estas
razones, la ortotanasia es el verdadero derecho a morir con
dignidad, y si se cumplen correctamente las exigencias de atención
primaria y de tratar oportuna y adecuadamente el dolor y la
angustia del enfermo -tratamientos paliativos-, merece siempre
la aprobación ética.
En cambio, desde el punto de vista antropológico y ético,
la eutanasia -suprimir la vida de un enfermo porque padece sufrimientos
en vez de suprimir éstos- es siempre reprobada por la
ética axiológica personalista y por la ética
médica; la ortotanasia es siempre, tanto antropológica
como éticamente, aprobada, y no debe confundirse con
la mal llamada eutanasia pasiva ni con la distanasia
-alejar por todos los medios el momento de la muerte sin importar
la prolongación de la agonía del enfermo-. |
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Bioética
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Objeción de conciencia
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Ramón
Córdoba Palacio, MD - elpulso@elhospital.org.co
Causan espanto y vergüenza los conceptos lanzados a
los cuatro vientos sobre la objeción de conciencia
por parte de algunos medios de comunicación -casi todos-
y especialmente de representantes del Estado -de un Estado
que se proclama democrático-, de directores de salud,
de magistrados de tribunales de ética médica,
de gerentes de hospitales oficiales, de académicos,
etc., es decir, de personas que debieron aprobar estudios
de bachillerato y universitarios, y que por las dignidades
que ostentan o cargos que desempeñan deben defender
la dignidad y la libertad humana, orientar a sus conciudadanos.
La objeción de conciencia no es cuestión religiosa
ni legal -así haya quien sostenga que la ley está
por encima de la conciencia- sino un derecho inscrito en la
misma condición de ser humano, de persona, que por
estructuración ontológica es libre y que, necesariamente,
tiene que elegir siempre y para todas sus acciones humanas
por baladíes que parezcan.
¿Ignorancia crasa o criterio de superhombre, es decir,
de tirano? Entre estas dos hipótesis está la
respuesta a la preocupante posición que han asumido.
Como sus conceptos sobre el no respeto a toda vida humana
desde el momento mismo de la concepción, el no derecho
del hijo sano o enfermo a la vida, las falacias sobre los
peligros de la madre, etc., tienen serias impugnaciones éticas,
científicas y sociales, acuden a la fuerza de determinaciones
legales para imponer sus opiniones. Acusan de fanático
a quien no piense como ellos y en la debilidad racional de
la falacia de sus argumentos quieren imponerlos con presiones
legales, como lo hicieron célebres regímenes:
el nazista en Alemania, el estalinista en Rusia, para no mencionar
sino dos de los más nefandos.
Cuando ante cuestiones éticas o morales de la magnitud
del aborto, la eutanasia, etc., se agotan los argumentos racionales,
históricamente se ha echado mano a la imposición
violenta de criterios que atropellan la libertad y la dignidad
de la persona humana cualesquiera sea la religión,
la ideología política, la raza, la circunstancia
económica, cultural o social de quien se opone. Se
empieza obligando sutilmente a realizar lo que en conciencia
uno se ve inhibido de practicar; luego, si esto no basta,
se toman medidas tales como impedir que se ejerza su profesión,
lo que equivale a cerrar la posibilidad de ganarse la vida
honestamente, y de allí a la desaparición forzada
no hay sino un paso. Nos quejamos y con razón de la
situación en que viven muchos de nuestros conciudadanos
en manos de violentos organizados como insurgentes, pero ahora
el Estado, o al menos algunos de sus distinguidos representantes,
pretenden implantar como legal la misma norma: ¡O piensas
como yo y haces lo que te indico o pereces!
Más aún, en su ignorancia o en su soberbia están
seguros de que su conducta debe ser paradigmática porque
está fundada en los más nobles ideales de defensa
de la vida y de la dignidad humana, de la igualdad de todos
los seres humanos y de la justicia. Desconocen también,
o lo olvidan maliciosamente, el artículo 18 de la Constitución
Política de 1991, vigente a pesar de quienes niegan
la validez de la objeción de conciencia. Y en su insana
soberbia consideran que el médico que haga objeción
de conciencia tiene, por determinación oficial, que
convertirse en cómplice al tener el deber de señalar
a alguien que elimine a un ser humano (en el caso de aborto
o eutanasia), como si la objeción de conciencia no
incluyera toda participación en el crimen.
Puede vejarse y hasta destruirse al ser humano que consciente
de su dignidad, de su libertad y de su responsabilidad se
niega a actuar acogiéndose a la objeción de
conciencia, pero el derecho de acogerse a ésta no desaparecerá
mientras el ser humano estructuralmente sea inteligente, racional,
libre y digno. Este privilegio, la objeción de conciencia,
no depende de elementos externos como leyes o disposiciones
positivas sino de la condición de ser la persona una
realidad humana, y de dicho privilegio no puede excluirse
a ningún miembro de esta especie cualquiera sea el
cargo que desempeñe en la sociedad, tanto en el área
oficial como en la privada, porque es inherente a la persona
humana y no al cargo.
Nota: Esta sección es un aporte del Centro Colombiano
de Bioética -Cecolbe-
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