MEDELLÍN,   COLOMBIA,   SURAMÉRICA    AÑO 8    NO 96  SEPTIEMBRE DEL AÑO 2006    ISSN 0124-4388      elpulso@elhospital.org.co

Reflexión del mes

“El amor ahuyenta el miedo y, recíprocamente el miedo ahuyenta al amor. Y no sólo al amor el miedo expulsa; también a la inteligencia, la bondad, todo pensamiento de belleza y verdad, y sólo queda la desesperación muda; y al final, el miedo llega a expulsar del hombre la humanidad misma”.

Aldous Huxley (1894-1963). Novelista, ensayista, crítico y poeta inglés. Miembro de la reconocida familia de intelectuales Huxley, publicó también relatos cortos, libros de viaje e historias para películas y guiones; en sus novelas y ensayos, criticó los roles sociales, las normas y los ideales. Muy preocupado por los trastornos que experimenta la civilización occidental, escribió libros que tratan de la grave amenaza que representa el maridaje del poder con el progreso científico; en el más conocido de ellos, Un mundo feliz, plasma sus previsiones respecto de la futura evolución de la tecnología y la sociedad mediática del siglo XX..
Después de dos años de debates continuos en el Congreso de la República sobre el proyecto de ley 052 del Senado y 179 de la Cámara, que contemplaba regular la integración vertical, mejorar la contratación de la red pública hospitalaria, aumentar la cobertura del régimen subsidiado, mejorar el flujo de los recursos y operativizar la vigilancia del control definitivo del sistema, entre otros puntos, se le da un cierre definitivo dejando nuevamente al grupo de las aseguradoras en ventaja respecto de los demás actores.
No entendemos por qué tanto desgaste en proyectos de ley nuevos cuando la solución es tan sencilla: bastaría con aplicar una buena vigilancia y control al sistema de salud actual, evitando injustas reformas y discusiones en las que el producto siempre se ve reflejado en beneficiar a los mismos; esto se demuestra con el articulo publicado en la revista Cambio en su edición, dedicado exclusivamente al senador Dieb Maloof Cuse, quien fue uno de los senadores ponentes para el proyecto de ley 052 y en el cual se denuncia su participación en las aseguradoras y su arduo interés en derrumbar el proyecto de ley.
Mientras se cae este proyecto de ley se levanta otro, como quien dice, "al caído caerle", y se trata del nuevo proyecto de ley, presentado por el Ministerio de la Protección Social, que apenas empieza a sonar y al que la Asociación de Empresas Sociales del Estado de Antioquia -AESA-, está convencida de enfrentar, para que no se realice un ajuste o una posible aprobación, ya que presenta vacíos como:
- No reglamenta la contratación entre aseguradores y prestadores, dejando entrever una relación dominante y poco beneficiosa para los prestadores.
- No hace reglamentación clara al período, evaluación y prórroga de los gerentes de las IPS públicas.
- No hay reglamentación sobre los copagos en el régimen subsidiado, los cuales han generado inquietud en la comunidad en general y entre los actores.
- No se incluye el pago del pasivo prestacional de las IPS públicas causado a diciembre de 1993, como fue establecido por las leyes 60, 100 y 715.
- No hay reglamentación estatutaria de las Empresas Sociales del Estado -ESE-, dejando en veremos la administración de éstas.
- Permite mayor integración vertical a las aseguradoras, respecto de los anteriores proyectos de ley.
- No dice nada sobre la fragmentación de servicios por las aseguradoras, afectando así la atención integral a la comunidad.
- Hace falta reglamentar a quién se le factura los servicios de medicina legal que prestan todas las ESE del país y que no son pagados.
Este es el panorama más que desfavorable en toda su magnitud que le espera a la red pública hospitalaria, y ante el cual surge la pregunta: ¿en quiénes está pensando el Ministerio? La respuesta la tiene AESA, en tanto gremio representante del sector público hospitalario: el Ministerio de la Protección Social está pensando no precisamente en las ESE, sino en el beneficio de la misma minoría por la cual se cayó el proyecto de la reforma de la Ley 100 de 1993: el proyecto de ley 052.
 
Bioética
La cadena de la silicona

Ramón Córdoba Palacio, MD elpulso@elhospital.org.co

Se ha vuelto entre nosotros tema banal y motivo de chistes, malos y buenos, el resultado de los implantes de jóvenes y adultos que rinden culto idolátrico más que a la imagen corporal propia, a la que impone la moda, la imagen corporal de cualquier modelo que en forma irracional se toma como arquetipo porque así lo impone la opinión común, especialmente la de los medios de comunicación. Idolatría que a veces lleva a situaciones ridículas si no fuera porque puede llevar a consecuencias graves. Tal lo ocurrido en una clínica de la ciudad de Medellín: una joven que por sus condiciones de salud necesitaba una inyección urgente de una droga terapéutica que debe aplicarse de preferencia en uno de los glúteos, y ante semejante situación apareció el afán de la madre para que esto no sucediera; la razón, por demás poderosa: su hija presentaba en sus glúteos lujuriosos -en el sentido de excesivos- implantes de silicona.
Infortunadamente, tras de esta fuente de chanzas y de situaciones incómodas y cómicas, se ocultan elementos de mayor trascendencia que pasan inadvertidos para una cultura (¿?) que exalta sólo el momento, el tumulto de opiniones, sin reflexionar sobre lo que verdaderamente vale la pena: “¿Para dónde vas Vicente? Para donde va la gente”: la cultura (¿?) de los borregos.
La antropología filosófica nos enseña que del ser humano, de la persona humana, del ser racional, no podemos afirmar que tiene cuerpo y tiene alma sino que es necesario afirmar enfáticamente que es cuerpo y alma (Zubiri). Soy cuerpo y es necesario aceptar esta realidad, mi cuerpo, para fundamentar sólidamente mi personalidad y poder afirmar sin ninguna duda «yo soy mí mismo». En caso contrario, en lo íntimo de mi ser tendré que aceptar que “yo no soy mí mismo” sino que soy lo que otros quieren que yo sea, es decir un objeto a merced de la moda, que me moldea según su capricho y sin que yo participe e imponga autónomamente mi criterio.
Pero lo anterior, «yo soy mí mismo», «soy una realidad que me es propia», «yo soy mío», no es mero juego de palabras, no. Es la afirmación de que tomo en mis manos el proyecto de mi vida en el cual cuento, ineludiblemente, con mi primera y fundamental realidad: soy cuerpo y alma, soy persona y como tal soy el centro, el núcleo, el guía y el guardián de ese mi propio proyecto de existencia, sin rechazar los elementos que pueden modificarlo porque soy ser social, histórico y cultural, pero procurando mantener en mis manos el timón que marca mi ruta existencial. «Yo soy yo y mi circunstancia», enseña Ortega y Gasset.
La cadena de la silicona se inicia algunas veces por el deseo de un o una adolescente, con más frecuencia a esta edad una adolescente que compite en medidas corporales con sus coetáneas o que cree que el costo de la cirugía significa prestigio social -“guerra de las marcas”-, con la inconformidad de unos padres que piensan que su “Barbie” nació mal terminada y que la que deseaban era una modelo de nombre y medidas tales o cuales, con las exigencias de moda para la figura externa de una secretaria, de una gerente, etc.; igual ocurre si es varón, pues debe llenar las exigencias del “Superman” ejecutivo, deportista, etc. En fin, cumplir con requisitos que la vitrina del capitalismo salvaje prescribe a la sociedad de consumo: objetos bien terminados que se puedan comprar y vender.
Y esta cadena termina con la puesta en acción de algunos doctores que practican la ética del deseo: yo vendo lo que me piden, soy el mercader de deseos sin importar que tan válido sea dicho deseo. Desconocen u olvidan que la primera misión del médico es contribuir a la óptima madurez del paciente para que éste pueda realizarse como persona según las circunstancias de su existencia. Y el negocio como tal es exitoso, les permite financiar las cirugías y ostentar en los medios de comunicación “estatuas maravillosas”.
Pero estos objetos modelados según el exigente, efímero y cambiante gusto de la sociedad de consumo nunca estarán satisfechos, porque han rechazado su fundamental realidad: el cuerpo y el alma que son, que ineludiblemente son y que no la hallarán en la colcha de retazos de la silicona en que se han convertido. Días, meses, años más tarde, al mirarse en el espejo, al palpar su cuerpo, al saber que alguien admira su figura, se darán cuenta de que no es a ellos a quienes admiran sino a la silicona que les agregaron y que en algún momento dejará de delinear su cuerpo con el garbo que desean en ese instante. ¡Pobres maniquíes en la feria de la figura para agradar a otros!
Sí, es cierto que el médico debe procurar corregir los defectos corporales o psicológicos que perturben el óptimo desarrollo de la personalidad de su paciente y para eso puede y debe usar de la cirugía reconstructiva y estética y de la psicoterapia, pero su papel no puede, honestamente, rebajarse a ser fabricante de maniquíes que pronto son desechados.
Si aceptamos con indiferencia que se compren y vendan seres humanos, cuerpos y almas de personas humanas, ¿por qué escandalizarnos de la corrupción que nos corroe si el negocio es idéntico? Comprar almas, comprar conciencias… ¿Por qué alarmarnos por el aumento de suicidios de niños y jóvenes a quienes no hemos enseñado y colaborado a que acepten su realidad, el cuerpo y el alma que son?
Nota: Esta sección es un aporte del Centro Colombiano de Bioética -Cecolbe-.

 











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