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Reflexión del mes
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El amor ahuyenta
el miedo y, recíprocamente el miedo ahuyenta al amor.
Y no sólo al amor el miedo expulsa; también
a la inteligencia, la bondad, todo pensamiento de belleza
y verdad, y sólo queda la desesperación muda;
y al final, el miedo llega a expulsar del hombre la humanidad
misma.
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Aldous Huxley
(1894-1963). Novelista, ensayista, crítico y poeta
inglés. Miembro de la reconocida familia de intelectuales
Huxley, publicó también relatos cortos, libros
de viaje e historias para películas y guiones; en sus
novelas y ensayos, criticó los roles sociales, las
normas y los ideales. Muy preocupado por los trastornos que
experimenta la civilización occidental, escribió
libros que tratan de la grave amenaza que representa el maridaje
del poder con el progreso científico; en el más
conocido de ellos, Un mundo feliz, plasma sus previsiones
respecto de la futura evolución de la tecnología
y la sociedad mediática del siglo XX..

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Después
de dos años de debates continuos en el Congreso de la
República sobre el proyecto de ley 052 del Senado y 179
de la Cámara, que contemplaba regular la integración
vertical, mejorar la contratación de la red pública
hospitalaria, aumentar la cobertura del régimen subsidiado,
mejorar el flujo de los recursos y operativizar la vigilancia
del control definitivo del sistema, entre otros puntos, se le
da un cierre definitivo dejando nuevamente al grupo de las aseguradoras
en ventaja respecto de los demás actores.
No entendemos por qué tanto desgaste en proyectos de
ley nuevos cuando la solución es tan sencilla: bastaría
con aplicar una buena vigilancia y control al sistema de salud
actual, evitando injustas reformas y discusiones en las que
el producto siempre se ve reflejado en beneficiar a los mismos;
esto se demuestra con el articulo publicado en la revista Cambio
en su edición, dedicado exclusivamente al senador Dieb
Maloof Cuse, quien fue uno de los senadores ponentes para el
proyecto de ley 052 y en el cual se denuncia su participación
en las aseguradoras y su arduo interés en derrumbar el
proyecto de ley.
Mientras se cae este proyecto de ley se levanta otro, como quien
dice, "al caído caerle", y se trata del nuevo
proyecto de ley, presentado por el Ministerio de la Protección
Social, que apenas empieza a sonar y al que la Asociación
de Empresas Sociales del Estado de Antioquia -AESA-, está
convencida de enfrentar, para que no se realice un ajuste o
una posible aprobación, ya que presenta vacíos
como:
- No reglamenta la contratación entre aseguradores y
prestadores, dejando entrever una relación dominante
y poco beneficiosa para los prestadores.
- No hace reglamentación clara al período, evaluación
y prórroga de los gerentes de las IPS públicas.
- No hay reglamentación sobre los copagos en el régimen
subsidiado, los cuales han generado inquietud en la comunidad
en general y entre los actores.
- No se incluye el pago del pasivo prestacional de las IPS públicas
causado a diciembre de 1993, como fue establecido por las leyes
60, 100 y 715.
- No hay reglamentación estatutaria de las Empresas Sociales
del Estado -ESE-, dejando en veremos la administración
de éstas.
- Permite mayor integración vertical a las aseguradoras,
respecto de los anteriores proyectos de ley.
- No dice nada sobre la fragmentación de servicios por
las aseguradoras, afectando así la atención integral
a la comunidad.
- Hace falta reglamentar a quién se le factura los servicios
de medicina legal que prestan todas las ESE del país
y que no son pagados.
Este es el panorama más que desfavorable en toda su magnitud
que le espera a la red pública hospitalaria, y ante el
cual surge la pregunta: ¿en quiénes está
pensando el Ministerio? La respuesta la tiene AESA, en tanto
gremio representante del sector público hospitalario:
el Ministerio de la Protección Social está pensando
no precisamente en las ESE, sino en el beneficio de la misma
minoría por la cual se cayó el proyecto de la
reforma de la Ley 100 de 1993: el proyecto de ley 052. |
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Bioética
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La cadena de la silicona
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Ramón
Córdoba Palacio, MD elpulso@elhospital.org.co
Se ha vuelto entre nosotros tema banal y motivo de chistes,
malos y buenos, el resultado de los implantes de jóvenes
y adultos que rinden culto idolátrico más que
a la imagen corporal propia, a la que impone la moda, la imagen
corporal de cualquier modelo que en forma irracional se toma
como arquetipo porque así lo impone la opinión
común, especialmente la de los medios de comunicación.
Idolatría que a veces lleva a situaciones ridículas
si no fuera porque puede llevar a consecuencias graves. Tal
lo ocurrido en una clínica de la ciudad de Medellín:
una joven que por sus condiciones de salud necesitaba una
inyección urgente de una droga terapéutica que
debe aplicarse de preferencia en uno de los glúteos,
y ante semejante situación apareció el afán
de la madre para que esto no sucediera; la razón, por
demás poderosa: su hija presentaba en sus glúteos
lujuriosos -en el sentido de excesivos- implantes de silicona.
Infortunadamente, tras de esta fuente de chanzas y de situaciones
incómodas y cómicas, se ocultan elementos de
mayor trascendencia que pasan inadvertidos para una cultura
(¿?) que exalta sólo el momento, el tumulto
de opiniones, sin reflexionar sobre lo que verdaderamente
vale la pena: ¿Para dónde vas Vicente?
Para donde va la gente: la cultura (¿?) de los
borregos.
La antropología filosófica nos enseña
que del ser humano, de la persona humana, del ser racional,
no podemos afirmar que tiene cuerpo y tiene alma sino que
es necesario afirmar enfáticamente que es cuerpo y
alma (Zubiri). Soy cuerpo y es necesario aceptar esta realidad,
mi cuerpo, para fundamentar sólidamente mi personalidad
y poder afirmar sin ninguna duda «yo soy mí mismo».
En caso contrario, en lo íntimo de mi ser tendré
que aceptar que yo no soy mí mismo sino
que soy lo que otros quieren que yo sea, es decir un objeto
a merced de la moda, que me moldea según su capricho
y sin que yo participe e imponga autónomamente mi criterio.
Pero lo anterior, «yo soy mí mismo», «soy
una realidad que me es propia», «yo soy mío»,
no es mero juego de palabras, no. Es la afirmación
de que tomo en mis manos el proyecto de mi vida en el cual
cuento, ineludiblemente, con mi primera y fundamental realidad:
soy cuerpo y alma, soy persona y como tal soy el centro, el
núcleo, el guía y el guardián de ese
mi propio proyecto de existencia, sin rechazar los elementos
que pueden modificarlo porque soy ser social, histórico
y cultural, pero procurando mantener en mis manos el timón
que marca mi ruta existencial. «Yo soy yo y mi circunstancia»,
enseña Ortega y Gasset.
La cadena de la silicona se inicia algunas veces por el deseo
de un o una adolescente, con más frecuencia a esta
edad una adolescente que compite en medidas corporales con
sus coetáneas o que cree que el costo de la cirugía
significa prestigio social -guerra de las marcas-,
con la inconformidad de unos padres que piensan que su Barbie
nació mal terminada y que la que deseaban era una modelo
de nombre y medidas tales o cuales, con las exigencias de
moda para la figura externa de una secretaria, de una gerente,
etc.; igual ocurre si es varón, pues debe llenar las
exigencias del Superman ejecutivo, deportista,
etc. En fin, cumplir con requisitos que la vitrina del capitalismo
salvaje prescribe a la sociedad de consumo: objetos bien terminados
que se puedan comprar y vender.
Y esta cadena termina con la puesta en acción de algunos
doctores que practican la ética del deseo: yo vendo
lo que me piden, soy el mercader de deseos sin importar que
tan válido sea dicho deseo. Desconocen u olvidan que
la primera misión del médico es contribuir a
la óptima madurez del paciente para que éste
pueda realizarse como persona según las circunstancias
de su existencia. Y el negocio como tal es exitoso, les permite
financiar las cirugías y ostentar en los medios de
comunicación estatuas maravillosas.
Pero estos objetos modelados según el exigente, efímero
y cambiante gusto de la sociedad de consumo nunca estarán
satisfechos, porque han rechazado su fundamental realidad:
el cuerpo y el alma que son, que ineludiblemente son y que
no la hallarán en la colcha de retazos de la silicona
en que se han convertido. Días, meses, años
más tarde, al mirarse en el espejo, al palpar su cuerpo,
al saber que alguien admira su figura, se darán cuenta
de que no es a ellos a quienes admiran sino a la silicona
que les agregaron y que en algún momento dejará
de delinear su cuerpo con el garbo que desean en ese instante.
¡Pobres maniquíes en la feria de la figura para
agradar a otros!
Sí, es cierto que el médico debe procurar corregir
los defectos corporales o psicológicos que perturben
el óptimo desarrollo de la personalidad de su paciente
y para eso puede y debe usar de la cirugía reconstructiva
y estética y de la psicoterapia, pero su papel no puede,
honestamente, rebajarse a ser fabricante de maniquíes
que pronto son desechados.
Si aceptamos con indiferencia que se compren y vendan seres
humanos, cuerpos y almas de personas humanas, ¿por
qué escandalizarnos de la corrupción que nos
corroe si el negocio es idéntico? Comprar almas, comprar
conciencias
¿Por qué alarmarnos por el
aumento de suicidios de niños y jóvenes a quienes
no hemos enseñado y colaborado a que acepten su realidad,
el cuerpo y el alma que son?
Nota: Esta sección es un aporte del Centro Colombiano
de Bioética -Cecolbe-.
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