MEDELLÍN, COLOMBIA, SURAMERICA No. 256 ENERO DEL AÑO 2020 ISNN 0124-4388
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Fue una noche en la que sus ojos ya opacos por la dureza de la enfermedad, y su rostro macerado por lo prolongado de su estadía en el hospital, parecían suplicar que no le abandonaran. Era una mujer con una edad intermedia: ni muy joven ni muy mayor. Tenía muchas ganas de vivir pero su deseo estaba rebasado por unas realidades fisiológicas inexorables: el agotamiento vital de sus funciones orgánicas con motivo de un agresivo cáncer que se había diagnosticado meses atrás y que en teoría era “curable”.
No había motivo para pensar que su partida sería tan rápida. Sin embargo, una infección progresiva que se asoció a su malignidad la deterioró tan súbitamente que a todos nos tomó por sorpresa. Hicimos todo lo que pudimos desde el punto de vista médico pero su cuerpo no nos respondió.
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Este corto relato tiene sin duda muchas similitudes con otras situaciones en las que la muerte se termina imponiendo a pesar de la medicina. Y es en este campo del conocimiento y experiencia que aprendemos el arte de saber perder.
Nuestra sociedad está anclada hace varias décadas en el paradigma del éxito. Buscamos ganar siempre. Nadie espera - ni quiere - perder. Cual si de un juego se tratara, buscamos siempre el premio mayor y la recompensa más grande derivada de nuestras acciones. Por eso es que las pérdidas económicas y sentimentales son tan difíciles de asimilar: pareciera antinatural que los sueños no se realizaran. También están las representadas en la no materialización de ciertas expectativas: una entrevista de trabajo que no resulta en un nuevo empleo, o la presentación de un examen de admisión a una institución educativa que resulta infructuoso.
Pero la vida - y en especial la muerte - nos ayudan a entender que es necesario reinventar el sentido del perder. Y esto se logra de una manera muy especial a través del camino de la aceptación - que no es resignación -. Ello no significa que no sigamos luchando... representa que estamos dispuestos a aprender de las situaciones más difíciles, dar “vuelta a la hoja”, a las vivencias, acumular experiencia y no quedarnos paralizados por la culpa.
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Al final lloramos en silencio. No nos gusta ver morir a los pacientes, en especial cuando parten sin que lo veamos venir. Recibimos una fuerte lección: ningún ser humano tiene la última palabra frente a la muerte y eso hace parte del duro aprendizaje del saber perder.
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