MEDELLÍN,   COLOMBIA,   SURAMÉRICA    AÑO 9    No. 105 JUNIO DEL AÑO 2007    ISSN 0124-4388      elpulso@elhospital.org.co






 

 

La ciencia médica
vista con los ojos del arte
Hernando Guzmán Paniagua Periodista - elpulso@elhospital.org.co
Tres mil años antes de Cristo (3000 A.C.), artistas del Paleolítico Superior plasmaron los primeros balbuceos artísticos de la humanidad: los “grabados arañados” en una caverna del suroeste de Francia y las Venus prehistóricas. En común estas obras expresaban el culto a la fertilidad. Desde esas primeras expresiones hasta las vanguardistas imágenes virtuales sobre realidades médicas igualmente fantásticas del siglo XXI (cibercirugía, telemedicina) pasando por las estampas de la alquimia y la astrología medievales, los geniales pintores-anatomistas del Renacimiento y las pinturas de varios siglos, sobrevive el eterno nexo arte-salud-medicina.
De la Venus arcaica a la Venus de Milo
La Venus de Willendorf (Museo de Viena, 30.000-25.000 A.C.) es la primera escultura prehistórica conocida sobre ese “ser misterioso”, como llamaba el hombre primitivo a la mujer, imagen de la fecundidad; ello explica la exuberancia de los atributos sexuales en estas figuras. En el Medioevo, los médicos para sus diagnósticos utilizaban complejas cartas astrológicas; sus autores, más que ilustradores, eran artistas del dibujo y la pintura con gran conocimiento de la medicina de su tiempo. De 1399 es un pintoresco almanaque que señala la influencia de los astros en cada parte del cuerpo. Los antiguos tratados de astrología, bellamente ilustrados, fueron traducidos del Árabe el Latín en los siglos XII y XIII y pronto se volvieron textos guías de los consultorios europeos donde los médicos combinaban la medicina galénica con la astrología.
Según el tratadista Maisterrena y otros autores, en la América precolombina, antes del siglo XV era conocida la enfermedad del bocio, más conocida como coto (vocablo quechua): el Lienzo de Tlaxcala, documento jeroglífico elaborado por aztecas sobrevivientes de la Conquista, muestra indios con gruesos cuellos que sufrían esa dolencia. Valiosas estatuillas coloniales de la escuela quiteña testimonian la misma enfermedad.
Marcus Vitruvius, arquitecto, científico y artista romano del siglo I antes de Cristo, descubrió en el agua de algunas regiones de Italia y Los Alpes la causa del coto que padecían sus habitantes e intuyó la coincidencia estructural entre la arquitectura del cuerpo y la de un edificio, en tres atributos: fuerza (firmitas), funcionalidad (utilitas) y belleza (venustas). De 1521 data la famosa ilustración artística de El Hombre de Vitruvio, con la cual ilustró D' Vinci su concepto del hombre como centro del universo.
En los siglos 15 y 16 es ya clara y definida la relación entre el arte y la ciencia médica por nutrirse de una esencia común: el Humanismo. La periodista científica Mayte Suárez Santos, experta en medicina, explica: “La pintura quizás sea por su inmediatez la actividad artística que ha dejado testimonios más impresionantes de esa cara oscura del devenir de los hombres, mostrándola unas veces y atenuándola otras, con la viveza de la luz y el color”.
Obras de arte que registran la historia médica fueron realizados tanto por artistas como por médicos, vocaciones que muchas veces se aunaban en una misma persona. Caso proverbial y sin parangón es Leonardo D´ Vinci, que además de pintor y escultor era anatomista, biólogo, escritor, músico, cocinero, inventor, filósofo, botánico, artesano, humorista, ingeniero, arquitecto, físico, geógrafo, cartógrafo e inventor de muy diversas cosas, incluso máquinas de guerra como tanques, cañones y fusiles, algo increíble para nuestra visión del humanismo.
Leonardo D´ Vinci es caso aparte en la historia común del arte y la medicina. Desde joven se distinguió como anatomista, soñó con una obra sobre el cuerpo humano, que incluyera estudios de anatomía comparada y fisiología. Enunció las primeras teorías sobre los espasmos musculares de las válvulas cardíacas, practicó disecciones de cadáveres en un hospital y estudió la circulación sanguínea. En sus escritos didácticos, habló de la necesidad de conocer el interior del hombre, sus nervios, tendones y demás partes para pintar con sabiduría el cuerpo.
Vesalio, eminente anatomista belga del siglo XVI, es otro genio del Renacimiento. Su tratado De Humanis Corporis Fabrica, libro de inmenso valor médico, es señalado como “maravilloso ejemplo del arte renacentista” Con D' Vinci y otros precursores de la investigación médica en el siglo XVI, postuló que no se podía diagnosticar la enfermedad sin antes saber cómo era nuestro interior.
El museo de la salud
Pinturas, esculturas, grabados, fotografías y happenings conforman la galería de la patología humana. A partir de la anatomía clásica situamos todas las enfermedades en alguna de las tres grandes partes del cuerpo: cabeza, tronco y extremidades.
Los buenos retratistas fueron insignes traductores de las patologías en el semblante. Así, en los grandes maestros es muy distinto el Cristo vivo y triunfante del Cristo lacerado, crucificado o muerto. La Dolorosa, de Bartolomé Esteban Murillo y la larga lista de Pietás (Miguel Ángel, Gregorio Hernández, El Éxtasis de Santa Teresa de Bernini, etc.) comunican el dolor humano con tintes sobrenaturales. Asombrosamente reales son el rostro demacrado del Joven Baco Enfermo de Caravaggio, y la Melancolía de Alberto Durero. La Lección de Anatomía del Doctor Tulp de Rembrandt, inspirada en el Cristo de Mantegna, es una de las obras más representativas del ámbito médico y es lección también sobre el manejo de la luz, elemento clave en la composición barroca. A la misma escuela holandesa pertenece su discípulo Jan Steen, autor de varios cuadros famosos como Médico tomando el pulso.
Francisco de Goya también plasmó con maestría y fidelidad las miserias humanas; una de Las viejas tiene la nariz deformada, al parecer, por una sífilis congénita, enfermedad muy frecuente en la época del autor. El Retrato del Duque de Urbino y su hijo Guidobaldo, de Pedro Berruguete (1475 - Galería de los Uffizi, Florencia) destaca el rostro desfigurado de Federico de Montefeltro, herido en la nariz durante un torneo, donde perdió el ojo derecho. La rinofima (acné rosáceo con hipertrofia de vasos, glándulas sebáceas y tejido conjuntivo) aparece en Retrato de un viejo con un niño, del florentino Ghirlandaio, en el rostro del Conde Sasseti. Artistas como Tiziano, Claudio Coello y Velásquez plasmaron el prognatismo (hipertrofia del maxilar inferior o superior) de los monarcas Austrias o Habsburgos, como Carlos V, Felipe IV y el hijo de éste, Carlos II, en cuadros encargados a sus pintores de Cámara. El niño de Vallecas, llamado Francisco Lezcano, bufón del príncipe Baltasar Carlos, muestra el cretinismo con la desproporción entre la cabeza y el resto del cuerpo.
La pinacoteca de los Austrias cubre desde los males, reales o supuestos, de Juana La Loca: esquizofrenia, posesión diabólica, dificultad motriz e incluso necrofilia, hasta la impotencia y el retardo mental y físico de Carlos II El Hechizado, pasando por la sífilis que se dice mató a los hijos de Felipe IV y un cáncer de mama que destruyó a otra reina de la dinastía. Descuellan cuadros como Locura de Amor de Manuel Tamayo y Baus, los de Felipe El Hermoso por Eusebio Asquerino y Gregorio Romero, Doña Juana La Loca de Emilio Serrano y sobre todo el cuadro homónimo de Francisco Pradilla y Ortiz (Prado, 1877) que detalla el delirio de Doña Juana junto al cadáver del rey Felipe.
Marcus Vitruvius, arquitecto, científico y artista romano del siglo I antes de Cristo, intuyó la coincidencia estructural entre la arquitectura del cuerpo y la de un edificio, en tres atributos: fuerza (firmitas), funcionalidad (utilitas) y belleza (venustas).
Locos, ciegos, enanos...
El Bosco, precursor del surrealismo, con su simbología mágica y alquímica, fustigó a miembros de órdenes religiosas en obras como La nave de los locos, y en La extracción de la piedra de la locura pintó el curanderismo que pretendía sanar al paciente, más de la estupidez que de la locura, mediante operaciones ficticias que dejaban a la víctima más desvirolada que antes. La ceguera, una de las taras más invalidantes de la historia humana, es también una de las más representadas.
La Parábola de los ciegos de Brueghel El Viejo, ilustra el pasaje de San Mateo: “cuando un ciego guía a otro ciego, ambos caen en el abismo”. Rembrandt produjo magistrales ejemplos de la ceguera, como Jacob bendice a los hijos de José que contrasta las tinieblas físicas con la brillante luz sobrenatural, y Tobías curado por su hijo donde el arcángel San Rafael es testigo de la milagrosa sanación. Los deformes, lisiados, enanos y contrahechos abundan en la Historia del Arte. Velásquez fue uno de los grandes observadores de estas disfunciones endocrinas: En Las Meninas o La Familia, para muchos el testamento artístico de Velásquez, pinta el enanismo de Mari Barbola y el hipogonadismo de Nicolasito de Pertusato; en Don Antonio el Inglés plasma los estigmas típicos de un enanismo de posible origen hipofisiario. También se atribuye este cuadro al pincel de Carreño de Miranda. No pocos artistas se ocuparon de la acondroplasia y el enanismo.
Para la experta Mayte Suárez, “la mano es una estructura que puede expresar casi tantos sentimientos y sensaciones como el rostro. La riqueza de sus movimientos es uno de los elementos más diferenciadores de la escala filogenética”. Agrega que “la artrosis y la artritis han sido compañeras inseparables del ser humano desde los inicios de su presencia en el planeta”. Así, Retrato de una mujer de 62 años, de Franz Hals, es un magnífico ejemplo de los nódulos de Heberden” (engrosamientos duros de las articulaciones inter-falángicas distales). Maestros como Botticelli, compañero de D' Vinci, dejaron un rico muestrario de afecciones reumáticas. El Retrato de un joven y la Madonna Bardi ilustran un síntoma típico de la artritis reumatoide: la inflamación de las articulaciones inter-falángicas. La esclerodermia, enfermedad del colágeno, principal componente orgánico de los huesos y cartílagos, la refleja con todo detalle Marinus en el San Jerónimo.
Los pies ocupan también extensos capítulos en la pintura universal. La gota, enfermedad de reyes y hombres opulentos, la encontramos en cuadros como Capitulaciones Matrimoniales, de Hogarth, donde el sufrido paciente sigue trabajando, pese a la molesta afección.
En las Venus de la edad de piedra, en los grabados del anatomista Frederik Ruysch, en las pinturas victorianas de monstruos humanos, en las ilustraciones orientales del Kundalini Yoga, en los lienzos
clásicos o en las modernas imágenes de los cuerpos-máquina de Fritz Kahn, tenemos la misma conciencia de un ecosistema fascinante donde el arte es homenaje perpetuo a la vida. Es éste un viaje al que apenas nos acercamos y que nos sigue esperando en la historia...
 
Ocioso lector
“El hombre es el modelo del mundo”
“Los antiguos llamaban al hombre un mundo menor, designación justa, porque está compuesto de tierra, agua, aire y fuego como el cuerpo terrestre, y a él se asemeja. Si el hombre tiene sus huesos, que le sirven de armadura y sostienen su carne, el mundo tiene sus rocas que sostienen su tierra; si el hombre tiene dentro de sí un lago de sangre, donde crece y decrece el pulmón para su respiración, el cuerpo de la tierra tiene su mar océano que, cada seis horas, crece y decrece también para su respiración; si de aquel lago de sangre derivan las venas que van ramificándose por todo el organismo, análogamente el mar océano llena el cuerpo terrestre con innumerables venas de agua; pero faltan a nuestro globo los nervios, que no le han sido dados porque ellos están destinados al movimiento, y el mundo, en su perpetua estabilidad, carece de movimiento, y donde no hay movimiento los nervios son inútiles.
Pero, en todo lo demás, el hombre y el mundo son semejantes. Si la naturaleza hubiera fijado una sola regla para la calidad de los miembros, las fisonomías de todos los hombres serían semejantes, y no sería posible distinguirlas unas de otras; pero ella ha variado de tal modo las cinco partes del rostro que, aunque haya establecido una regla general para la proporción, no ha seguido ninguna para la calidad; de manera que es fácil reconocer cada semblante.
“Los antiguos llamaban al hombre un mundo menor, designación justa, porque está compuesto de tierra, agua, aire y fuego como el cuerpo terrestre, y a él se asemeja. Si el hombre tiene sus huesos, que le sirven de armadura y sostienen su carne, el mundo tiene sus rocas que sostienen su tierra; si el hombre tiene dentro de sí un lago de sangre, donde crece y decrece el pulmón para su respiración, el cuerpo de la tierra tiene su mar océano que, cada seis horas, crece y decrece también para su respiración; si de aquel lago de sangre derivan las venas que van ramificándose por todo el organismo, análogamente el mar océano llena el cuerpo terrestre con
innumerables venas de agua; pero faltan a nuestro globo los nervios, que no le han sido dados porque ellos están destinados al movimiento, y el mundo, en su perpetua estabilidad, carece de movimiento, y donde no hay movimiento los nervios son inútiles. Pero, en todo lo demás, el hombre y el mundo son semejantes.
Si la naturaleza hubiera fijado una sola regla para la calidad de los miembros, las fisonomías de todos los hombres serían semejantes, y no sería posible distinguirlas unas de otras; pero ella ha variado de tal modo las cinco partes del rostro que, aunque haya establecido una regla general para la proporción, no ha seguido ninguna para la calidad; de manera que es fácil reconocer cada semblante.
 



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