DELLÍN,   COLOMBIA,   SURAMÉRICA    AÑO 10    No. 131 AGOSTO DEL AÑO 2009    ISSN 0124-4388      elpulso@elhospital.org.co






 

 


Las pestes de la humanidad, una novela sin fin
“La plaga en Epirus”. Grabado de Pierre Mignard, acerca de la peste bubónica en 1600.
Hernando Guzmán Paniagua - Periodista - elpulso@elhospital.org.co
Cuéntase que en su segundo viaje (1493), Colón fundó en La Española la primera ciudad del Nuevo Mundo: “Isabela”. “A partir de este momento los indígenas comenzaron a morir en número infinito” (Francisco Guerra, “Origen y dispersión de las grandes epidemias de la conquista de América”). El médico e investigador Mario Melguizo refiere que de una población de 3'770.000 censada por los conquistadores en Las Antillas al comenzar el Descubrimiento,
en 1518 sólo quedaban 15.600 indígenas y señala: “Todas las evidencias apuntan hacia una epidemia de influenza suina o gripe del cerdo que habría sido transportada por Colón en un segundo viaje cuando embarcó ocho puercas en las Islas Canarias”.
El gran médico, alquimista y vidente Nostradamus (Michel de Nostradame) luchó en Francia contra la peste bubónica en 1525, desarrolló métodos asépticos y su paliativa “píldora rosa” a base de vitamina C. Para algunos, predijo la gripa porcina en su Cuarteta IV: “Hombre yacerá con Cerdo en desorden. Pestilente tufo recorrerá el reino. ¡Grandes serán los lamentos de los pueblos que ofendieron a Dios en cada merienda!”. La plaga mató a su primera esposa y dos hijos. CINCO siglos después, el virus A (H1N1) sigue tan campante como los fabricantes de Tamiflu.
“El carro de la muerte se lleva a las víctimas de la peste”. Miniatura de un manuscrito francés de 503 - París, Biblioteca Nacional.
Sobre la masiva mortalidad en las Antillas después del Descubrimiento, el doctor Emilio Robledo, en sus “Apuntaciones sobre la Medicina en Colombia”, anotó: “La lucha biológica sería sin duda más mortífera que la pólvora, los obuses, los perros y las espadas toledanas”. Obras como la Epidemiología Española de J. Villalba (1803), Medicina Castellana de Samuel Ben Waqar (1414), Sevillana Medicina de Juan de Aviñón (1445), dan cuenta de muchas enfermedades existentes en Sevilla antes del Descubrimiento: gripe, viruela, sarampión, paludismo, peste bubónica, TBC, sífilis, conjuntivitis epidémica, disentería, lepra, tiña, sarna, tifo exantemático y fiebre tifoidea.
La viruela la descargó en Santo Domingo para todas las Antillas y Méjico, en 1518, un barco negrero con esclavos infectados. En otro barco, dicen que un marinero español dejó en Varacruz una plaga de sarampión en 1531, y en 1580 otra tripulación dejó en La Guaira un grupo de esclavos con viruela, cuyo contagio mató a casi todos los indígenas. En el tercer viaje, Colón importó la fiebre amarilla, al parecer de Cabo Verde (África). Una epidemia de tifo acabó con más de dos millones de indios de Méjico en 1567, entre 1587 y 1600 las epidemias aniquilaron entre 90 y 99% de la población de Nueva
Granada, y entre 1590 y 1610, a dos millones de almas en Alto Perú, Paraguay, Argentina y Chile. La peste bubónica asoló a Cartagena de Indias, por los ataques de piratas y el comercio esclavista, dice Germán Espinosa.
A lo largo y ancho del mundo, múltiples pestes y plagas han azotado a la humanidad, pero la historia registra tres gigantescas pandemias humanas con un saldo mortal de 200 millones de víctimas: la plaga de Justiniano (siglos 6 - 8 de nuestra era), la famosa peste negra del siglo XIV al XIX, y la peste moderna que comenzó en 1855 en China y subsiste hoy con brotes endémicos ocasionales.
La nomenclatura es muy caprichosa, los nombres mutan, como las patologías, con las épocas. Así, la moderna se llama hoy también “peste bubónica” (del latín bubos: inflamación en la ingle), enfermedad infecciosa zoonótica que afecta tanto a animales y al Hombre, la causa el bacilo Yersinia pestis, con 3 formas clínicas: bubónica, pulmonar o neumónica, y septicémica (la primaria se disemina por la sangre y la secundaria es complicación de la bubónica); a la moderna también se la denomina peste o muerte negra, por las hemorragias internas que dejaban una coloración oscura en la piel de los enfermos.
La humanidad actual, testigo del mayor
avancecientífico, ya no espera novelas que
registren a posteriori el paso letal de las pestes,
sino noblesesfuerzos que aseguren al
hombre una vida digna.
Muchos medioevales atribuyeron las pestes a castigo de Dios por los pecados de la humanidad, algunos médicos a “malos aires” que venían del suelo, Hipócrates a los cambios de estaciones, Aristóteles a los astros, en Egipto al río Nilo, luego a los judíos y otros pueblos. En 1894 el médico suizo Emilio Yersin, identificó en un cadáver chino a las ratas y sus pulgas como vectores principales y creó con Calmette y Borell, del Instituto Pasteur, un suero con bacilos de la peste, muertos por calor.
La “Plaga de Justiniano” se inició en el año 500 d.C. en el Imperio Bizantino, en la época de ese emperador, y se extendió al Imperio Romano donde mató al 50% de la población. Los pacientes sufrían súbita fiebre, hinchazones bubónicas en las axilas, detrás de las orejas y en los muslos, inapetencia; algunos, coma profundo o estado delirante, y desesperados se lanzaban al agua. Morían en pocos días, con pústulas negras en el cuerpo, entre 5.000 y 10.000 personas diarias. Algunas se salvaban después de vomitar sangre o supurar por los bubones.
Víctimas de gripa española de 1918 en Hospital de Kansas, EU.
La mortalidad superó los 600.000 seres, en posible oleada epidémica de varias enfermedades, fuera de la peste: influenza, viruela, disentería bacilar, cólera y difteria. La Peste Negra o Gran Plaga asoló a Europa entre 1347 y 1350, y acabó con más de 1/3 de la población europea.
Pestes y literatura
Cronistas, novelistas, periodistas, médicos y otros profesionales han descrito o recreado a su modo el paso de las pestes por el mundo. Gustavo Tatis Guerra alude a la “remota peste registrada por Tucídides en el año 430 a.C. en Atenas, donde los apestados buscaban los placeres clandestinos ante la inminencia de la muerte”. Procopio describió una plaga en “Historia de las guerras persas” en el 542 d.C. La pasteurella pestis fue una de las primeras armas biológicas utilizadas: en 1346, los tártaros lanzaron cadáveres víctimas de ella por sobre las murallas de la sitiada ciudad de Kaffa, cuya población casi desapareció.
En el siglo XIV toca a su fin el Medioevo, se avecina el Renacimiento, y recrudece la peste negra, que mucho aporta a la gestación de una corriente cultural y artística, estimula los cultos a la muerte y como contraparte, la vitalidad. En este escenario, El Decamerón de Giovanny Bocaccio, con el contraste de amor-muerte, fortuna y lujuria, ilustra el cambio de la sociedad por la peste y las guerras. Allí narra: “…los más, como desesperados de la vida, habían desamparado sus casas y haciendas, de tal modo que la mayoría de las casas eran franqueables a todo el mundo… Su principal propósito era siempre huir de los que estaban enfermos, de tal modo que, en medio de tanta miseria y aflicción, la autoridad de las leyes, tanto divinas como humanas, yacía derribada”.
A lo largo y ancho del mundo, múltiples
pestes y plagas han azotado a la humanidad,
pero la historia registra tres gigantescas pandemias
humanas con un saldo mortal de 200 millones
de víctimas: la plaga de Justiniano (siglos 6 - 8
de nuestra era), la famosa peste negra del
siglo XIV al XIX, y la peste moderna que
comenzó en 1855 en China y subsiste hoy
con brotes endémicos ocasionales.
En 1599 ataca la peste en España: desde comienzos del siglo XV, había hospitales exclusivos para enfermos mentales, signo de una epidemia de locura, buen insumo para El Ingenioso Hidalgo. La cultura carnavalesca avivada por la peste se pinta en Sancho Panza: su barriga, su desmesura en el comer son alegoría del rito primaveral. Hombre y naturaleza renacen: comer, beber, fornicar, vivir la vida como un momento que la peste acorta cada vez más, lo apolíneo vs lo dionisíaco, carnaval vs cuaresma, todo se refleja en Don Quijote. Los agricultores huyen a las ciudades en pos de trabajo, hay hacinamiento, peste y hambruna. Esta situación de desengaño y pesimismo, genera dilemas que recrea Cervantes: realidad-fantasía, cordura-locura, vigilia-sueño, vida-teatro”.
Cultos de vida y muerte
Los cultos de muerte y la cultura de carnaval se insinúan en la aventura de “Los carros de las cortes de la muerte”, tirada por el Diablo: “La primera figura que se ofreció a los ojos de don Quijote fue la de la misma Muerte, con rostro humano; junto a ella venía un ángel con unas grandes y pintadas alas; al un lado estaba un emperador con una corona, al parecer de oro, en la cabeza; a los pies de la Muerte estaba el dios que llaman Cupido… Venía también un caballero armado de punta en blanco…”. En Cervantes, como en Jorge Manrique, la muerte juega el rol de igualar a pobres y ricos, a señores y vasallos; igual en las “Odas” de Horacio: “Que la muerte amarilla va igualmente / a la choza del pobre desvalido / y al alcázar real del rey potente”.
“El doctor Pico desde Roma”. Grabado, 1656. En la Edad Media, los “médicos de la peste” iban ataviados con una máscara con pico de ave, una máscara de gas primitiva que contenía en su interior perfumes, a modo de filtro contra la fetidez que emanaba de los apestados. El atuendo se completaba con un largo abrigo de cuero, guantes y sombrero de ala ancha. En la mano derecha un palo blanco con un reloj de arena alado, utilizado para mover o examinar al paciente y otras personas cercanas.
Marguerite Yourcenar relata: "La peste viajaba sin apresurarse, al toque de las campanas, como una emperatriz. Inclinada sobre el vaso del bebedor, apagando la vela del sabio sentado entre sus libros, ayudando a la misa junto al sacerdote, escondido como una pulga en la camisa de las mujeres de vida alegre…". En “Muerte en Venecia”, de Thomas Mann, un hombre otoñal y apestado reflexiona frente al mar en su soledad y en ese nuevo amor que lo revive.
Libro capital del tema es “Diario del año de la peste” de Daniel Defoe, sobre la plaga que dejó más de 100.000 víctimas en Londres en 1565. El relato ficticio que cuestiona la indolencia de autoridades, médicos y personas sanas, dice: “Esta manera de morir se parecía mucho a la gente que moría de la gangrena común, que se desvanecía y se iba, por decirlo así, en un sueño…”. Con más hospitales para apestados, más remedios y personal capacitado, el número de muertos habría sido menor, dice Defoe.
Una de las novelas fundamentales del siglo XX, “La peste” de Albert Camus, relato cumbre, más que documento médico, es pretexto literario para pintar el caos social del totalitarismo en la Post Segunda Guerra Mundial. Orán (África), invadida de ratas, es alegoría de la resistencia francesa contra la ocupación nazi y seria reflexión existencial: “El bacilo de la peste nunca muere o desaparece completamente. Puede permanecer durmiente durante docenas de años en muebles o ropas… espera pacientemente en cuartos, sótanos, baúles, pañuelos y viejos papeles y quizás llegue el día en que, para instrucción o desgracia de la humanidad, la peste despierte sus ratas y las envíe a morir en alguna ciudad, satisfecha”.
En el siglo XIX, apogeo del terror victoriano, millones de ratas propagan la peste. “Drácula” de Bram Stoker y toda la literatura gótica, representan la sublimación literaria de las mortandades que despoblaron a Europa. El buen conde con su ejército de ratas, moscas, arañas, murciélagos y lobos, su niebla letal y sus eróticas mordeduras que producían anemia aguda, es un asesino menos peligroso que aquellos vectores o medios de contagio del terrible mal. Igual, son menos terroríficos “La máscara de la muerte roja” de Edgar Allan Poe, textos de Lovecraft y otros autores, inspirados en la mortandad pestilencial.
El mismo trasfondo tienen “La dama de las camelias” de Alejandro Dumas hijo, “La peste escarlata” de Jack London, “Una letanía en tiempos de la plaga” de Thomas Nashe, “La plaga” de Ann Benson, “Enfermedades ficticias de la moderna Inglaterra” de Margaret Healy, “Perorata del apestado” de Gesualdo Bufalino, “Ensayo sobre la ceguera” de José Saramago -que no es ensayo sino una novela sobre una extraña pérdida colectiva de la visión en una ciudad-, “La loca de la casa” de Rosa Montero -narración aterradora sobre la peste de 1348-. Gabriel García Márquez con “El amor en los tiempos del cólera” se sitúa en la epidemia de 1849 en Cartagena y asevera que no “hay cosa más parecida a un enfermo de cólera que un enfermo de amor”.
Tomás Carrasquilla muestra al trasluz, plagas de la población colombiana en el siglo XIX; ejemplo: “En la diestra de Dios Padre”, con el cúmulo de “lisiaos y leprosos” a quienes Peralta habilita varias casas. Cuando la Muerte es secuestrada: “vinieron las virgüelas castellanas; vino el sarampión y la tos ferina; vino la culebrilla, y el dolor de costao, y el descenso y el tabardillo, y nadie se moría. Vinieron las pestes en toítos los animales: pues tampoco se morían”. Y después, “los dijuntos parecían gusanos de cosecha, y ni an los enterraban, sino que los hacían una montonera, y ai medio los tapaban con tierra”. Por lo demás, padecieron la peste: Baudelaire, Whitman, Bécquer, Lord Byron, Kafka y Erasmo de Rótterdam, entre otros artistas.
Pandemias: ¿no futuro?
Según la Organización Mundial de la Salud, en el siglo XX hubo influenzas epidémicas y pandémicas como la Gripa española de 1918-19 que mató a 30 millones de personas en 16 semanas, entre 1957-58 murieron 750.000 por gripa asiática en el mundo, entre 1968-69 la gripa de Hong Kong causó 700.000 muertes y en los últimos años del siglo XX y primeros del XXI, hay cifras menores de muertos por influenzas, más de 400 de ellos por el virus A (H1N1), y subsisten, en promedio, 2.600 casos de peste al año, en zonas de poca higiene del mundo. Entre 300 y 500 millones de personas enferman de malaria al año (1% de ella muere), el sida afecta a cerca de 50 millones de seres humanos en el mundo, suben de mil las muertes por Síndrome Respiratorio Agudo Severo (SARS), la viruela es una de la peores armas de laboratorio, persisten la encefalopatía espongiforme bovina (mal de las vacas locas), el cólera, dengue, malaria, ébola, hepatitis B y C, etc.
La humanidad actual, testigo del mayor avance científico, ya no espera novelas que registren a posteriori el paso letal de las pestes, sino nobles esfuerzos que aseguren al hombre una vida digna.
 



Arriba

[ Editorial | Debate | Opinión | Monitoreo | Generales | Columna Jurídica | Cultural | Breves ]

COPYRIGHT © 2001 Periódico El PULSO
Prohibida su reproducción total o parcial, así como su traducción a cualquier idioma sin autorización escrita de su titular
. Reproduction in whole or in part, or translation without written permission is prohibited. All rights reserved