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El cambio estructural y profundo que Colombia reclama para
el sistema de salud es más urgente en este momento,
cuando nuevos y peligrosos síntomas se añaden
a la crisis vivida de tiempo atrás. Se trata del
momento catastrófico por el cual atraviesa el régimen
subsidiado, más visible ahora a partir de la unificación
de los planes de beneficios de los regímenes contributivo
y subsidiado, y cristalizado en la insolvencia creciente
de las EPS que operan en el sector, y de las causales de
disolución y liquidación en que van entrando
paulatinamente. El fantasma de una intervención global
es cada vez más real, sin duda, ese régimen
está herido de muerte.
Ante esta realidad, urge que el Estado dé un timonazo
en uno de dos sentidos posibles: o acaba de una vez el modelo
de aseguramiento con intermediación privada e instaura
un aseguramiento público fuertemente regulado y con
controles que le den un blindaje contra la corrupción,
o elimina el régimen subsidiado con sus EPS, unificando
la operación del aseguramiento, dentro de un esquema
territorializado. Si el giro directo a IPS ya va en un orden
del 60%, hay quienes plantean que no se necesitan EPS en
el régimen subsidiado.
La crisis que tiene al sistema al borde del colapso tiene
muchos componentes, analizados en estas páginas y
en multitud de espacios. Pero vale la pena reflexionar brevemente
sobre la parte que corresponde al régimen subsidiado,
cuyo peso es determinante en la estructura de financiación.
El monto de los recursos que maneja el subsidiado y el tamaño
de la población que atiende son motivos suficientes
para volver la mirada sobre él, ninguna solución
radical al desorden del sistema puede soslayar este punto.
En efecto, en este régimen se mueven alrededor de
$7 billones y su población objeto es de 25 millones
de personas. Entonces, ahora que empieza a operar la unificación
de planes de beneficios, el incremento del gasto en salud
será considerable, por el impacto sobre los recobros
de medicamentos y servicios, por un posible aumento de la
UPC o prima que siguen reclamando las aseguradoras -alegando
su insuficiencia-, amén de eso que sigue constituyendo
un ingente costo fijo, cada día es más oneroso
para las arcas del Estado: la creciente corrupción,
vena rota del sistema de salud que ningún gobierno
y ningún ente de control ha sido capaz de cerrar.
Para resolver la crisis del régimen subsidiado, tenemos
que ratificar las soluciones de tipo macro que en general
el sistema de salud requiere: la necesidad de centrar el
cambio en el ciudadano, invocando el derecho fundamental
a la salud, por ende la urgencia de una reforma con rostro
humano que rescate la salud como servicio público
a cargo del Estado, una revolución total por el mejoramiento
de los determinantes sociales (alimentación y nutrición,
salud sexual y materna, hábitos saludables, auto-cuidado,
entorno favorable a la salud mental, agua potable, sanidad
ambiental, etc.), justicia social para bajar los altos índices
de pobreza y elevar el empleo formal como forma de acrecer
la base de cotización al régimen contributivo
-el cual podría ser régimen único-
y adopción radical de la estrategia de Atención
Primaria en Salud y de una política pública
estricta de promoción y prevención. Esta revolución
es lo único que puede suprimir la necesidad de un
régimen subsidiado; una política agresiva
de promoción y prevención reducirá
drásticamente la carga de enfermedad, el asistencialismo
perderá su razón de ser. Cambiemos ese deshonroso
puesto, entre los países con mayor gasto en salud,
por un puesto al menos decoroso entre los países
con una población más sana.
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