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Tres veces más pequeño
en extensión que Colombia, tres veces más grande
en población, Japón es infinitamente superior
en progreso humano y espiritual a muchísimos países
del mundo. En el país donde nace el sol,
en la tierra sagrada del samurai -más que un guerrero
el que sirve, el servidor-, la medicina está
impregnada del humanismo oriental y concibe la atención
en salud como tributo permanente a cada persona.
El conjunto de valores de la cultura nipona, aplicados a la
atención en salud, lo pudo apreciar in situ un grupo
de médicos especialistas del Hospital Universitario
San Vicente Fundación de Medellín, durante pasantías
en centros asistenciales de Japón entre 2009 y 2012.
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Son
los doctores Norman Harold Machado, de Imaginología,
y de Medicina Física y Rehabilitación, la jefe
Diana Molina y los doctores Ariel Ramsés López,
Néstor Raúl Buitrago y Juan Carlos Parra, en un
programa paralelo con el Proyecto de Fortalecimiento del Sistema
de Rehabilitación Integral de Personas con Discapacidad,
especialmente víctimas de Minas Antipersona y Munición
sin Explotar (MUSE). Esta iniciativa la coordina la Agencia
Japonesa de Cooperación Internacional -JICA- y se complementa
con la donación de equipos de rehabilitación al
Hospital, por parte de la Embajada Japonesa. |
Los
especialistas del Hospital resumieron así los valores
de la cultura japonesa aplicables a la atención en salud:
1) Respeto por la vida: cada persona es sagrada y los recursos
naturales son parte de la vida. 2) Respeto y gratitud por los
ancianos, dentro de una sociedad incluyente. 3) Prevención
a todo nivel. 4) Actitud de servicio permanente. 5) Atención
centrada en el paciente, con metas precisas de rehabilitación
en la readaptación familiar, laboral y social. 6) Primacía
de los intereses colectivos: mediante el trabajo en equipo,
cada quien entiende su papel en bien del paciente, con la meta
de devolverlo a la sociedad lo más pronto posible, con
los mayores niveles de auto-cuidado, de independencia y autonomía.
7) Comunicación constante en todo momento y lugar, desde
el saludo vigoroso hasta la reducción de la brecha entre
el tratamiento médico y el bienestar social, pasando
por las fases de informar, comunicar, consultar y confirmar
los datos alusivos al paciente, pautas para una vida ordenada
y la norma de nunca perder la sonrisa.
El paciente siempre tiene la razón
De las charlas de los médicos pasantes del Hospital
en Japón, se extrae un catálogo de valores de
la cultura japonesa aplicables a la atención médica,
los cuales giran alrededor del mismo código humanista.
El honor es compendio de los demás valores y se expresa
en actitudes como ésta: Yo no permito que otros
hagan por mí lo que yo puedo hacer por mí.
La honestidad, uno de los principios mayores, alberga pautas
esenciales de comportamiento. Y ocupan lugar importante la inclusión
social: el individuo nace incluido; y la independencia, el respeto
por los sentimientos del otro, el amor a la patria y la salud
como un concepto integral que integra el cuerpo y la mente. |
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El honor es compendio
de los demás
valoresjaponeses aplicados en salud, y se expresa
en actitudes como ésta: Yo no permito que otros
hagan por mí lo que yo puedo hacer por mí.
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Una
medicina centrada en el paciente, como es la del Japón,
concibe un largo y apostólico proceso de medicina física
y rehabilitación, indicó Juan Carlos Parra, especialista
en esta área: El camino parte del diagnóstico
y valoración de la discapacidad y continúa con
la atención médica, rehabilitación y recuperación
funcional, capacitación en las faenas cotidianas, entrenamiento
para la vida independiente, y rehabilitación escolar
y laboral. El equipo de rehabilitación médica
es un buen ejemplo de trabajo interdisciplinario orientado al
bienestar global del enfermo: consta de médico tratante,
enfermero, psicólogo, trabajador social, fisioterapista,
tiflólogo, entre otros profesionales, e integra también
al paciente y a su familia, los cuales tienen roles indispensables.
El terapista ocupacional Néstor Raúl Buitrago,
indicó: En Japón existen 38 perfiles ocupacionales,
a diferencia de 4 que tenemos en Colombia; incluyen médicos,
enfermeros, trabajadores informales, operarios diversos, músicos,
acupunturistas, operadores de call center, escribientes, periodistas,
abogados, entre otros, todos ellos protegidos por el Estado.
Estas premisas explican en parte por qué los japoneses
ostentan un índice promedio de esperanza de vida de 81.26
años. |
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| Salud y valores culturales japoneses |
Lo aprendido por
los profesionales colom-bianos es parte de un legado cultural
milena-rio. Ahí se inscribe el
lo elegante, lo distinguido, sin arrogancia, el principio de
la sobriedad japo-nesa, rasgo cultural y parámetro de
salud mental colectiva. Esta virtud está igual en una
Geisha, bella y elegan-te, pero sin la intención de destacar;
en la arquitectura de van-guardia japonesa; en las novelas de
Haruki Murakami; en el sushi y en la austeridad de la vida doméstica. |
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| Los interiores de
las casas del Japón son elegantes pero discretos y funcionales,
honran el principio del respeto extremo por el espacio de cada
quien, de la colectividad y de cada cosa material. Esto crea
un entorno propicio a la salud física y mental de la
familia, y se impone por la necesidad de economía espacial,
ante la altísima densidad de población, especialmente
en metrópolis como Tokyo, la más grande del Asia;
allí viven permanentemente 12 millones de personas, pero
hacia ella se desplazan más de 40 millones todos los
días para trabajar. |

Lo elegante,
lo distinguido, sin arrogancia,
el principio de la sobriedad japonesa,
rasgo cultural y parámetro de
salud mental colectiva.
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Curiosamente, en Japón
se evitan el número cuatro y nueve, los cuales significan
muerte y sufrimiento respectivamente; por ello, en los hospitales
no hay salas números 4 ó 9. Otro agüero japonés,
contrario a Occidente, se refiere a la sal: lo que en Occidente
es de mal presagio, en Japón es símbolo de buena
suerte; los sitios comerciales suelen poner sal en la entrada,
y en los velorios se acostumbra bañar con ella a los
visitantes para purificarlos. Así, la actitud saludable
del nipón se sale del yo y se preocupa por
el tú.
La cultura nipona no es del todo tradicional ni del todo moderna,
ni excluye por completo lo occidental para reivindicar lo oriental.
Sus valores son hoy una síntesis de todo ello, en bien
del respeto a unos principios claros y definidos. La medicina
ancestral japonesa, llamada Kampo, es una adaptación
de la medicina china tradicional, llegada entre los siglos VII
y IX, funciona a base de hierbas y diagnóstico médico;
incluye la acupuntura, no incorpora parte alguna del cuerpo
humano, ni de los animales (para evitar la crueldad hacia ellos),
propia de la medicina tradicional china. Como lo advirtieron
los médicos del Hospital, pasantes en Japón, este
conjunto de valores orientales no se puede trasplantar mecánicamente
a Colombia, pero sí es posible asimilar la experiencia
acorde con nuestra realidad e invocando el principio humanista
universal.
En Colombia, con 9.844 víctimas de minas antipersona
y de munición sin explotar entre 1990 y abril de 2012,
38% de ellas civiles y 62% de la fuerza pública, nuestro
sentido humanitario sigue a prueba. |
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| Japón: la familia del
sol naciente |
| Bien se ha dicho: Japón
no es un país, es una familia. La cultura japonesa es
única en el mundo, talvez la menos parecida a las demás,
debido a que Japón se mantuvo aislado del mundo por más
de 200 años. En Japón se hace algo distinto sólo
cuando se puede hacer mejor. El japonés de hoy aspira
a reflejar el legado de su ancestro samurai, que fue durante
siglos la clase social con más poder en Japón,
regida por el bushido, código de conducta influido por
el confucionismo y el budismo zen, y que le permitía
guerrear conservando el humanismo. Los samurais se cortaban
el abdomen con la espada si fracasaban en el combate (Hara Kiri).
Ello explica los numerosos suicidios de personas que hoy en
día prefieren morir a deshonrar a la familia. Se dice
que es tan frecuente el método de tirarse al tren, que
hay equipos especiales en los ferrocarriles para remover los
cadáveres. |
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Japón,
o cómo pensar en el otro
Juan Fernando Velásquez,
médico especialista en cuidado paliativo del Hospital
Universitario de San Vicente Fundación, y quien trabaja
mitigando el sufrimiento de los pacientes con enfermedades avanzadas,
también visitó el Japón, pero no en pasantía,
sino para cumplir el sueño que tenía de conocer
un pueblo que ha admirado siempre.
Él declaró a EL PULSO:
La salud no se puede desligar de todo un proceso como
pueblo que piensa como comunidad, que tiene identidad; ellos
hacen parte unos de otros. |
| El gran problema de Colombia
es que cada uno hace lo suyo, desligado de la realidad del otro.
Además de la honestidad y del respeto, es valor esencial
la belleza de las cosas sencillas, no la belleza victoriana
de nosotros, recargada y ruidosa; los japoneses la encuentran
en lo vacío, en lo sutil. No se llenan de tanto, y en
épocas de gran adversidad, supieron hacer mucho con poco;
de ahí tendríamos que partir. Con toneladas de
dinamita y TNT que quedaron regadas por toda su tierra, lograron
volver a crecer en menos de 50 años, porque en cada japonés
está su Nación. En los individuos de Colombia,
en cambio, hay miles de Colombias diferentes. En la recuperación
del tsunami, veo un ejemplo muy claro del país que dijo:
Está bien que nos puedan ayudar, pero nosotros
podemos valernos por nosotros mismos. Por eso, ya se recuperaron
y mejoraron en menos de dos años, así haya falencias
en los reactores nucleares, pero no en infraestructura. En Colombia
vivimos las olas invernales y no hemos recuperado nada, antes
hemos perdido, por pensar cada quien en su propio lucro. |
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Japón, en suma
es una
cultura del amor, la antítesis del odio.
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Anotó que a pesar de la
amenaza de terremoto constante (en Tokio tiembla dos y tres
veces diarias), los nipones pueden vivir; su tierra es tres
o cuatro veces menor que la nuestra y en ella viven entre 130-140
millones de habitantes; sólo en Tokio, con cerca de la
misma área de Medellín y el Área Metropolitana,
hay 30 millones de personas, y no tienen nuestros índices
de violencia, agresividad y accidentalidad. Los japoneses
son seres sensibles ante el otro, que ejercitan una actitud
humanista y conciliadora con su realidad. En última instancia,
el país no es la tierra ni la riqueza, sino la gente
que lo habita, concluyó el doctor Velásquez.
Cultura de la vergüenza
Una extraña variante del sentido de honorabilidad
japonés es la llamada cultura de la vergüenza,
propia de los japoneses; explica por qué en un sondeo
de televisión con nativos y extranjeros, de 30 transeúntes
abordados, dos tercios de los japoneses (24 personas) lo rechazaron
y sólo 6 aceptaron salir en el programa. Con los extranjeros
ocurrió al contrario: dos tercios de ellos accedieron
a la entrevista. Por el mismo rasgo, los japoneses no suelen
alegrarse ante las alabanzas; en otro sondeo, la mayoría
de los entrevistados respondió ante los elogios: "No
es cierto" o "No creo". La buena letra es otro
rasgo cultural japonés asociado a la antigua tradición
artística de caligrafía y dibujo; en ellos reflejan
su carácter los japoneses, quienes creen que la letra
escrita a máquina no es sincera.
En Japón es normal que la identidad de la empresa esté
por encima de la del trabajador. Es una sociedad colectivista,
distinta de la estadounidense que es individualista.
Por ello, las tarjetas de visita traen primero el nombre de
la empresa, segundo el del departamento o dependencia y tercero
el de la persona. Otra curiosidad del mundo laboral nipón
es que las huelgas son al revés de las nuestras: los
obreros trabajan el doble para dar pérdidas a la empresa,
por efecto de una gran oferta de productos que muchas veces
hay que desechar por falta de demanda suficiente.
La gran puntualidad se aprecia tanto en la llegada de las personas
a las citas con mucha anticipación, como en el arribo
de buses y trenes, horarios de oficina, etc. La honradez también
es proverbial: un señor encontró 8'700.000 yenes
(unos 82.000 euros) y objetos personales, en su restaurante
de Osaka, sin ningún dato de su dueño. Llamó
a la policía, que averiguó si se reportó
algún robo por ese monto, después anunció
el hallazgo durante dos semanas, guardó la plata 6 meses
y al no aparecer el propietario, entregó el dinero a
quien lo encontró; y así suele suceder en casos
similares. Japón, en suma es una cultura del amor, la
antítesis del odio, eso que para Haruki Murakami es una
sombra negra y alargada. |
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En Hiroshima, a un millón
de grados centígrados
Hernando
Guzmán Paniagua - Periodista - elpulso@elhospital.org.co
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(Fragmentos del
reportaje de García Márquez al sacerdote jesuita
Pedro Arrupe, testigo presencial de la devastación de
Hiroshima por la bomba atómica el 6 de agosto de 1945).
Cuenta el padre Arrupe (rector del noviciado de la Compañía
de Jesús en Hiroshima), que la población civil
estaba preparada para cualquier emergencia
Mientras Tokio,
la capital, había sido devastada en gran parte por los
constantes bombardeos, Hiroshima era una gigantesca ciudad intacta,
con casas construidas de madera liviana para disminuir el constante
riesgo de los terremotos
A pesar de que nunca había
padecido un bombardeo, la población de Hiroshima, severamente
disciplinada, se precipitaba a los refugios cada vez que sonaban
las sirenas de alarma
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Hiroshima convertida en desierto
atómico.
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El antiguo rector
del noviciado de Hiroshima
recuerda aquel instante particularmente
por el silencio. Transcurrieron más de diez minutos después
del relámpago, sin que se hubiera dado cuanta de que
la ciudad estaba en llamas
Gente humilde de las aldeas vecinas trataban de llegar al centro
de la catástrofe. Pero era imposible. Las enormes llamaradas
de más de un ciento de metros de altura impedían
el acceso a la ciudad. Antes del medio día comenzaron
a desarrollarse fantásticos fenómenos atmosféricos
Terremoto de laboratorio
Primero fue la lluvia. Un violento aguacero se desplomó
sobre la ciudad y extinguió las llamas en menos de una
hora. Después un tremendo huracán que condujo
por el aire enormes troncos de árboles calcinados, ruedas
de vehículos, animales muertos y toda clase de escombros.
Por encima de las cabezas de los sobrevivientes, pasaron a considerable
altura, volando, impulsados por el huracán, los destrozos
de la catástrofe. En aquel instante fueron aterradores,
pero en la actualidad aquellos fenómenos están
perfectamente explicados: la condensación del vapor provocada
por la inconcebible elevación de la temperatura -que
se ha calculado en un millón de grados centígrados-
fue el origen de la lluvia torrencial. El vacío, la descompensación
producida por la violenta absorción, dio origen al huracán
apocalíptico que contribuyó a agravar la confusión
y el terror.
Las primeras victimas
El primer contacto que tuvo el padre Arrupe con las
victimas de la catástrofe fue la visión de tres
mujeres jóvenes abrazadas, que con el cuerpo en carne
viva surgieron de los escombros. Entonces comprendió
que no se trataba de un incendio corriente: el cabello de las
victimas se desprendía con extrema facilidad y en pocas
horas la ciudad había sido destruida por completo y sus
habitantes reducidos a una confusa multitud de cadáveres
y moribundos ambulantes. Se ignoraba cuales debían ser
los primeros auxilios en aquel caso. No eran quemaduras corrientes
En Hiroshima había 260 médicos; 200 murieron instantáneamente
a causa de la explosión. La mayoría de los restantes
quedó herida. Los muy pocos sobrevivientes -entre ellos
el padre Arrupe, graduado en medicina- no disponían de
ningún elemento para auxiliar a las víctimas.
Las farmacias, los depósitos de drogas, habían
desaparecido bajo los escombros. Y aún en el caso de
que se hubieran dispuesto de elementos, se ignoraba por completo
que clase de tratamiento debía aplicarse a las víctimas
de aquella monstruosa explosión
El antiguo rector del noviciado de Hiroshima dice que en la
ciudad no hubo pánico el 6 de agosto de 1945. La población
recibió la catástrofe con su indolente fanatismo
oriental. Los sobrevivientes se desplazaron hacía el
agua, no en busca de refrigeración -que es una creencia
generalizada-, sino en busca de un lugar donde estuvieran a
salvo de las llamas.
Hoy
La recuperación moral de Hiroshima fue casi inmediata.
Al día siguiente de la catástrofe empezaron a
recibirse auxilios de las ciudades vecinas. Durante seis días
cada sobreviviente recibió una escudilla con 150 gramos
de arroz. La fortaleza moral del pueblo fue superior a la bárbara
y despiadada experiencia atómica. En menos de una semana
se cremaron los cadáveres, se organizó a los sobrevivientes,
se improvisaron hospitales y se identificó a los millares
de niños que se quedaron a la deriva. A fines de ese
año la ciudad estaba rudimentaria pero totalmente reconstruida.
Los escombros habían sido removidos y las casas fabricadas
de nuevo con latas de conserva, papel periódico y desperdicios
de la catástrofe. Desde el trágico seis de agosto
hasta el momento actual, ha sido reconstruida tres veces. La
segunda vez fue de madera. En la actualidad, y en virtud de
una ley japonesa que ordena sea construida en concreto toda
casa con más de dos plantas, la ciudad está completamente
modernizada, y tiene la calle más ancha del mundo: más
de cien metros. Pero para transitar por esa calle hacen falta
las 240.000 personas que murieron en la explosión. |
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