DELLÍN,   COLOMBIA,   SURAMÉRICA    AÑO 14    No. 168  SEPTIEMBRE DEL AÑO 2012    ISSN 0124-4388      elpulso@elhospital.org.co






 

 

 

Japón: cultura del honor y el
humanismo en la atención en salud

Hernando Guzmán Paniagua - Periodista - elpulso@elhospital.org.co
Tres veces más pequeño en extensión que Colombia, tres veces más grande en población, Japón es infinitamente superior en progreso humano y espiritual a muchísimos países del mundo. En “el país donde nace el sol”, en la tierra sagrada del samurai -más que un guerrero “el que sirve, el servidor”-, la medicina está impregnada del humanismo oriental y concibe la atención en salud como tributo permanente a cada persona.
El conjunto de valores de la cultura nipona, aplicados a la atención en salud, lo pudo apreciar in situ un grupo de médicos especialistas del Hospital Universitario San Vicente Fundación de Medellín, durante pasantías en centros asistenciales de Japón entre 2009 y 2012.
Son los doctores Norman Harold Machado, de Imaginología, y de Medicina Física y Rehabilitación, la jefe Diana Molina y los doctores Ariel Ramsés López, Néstor Raúl Buitrago y Juan Carlos Parra, en un programa paralelo con el Proyecto de Fortalecimiento del Sistema de Rehabilitación Integral de Personas con Discapacidad, especialmente víctimas de Minas Antipersona y Munición sin Explotar (MUSE). Esta iniciativa la coordina la Agencia Japonesa de Cooperación Internacional -JICA- y se complementa con la donación de equipos de rehabilitación al Hospital, por parte de la Embajada Japonesa.
Los especialistas del Hospital resumieron así los valores de la cultura japonesa aplicables a la atención en salud: 1) Respeto por la vida: cada persona es sagrada y los recursos naturales son parte de la vida. 2) Respeto y gratitud por los ancianos, dentro de una sociedad incluyente. 3) Prevención a todo nivel. 4) Actitud de servicio permanente. 5) Atención centrada en el paciente, con metas precisas de rehabilitación en la readaptación familiar, laboral y social. 6) Primacía de los intereses colectivos: mediante el trabajo en equipo, cada quien entiende su papel en bien del paciente, con la meta de devolverlo a la sociedad lo más pronto posible, con los mayores niveles de auto-cuidado, de independencia y autonomía. 7) Comunicación constante en todo momento y lugar, desde el saludo vigoroso hasta la reducción de la brecha entre el tratamiento médico y el bienestar social, pasando por las fases de informar, comunicar, consultar y confirmar los datos alusivos al paciente, pautas para una vida ordenada y la norma de “nunca perder la sonrisa”.
El paciente siempre tiene la razón
De las charlas de los médicos pasantes del Hospital en Japón, se extrae un catálogo de valores de la cultura japonesa aplicables a la atención médica, los cuales giran alrededor del mismo código humanista. El honor es compendio de los demás valores y se expresa en actitudes como ésta: “Yo no permito que otros hagan por mí lo que yo puedo hacer por mí”. La honestidad, uno de los principios mayores, alberga pautas esenciales de comportamiento. Y ocupan lugar importante la inclusión social: el individuo nace incluido; y la independencia, el respeto por los sentimientos del otro, el amor a la patria y la salud como un concepto integral que integra el cuerpo y la mente.
El honor es compendio de los demás
valoresjaponeses aplicados en salud, y se expresa
en actitudes como ésta: “Yo no permito que otros
hagan por mí lo que yo puedo hacer por mí”.
Una medicina centrada en el paciente, como es la del Japón, concibe un largo y apostólico proceso de medicina física y rehabilitación, indicó Juan Carlos Parra, especialista en esta área: “El camino parte del diagnóstico y valoración de la discapacidad y continúa con la atención médica, rehabilitación y recuperación funcional, capacitación en las faenas cotidianas, entrenamiento para la vida independiente, y rehabilitación escolar y laboral. El equipo de rehabilitación médica es un buen ejemplo de trabajo interdisciplinario orientado al bienestar global del enfermo: consta de médico tratante, enfermero, psicólogo, trabajador social, fisioterapista, tiflólogo, entre otros profesionales, e integra también al paciente y a su familia, los cuales tienen roles indispensables”.
El terapista ocupacional Néstor Raúl Buitrago, indicó: “En Japón existen 38 perfiles ocupacionales, a diferencia de 4 que tenemos en Colombia; incluyen médicos, enfermeros, trabajadores informales, operarios diversos, músicos, acupunturistas, operadores de call center, escribientes, periodistas, abogados, entre otros, todos ellos protegidos por el Estado. Estas premisas explican en parte por qué los japoneses ostentan un índice promedio de esperanza de vida de 81.26 años”.
   
Salud y valores culturales japoneses
Lo aprendido por los profesionales colom-bianos es parte de un legado cultural milena-rio. Ahí se inscribe el
lo elegante, lo distinguido, sin arrogancia, el principio de la sobriedad japo-nesa, rasgo cultural y parámetro de salud mental colectiva. Esta virtud está igual en una Geisha, bella y elegan-te, pero sin la intención de destacar; en la arquitectura de van-guardia japonesa; en las novelas de Haruki Murakami; en el sushi y en la austeridad de la vida doméstica.
Los interiores de las casas del Japón son elegantes pero discretos y funcionales, honran el principio del respeto extremo por el espacio de cada quien, de la colectividad y de cada cosa material. Esto crea un entorno propicio a la salud física y mental de la familia, y se impone por la necesidad de economía espacial, ante la altísima densidad de población, especialmente en metrópolis como Tokyo, la más grande del Asia; allí viven permanentemente 12 millones de personas, pero hacia ella se desplazan más de 40 millones todos los días para trabajar.

“Lo elegante,
lo distinguido, sin arrogancia”,
el principio de la sobriedad japonesa,
rasgo cultural y parámetro de
salud mental colectiva.
Curiosamente, en Japón se evitan el número cuatro y nueve, los cuales significan muerte y sufrimiento respectivamente; por ello, en los hospitales no hay salas números 4 ó 9. Otro agüero japonés, contrario a Occidente, se refiere a la sal: lo que en Occidente es de mal presagio, en Japón es símbolo de buena suerte; los sitios comerciales suelen poner sal en la entrada, y en los velorios se acostumbra bañar con ella a los visitantes para purificarlos. Así, la actitud saludable del nipón se sale del “yo” y se preocupa por el “tú”.
La cultura nipona no es del todo tradicional ni del todo moderna, ni excluye por completo lo occidental para reivindicar lo oriental. Sus valores son hoy una síntesis de todo ello, en bien del respeto a unos principios claros y definidos. La medicina ancestral japonesa, llamada “Kampo”, es una adaptación de la medicina china tradicional, llegada entre los siglos VII y IX, funciona a base de hierbas y diagnóstico médico; incluye la acupuntura, no incorpora parte alguna del cuerpo humano, ni de los animales (para evitar la crueldad hacia ellos), propia de la medicina tradicional china. Como lo advirtieron los médicos del Hospital, pasantes en Japón, este conjunto de valores orientales no se puede trasplantar mecánicamente a Colombia, pero sí es posible asimilar la experiencia acorde con nuestra realidad e invocando el principio humanista universal.
En Colombia, con 9.844 víctimas de minas antipersona y de munición sin explotar entre 1990 y abril de 2012, 38% de ellas civiles y 62% de la fuerza pública, nuestro sentido humanitario sigue a prueba.
 
Japón: la familia del sol naciente
Bien se ha dicho: Japón no es un país, es una familia. La cultura japonesa es única en el mundo, talvez la menos parecida a las demás, debido a que Japón se mantuvo aislado del mundo por más de 200 años. En Japón se hace algo distinto sólo cuando se puede hacer mejor. El japonés de hoy aspira a reflejar el legado de su ancestro samurai, que fue durante siglos la clase social con más poder en Japón, regida por el bushido, código de conducta influido por el confucionismo y el budismo zen, y que le permitía guerrear conservando el humanismo. Los samurais se cortaban el abdomen con la espada si fracasaban en el combate (Hara Kiri). Ello explica los numerosos suicidios de personas que hoy en día prefieren morir a deshonrar a la familia. Se dice que es tan frecuente el método de tirarse al tren, que hay equipos especiales en los ferrocarriles para remover los cadáveres.
Japón, o cómo pensar en el otro
Juan Fernando Velásquez, médico especialista en cuidado paliativo del Hospital Universitario de San Vicente Fundación, y quien trabaja mitigando el sufrimiento de los pacientes con enfermedades avanzadas, también visitó el Japón, pero no en pasantía, sino para cumplir el sueño que tenía de conocer un pueblo que ha admirado siempre.
Él declaró a EL PULSO: “La salud no se puede desligar de todo un proceso como pueblo que piensa como comunidad, que tiene identidad; ellos hacen parte unos de otros.
El gran problema de Colombia es que cada uno hace lo suyo, desligado de la realidad del otro. Además de la honestidad y del respeto, es valor esencial la belleza de las cosas sencillas, no la belleza victoriana de nosotros, recargada y ruidosa; los japoneses la encuentran en lo vacío, en lo sutil. No se llenan de tanto, y en épocas de gran adversidad, supieron hacer mucho con poco; de ahí tendríamos que partir. Con toneladas de dinamita y TNT que quedaron regadas por toda su tierra, lograron volver a crecer en menos de 50 años, porque en cada japonés está su Nación. En los individuos de Colombia, en cambio, hay miles de Colombias diferentes. En la recuperación del tsunami, veo un ejemplo muy claro del país que dijo: “Está bien que nos puedan ayudar, pero nosotros podemos valernos por nosotros mismos”. Por eso, ya se recuperaron y mejoraron en menos de dos años, así haya falencias en los reactores nucleares, pero no en infraestructura. En Colombia vivimos las olas invernales y no hemos recuperado nada, antes hemos perdido, por pensar cada quien en su propio lucro”.
Japón, en suma es una
cultura del amor, la antítesis del odio.
Anotó que a pesar de la amenaza de terremoto constante (en Tokio tiembla dos y tres veces diarias), los nipones pueden vivir; su tierra es tres o cuatro veces menor que la nuestra y en ella viven entre 130-140 millones de habitantes; sólo en Tokio, con cerca de la misma área de Medellín y el Área Metropolitana, hay 30 millones de personas, y no tienen nuestros índices de violencia, agresividad y accidentalidad. “Los japoneses son seres sensibles ante el otro, que ejercitan una actitud humanista y conciliadora con su realidad. En última instancia, el país no es la tierra ni la riqueza, sino la gente que lo habita”, concluyó el doctor Velásquez.
Cultura de la vergüenza
Una extraña variante del sentido de honorabilidad japonés es la llamada “cultura de la vergüenza”, propia de los japoneses; explica por qué en un sondeo de televisión con nativos y extranjeros, de 30 transeúntes abordados, dos tercios de los japoneses (24 personas) lo rechazaron y sólo 6 aceptaron salir en el programa. Con los extranjeros ocurrió al contrario: dos tercios de ellos accedieron a la entrevista. Por el mismo rasgo, los japoneses no suelen alegrarse ante las alabanzas; en otro sondeo, la mayoría de los entrevistados respondió ante los elogios: "No es cierto" o "No creo". La buena letra es otro rasgo cultural japonés asociado a la antigua tradición artística de caligrafía y dibujo; en ellos reflejan su carácter los japoneses, quienes creen que la letra escrita a máquina no es sincera.
En Japón es normal que la identidad de la empresa esté por encima de la del trabajador. Es una sociedad “colectivista”, distinta de la estadounidense que es “individualista”. Por ello, las tarjetas de visita traen primero el nombre de la empresa, segundo el del departamento o dependencia y tercero el de la persona. Otra curiosidad del mundo laboral nipón es que las huelgas son al revés de las nuestras: los obreros trabajan el doble para dar pérdidas a la empresa, por efecto de una gran oferta de productos que muchas veces hay que desechar por falta de demanda suficiente.
La gran puntualidad se aprecia tanto en la llegada de las personas a las citas con mucha anticipación, como en el arribo de buses y trenes, horarios de oficina, etc. La honradez también es proverbial: un señor encontró 8'700.000 yenes (unos 82.000 euros) y objetos personales, en su restaurante de Osaka, sin ningún dato de su dueño. Llamó a la policía, que averiguó si se reportó algún robo por ese monto, después anunció el hallazgo durante dos semanas, guardó la plata 6 meses y al no aparecer el propietario, entregó el dinero a quien lo encontró; y así suele suceder en casos similares. Japón, en suma es una cultura del amor, la antítesis del odio, eso que para Haruki Murakami es “una sombra negra y alargada”.
 
Ocioso lector
 
En Hiroshima, a un millón
de grados centígrados
Hernando Guzmán Paniagua - Periodista - elpulso@elhospital.org.co
(Fragmentos del reportaje de García Márquez al sacerdote jesuita Pedro Arrupe, testigo presencial de la devastación de Hiroshima por la bomba atómica el 6 de agosto de 1945).
Cuenta el padre Arrupe (rector del noviciado de la Compañía de Jesús en Hiroshima), que la población civil estaba preparada para cualquier emergencia… Mientras Tokio, la capital, había sido devastada en gran parte por los constantes bombardeos, Hiroshima era una gigantesca ciudad intacta, con casas construidas de madera liviana para disminuir el constante riesgo de los terremotos… A pesar de que nunca había padecido un bombardeo, la población de Hiroshima, severamente disciplinada, se precipitaba a los refugios cada vez que sonaban las sirenas de alarma…
Hiroshima convertida en desierto atómico.
El antiguo rector del noviciado de Hiroshima… recuerda aquel instante particularmente por el silencio. Transcurrieron más de diez minutos después del relámpago, sin que se hubiera dado cuanta de que la ciudad estaba en llamas…
Gente humilde de las aldeas vecinas trataban de llegar al centro de la catástrofe. Pero era imposible. Las enormes llamaradas de más de un ciento de metros de altura impedían el acceso a la ciudad. Antes del medio día comenzaron a desarrollarse fantásticos fenómenos atmosféricos…
Terremoto de laboratorio
Primero fue la lluvia. Un violento aguacero se desplomó sobre la ciudad y extinguió las llamas en menos de una hora. Después un tremendo huracán que condujo por el aire enormes troncos de árboles calcinados, ruedas de vehículos, animales muertos y toda clase de escombros. Por encima de las cabezas de los sobrevivientes, pasaron a considerable altura, volando, impulsados por el huracán, los destrozos de la catástrofe. En aquel instante fueron aterradores, pero en la actualidad aquellos fenómenos están perfectamente explicados: la condensación del vapor provocada por la inconcebible elevación de la temperatura -que se ha calculado en un millón de grados centígrados- fue el origen de la lluvia torrencial. El vacío, la descompensación producida por la violenta absorción, dio origen al huracán apocalíptico que contribuyó a agravar la confusión y el terror.
Las primeras victimas
El primer contacto que tuvo el padre Arrupe con las victimas de la catástrofe fue la visión de tres mujeres jóvenes abrazadas, que con el cuerpo en carne viva surgieron de los escombros. Entonces comprendió que no se trataba de un incendio corriente: el cabello de las victimas se desprendía con extrema facilidad y en pocas horas la ciudad había sido destruida por completo y sus habitantes reducidos a una confusa multitud de cadáveres y moribundos ambulantes. Se ignoraba cuales debían ser los primeros auxilios en aquel caso. No eran quemaduras corrientes…
En Hiroshima había 260 médicos; 200 murieron instantáneamente a causa de la explosión. La mayoría de los restantes quedó herida. Los muy pocos sobrevivientes -entre ellos el padre Arrupe, graduado en medicina- no disponían de ningún elemento para auxiliar a las víctimas. Las farmacias, los depósitos de drogas, habían desaparecido bajo los escombros. Y aún en el caso de que se hubieran dispuesto de elementos, se ignoraba por completo que clase de tratamiento debía aplicarse a las víctimas de aquella monstruosa explosión…
El antiguo rector del noviciado de Hiroshima dice que en la ciudad no hubo pánico el 6 de agosto de 1945. La población recibió la catástrofe con su indolente fanatismo oriental. Los sobrevivientes se desplazaron hacía el agua, no en busca de refrigeración -que es una creencia generalizada-, sino en busca de un lugar donde estuvieran a salvo de las llamas.
Hoy
La recuperación moral de Hiroshima fue casi inmediata. Al día siguiente de la catástrofe empezaron a recibirse auxilios de las ciudades vecinas. Durante seis días cada sobreviviente recibió una escudilla con 150 gramos de arroz. La fortaleza moral del pueblo fue superior a la bárbara y despiadada experiencia atómica. En menos de una semana se cremaron los cadáveres, se organizó a los sobrevivientes, se improvisaron hospitales y se identificó a los millares de niños que se quedaron a la deriva. A fines de ese año la ciudad estaba rudimentaria pero totalmente reconstruida. Los escombros habían sido removidos y las casas fabricadas de nuevo con latas de conserva, papel periódico y desperdicios de la catástrofe. Desde el trágico seis de agosto hasta el momento actual, ha sido reconstruida tres veces. La segunda vez fue de madera. En la actualidad, y en virtud de una ley japonesa que ordena sea construida en concreto toda casa con más de dos plantas, la ciudad está completamente modernizada, y tiene la calle más ancha del mundo: más de cien metros. Pero para transitar por esa calle hacen falta las 240.000 personas que murieron en la explosión.
 



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