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El alivio del dolor:
del infierno al paraíso
Hernando
Guzmán Paniagua - Periodista - elpulso@elhospital.org.co
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Aliviar
el dolor nos dio libertad, y al paciente reconciliación
y reintegración. Hay que aliviar el infierno del dolor
para que la experiencia sea más celestial que infernal,
empezando por el estado intermedio del sufrimiento, a la vez
agudo, crónico, humano y sobrehumano, reiterativo y perpetuo.
Dr. Tiberio Álvarez |
| Cuando uno sabe
tanto, a veces se olvida del paciente, planteó
el anestesiólogo Tiberio Álvarez, en el Congreso
de dolor y analgesia regional en el Hospital Universitario
de San Vicente Fundación, el pasado 20 de febrero, y
agregó: Aquí la mayoría de pacientes
que empezamos a ver tenían cáncer, y todos con
la muerte en el horizonte. |
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Nos llevaron a la tanatología,
al cuidado paliativo, a las experiencias cercanas a la muerte,
a la agonía, nos dulcificaron hacia una mirada más
universal pero más humana, sin olvidar lo científico.
Y declaró a EL PULSO: Desde hace muchos años
que trabajo, tengo una libreta con 70 u 80 historias que le
oigo a los pacientes, reflexiones, poemas, personajes difíciles
para ver cómo cambia la historia del dolor y del alivio.
Todos aprendimos muchas cosas, como que el paciente necesita
que lo escuchen, no que lo analicen; que su empatía
le ayuda a transformar esa experiencia cercana a la muerte
en otra que enriquecerá su vida.
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Prosiguió
el médico: Aliviar el dolor nos dio libertad, y
al paciente reconciliación y reintegración. Hay
que aliviar el infierno del dolor para que la experiencia sea
más celestial que infernal, empezando por el estado intermedio
del sufrimiento, a la vez agudo, crónico, humano y sobrehumano,
reiterativo y perpetuo.
Dijo que el paciente tiene que teatralizar su dolor para convencer
y en este punto la mejor obra de teatro es la muerte de Don
Quijote, que llama el cura y al albacea para decir: Porque
quiero dejar constancia de que yo no fui tan loco en la vida....
Anotó: Todos somos Quijotes al final de la vida:
no fui tan loco, tan ateo, tan
quiero morir como yo.
Y explicó: Para Cervantes pasa inadvertido el dolor
al relevar más 'la pesadumbre moral, el sufrimiento psicológico',
en un encantamiento de tornar invisible lo real, así
como muchos hacemos del dolor un elemento esencial de las soluciones
humanas. Hoy la muerte es más bonita, interesante y democrática,
uno muere tranquilo, de acuerdo con su vida y con su cultura,
sin imitar a un mártir o a un santo. |
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El dolor como objeto
de la práctica
médica, de la industria farmacéutica y del mercado
es un fenómeno del siglo XX, antes 'el paciente
siempre estuvo entre paréntesis'.
Dr. Tiberio Álvarez
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Señaló además: Cristo decía:
'Aparta de mí este cáliz
', hoy el cáliz
es la fase terminal en donde todo se combina en 'una desproporción
temporal, emocional y figurativa', como escribió Flaubert
de los espacios fronterizos con la muerte en 'La tentación
de San Antonio'. Esto crea infiernos antes de morir y es nuestra
obligación calmarlos con analgésicos o con sedación,
para superar el desequilibrio y permitir que el paciente muera
como persona. Encontramos médicos o sacerdotes que
no dejan que se calme el dolor al final: ¿Es ético
y justo que alguien sufra y así no pueda reencontrarse
a sí mismo, que es el fin del ámbito existencial?.
Álvarez asoció esto con la cultura española
de la agonía, en la cual muchos pacientes quieren ser
Cristos agonizantes, como forma de pagar purgatorio en la
tierra, olvidando que ello va más con la divinidad
que con la humanidad.
Para el especialista, hoy el dolor no se ve como signo
de elección divina sino como instrumento de indagación,
buscando el equilibrio entre la certeza del dolor que siente
el enfermo y la verdad de la ciencia; en el siglo XIX los
apóstoles son reemplazados por médicos, y el
Cristo o el santo por la investigación científica
en anatomía, patología y anestesia. Así,
'el silencio sustituirá al grito, el decoro a la barbarie
y la delicadeza a la indiferencia', indicó.
Indicó: A fines del siglo XIX León Tolstoi
escribió 'La muerte de Iván Ilich' (1886), quizá
la mejor novela sobre la inconmensurabilidad del dolor como
malestar y donde el sufrimiento es único protagonista.
La vida de Ilich es simple y ordinaria, como las nuestras,
y por tanto, lo más terrible: tiene un dolor, busca
un diagnóstico, después no quiere saber qué
tiene sino no tenerlo, aliviar el dolor y vivir como antes.
Añadió que el dolor como objeto de la práctica
médica, la industria farmacéutica y del mercado
es un fenómeno del siglo XX, antes el paciente
siempre estuvo entre paréntesis. Dijo: Aquí
juega también el carisma, gracia, talento o don innato,
que uno lo aumenta frente a tanto trabajo, insomnios, historias
y a veces lágrimas. Y da autoridad cuando hablamos
con un paciente, permite captar su conciencia, sintetizar
significados, articularlos en palabras y llevar a la acción.
A instancias de EL PULSO, el profesional concluyó:
La muerte de 20 o 30 años para acá es
radicalmente distinta de lo que fue en toda la historia de
la humanidad. La idea es yo morir mi propia muerte, no la
del sacerdote, ni la del abogado ni la del médico.
Y anotó que el bien morir de hoy plantea al que se
va, preguntas como éstas: ¿Cómo
quiero que me recuerden mis seres queridos? ¿Qué
legado, regalo o consejo les dejo? ¿Cómo decir
adiós al ser más querido? ¿Con quién
quiero disculparme?.
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Cuidados paliativos inaccesibles
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| Albert
Schweitzer, Premio Nobel de la Paz, quien fundó hospitales
en África para atender a leprosos y otros enfermos,
expresaba: El dolor es el más terrible de los
amos que agobian a la humanidad, más que la propia
muerte. El problema de los cuidados paliativos no sólo
es conceptual, lo más grave es que para la mayoría
de los enfermos no existen. Sólo entre 5 y 10% de los
pacientes que los requieren en América Latina tiene
acceso a ellos, según el Atlas de Cuidados Paliativos,
indicó Roberto Wenk, director del Programa Argentino
de Medicina Paliativa, en su charla sobre Desarrollo
del cuidado paliativo en la región, en el Congreso
de dolor y analgesia regional referido. |
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Precisó:
La mitad de los países de América Latina
no incluyen estos cuidados en sus sistemas de salud, 90% de
ellos se concentran en las grandes ciudades, la mayoría
de las veces en pacientes adultos, generalmente con cáncer.
La especialidad sólo se reconoce en 7 países
de los 20 de América Latina. Hay bajo consumo de opioides
en la región: Argentina 6.3% del consumo adecuado (100%),
Colombia apenas 3.3%, mientras Canadá en 2010 tuvo
un consumo per cápita de opioides de 650 miligramos
de morfina.
Indicó Wenk: La comunidad internacional rechazó
un indicador para Cuidados Paliativos (CP): consumo de morfina
contra el número de muertes por cáncer, que
elaboró en 2013 la OMS, asesorada por la Asociación
Internacional de Lucha contra el Cáncer, por tener
en cuenta sólo el dolor y apenas en cáncer,
de lo cual hay registros deficientes en el mundo. Se propuso,
en cambio, indicadores en 4 áreas: política
sanitaria, educación (porcentaje de escuelas de medicina
que instruyen sobre CP), prestación de servicios, y
suministro y consumo de medicamentos (incluyendo número
de droguerías autorizadas que los dispensan). Esto
coincide con el criterio de la OMS: el CP tiene relación
directa con esas 4 variables. En la tabla es primero Costa
Rica y segundo Chile. En el índice de número
de médicos, proporción nacional de cuidados
paliativos y porcentaje de escuelas de medicina con CP, Colombia
tiene 0.50 de servicios por millón de habitantes, frente
a 4.54 de Cuba, 3.76 de Argentina, 1.06 de Méjico y
0.83 de Ecuador. |
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El dolor
está extendido en la Tierra en
proporción infinitamente más vasta que la
alegría.
Quien crea que no ha sufrido, solamente tiene
que tener un poco de paciencia.
Séneca
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Estimó
el experto que los cuidados paliativos son una necesidad sanitaria
y humanitaria urgente, no se requieren grandes prácticas
ni infraestructuras para brindar una atención con calidad
y equidad, estamos en un momento óptimo para lograrlos,
y citó a Einstein: Si buscas resultados distintos,
no hagas siempre lo mismo.
Y concluyó: Hay que incrementar la educación
sobre cuidados paliativos, jerarquizar y capacitar el rol
del primer nivel en estos cuidados; con buena capacitación,
70% de los pacientes pueden ser atendidos en el primer nivel.
En América Latina el cuidado paliativo ha quedado encapsulado,
se debe mejorar la retribución económica del
personal, reducir la anarquía de los sistemas de salud,
crear programas regionales de Cuidados Paliativos con intervención
de distintos actores y superar la insuficiencia de registros
de datos clínicos en cuidados paliativos.
Por lo visto, falta mucho aún para revertir el paradigma
de Séneca: El dolor está extendido en
la Tierra en proporción infinitamente más vasta
que la alegría. Quien crea que no ha sufrido, solamente
tiene que tener un poco de paciencia. |
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El mejor alivio
para un ser humano
es otro ser humano: Ernesto Sábato |
| Sin ser pesimista,
se puede decir que la historia del hombre es la historia del
dolor y de la lucha contra el sufrimiento. Los analgésicos,
tan comunes en la canasta familiar como el arroz o el maíz,
no los inventaron las EPS, así sea lo único que
recetan; ya en el período Neolítico, hace 9.000
años, el hombre primitivo usaba el frío y el calor,
las plantas y la sangre de animales para calmar el dolor. En
Mesopotamia y en el antiguo Egipto hacían ofrendas a
los dioses y cocían las hojas de mirto para aprovechar
el ácido acetilsalicílico, muchos siglos antes
de que Bayer se adueñara de la aspirina. |
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La guerra al dolor es eterna.
Los sumerios, 400 años A. C. usaban el hulgil o planta
de la alegría; Hipócrates anestesiaba
a sus pacientes con inhalaciones de una esponja de mar empapada
en opio y mandrágora; los egipcios antiguos aplicaban
adormidera, mandrágora y hachís; y los Incas
veneraban la coca como un regalo del hijo del dios sol para
paliar el sufrimiento humano.
Y pasaron milenios antes de que el hombre entendiera que dolor
físico y sufrimiento moral son partes de un mismo mal,
y que el mejor alivio para un ser humano es otro ser
humano, como decía Ernesto Sábato.
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Esta frase la citó el doctor John
Jairo Vargas, especialista en tratamiento del dolor médico
de la Clínica Las Américas en Medellín,
en el Congreso de dolor y analgesia regional en
el Hospital Universitario de San Vicente Fundación
el pasado 20 de febrero, al resaltar el papel de la empatía
entre el médico y el paciente en fase terminal, a partir
de las neuronas -espejo que le permiten a uno
'meterse' en el dolor del otro.
Señaló que los errores en el tratamiento del
dolor y el sufrimiento en pacientes terminales vienen de la
aplicación de 3 paradigmas. El primero es la disociación
mente-cuerpo: Cuando trabajamos con pacientes con dolor
o sufrimiento oncológicos o no oncológicos,
me sorprende el querer ser positivista, científico,
pues el dolor es medible en el paciente, él me puede
decir cómo va, y yo lo intervengo con medicamentos,
bloqueos, etc. El día que me levanto queriendo figurar
y que todo me salga bien, pregunto mucho por el dolor; el
problema es cuando abarco la otra parte del paradigma: el
sufrimiento más de la mente, etéreo. Para enfrentar
el sufrimiento, el espectro biomédico no me sirve,
tengo que usar lo que los cuidados paliativos enseñan:
el espectro bio-psico-social. En vez de intervenir, se trata
de acompañar, implica que yo ya no soy el importante.
Según las últimas investigaciones en neuro-imagenología
funcional, para el cerebro no hay esa división entre
dolor y sufrimiento; ambos, junto con el estrés y el
miedo están en la misma neuro-matriz, viven en la misma
casa.
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Quien se siente
solo y cree que nadie lo quiere,
tiene menor capacidad de producir anticuerpos y esa
debilidad del sistema inmune lo hace más propenso
a dolor, depresión o fatiga. Hay que tener visión
biomédica
pero también bio-psico-social, saber hacer intervenciones
pero también saber acompañar, conocer el dolor
del cuerpo,
pero también saber qué hacer con el sufrimiento.
Dr. John Jairo Vargas
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Y continuó:
El segundo paradigma viene de Ptolomeo, para quien la
tierra era el centro del universo, año 100 después
de Cristo, idea tomada de Aristóteles; en el cielo había
estrellas o esferas quietas, y lo que se movía eran los
planetas conocidos y el sol. Quien tiene dolor se vuelve ptolemaico,
no copernicano: el paciente y quienes están a su lado
empiezan a girar alrededor del dolor y el sufrimiento. No porque
el paciente lo quiera así, es que no tiene opción,
nos volvemos emocionales y si hay algo que lo centre a uno en
sí mismo e impida tener ojos para otra cosa, es la emoción.
El tratamiento en pacientes oncológicos o no oncológicos
es útil si ayuda al paciente, a su familia y a todo el
equipo médico, a mirar hacia fuera, al mundo. No tiene
sentido que yo le baje el dolor de 8 a 5, si el paciente sigue
pensando que está enfermo; tampoco lo tiene aumentar
el consumo de opioides en pacientes con cáncer terminal,
si eso no le ayuda a ampliar la visión de lo que está
viviendo.
Explicó el doctor Vargas el tercer paradigma: Mi
cerebro no está hecho para la anti-empatía, no
tiene neuronas anti-espejo; cuando me comporto de manera anti-empática,
aumento la soledad y el abandono del enfermo. Si hay algo que
aparte de la sensación de ser cuidados a un paciente
o a su familia que sufren, es que el personal de salud les voltee
la espalda, así salga el enfermo con una fórmula,
un bloqueo, un neuro-estimulador a la espalda, lleno de opioides
por todos lados. Quien se siente solo -no solitario que es una
elección- y cree que nadie lo quiere, tiene menor capacidad
de producir anticuerpos y esa debilidad del sistema inmune lo
hace más propenso a dolor, depresión o fatiga.
Mis defensas si yo estoy alegre, están alegres, y si
estoy triste, están tristes. Hay que tener visión
biomédica pero también bio-psico-social, saber
hacer intervenciones pero también saber acompañar,
conocer el dolor del cuerpo, pero también saber qué
hacer con el sufrimiento.
Albert Schweitzer, médico, filósofo, músico,
Premio Nobel de la Paz, sostenía que la civilización
moderna estaba en decadencia por su incapacidad para amar, y
dijo: Todos tenemos que morir. Pero el que yo pueda librarlo
de días de tortura, es para mí un privilegio enorme
y siempre renovado . |
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Medicina
en la pintura
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The Gross Clinic,
de Thomas Eakins
Isabel
Cristina Rueda Calle Comunicadora Corporativa - elpulso@elhospital.org.co |
The Gross Clinic
es una pintura de realismo científico, obra de Thomas
Eakins, un docente de Filadelfia, fotógrafo, pintor y
escultor, ampliamente reconocido en Estados Unidos.
Este tipo de escena reiterativa se debe a que en estos años
la pintura era lo más cercano a una fotografía
a color, la manera más próxima de registrar la
historia y exaltar hechos en beneficio del artista o de quien
encargaba dichas pinturas. A pesar de que estas imágenes
no tienen texto, la mano del artista se encarga de elegir qué
rasgos de la belleza o aspectos de la realidad mostrar. |
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Esta pintura es de
1875. Eakins la realizó sin ser contratado por nadie,
guiado por la pasión que sentía por la medicina,
pensando en que podría ser exhibida en un gran evento
junto a obras de los artistas más prestantes de Filadelfia,
para el centenario de su ciudad. En este cuadro pintó
un momento histórico, gracias a un procedimiento que
el doctor Samuel D. Gross, el más reconocido cirujano
de trauma, había inventado.
¿A quién reconocería Usted como el doctor
Samuel D. Gross? El pintor da predominancia a la luz que ilumina
su frente y rostro, lo que instantáneamente relacionamos
con divinidad o sabiduría. Adicionalmente vemos en su
mano el escalpelo con el que realiza el procedimiento, gesto
que también demuestra las pocas medidas de prevención
de riesgo de infecciones de la época, ya que su mano
está sin guantes y cubierta de sangre. |
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Entre otras personas que participan en la cirugía
se encuentra el anestesiólogo, quien para entonces
se encargaba de mojar un paño con cloroformo y levantarlo
de cuando en cuando, para regular la sedación. Debido
a eso, se logra descifrar dónde estaba la cara del
paciente y se identifica que el otro utensilio quirúrgico
está en la pierna del joven, a quien le realizan un
desbridamiento quirúrgico para tratar la osteomielitis,
una infección en su fémur la cual logran retirar
manualmente esperando por la recuperación del hueso,
previniéndole lo que para la época sería
lo más probable: la amputación de su pierna.
Sentada, a la izquierda cerca al paciente, vemos a una mujer
que se retuerce por la impresión de la cirugía.
¿Quién es ella? Impresionada y vestida de traje
de calle, con una expresión de dolor, es reconocida
como la madre del joven en los textos interpretativos.
Y Eakins se dibuja a sí mismo sosteniendo un lápiz
en la oscuridad de las gradas en el extremo derecho del cuadro
y junto al muro que daría acceso al nivel del procedimiento,
y quien por ser aficionado de la medicina tomó varias
clases con el doctor Gross.
Debido a la especificidad de esta obra y a la cantidad de
sangre que se veía en el cuadro, esta pintura no fue
aceptada para el magno evento en el que quería participar
Eakins; sin embargo fue exhibida en una de las salas médicas
de Jefferson Medical College, donde fue ampliamente criticada
por su crudeza
Referencias
- Libro: Thomas Eakins: Art, Medicine, and Sexuality
in Nineteenth-century Philadelphia http://books. google.com.co/books?id=MDcgIGK0NngC&printsec=frontcover&dq=art+medicine&hl=
en&sa=X&ei=fnEGVKjhE8zHggSZpIJw&ved=0CEMQ6AEwCDgK#v=onepage&q=art%20medicine&f=false
- The Gross Clinic:
http://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/9/9c/EakinsTheGrossClin
ic.jpg
http://en.wikipedia.org/wiki/Samuel_D._Gross
Osteomielitis: http://es.wikipedia.org/wi ki/Osteomielitis
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