DELLÍN,   COLOMBIA,   SURAMÉRICA    AÑO 16    No. 215 AGOSTO   AÑO 2016    ISSN 0124-4388      elpulso@elhospital.org.co






 

 


“No cambio mi infancia por
ninguna otra”: Pintor Ramón Vásquez

Hernando Guzmán Paniagua - Periodista - elpulso@sanvicentefundacion.com

Al menos 29 murales suyos adornan el Palacio de Bellas Artes, la Asamblea de Antioquia, la Universidad de Medellín, la Clínica Cardio Vid, el edificio del Ferrocarril de Antioquia, el Hospital Universitario de San Vicente Fundación y otros sitios de Medellín.
Ramón Vásquez fue un poeta del pincel, en donde juega el niño que siempre llevó dentro. Eterno enamorado de la vida, del arte y de la gente, ni él supo el número de sus obras, limpiaba los pinceles pintando nuevos cuadros. Era feliz enseñando y plasmando al aire libre las obras que vendía, regalaba o tiraba al agua.
Se fue de este mundo en 2015 y nos dejó en compañía de sus gamines, locos, Cristos, Quijotes y paisajes.
Yo nací el 5 de agosto de 1922 en Singo, una vereda muy montañera y alejada de Ituango -dijo hace tiempo a los escritores Javier Gutiérrez y Conrado González-. Recuerdo el paisaje muy hermoso, las chocitas de techo de paja, de piso de barro. Mi padre se llamaba Francisco Vásquez y siempre lo han llamado Quico, era aserrador y construyó prácticamente todo el pueblo. Nos abandonó cuando éramos muy pequeñitos, acusó a mi madre de contrabandista de tabaco, la hizo detener en la cárcel de Ituango, después en El Buen Pastor y se perdió luego”.
“El Perplejo”. Maestro Ramón Vásquez.

Sus hijos, Ramón y Margarita, no conocieron las partidas de bautismo ni la de matrimonio de la mamá, Ana de Jesús Arroyave. Le decían Araminta. “Y así como en El Ventarrón, salimos nosotros de Ituango”, dice citando su óleo de 1975: una madre y sus hijos desplazados por la pobreza y el abandono, tema que revive en Cielo cerrado y El descanso. En Medellín, 1952, a Araminta madre la protegió monseñor Juan Manuel González, rector del Seminario, a los niños el Hospicio de las Hermanas de la Presentación. “Yo, a pesar a todo, no cambio mi infancia por ninguna. ¡Ah bueno que viví!”.
“Gamines, locos y héroes
No concebía arte sin dibujo y enseñó dibujo anatómico a varias generaciones. Pese a ello, refirió: “Una hermanita nos enseñaba los números y yo no era capaz de escribir el uno. Dibújelo, Ramón, verá que es fácil. Ese ‘dibújelo’ me sonó muy lindo y de inmediato cogí la tiza y lo dibujé con facilidadextraordinaria”. Algo le sacó a su mamá.
Vivieron en una casita que les prestó la Sociedad de San Vicente de Paúl, con un bono semanal de 40 centavos, de unas señoras ricas. Una vez, el niño huyó de la casa y armó cambuche en un tubo del acueducto del Morro del Salvador. Fue al río, el agua lo obsesionó: “No sabía nadar y una vez se me fueron el fondo los pantalones”, imploró la caridad, con un talego de harina que le dieron se vistió durante 15 días. En San Cristóbal le recogía el agua a una señora a cambio de un mendrugo, pero una vez la llevó sucia y llena de renacuajos. Nueva huida. “Anduve, pedí, dormí a la intemperie, en el puro Guayaquil. Un verdadero gamín, pero del gamín que admiro y que llevo a mis cuadros. El gracioso, el charlatán, de limpia conciencia, que no es propiamente un antisocial ni un estorbo”. El gamín paisa, Andrajos, Las cometas, La iniciación, La cena de los niños, El gamín futbolista, El vendedor de prensa y otros, confirman sus palabras.
Su instrucción, dice, “fue precaria, desordenada, carente de toda firmeza y método”. Doce años en primaria, la aritmética le daba dolor de cabeza, mal en gramática.

"Medellín actual", muestra iglesias, el edificio Coltejer y el Metro de Medellín. Maestro Ramón Vásquez.
“Logré terminar tercero de bachillerato, pero confieso que eso fue regalado”. Pero pintó a Don Quijote, a Gandhi, a Bolívar, a Ícaro, a Prometeo, a Beethoven, a otros seres de El ensueño de la sabiduría, etc. “He suplido estas deficiencias tan grandes con la lectura, con la observación, con el trato con las personas. Me encanta saber de los filósofos, conozco bastante de arte y de artistas”.
Ramón Vásquez nunca dejó de ser niño. Y así se fue, abrazado a Jesús, montado en una cometa, en el rocín de Don Quijote o volando con Ícaro. Sólo guardó un lápiz y un pincel en el bolsillo. Su tesoro lo heredó el mundo.
Con el dibujo del loco “Guineo” ganó un concurso de dibujo infantil que hizo en Bellas Artes su protectora, Paulina Posada de Escobar: “Me regaló un peso que equivalió a un verdadero tesoro. Suficiente para hacer la felicidad de mi madre, que de puerta en puerta, exclamaba: Miren, se lo ganó mi hijo Ramón que es un artista.
Fuera de Guineo, mis modelos preferidos por esos días fueron los locos furiosos, los enajenados mentales, los bobos: La muñeca, Chupahuevos, Marina Maltoreros, El señor ministro…”. Admitió las deudas con sus mentores. A Carlos Gómez Castro le debía el dibujo, a Eladio Vélez el colorido y la ambientación, a Gustavo López el dibujo académico, a Emiro Botero la observación y la mesura. Lector voraz de perspectiva y teoría de volúmenes en la Facultad de Arquitectura de la Universidad Nacional, recibió de Santiago Martínez Delgado la pasión por el mural. En 1946 se trepó a un andamio en el Banco de Colombia en Medellín, para verlo pintar el fresco Bolívar legislador. Pese a ser celoso de su privacidad, el muralista se lo permitió, le regaló colores y fórmulas químicas.
Ramón Vásquez es, después de Pedro Nel Gómez, el pintor antioqueño con más metros cuadrados de pintura mural.
Al menos 22 murales suyos adornan el Palacio de Bellas Artes, la Asamblea de Antioquia, la Universidad de Medellín, la Clínica Cardio VID, el edificio del Ferrocarril de Antioquia y otros sitios de Medellín. Con 7 murales, fue uno de los cooperadores en la restauración de los pabellones del Hospital Universitario San Vicente de Paúl, afectados por el sismo de 1979 (Lea EL PULSO, No. 171, diciembre de 2012, en: www.periodicoelpulso.com).
Honró a sus compañeros: a Hernando Escobar Toro, “un talento admirable en el dibujo, la pluma, el lápiz de color, la acuarela, la guacha y el óleo”. A José Horacio Betancur, “el malogrado cantor de la mitología antioqueña”.
El trabajo, esperanza de vida", así llamado en el libro de murales por Andrés Posada. Mural en la UCI del Hospital Universitario de San Vicente Fundación. “Yo pinté en uno de los murales un montañerito y una montañerita en un paisaje, para que los pacientes se deleiten mirándolos, montañitas y unas casitas muy bonitas, para recrear a los internos, y que no vean enfermos”. Maestro Ramón Vásquez.
A Hernán Merino, “¡qué línea la suya, qué fantasía!”. A Darío Tobón Calle, miniaturista tan genial como su tío Marco Tobón Mejía. A Francisco Madrid “que fue como un hermano mío”, a León Posada, a Camilo Isaza, a Bernardo Hoyos…
Genio múltiple
El pincel de Vásquez pigmentó las vajillas de la Locería Colombiana; el mural Las Constituciones del Capitolio Nacional (con su hijo Byron); los payasos, animales y muñecos de madera en la carpintería de Don Jesús Echavarría, e ilustró libros. Su lápiz estrenó dibujos en La Heráldica y llegó a El Siglo y a la revista Semana. “No me gustan las exposiciones porque son como una feria, como un mercado”, decía. Y agregaba: “Es mejor que la gente vea mis cuadros en la casa, que asista inclusive a su ejecución y se los lleve, todavía frescos”.
Nunca practicó la avaricia. Mucho antes de morir, repartió su legado: “Yo pinto un cuadro, lo veo en el caballete, lo observo, sueño con él, lo reviso al día siguiente y en un proceso de auto-crítica opino que no debo conservarlo. Y como me estorba, lo vendo, lo regalo, lo echo para no volverlo a ver”. Por eso, tantas obras sin firma. Leyó el mundo de corrido, tuvo en la memoria los modelos, fuesen personas, animales, árboles o nubes. Ramón Vásquez nunca dejó de ser niño. Y así se fue, abrazado a Jesús, montado en una cometa, en el rocín de Don Quijote o volando con Ícaro. Sólo guardó un lápiz y un pincel en el bolsillo. Su tesoro lo heredó el mundo.
 
“Mi papá era tan valioso, que se debió quedar aquí”: Anita, hija de Ramón Vásquez
“Para mí, Ramón Vásquez como papá era todo ternura, protección, era sentimental y tan valioso, que se debió quedar aquí”, expresó a EL PULSO la odontóloga Anita Vásquez, hija del maestro y heredera de su vena pictórica.
Agregó: “Era un maestro de maestros, me enseñó muchas cosas, hacer lo bueno y olvidar lo malo, no ser rencorosa y seguir adelante. Lo veía en mi casa pintar y me decía: Párese aquí, coja esta guitarrita, esta ollita o este tarrito de saltines. Le ponía un alambre, para mostrar un niño pobre que llevaba ahí los sobraditos, fui su modelo. Nunca me dijo ‘Pinte’. Cuando llegaba del colegio y tenía tareas, le decía: Papá: ¿me hace el dibujo?
Maestro Ramón Vasquez pintando “Exodo”.
Me dibujaba la vaca con panza, bonete, librillo y cuajar, me hacía las carteleras. Yo aprendí a pintar viéndolo. De pronto me decía: Vea, esta carita se hace así, el cuerpo así…, pero ¿sentarme a que me enseñara? No. A mi hermano Byron sí lo cogió desde muy sardinito”. “Tomé su línea -anotó la hija-, pero cuando empecé a exponer en la Alcaldía de Medellín, en Comfama, en Estados Unidos, la gente no me compraba, decían: Prefiero comprarle al Maestro, no a usted. Les contestaba: Tienen razón, yo también lo haría”.
“Él era muy necio”
Anita recuerda las historias del pintor, además de la del número uno: “Él hizo un mural chiquito, rayó una pared, hizo el Corazón de Jesús y las Hermanas de La Presentación notaron su habilidad. Le preguntaron: -¿Qué pintaste? -El Choracón de Quechús- contestó, pues no sabía hablar bien. Así supieron que sería artista. Leía mucho, se sabía La Biblia y pintaba de todo. Tenía su Dios, no digamos que creía mucho en la religión, pero quería mucho a Cristo y a La Virgen, los pintaba como él los veía, figuras muy tiernas. Lo mismo todos los personajes que plasmó”.
Vásquez era bromista incorregible. Cuando me lo presentó el periodista Miguel Zapata Restrepo, me apretó la mano hasta el dolor, como hacía con desconocidos. “Él era muy necio -dijo Anita-, a todos le ponía sobrenombres. Sus bromas eran siempre pesadas, algunas ni se pueden contar. Las más sencillas: a los amigos les metía una cucarachita o una mosquita al tinto. En restaurantes recogía las arepas que dejaban los amigos y a las señoras dedi-paradas que iban a la oficina, ya todas duras, se las echaba en la cartera; o un plátano, una papa. A sus amigos políticos, les metía al descuido un chupo en el saco”.
“No podía ver un gamincito”
Sobre su prolífica obra, Anita expresó: “Creo que es el pintor que más ha pintado. Si usted le decía: Maestro, necesito tres cuadros, se los hacía en un día; al doctor Mario Montoya Toro le pintó un montón de cuadros en un momentico, para unos aguinaldos. Con Bernardo Hoyos y otros amigos, se iba a pintar a San Antonio de Pereira, y apenas acababa el cuadro, lo tiraba al río y se iba”.
Agregó: “A la niñez siempre la protegía, no podía ver un gamincito en la calle, les daba platica, los invitaba a la casa a comer, hasta se hacía tan amigo de ellos que les regalaba casita. Me decía: Mija, póngame música de niños mientras yo pinto.
“Arcángel San Rafael”. Ramón Vásquez pintaba ángeles y arcángeles en figuras de niños.
Cuando yo iba por él a El Retiro, me ponía a cantarle la canción de La Arañita, me hizo grabar un cassette de esa música. Ayudar a la gente le alimentaba el alma, vendía un cuadro y de inmediato repartía la plata. Decía: Yo no necesito nada, así al otro día le fueran a cortar servicios (de agua y energía)”.
Añadió la artista: “A mi papá le gustaba la natación, fue uno de los primeros buzos, le enseñó a nadar a muchas personas, se atravesaba la Piscina Olímpica, practicaba la esgrima, por eso tenía brazos tan duros. Fue un eterno enamorado de mi mamá, decía que era más linda que Luz Marina Zuluaga cuando fue Miss Universo. Ella porque no tuvo la forma de mostrar su belleza o si no… Cuando ella cambió de casa, se caminó todo Medellín buscándola, le dieron ampollas en los pies, hasta que la encontró y se casaron”.
Un mar de cuadros es un mar de historias. Hoy con Anita y Byron Vásquez, continúa el pincel del Maestro su interminable cuadro.
 
Medicina en la pintura

“Un episodio de la
fiebre amarilla en Buenos Aires”
Hernando Guzmán Paniagua, Periodista - elpulso@sanvicentefundacion.com
El uruguayo Juan Manuel Blanes, llamado “el pintor de la patria”, nacido en 1830, inició a sus 18 años su experiencia con la pintura e imprimió realismo en sus obras, con una capacidad técnica inconfundible e investigación detallada de lo sucedido para reflejar la escena, iluminación y personajes.
“Un episodio de la fiebre amarilla en Buenos Aires” lo pintó a sus 41 años, tras regresar de sus estudios en Europa, patrocinados por el Gobierno de Uruguay a cambio de obras. Estando él mismo bajo riesgo de infección en la capital argentina, pintó una escena dramática, inspirada en artículo de prensa sobre la epidemia más fuerte de 1871. Sería el caso de Ana Bristani, inmigrante que parece vivía en un inquilinato o casa ocupada ilegalmente.
Ella está tendida en el piso, protagonista por su traje blanco y tez clara, iluminada por la luz que entra por la puerta sin generar sombras, y en la iluminación del fondo se evidencia que la luz que entra al cuarto es indirecta, pues el sol por la calle va de derecha a izquierda, para que con la sombra de los médicos no se oscureciera la escena.
Hay un pocillo y una cuchara que parece sostenía la mujer y cayeron sorpresivamente. Su bebé de pocos meses la toca buscando el seno para alimentarse, lo cual aumenta dramatismo pero a su vez disminuye el impacto visual de la noticia, pues al ser encontrada la mujer, su bebé aún estaba pegado de su seno amamantándose.

En la oscuridad, sobre un catre, está el cuerpo de un hombre, quizás el padre del bebé, con su cara cubierta con un paño como símbolo de los cuidados de la mujer para aliviarlo.
Entrando se observa al doctor Roque Pérez (centro) y al doctor Manuel Argerich (izq.), médicos que luego morirían víctimas también de la fiebre, pero ya muertos cuando Blanes decidió pintarlos, rindiéndoles honores por su sacrificada labor. Su postura refleja respeto por la víctima levantando el sombrero, y los brazos cruzados del doctor Roque también saludan la muerte, abrazando la impotencia de no poder ofrecer ninguna cura a esta madre. Detrás de ellos un par de curiosos miran la escena y al lado un joven espera...
Para el momento de la pintura, aún no se sabía que la fiebre amarilla la causaba el Aedes aegypti ni había mayor cuidado de sí mismo al practicar la medicina. Esta fiebre mató aproximadamente al 8% de los porteños: en una urbe donde el número de fallecimientos diarios no llegaba a 20, hubo días con más de 500 y contaron unos 14.000 muertos por esa causa, la mayoría inmigrantes italianos, españoles, franceses y otros europeos.

Referencias:
Pintura fiebre amarilla
http://medicinaybellasartes.blogspot.com.co/2010/01/un-cuadro-de-juan-manuel-blanes
http://mnav.gub.uy/cms.php?o=77
www.youtube.com/watch?v=grfBNFqY3qQ
www.ellitoral.com/index.php/diarios/2009/07/15/ opinion/OPIN-04
Sobre el autor:
https://es.wikipedia.org/wiki/Juan_Manuel_Blanes
Sobre la fiebre amarilla:
https://es.wikipedia.org/wiki/Fiebre_amarilla_en_ Buenos_Aires



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