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No cambio mi infancia
por
ninguna otra: Pintor Ramón Vásquez
Hernando
Guzmán Paniagua - Periodista - elpulso@sanvicentefundacion.com
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menos 29 murales suyos adornan el Palacio de Bellas Artes, la
Asamblea de Antioquia, la Universidad de Medellín, la
Clínica Cardio Vid, el edificio del Ferrocarril de Antioquia,
el Hospital Universitario de San Vicente Fundación y
otros sitios de Medellín.
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| Ramón Vásquez
fue un poeta del pincel, en donde juega el niño que siempre
llevó dentro. Eterno enamorado de la vida, del arte y
de la gente, ni él supo el número de sus obras,
limpiaba los pinceles pintando nuevos cuadros. Era feliz enseñando
y plasmando al aire libre las obras que vendía, regalaba
o tiraba al agua. |
Se
fue de este mundo en 2015 y nos dejó en compañía
de sus gamines, locos, Cristos, Quijotes y paisajes.
Yo nací el 5 de agosto de 1922 en Singo, una vereda muy
montañera y alejada de Ituango -dijo hace tiempo a los
escritores Javier Gutiérrez y Conrado González-.
Recuerdo el paisaje muy hermoso, las chocitas de techo de paja,
de piso de barro. Mi padre se llamaba Francisco Vásquez
y siempre lo han llamado Quico, era aserrador y construyó
prácticamente todo el pueblo. Nos abandonó cuando
éramos muy pequeñitos, acusó a mi madre
de contrabandista de tabaco, la hizo detener en la cárcel
de Ituango, después en El Buen Pastor y se perdió
luego. |

El Perplejo. Maestro Ramón Vásquez.
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Sus hijos, Ramón y Margarita, no conocieron las partidas
de bautismo ni la de matrimonio de la mamá, Ana de
Jesús Arroyave. Le decían Araminta. Y
así como en El Ventarrón, salimos nosotros de
Ituango, dice citando su óleo de 1975: una madre
y sus hijos desplazados por la pobreza y el abandono, tema
que revive en Cielo cerrado y El descanso. En Medellín,
1952, a Araminta madre la protegió monseñor
Juan Manuel González, rector del Seminario, a los niños
el Hospicio de las Hermanas de la Presentación. Yo,
a pesar a todo, no cambio mi infancia por ninguna. ¡Ah
bueno que viví!.
Gamines, locos y héroes
No concebía arte sin dibujo y enseñó
dibujo anatómico a varias generaciones. Pese a ello,
refirió: Una hermanita nos enseñaba los
números y yo no era capaz de escribir el uno. Dibújelo,
Ramón, verá que es fácil. Ese dibújelo
me sonó muy lindo y de inmediato cogí la tiza
y lo dibujé con facilidadextraordinaria. Algo
le sacó a su mamá.
Vivieron en una casita que les prestó la Sociedad de
San Vicente de Paúl, con un bono semanal de 40 centavos,
de unas señoras ricas. Una vez, el niño huyó
de la casa y armó cambuche en un tubo del acueducto
del Morro del Salvador. Fue al río, el agua lo obsesionó:
No sabía nadar y una vez se me fueron el fondo
los pantalones, imploró la caridad, con un talego
de harina que le dieron se vistió durante 15 días.
En San Cristóbal le recogía el agua a una señora
a cambio de un mendrugo, pero una vez la llevó sucia
y llena de renacuajos. Nueva huida. Anduve, pedí,
dormí a la intemperie, en el puro Guayaquil. Un verdadero
gamín, pero del gamín que admiro y que llevo
a mis cuadros. El gracioso, el charlatán, de limpia
conciencia, que no es propiamente un antisocial ni un estorbo.
El gamín paisa, Andrajos, Las cometas, La iniciación,
La cena de los niños, El gamín futbolista, El
vendedor de prensa y otros, confirman sus palabras.
Su instrucción, dice, fue precaria, desordenada,
carente de toda firmeza y método. Doce años
en primaria, la aritmética le daba dolor de cabeza,
mal en gramática.
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"Medellín actual",
muestra iglesias, el edificio Coltejer y el Metro de Medellín.
Maestro Ramón Vásquez.
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Logré
terminar tercero de bachillerato, pero confieso que eso fue
regalado. Pero pintó a Don Quijote, a Gandhi, a
Bolívar, a Ícaro, a Prometeo, a Beethoven, a otros
seres de El ensueño de la sabiduría, etc. He
suplido estas deficiencias tan grandes con la lectura, con la
observación, con el trato con las personas. Me encanta
saber de los filósofos, conozco bastante de arte y de
artistas. |
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Ramón Vásquez
nunca dejó de ser niño. Y así se fue,
abrazado a Jesús, montado en una cometa, en el rocín
de Don Quijote o volando con Ícaro. Sólo guardó
un lápiz y un pincel en el bolsillo. Su tesoro lo heredó
el mundo.
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| Con el dibujo del
loco Guineo ganó un concurso de dibujo infantil
que hizo en Bellas Artes su protectora, Paulina Posada de Escobar:
Me regaló un peso que equivalió a un verdadero
tesoro. Suficiente para hacer la felicidad de mi madre, que
de puerta en puerta, exclamaba: Miren, se lo ganó mi
hijo Ramón que es un artista. |
Fuera de Guineo, mis
modelos preferidos por esos días fueron los locos furiosos,
los enajenados mentales, los bobos: La muñeca, Chupahuevos,
Marina Maltoreros, El señor ministro
. Admitió
las deudas con sus mentores. A Carlos Gómez Castro le
debía el dibujo, a Eladio Vélez el colorido y
la ambientación, a Gustavo López el dibujo académico,
a Emiro Botero la observación y la mesura. Lector voraz
de perspectiva y teoría de volúmenes en la Facultad
de Arquitectura de la Universidad Nacional, recibió de
Santiago Martínez Delgado la pasión por el mural.
En 1946 se trepó a un andamio en el Banco de Colombia
en Medellín, para verlo pintar el fresco Bolívar
legislador. Pese a ser celoso de su privacidad, el muralista
se lo permitió, le regaló colores y fórmulas
químicas.
Ramón Vásquez es, después de Pedro Nel
Gómez, el pintor antioqueño con más metros
cuadrados de pintura mural. |
Al
menos 22 murales suyos adornan el Palacio de Bellas Artes, la
Asamblea de Antioquia, la Universidad de Medellín, la
Clínica Cardio VID, el edificio del Ferrocarril de Antioquia
y otros sitios de Medellín. Con 7 murales, fue uno de
los cooperadores en la restauración de los pabellones
del Hospital Universitario San Vicente de Paúl, afectados
por el sismo de 1979 (Lea EL PULSO, No. 171, diciembre de 2012,
en: www.periodicoelpulso.com).
Honró a sus compañeros: a Hernando Escobar Toro,
un talento admirable en el dibujo, la pluma, el lápiz
de color, la acuarela, la guacha y el óleo. A José
Horacio Betancur, el malogrado cantor de la mitología
antioqueña. |
El trabajo, esperanza de vida", así llamado en
el libro de murales por Andrés Posada. Mural en la
UCI del Hospital Universitario de San Vicente Fundación.
Yo pinté en uno de los murales un montañerito
y una montañerita en un paisaje, para que los pacientes
se deleiten mirándolos, montañitas y unas casitas
muy bonitas, para recrear a los internos, y que no vean enfermos.
Maestro Ramón Vásquez.
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A Hernán Merino,
¡qué línea la suya, qué fantasía!.
A Darío Tobón Calle, miniaturista tan genial como
su tío Marco Tobón Mejía. A Francisco Madrid
que fue como un hermano mío, a León
Posada, a Camilo Isaza, a Bernardo Hoyos
Genio múltiple
El pincel de Vásquez pigmentó las vajillas
de la Locería Colombiana; el mural Las Constituciones
del Capitolio Nacional (con su hijo Byron); los payasos, animales
y muñecos de madera en la carpintería de Don Jesús
Echavarría, e ilustró libros. Su lápiz
estrenó dibujos en La Heráldica y llegó
a El Siglo y a la revista Semana. No me gustan las exposiciones
porque son como una feria, como un mercado, decía.
Y agregaba: Es mejor que la gente vea mis cuadros en la
casa, que asista inclusive a su ejecución y se los lleve,
todavía frescos.
Nunca practicó la avaricia. Mucho antes de morir, repartió
su legado: Yo pinto un cuadro, lo veo en el caballete,
lo observo, sueño con él, lo reviso al día
siguiente y en un proceso de auto-crítica opino que no
debo conservarlo. Y como me estorba, lo vendo, lo regalo, lo
echo para no volverlo a ver. Por eso, tantas obras sin
firma. Leyó el mundo de corrido, tuvo en la memoria los
modelos, fuesen personas, animales, árboles o nubes.
Ramón Vásquez nunca dejó de ser niño.
Y así se fue, abrazado a Jesús, montado en una
cometa, en el rocín de Don Quijote o volando con Ícaro.
Sólo guardó un lápiz y un pincel en el
bolsillo. Su tesoro lo heredó el mundo. |
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Mi papá era tan valioso, que
se debió quedar aquí: Anita, hija de
Ramón Vásquez
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Para mí, Ramón
Vásquez como papá era todo ternura, protección,
era sentimental y tan valioso, que se debió quedar
aquí, expresó a EL PULSO la odontóloga
Anita Vásquez, hija del maestro y heredera de su vena
pictórica.
Agregó: Era un maestro de maestros, me enseñó
muchas cosas, hacer lo bueno y olvidar lo malo, no ser rencorosa
y seguir adelante. Lo veía en mi casa pintar y me decía:
Párese aquí, coja esta guitarrita, esta ollita
o este tarrito de saltines. Le ponía un alambre, para
mostrar un niño pobre que llevaba ahí los sobraditos,
fui su modelo. Nunca me dijo Pinte. Cuando llegaba
del colegio y tenía tareas, le decía: Papá:
¿me hace el dibujo? |
Maestro Ramón Vasquez pintando
Exodo.
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Me dibujaba la vaca con
panza, bonete, librillo y cuajar, me hacía las carteleras.
Yo aprendí a pintar viéndolo. De pronto me decía:
Vea, esta carita se hace así, el cuerpo así
,
pero ¿sentarme a que me enseñara? No. A mi hermano
Byron sí lo cogió desde muy sardinito.
Tomé su línea -anotó la hija-,
pero cuando empecé a exponer en la Alcaldía
de Medellín, en Comfama, en Estados Unidos, la gente
no me compraba, decían: Prefiero comprarle al Maestro,
no a usted. Les contestaba: Tienen razón, yo también
lo haría. |
Él
era muy necio
Anita recuerda las historias del pintor, además
de la del número uno: Él hizo un mural
chiquito, rayó una pared, hizo el Corazón de
Jesús y las Hermanas de La Presentación notaron
su habilidad. Le preguntaron: -¿Qué pintaste?
-El Choracón de Quechús- contestó, pues
no sabía hablar bien. Así supieron que sería
artista. Leía mucho, se sabía La Biblia y pintaba
de todo. Tenía su Dios, no digamos que creía
mucho en la religión, pero quería mucho a Cristo
y a La Virgen, los pintaba como él los veía,
figuras muy tiernas. Lo mismo todos los personajes que plasmó. |
Vásquez era bromista
incorregible. Cuando me lo presentó el periodista Miguel
Zapata Restrepo, me apretó la mano hasta el dolor,
como hacía con desconocidos. Él era muy
necio -dijo Anita-, a todos le ponía sobrenombres.
Sus bromas eran siempre pesadas, algunas ni se pueden contar.
Las más sencillas: a los amigos les metía una
cucarachita o una mosquita al tinto. En restaurantes recogía
las arepas que dejaban los amigos y a las señoras dedi-paradas
que iban a la oficina, ya todas duras, se las echaba en la
cartera; o un plátano, una papa. A sus amigos políticos,
les metía al descuido un chupo en el saco.
No podía ver un gamincito
Sobre su prolífica obra, Anita expresó: Creo
que es el pintor que más ha pintado. Si usted le decía:
Maestro, necesito tres cuadros, se los hacía en un
día; al doctor Mario Montoya Toro le pintó un
montón de cuadros en un momentico, para unos aguinaldos.
Con Bernardo Hoyos y otros amigos, se iba a pintar a San Antonio
de Pereira, y apenas acababa el cuadro, lo tiraba al río
y se iba.
Agregó: A la niñez siempre la protegía,
no podía ver un gamincito en la calle, les daba platica,
los invitaba a la casa a comer, hasta se hacía tan
amigo de ellos que les regalaba casita. Me decía: Mija,
póngame música de niños mientras yo pinto.
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Arcángel San Rafael.
Ramón Vásquez pintaba ángeles y arcángeles
en figuras de niños.
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Cuando yo iba por él
a El Retiro, me ponía a cantarle la canción
de La Arañita, me hizo grabar un cassette de esa
música. Ayudar a la gente le alimentaba el alma,
vendía un cuadro y de inmediato repartía la
plata. Decía: Yo no necesito nada, así al
otro día le fueran a cortar servicios (de agua y
energía).
Añadió la artista: A mi papá
le gustaba la natación, fue uno de los primeros buzos,
le enseñó a nadar a muchas personas, se atravesaba
la Piscina Olímpica, practicaba la esgrima, por eso
tenía brazos tan duros. Fue un eterno enamorado de
mi mamá, decía que era más linda que
Luz Marina Zuluaga cuando fue Miss Universo. Ella porque
no tuvo la forma de mostrar su belleza o si no
Cuando
ella cambió de casa, se caminó todo Medellín
buscándola, le dieron ampollas en los pies, hasta
que la encontró y se casaron.
Un mar de cuadros es un mar de historias. Hoy con Anita
y Byron Vásquez, continúa el pincel del Maestro
su interminable cuadro.
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| Medicina
en la pintura |
Un episodio de la
fiebre amarilla en Buenos Aires
Hernando
Guzmán Paniagua, Periodista - elpulso@sanvicentefundacion.com |
El uruguayo Juan
Manuel Blanes, llamado el pintor de la patria,
nacido en 1830, inició a sus 18 años su experiencia
con la pintura e imprimió realismo en sus obras, con
una capacidad técnica inconfundible e investigación
detallada de lo sucedido para reflejar la escena, iluminación
y personajes.
Un episodio de la fiebre amarilla en Buenos Aires
lo pintó a sus 41 años, tras regresar de sus
estudios en Europa, patrocinados por el Gobierno de Uruguay
a cambio de obras. Estando él mismo bajo riesgo de
infección en la capital argentina, pintó una
escena dramática, inspirada en artículo de prensa
sobre la epidemia más fuerte de 1871. Sería
el caso de Ana Bristani, inmigrante que parece vivía
en un inquilinato o casa ocupada ilegalmente. |
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Ella está tendida en el piso, protagonista por su traje
blanco y tez clara, iluminada por la luz que entra por la
puerta sin generar sombras, y en la iluminación del
fondo se evidencia que la luz que entra al cuarto es indirecta,
pues el sol por la calle va de derecha a izquierda, para que
con la sombra de los médicos no se oscureciera la escena.
Hay un pocillo y una cuchara que parece sostenía la
mujer y cayeron sorpresivamente. Su bebé de pocos meses
la toca buscando el seno para alimentarse, lo cual aumenta
dramatismo pero a su vez disminuye el impacto visual de la
noticia, pues al ser encontrada la mujer, su bebé aún
estaba pegado de su seno amamantándose. |
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En la oscuridad, sobre un catre, está el cuerpo
de un hombre, quizás el padre del bebé, con
su cara cubierta con un paño como símbolo
de los cuidados de la mujer para aliviarlo.
Entrando se observa al doctor Roque Pérez (centro)
y al doctor Manuel Argerich (izq.), médicos que luego
morirían víctimas también de la fiebre,
pero ya muertos cuando Blanes decidió pintarlos,
rindiéndoles honores por su sacrificada labor. Su
postura refleja respeto por la víctima levantando
el sombrero, y los brazos cruzados del doctor Roque también
saludan la muerte, abrazando la impotencia de no poder ofrecer
ninguna cura a esta madre. Detrás de ellos un par
de curiosos miran la escena y al lado un joven espera...
Para el momento de la pintura, aún no se sabía
que la fiebre amarilla la causaba el Aedes aegypti ni había
mayor cuidado de sí mismo al practicar la medicina.
Esta fiebre mató aproximadamente al 8% de los porteños:
en una urbe donde el número de fallecimientos diarios
no llegaba a 20, hubo días con más de 500
y contaron unos 14.000 muertos por esa causa, la mayoría
inmigrantes italianos, españoles, franceses y otros
europeos.
Referencias:
Pintura fiebre amarilla
http://medicinaybellasartes.blogspot.com.co/2010/01/un-cuadro-de-juan-manuel-blanes
http://mnav.gub.uy/cms.php?o=77
www.youtube.com/watch?v=grfBNFqY3qQ
www.ellitoral.com/index.php/diarios/2009/07/15/ opinion/OPIN-04
Sobre el autor:
https://es.wikipedia.org/wiki/Juan_Manuel_Blanes
Sobre la fiebre amarilla:
https://es.wikipedia.org/wiki/Fiebre_amarilla_en_ Buenos_Aires
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