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Toda política, proyecto o programa en salud, está
orientado a salvaguardar la existencia y el mejor estar
de los grupos de población que pretende beneficiar.
Ante sí misma y ante el mundo, Colombia afirma estar
comprometida con sus niños, con las madres que los
traen al mundo y con los padres que los procrean; a fin
de cuentas, ellos son base y sostén del futuro de
la Nación colombiana. Por eso, por ellos y para ellos,
se diseñó y se aplica en el país una
Política de Salud Sexual y Reproductiva. Más
que controlar el crecimiento de la población, se
busca mejorar sus condiciones de existencia en lo que tiene
que ver con la reproducción y, convertirlos en sujetos
que ejercen sus derechos sexuales y reproductivos y que
acceden a los servicios de salud que precisan en la materia.
Sin embargo, algo está fallando. Se dirá
que no es por falta de voluntad oficial, porque el gobierno
promueve la política, pero de lo no logrado hasta
ahora, dejan constancia los miles de madres muertas en la
gestación o alrededor del momento del parto por complicaciones
o falta de atención oportuna y de calidad; los millares
de niñas, porque más que adolescentes son
niñas, que sin terminar de crecer están trayendo
otros niños al mundo, y más grave aún,
cuando un número importante de ellas padece la tragedia
del desplazamiento; también dejan mudo testimonio
desde comienzos de los 80´s, los alrededor de 11.000
colombianos fallecidos por causa del sida. Y qué
decir del aumento del cáncer de cuello uterino y
de mama, por falta de detección temprana y atención
oportuna. O del aumento de enfermos de sífilis congénita
y hepatitis B en recién nacidos.
Además, es incluso exasperante, la especulación
en torno de las cifras de aborto: se habla de unos 400.000
al año, pero dada la ilegalidad del tema y la estigmatización
a la mujer, se estima que sólo se reportan 1 de cada
5 casos o 1 de 10, por lo que habría una dolorosa
y alarmante cifra de 2 a 4 millones de abortos al año,
con las implicaciones traumáticas que esto trae para
la mujer, la familia y la sociedad toda. Para rematar, la
violencia doméstica y sexual deja cada día
muchas mujeres y muchos niños maltratados, con secuelas
físicas y mentales que muchas veces no se atienden
y más veces no se denuncian siquiera.
¿Qué decir entonces ante cuál de estas
dolorosas realidades? En Colombia sí hay política
de salud sexual y reproductiva, hay compromiso interinstitucional
en mejorar la calidad de los servicios y en garantizar acceso
efectivo, pero faltan recursos y programas de largo plazo,
porque no basta con fugaces campañas publicitarias:
Los indicadores seguirán disparados y los resultados
de gestión deprimentes, en una política de
desarrollo del país.
Debe ser una política multisectorial, que involucre
el sector educativo para que se haga educación y
formación sexual desde la casa, y atraviese todos
los niveles de educación. A mayor educación,
menos mortalidad materna, menos embarazos no deseados, menos
embarazos en adolescentes, menos lugar a la violencia intrafamiliar,
y menos infecciones de transmisión sexual y sida.
Y esa educación debe tener perspectiva de género,
desde las mujeres y desde los hombres, con equidad y comportamiento
sexual responsable desde unas y otros.
La mortalidad materna se puede reducir, según experiencias
de países más pobres como Sri Lanka y Honduras,
con estrategias de acceso universal a servicios obstétricos,
calidad en el servicio, entornos habilitantes (capacitación
a médicos, pacientes y comunidades). La política
debe incluir y fortalecer la atención efectiva a
la muerte perinatal, que en la mayoría de los casos
es evitable. Tampoco se puede descuidar la prevención
en infecciones de transmisión sexual en poblaciones
de riesgo diferentes a las de entre 15 y 49 años.
Y debe haber educación y acceso universal en métodos
de planificación.
Hay que considerar además que la violencia intrafamiliar
tiene mucho que ver con la pobreza y la exclusión
social, por lo que mientras no se aumente efectivamente
el gasto social y se garantice el ingreso a la mayor parte
de familias, se seguirá alimentando el caldo de cultivo
para la violencia en todas sus manifestaciones. Y falta
trabajar más en programas de convivencia pacífica
y cultura ciudadana.
Una política de salud sexual y reproductiva no es
sólo organización y financiamiento: necesita
actividades de derechos humanos, desarrollo de personal
de salud calificado y sensibilizado, vigilancia y control
efectivo de las acciones de prevención y promoción
que deben cumplir los actores del sistema de salud, y velar
todos acuciosamente por el acceso y la calidad en los servicios.
Sólo hasta entonces, cuando se atiendan estas y otras
obviedades, y se logre bajar los indicadores perversos en
salud sexual y reproductiva, Colombia podrá decir
ante sí y ante el mundo, que es un país que
protege su futuro, porque atiende en verdad las necesidades
de sus hombres y mujeres en los delicadísimos procesos
de la vida sexual y reproductiva.
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