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Hace más de treinta
años que los servicios de salud vienen enfrentando
el escrutinio sobre la idea contra-evidente, pero generalizada,
de su posible inutilidad social. Curiosamente, estas objeciones
se construyeron tomando el trabajo de algunos miembros de
la comunidad médica, como Thomas Mckeown, y siguen
sosteniéndose extemporáneamente en contra de
las pruebas y el pasar de los tiempos.
Me refiero específicamente a la tesis de este destacado
médico y demógrafo, quien concluyera sobre su
investigación poblacional de Gales e Inglaterra, que
el incremento en la esperanza de vida en esas poblaciones
obedecía al progreso económico, en particular
a la nutrición, y muy poco a los avances de la medicina
preventiva y asistencial. Hipótesis que más
tarde sirvió a otros para generalizar que los servicios
de salud eran irrelevantes en la política económica,
y que en consecuencia, resultaba preferible esperar a que
el mercado fortaleciera el ingreso, en lugar de financiar
los servicios de salud. Dicho componente ideológico
fundamentó la agenda reformadora de los años
ochenta, y enhorabuena está revisándose, como
demuestra la citación bibliográfica de las tesis
de McKeown en más de 120 artículos de primer
orden técnico, político y económico,
incluyendo las publicaciones de los bancos y las agencias
promotoras de las reformas y de una gran variedad de trabajos
históricos y filosóficos.
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Enjuiciar a la población
por su estilo de vida sería igual que abandonarla ante
un Estado acusador, liberado de toda responsabilidad y habilitado
para distraerse en otras finalidades distintas que las necesidades
de sus ciudadanos. Este mismo aval reforzó el concepto
de que se pueden postergar los servicios de salud si es en
aras de mejorar el ingreso, con la convicción que los
beneficios serían cuantiosos y equitativativos, permitiéndole
a todos los ciudadanos comprarlos más tarde.
Conclusiones que hicieron de los sectores sociales las primeras
víctimas de las crisis fiscales y de los recortes derivados
del endeudamiento durante los años noventas. Una idea
que suena extraña cuando preguntamos: ¿Cómo
puede mejorar su ingreso una población enferma, si
existen innumerables servicios preventivos y curativos de
mínimo costo y gran eficiencia?
Irónicamente, el trabajo de Mckeown invocado como fundamento
científico en las tesis reformistas, la prueba
reina, aquella investigación matemática
con la que se edificó la percepción de que los
servicios de salud sirven muy poco en términos públicos,
resultó envuelta recientemente en críticas metodológicas
que obligan a moderar su interpretación. Algunos consideran
que sus conclusiones están fundadas en una presunción
ideológica y no en las pruebas. Las nuevas técnicas
demográficas y los trabajos del Institute Nacional
d'Etudes Démographiques de París y de la Universidad
de Cambridge, sugieren que los cálculos no eran precisos,
que las categorías de análisis no estaban bien
delimitadas y que la conclusión central de la nutrición
derivada de un mejor ingreso, como explicación a la
ganancia de la esperanza de vida antes que la prevención
o la asistencia, no puede generalizarse. Aunque la nutrición
determina la primera fase de crecimiento en años de
vida esperados, más tarde factores como las vacunas,
antibióticos y los servicios hacen grandes diferencias.
Además, la situación de aquella Inglaterra estudiada,
marcada por la tuberculosis, enfermedad prácticamente
prevenible con alimentos, es incomparable con lugares y momentos
tan distintos y tropicales como Colombia, y con otras situaciones
históricas salpicadas por el VIH/sida, la violencia,
el cáncer, las toxicomanías, etc.
El asunto de la posible confusión de categorías
que se discute es decisivo, porque puede derivar en propuestas
políticas sofísticas. No se pueden comparar
categorías como economía, nutrición y
servicios de salud, que se superponen, para excusarse de invertir
en alguna de ellas, porque la economía es incluyente
y trasversal a todos los campos de la sociedad. Esa contradicción
fue justamente la que advirtieron los canadienses, observando
que estilo de vida suena muy bien, pero no por ello el Estado
puede justificarse para negar los servicios de salud. No sabemos
si bajo el título de protección social, la salud
pública va a deteriorarse ó a fortalecerse,
pero habrá que estar atentos a dilucidarlo.
En el caso de los países latinoamericanos, excepto
Colombia, es necesario agregar algo más. Se apuraron
a reformar ajustando el gasto de salud a la baja, tomando
por ciertas conclusiones prestadas de investigaciones procedentes
de un país europeo, medidas para el periodo 1770-1930,
usando la esperanza de vida como variable predictiva del desarrollo.
Sin embargo, ¿se puede equiparar la esperanza de vida
con salud o calidad de vida? ¿Podemos asumir que éste
es el mejor criterio para evaluar el consumo de servicios,
sí otras veces en la economía se acepta la disposición
a pagar? ¿Podemos adoptar en el tercer mundo un trabajo
de Inglaterra y Gales, conociendo que ni siquiera entre países
de primer orden los resultados son equivalentes, como lo demuestran
investigaciones realizadas en Francia? ¿Quedó
bien representada la medicina moderna seleccionando el periodo
comprendido entre 1770 y 1930? ¿Cuándo fueron
los antibióticos, la vacuna contra la polio y el suero
oral? ¿Se puede poner de cabeza la investigación
retrospectiva de McKeown, que ordenaba la dependencia de la
esperanza de vida en función de unos factores, invirtiéndolos
para predecir si esos componentes sirven al desarrollo prospectivamente?
Seguramente que no. Que se pronuncien quienes saben de investigación
si esta sutileza es lícita ó espuria.
Hablando de Colombia, la construcción ideológica
de subordinar los servicios de salud y eliminar la salud pública
bajo títulos económicos, ha llevado a una verdadera
torre de Babel y a innumerables ejercicios de sofística.
Un ejemplo palpable que los ilustra es la terquedad de confundir
salud con cobertura de aseguramiento, tratándolas como
categorías iguales, ignorando a los hospitales públicos,
los desplazados, las vacunas, las epidemias, la mortalidad
infantil y otras cosas que por ahí van apareciendo.
Mientras tanto, en el resto del mundo los sistemas de salud
se evalúan mirando mortalidad, morbilidad, acceso,
calidad y equidad. Son también confusiones sofísticas
el intercambio de Salud Pública con Promoción
y Prevención, cosa por demás, absolutamente
traída de los cabellos, aunque en general muchas personas
ni siquiera las distinguen. Son sofísticas las acusaciones
lanzadas contra EPS y ARS por no ayudar a prevenir la fiebre
amarilla ó los problemas de salud pública, como
el VIH y el cáncer, aunque, aparte de algunas prestaciones
específicas, estas no son sus principales obligaciones.
Es un error presumir que luego de llevar el aseguramiento
a concesionarios, medida que implica la privatización
de la información como recurso de competencia y manejo
estratégico, no se requiere un Estado fuerte que regule
a estas empresas que son vigorosas y se ubican en la punta
de la tecnología informática, suponiendo que
eso lo hará el mercado. Igualmente, es equivocado someter
los términos humanísticos de la relación
médico-paciente bajo parámetros estrictamente
comerciales. Pero lo más delicado de todo esto es que
tenemos una confusión mayúscula con el papel
del Estado, una que no tuvieron los canadienses, que es creerlo
libre de estas responsabilidades, presumiendo que para eso
están el aseguramiento, el mercado, las EPS o las ARS.
Y me parece también, que es preciso observar el efecto
de estas simplificaciones enrevesadas de economía por
salud que sufrimos, en el nuevo escenario derivado de la fusión
de dos Ministerios en el de Protección Social. Bajo
esta nueva cartera la salud tiene mucho que ganar, aprovechando
la intersectorialidad y su incuestionable crecimiento en peso
político, pero podría perder si en competencia
con numerosas obligaciones, las funciones técnicas
de la salud se sitúan en un nivel menor de importancia,
privilegiando las de fiducia, que vienen siendo acompañadas
por una oficina cada vez mas robusta del Ministerio de Hacienda,
en tanto las primeras quedan en el Ministerio de la Protección
Social y en compañía de Instituto Nacional de
Salud (INS).
Pero lo que muchos temen, deseando que este experimento sea
exitoso, es que no se alcance una fusión, sino que
prevalezca la desaparición de funciones significativas;
que la prioridad del Ministerio de Hacienda es y será
el equilibrio fiscal y presupuestal, y que el Instituto Nacional
de Salud no podrá cumplir con sus tareas porque estas
parecen superiores a su calado político, observando
por ejemplo, que durante años no logró el presupuesto
requerido para modernizarse y asumir la producción
de vacunas y en fin, que esta organización no está
constituida ni tiene el peso específico para mantener
la salud en una agenda de primer orden.
Por eso, además de lo apasionante de los hechos, puede
verse que presenciamos una especie de encrucijada, y que no
tenemos claridad sobre la importancia de los servicios de
salud pública, los preventivos y asistenciales, en
espera de un crecimiento económico que por lo general
llega desigualmente. No obstante, deberíamos acordar
cosas tan fundamentales como estas, incluyendo aquellas que
garanticen que la salud se preservará como punto principal
de la agenda y la estructura pública.
Las cosas fundamentales no se pueden eludir: siempre vuelven
de regreso, de la mano obstinada de la realidad y de innumerables
fracasos. Tarde o temprano quienes estudiamos y trabajamos
en estos campos tendremos que ocuparnos de estas preguntas
y sus soluciones. Ojalá este también sea un
motivo para que la comunidad científica y el Estado
vean la importancia de financiar investigación propia
en políticas de salud, distinta de las consultorías
que por su naturaleza resultan sobre hipótesis y preguntas
autoafirmativas de la reforma, y elaboradas por funcionarios
sin responsabilidad política, en la soledad de sus
círculos técnicos. Sólo con investigación
independiente de mayor profundidad, y con una participación
más activa de la universidad, seremos capaces de distinguir
entre las categorías de análisis y las trampas
de la lógica .
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