MEDELLÍN,   COLOMBIA,   SURAMÉRICA    AÑO 6    NO 66    MARZO DEL AÑO 2004    ISSN 0124-4388      elpulso@elhospital.org.co






 

 

INFORME PARA EL SECTOR SALUD
¿Se está gestando una
reforma a la Ley 100 de 1993?

Francisco De Paula Gómez - fgomez@andi.com.co
A dos lustros de haberse formulado la Ley 100, es común escuchar y leer que siempre que alguien se refiere a esta ley, lo hace recurriendo a frases o términos como “la Reforma”, o “el nuevo Sistema de Salud”, o “las nuevas condiciones del Sistema”, etc., dejando siempre prever que se habla de algo nuevo, novedoso. Parece que luego de 10 años de ejercicio de la ley y sus reglamentaciones, todavía nos sorprendiera con su vasto contenido, a tal punto que pareciera nueva.
Aunque es cierto que la Ley 100 de 1993 es tal vez una de las iniciativas legislativas más ambiciosas y radicales que el país haya tomado en muchos años, ya no es correcto hablar de la “Reforma” como algo reciente, pues el sector salud está bajo las directrices tutelares de la Ley 100 desde hace algún tiempo ya; más bien podríamos hablar del Sistema o del modelo como una realidad instaurada, como un hecho que tiene historia. Como me lo ha dicho un importante estudioso del sector salud: “ya no se puede hablar de la Reforma de salud como algo nuevo, pues la Reforma hace rato se convirtió en el Sistema”.
Los planteamientos arriba escritos se traen a colación, pues se percibe un fuerte ambiente de reforma a la Ley 100 de 1993, tanto en el sector como en el Congreso de la República. Ante ese hecho, surgen varias preguntas: ¿Van a reformar la Reforma? ¿Se trata de una Contra-reforma? ¿Es solo un ajuste? ¿Se está hablando de “desaparecer” la ley y sus contenidos por completo, optando por un nuevo Sistema de Salud? ¿Se trata de introducir cambios estructurales?
Para intervenir un modelo jurídico-normativo y conceptual como la Ley 100, existen cuatro posibilidades de intervención:
1. Ajuste funcional: Este tipo de intervención realmente no actúa sobre la estructura de la ley como tal, pues se dirige a desarrollar de manera efectiva los principios que el modelo propone. En otras palabras, no se expiden nuevas leyes o decretos para modificar aspectos fundamentales, sino que la intervención está orientada a poner a funcionar las cosas; la acción se centra en el Ejecutivo, que debe enderezar las cosas de tal forma que lo propuesto por la ley no sea apabullado por prácticas que no hacen parte de su espíritu; por ejemplo: corrupción, desajustes de mercado, ineficiencia de las instituciones, etc.
2. Ajuste parcial: Esta intervención reconoce que los principios generales que inspiran una ley o modelo son correctos, y entiende que la estructura básica que busca el desarrollo de esos principios es adecuada, pero observa que algunos apartes no guardan unidad con el conjunto. De esa manera se procede a hacer algunos “retoques” por medio de una o varias leyes nuevas, dejando tal cual como está el gran universo normativo.
3. Reforma: El significado de esta palabra es: “lo que se propone, proyecta o ejecuta como innovación o mejora”. Para el caso que nos trae, ello implicaría un gran ajuste estructural y conceptual de la Ley 100 de 1993. No obstante, según la definición de la palabra y de acuerdo con un sentido histórico de las cosas, las reformas se construyen sobre la base de lo que existe sin destruir de un tajo el antecedente; lo que busca una reforma es tomar lo que se cree mejor de lo existente para complementarlo con nuevos conceptos e ideas.
4. Contra-reforma: Consiste en la negación absoluta de lo existente, porque se observa inconveniente o porque los principios en los cuales se basa son incompatibles con los de quienes proponen el cambio. Una contra-reforma que no tiene en cuenta lo aprendido, ofrece riesgos; además, si se cae en la tentación de volver al pasado sin tener en cuenta que las condiciones económicas del país han cambiado, que hay un perfil epidemiológico en transición y una evolución socio-demográfica que presentan una Colombia diferente a aquella de hace una década, es ignorar que el desarrollo es un proceso gradual.
Desde hace unos tres años, importantes actores del sistema han presentado al Congreso algunos proyectos para modificar la Ley 100, con el mismo resultado: se hunden presa de su carácter limitado y de su innegable falta de consenso y apoyo político.
Y desde diciembre de 2001, un grupo de profesionales de salud viene promoviendo la idea de convocar un referendo para cambiar la Ley 100. De acuerdo con lo que se colige de sus documentos e intervenciones, proponen un cambio radical en la estructura de la ley, pues según los promotores de la propuesta, el sistema vigente propicia inequidades.
En diciembre del año pasado, el Senado de la República conformó una Comisión accidental para que revise los diferentes aspectos de la Ley 100 y entregue al Congreso de la República un informe con las recomendaciones del caso, con el fin de emprender acciones dentro del Legislativo. La mencionada Comisión se instaló en febrero de este año y está avanzando en conseguir una metodología de trabajo y consenso lo suficientemente amplia, como para que los diferentes agentes del sistema de salud puedan expresar sus opiniones. En junio de este año debe entregar el informe final.
Paralelamente, existen varios grupos de trabajo conformados por congresistas para proponer reformas a la seguridad social en salud: Algunos de estos grupos tienen una clara intención de contra-reformar la Ley 100, de manera que el modelo por ella planteado desaparezca por completo, y otros se aproximan a realizar ajustes a algunos apartes o aspectos de la ley que les parecen inadecuados o que ven que no arrojan los resultados que se esperaban. Importantes organizaciones y agentes del sector salud como la Academia Nacional de Medicina, la Federación Médica Colombiana, la Asociación Médica Colombiana, Asmedas, etc., vienen trabajando intensamente en el desarrollo de diversas propuestas que conlleven cambios que van desde ajustes hasta una contra-reforma total. También, existen importantes grupos de trabajo que se concentran en desarrollar estrategias de acción para defender la ley, pues de acuerdo con su visión, ésta debe dejarse tal cual o incluso profundizarse.
Como puede observarse, existe un caldeado ambiente en el que bullen toda clase de apreciaciones y de posiciones. Recordemos que la Ley 100 se dio tras un periodo de participación y algún grado de romanticismo generado por la Asamblea Constituyente de 1991; también, que el tema de salud surgió de forma conexa a la reforma pensional que era el principal objetivo y que no tuvo amplios debates. Hoy, el ambiente que se respira tiene elementos de carácter reivindicativo y está apalancado en la evidencia que arrojan 10 años del sistema. Queda sin embargo advertir, que cualquiera que sea el camino que se tome, no puede cometerse el error de cambiar algo simplemente porque no nos gusta o porque no va de acuerdo con nuestros intereses. Si se genera un debate, éste debe ser serio y lo suficientemente amplio como para que puedan participar adecuadamente los diferentes actores que conforman el sector.
Es un hecho cierto que la Ley 100 de 1993 trajo importantes avances que no pueden ignorarse y que tienen que ver con el aumento de los niveles de aseguramiento, con el desarrollo corporativo de los diferentes agentes del sistema, la implantación de un modelo de solidaridad, el incremento del compromiso del sector privado con la atención de la salud, las ingentes inversiones realizadas, el incremento de los recursos para el sector, etc. Es entonces razonable tratar de no destruir esos aspectos.
De otro lado, se ha evidenciado en estos años de ejercicio de la ley, que muchos aspectos de la misma no funcionan simplemente por falta de “manejo” de los entes de dirección, planeación y control. Ello plantea a las claras que allí se requiere es enderezar la marcha, no cambiar el camino; ejemplos que ilustran este hecho pueden ser la toma de decisiones sin tener un sistema de información, el abuso y el incumplimiento de las normas por falta de control, el caos de los flujos de recursos por falta de intervención, etc. Allí solo se necesitan ajustes funcionales, de manejo, de ejecución.
Sí deben ser replanteados algunos aspectos que definitivamente muestran dificultades y en los que el modelo no atiende el problema. Algunos supuestos y metas de la ley eran francamente irrealizables; además, algunos supuestos económicos esperados en el momento en el que se planificó la ley no se cumplieron o las realidades desbordaron incluso al más avizor, como el impacto de enfermedades de alto costo, el desplazamiento o la violencia. Otros aspectos como responsabilidades en salud pública o debilidades de la estructura de mercado, tal vez sí fueron advertidos pero infortunadamente no bien entendidos por quienes tenían el compromiso de poner en marcha la reforma. En esos aspectos vale la pena hacer una revisión y verificar si es necesario un cambio estructural.
Hay que invitar a todos quienes hacen parte de alguna u otra forma de la actual ola “reformista”, para que sus propuestas sean responsables, de carácter amplio y sistémico, desprendidas de intereses particulares y buscando el bien general. No parece que a mitad de camino, con un proceso instaurado hace 10 años -lo que en términos de reformas sociales es poco tiempo- el país debiera dar un brusco giro, pero tampoco parece que debamos quedarnos inermes ante la evidencia simple de lo que no funciona.
CODA: Como parte de esta discusión planteada, el II Congreso Sectorial de Salud de la ANDI revisará este año el tema de Política Económica en Salud. Se tendrá la participación entre otros, de la Universidad de Harvard, la OPS, los Ministerios de la Protección Social, Educación y Comercio, las Superintendencias de Salud e Industria y Comercio, las universidades de Antioquia y Nacional, la Defensoría del Pueblo, la Contraloría General de la República y el Senado de la República. Estamos seguros de que se enriquecerá enormemente el debate que ahora se gesta.
 



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