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Decía una periodista italiana que la perfección
no existe, y que cuando existe es irritante. Y es irritante
porque cuando de humanos se trata, esa perfección
en realidad no existe, porque no es propio del ser humano
ser perfecto ni considerarse al final del camino ni un sujeto
terminado ni un ser con punto final -excepto claro cuando
la muerte le trunca-. Ello no implica empero, que cada ser
no se empeñe en recorrer el que considera su camino
a la perfección, sea cual fuere el campo en que quisiera
ser perfecto, porque recorrer ese camino es
el sendero a sus utopías personales, que cuando dejan
de existir o se abandonan, en verdad sí aparejan
la muerte en vida o el vacío existencial o el sinsentido.
Estas introspecciones vienen a que cuando se habla de creaciones
humanas, ideadas por esos seres imperfectos que somos, esas
creaciones inevitablemente llevan nuestro sello de imperfección,
y esa fatalidad es lo que marca ahora lo que sucede con
el régimen subsidiado. Desde otros países,
desde los estudiosos de los sistemas de salud, desde las
comparaciones con otros sistemas, la concepción del
régimen subsidiado de salud colombiano es vista como
el mejor invento criollo, esencialmente por su espíritu
de solidaridad, por la equidad buscada, por la estructura
de financiación que recoge diversas fuentes, por
perseguir ser el modelo que garantice a la población
más vulnerable un servicio de salud en condiciones
dignas, oportunas y de calidad.
Pero precisamente ese modelo que se consolida como el principal
componente de nuestro sistema de salud, es objeto de una
incesante construcción y deconstrucción oficial,
que aunque bien intencionada no deja de ser desquiciante
y generadora de conflictos y laberintos en el régimen.
Desde que se creó el sistema de salud, es el componente
más legislado, con hitos que implican avances, retrocesos,
estancamientos y un incesante volver a empezar cada vez.
La cuantía de los recursos para sostener el régimen
no es una cifra despreciable -sólo para este año,
el Consejo Nacional de Seguridad Social en Salud aprobó
un billón 584.000 millones de pesos que se invertirán
en mantenimiento y ampliación de cobertura-. Pero
ese soporte del régimen le ha significado también
su perdición, porque la posesión de esos recursos
ha despertado toda clase de apetitos en los diferentes intermediarios
que los manejan y ha creado reconocidos focos de corrupción,
dentro y fuera del sistema.
Y para rematar, el régimen subsidiado representa
en los municipios y ahora en el ámbito nacional,
el mejor caballito de batalla en época de elecciones.
La ampliación de cobertura es uno de los loables
propósitos del régimen, pero para el actual
gobierno se convirtió en obsesión como medio
para lograr la prometida y nunca alcanzada cobertura universal
del sistema de salud, y como imán que atrae y retiene
votos para la próxima contienda electoral, pese a
que se ha demostrado hasta la saciedad que tener el carnet
no es real garantía de acceso a servicios ni de atención
en acciones de promoción y prevención.
Pero a pesar de los pesares y de todas sus imperfecciones,
el régimen subsidiado está y pasará
a la historia colombiana, como la estructura que permite
a una parte importante de la población más
pobre y vulnerable del país, acceder a un servicio
de salud, incluso de alto costo (algo nunca visto antes):
prueba de ello, es que muchos matan o mueren
por tener o conservar el carnet del régimen subsidiado,
según cuenta la historia reciente.
Tan sólo por eso, porque el régimen subsidiado
puede posibilitar que muchísimos colombianos que
no pueden pagar un servicio de salud puedan acceder a él,
el gobierno y el ministerio y el Consejo de Seguridad Social,
deben poner su mejor esfuerzo en hacerlo más operativo,
más expedito, más sostenible, más viable.
Mientras la economía no genere empleo de calidad
que asegure ingresos y afiliación al régimen
contributivo, mucha población sólo tiene su
esperanza de salud en el régimen subsidiado. Y el
gobierno tiene la obligación moral y legal de no
defraudar esa esperanza. Que se tengan cifras verdaderas
de los afiliados al régimen, de su ubicación,
de su perfil epidemiológico; que se controle el uso
debido de sus recursos para lo que fueron destinados; que
exista suficiente vigilancia y control de sus actores para
que lo administren y operativicen adecuadamente; que las
nuevas normas para el régimen sean proactivas y tengan
mecanismos anticipatorios que eviten la trampa; que se garantice
afiliación a los más pobres y no a beneficiarios
sin derecho, dando prelación a afiliados nivel 1
y 2 del Sisbén; que si se persigue cobertura universal
al costo que sea, se revise rigurosamente la sostenibilidad
que demandará dicha cobertura, para que el régimen
no reviente; que aumenten los recursos de solidaridad del
régimen subsidiado por la vía planteada inicialmente:
generación de empleo para crecer un régimen
contributivo que aporte por solidaridad, al sostenimiento
y crecimiento del subsidiado. En fin, fórmulas más
y más sabias que tendrán los doctos en la
materia y cuyo aporte no debe vacilar el gobierno en buscar,
encontrar y aplicar.
Vale la pena intentarlo. A fin de cuentas, como nos recuerda
la sapiencia de Cavafis: el fin no es llegar a Itaca. La
gracia es ser Ulises y arrostrar y solazar el viaje. Si
no, sólo quedaría futilidad.
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