EDELLÍN,   COLOMBIA,   SURAMÉRICA    AÑO 7    NO 90 MARZO DEL AÑO 2006    ISSN 0124-4388      elpulso@elhospital.org.co

Fundado en Medellín, el 30 de julio de 1998. Director: Julio Ernesto Toro Restrepo. Comite Editorial: Juan Guillermo Maya Salinas, Albaluz Arroyave Zuluaga, Javier Ignacio Muñoz y Gonzalo Medina. Dirección Comercial: Diana Cecilia Arbeláez. Asistente de edición: Olga Lucía Muñoz López. Web master: Santiago Ospina Gómez

Un Ulises para
el régimen subsidiado

Decía una periodista italiana que la perfección no existe, y que cuando existe es irritante. Y es irritante porque cuando de humanos se trata, esa perfección en realidad no existe, porque no es propio del ser humano ser perfecto ni considerarse al final del camino ni un sujeto terminado ni un ser con punto final -excepto claro cuando la muerte le trunca-. Ello no implica empero, que cada ser no se empeñe en recorrer el que considera su camino a la perfección, sea cual fuere el campo en que quisiera ser “perfecto”, porque recorrer ese camino es el sendero a sus utopías personales, que cuando dejan de existir o se abandonan, en verdad sí aparejan la muerte en vida o el vacío existencial o el sinsentido.
Estas introspecciones vienen a que cuando se habla de creaciones humanas, ideadas por esos seres imperfectos que somos, esas creaciones inevitablemente llevan nuestro sello de imperfección, y esa fatalidad es lo que marca ahora lo que sucede con el régimen subsidiado. Desde otros países, desde los estudiosos de los sistemas de salud, desde las comparaciones con otros sistemas, la concepción del régimen subsidiado de salud colombiano es vista como el mejor invento criollo, esencialmente por su espíritu de solidaridad, por la equidad buscada, por la estructura de financiación que recoge diversas fuentes, por perseguir ser el modelo que garantice a la población más vulnerable un servicio de salud en condiciones dignas, oportunas y de calidad.
Pero precisamente ese modelo que se consolida como el principal componente de nuestro sistema de salud, es objeto de una incesante construcción y deconstrucción oficial, que aunque bien intencionada no deja de ser desquiciante y generadora de conflictos y laberintos en el régimen. Desde que se creó el sistema de salud, es el componente más legislado, con hitos que implican avances, retrocesos, estancamientos y un incesante volver a empezar cada vez.
La cuantía de los recursos para sostener el régimen no es una cifra despreciable -sólo para este año, el Consejo Nacional de Seguridad Social en Salud aprobó un billón 584.000 millones de pesos que se invertirán en mantenimiento y ampliación de cobertura-. Pero ese soporte del régimen le ha significado también su perdición, porque la posesión de esos recursos ha despertado toda clase de apetitos en los diferentes intermediarios que los manejan y ha creado reconocidos focos de corrupción, dentro y fuera del sistema.
Y para rematar, el régimen subsidiado representa en los municipios y ahora en el ámbito nacional, el mejor caballito de batalla en época de elecciones. La ampliación de cobertura es uno de los loables propósitos del régimen, pero para el actual gobierno se convirtió en obsesión como medio para lograr la prometida y nunca alcanzada cobertura universal del sistema de salud, y como imán que atrae y retiene votos para la próxima contienda electoral, pese a que se ha demostrado hasta la saciedad que tener el carnet no es real garantía de acceso a servicios ni de atención en acciones de promoción y prevención.
Pero a pesar de los pesares y de todas sus imperfecciones, el régimen subsidiado está y pasará a la historia colombiana, como la estructura que permite a una parte importante de la población más pobre y vulnerable del país, acceder a un servicio de salud, incluso de alto costo (algo nunca visto antes): prueba de ello, es que muchos “matan o mueren” por tener o conservar el carnet del régimen subsidiado, según cuenta la historia reciente.
Tan sólo por eso, porque el régimen subsidiado puede posibilitar que muchísimos colombianos que no pueden pagar un servicio de salud puedan acceder a él, el gobierno y el ministerio y el Consejo de Seguridad Social, deben poner su mejor esfuerzo en hacerlo más operativo, más expedito, más sostenible, más viable. Mientras la economía no genere empleo de calidad que asegure ingresos y afiliación al régimen contributivo, mucha población sólo tiene su esperanza de salud en el régimen subsidiado. Y el gobierno tiene la obligación moral y legal de no defraudar esa esperanza. Que se tengan cifras verdaderas de los afiliados al régimen, de su ubicación, de su perfil epidemiológico; que se controle el uso debido de sus recursos para lo que fueron destinados; que exista suficiente vigilancia y control de sus actores para que lo administren y operativicen adecuadamente; que las nuevas normas para el régimen sean proactivas y tengan mecanismos anticipatorios que eviten la trampa; que se garantice afiliación a los más pobres y no a beneficiarios sin derecho, dando prelación a afiliados nivel 1 y 2 del Sisbén; que si se persigue cobertura universal al costo que sea, se revise rigurosamente la sostenibilidad que demandará dicha cobertura, para que el régimen no reviente; que aumenten los recursos de solidaridad del régimen subsidiado por la vía planteada inicialmente: generación de empleo para crecer un régimen contributivo que aporte por solidaridad, al sostenimiento y crecimiento del subsidiado. En fin, fórmulas más y más sabias que tendrán los doctos en la materia y cuyo aporte no debe vacilar el gobierno en buscar, encontrar y aplicar.
Vale la pena intentarlo. A fin de cuentas, como nos recuerda la sapiencia de Cavafis: el fin no es llegar a Itaca. La gracia es ser Ulises y arrostrar y solazar el viaje. Si no, sólo quedaría futilidad.

 
 




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