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IMBERBE. Diarios de clínicas, por Abrenuncio Domicó

Alejandro Londoño
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L a conocí sin pelo, tan lampiña como el piso. Enferma de una melancolía incurable. Pálida de muerte sus ojeras eran acantilados de amargura, un par de pozos que contenían una mirada hueca, sin brillo, tan opaca como difunta. Toda terapéutica para retornarla a la vida fue inútil. Encontré sus notas en servilletas, trozos sucios que hacían folio en su nochero. No pude más que transcribirlas y guardar su testimonio.

“Nací cuando corría el año de mil novecientos setenta y ocho. Fui niña rolliza y entrada en carnes. Mofletuda y hambrienta solo fantaseaba vivir ahíta con el seno de mi madre. Mi nariz era un pequeño apéndice ovalado entre un mapamundi de carne. Conforme crecía y mi figura se hacía larga, una delgadísima pelusa iba cubriendo mi entera anatomía. A los doce años, de mi nariz se extendía hacia todo el rostro un pelambre rubio y terso. Con el pasar de los días, una sedosa barba fue colonizando mi rostro y cuando llegaba a mi adultez legal, ya tenía un tupido tapete de un negro alquitranado. El vello de mi rostro media a los menos dos palmos y comenzaba a fundirse con la enorme floresta hirsuta de mi pecho. Fui diagnosticada de porfiria, de hirsutismo congénito y hasta de una extinta forma de licantropía asiática. Vivía plena y orgullosa de mi barba. Buscaba usar escotes tan profundos, que la V de mi cuello se acercara a ese ovillo que tenia por ombligo. Esa gruesa perilla se columpiaba en mi mentón y lucirla me daba una rara dignidad. En mis padres solo encontré amor y una inteligente compresión a mi ambigua figura. Contrario al apetito que sentía por mí misma, el mundo entero me miraba como a un fenómeno de feria, un tipo de eslabón perdido, a medio camino entre la mujer y el mono. Fue tan agobiante la mirada del mundo, que mi imagen comenzó a espantarme en el espejo. Accedí a participar en una terapéutica experimental donde intentarían modificar mi núcleo genético. Buscaban fabricar una nueva mutación que eliminara lo que ellos llaman un producto defectuoso en mi desarrollo. Profanaron mi melenuda piel con sondas, irradiaron mi floresta cutánea, cubrieron mi crespa maraña con pungentes pomadas. Los doctorcitos me dañaron de forma irreversible, tamizaron sus resultados como de un éxito absoluto. Eliminaron mi lanugo y, ahora soy tan lampiña e imberbe como el más pequeño de los nacientes. Mi piel se hizo lisa, no me reconozco al tacto, eliminaron mi orgullosa y tupida chivera. Me dejé quitar esa animalidad sagrada que definía a mi persona. Perdí el privilegio de ser única y ya me pierdo entre sus masas.


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