MEDELLÍN, COLOMBIA, SURAMERICA No. 259 ABRIL DEL AÑO 2020 ISNN 0124-4388
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Dentro de algunos años la pandemia ocasionada en 2020 por el SARS-CoV-2 será estudiada bajo un nombre tal vez más atractivo, quizá colocado por un científico o algún medio de comunicación con influencia, pero en todo caso no será olvidada gracias a la amplia cobertura que han tenido sus efectos iniciales, y las miles de películas que Hollywood producirá, los best sellers que ocuparán vitrinas por meses, y algunas series televisivas que la tendrán como telón de fondo para romances o acciones épicas de comandos valerosos que salvan pueblos enteros de la peste.
Pero en realidad los seres humanos somos sobrevivientes, resultado y causantes de epidemias similares y peores. La sorpresa y novedad que ha copado la atención mundial se debe a que nuestra memoria es corta y el desconocimiento de la historia grande, de ahí el asombro, los titulares, el pánico, las teorías conspirativas y el miedo que se ha apoderado ante todo de las ciudades, porque en el campo, la sabiduría de las personas simples, les permite continuar con relativa tranquilidad el disfrute de la vida.
Los aficionados a la serie inglesa Downton Abbey vieron como Sybil, la hija menor del conde de Grantham, moría, sin que nadie pudiera ayudarla, aquejada por una extraña enfermedad: era el año 2018 y la joven representaba a una víctima de lo que se conoció como Gripa Española, la última gran pandemia que azotó a la humanidad y que tuvo tal vez como única gran coincidencia con la actual, su relación con los medios de comunicación, ya que fueron los periódicos de la época los que acuñaron su nombre sin que en realidad el origen estuviera en el país ibérico.
La Gripa Española fue mucho más letal pero es menos recordada, a menos que se sea historiador o profesional de ciertas áreas de la salud. Se calcula que ocasionó la muerte de 50 millones de personas, cifra que pudo ser muy superior debido a las incipientes estadísticas sanitarias que se manejaban hace 102 años. Los afectados pudieron superar los 500 millones de individuos, lo que implica una tercera parte de la población mundial en aquel entonces. Su origen ha sido ubicado en varias latitudes, aunque muchas especulativas, que en Francia alrededor de 1916, o en China en 1917, sin embargo la que más evidencia científica muestra la registran en la base militar de Fort Riley, Estados Unidos el 4 de marzo de 1918.
Para ese momento en Europa se desarrollaba la I Guerra Mundial (1914-1918) y al ser España un país neutral, fueron los medios de comunicación de este país, que no estaban sometidos a la censura oficial, los que registraron una enfermedad que mataba en pocas semanas e incluso días. Los medios ibéricos le dieron al principio el nombre de ‘El soldado de Nápoles’ y ‘La enfermedad de moda’, pero el corresponsal del The Times en Madrid, acuño en sus informes el término de ‘Gripe Española’ a la peste que se expandía hacia el resto del mundo ese verano de 1918.
Fiebre elevada, dolor de oídos, cansancio corporal, diarreas y vómitos ocasionales, eran síntomas de la enfermedad que luego evolucionaba hacia una neumonía bacteriana secundaria que causaba la muerte por la ausencia de antibióticos. La letalidad era alta, muchas personas fallecían en menos de cinco días después de la aparición de los primeros síntomas; la hemorragia pulmonar aguda masiva o con edema pulmonar, eran reportadas por los médicos como causante del fallecimiento. Hoy se sabe que la Gripa Española era causada por un brote de influenza virus A, del subtipo H1N1 con genes de origen aviar, según el CDC (Centro para el control y la prevención de enfermedades de los Estados Unidos) y continuaría circulando de manera esporádica como un virus estacional en todo el mundo durante los 38 años siguientes.
Como particularidad, la tasa de mortalidad fue más alta entre personas menores de 5 años, entre los 20 y 40 años y en mayores de 65 años. La alta afectación y mortalidad en personas sanas, incluido el grupo etario de 20-40 años, fue una característica exclusiva de esta pandemia. Y si bien el virus H1N1 de 1918 ha sido sintetizado y evaluado en laboratorio, las propiedades que lo hicieron tan devastador no están claramente definidas. Básicamente el desarrollo de la enfermedad mostró tres olas, presentándose la segunda en septiembre de 1918, con inicio en Camp Devens, un campo de entrenamiento del ejército de Estados Unidos cerca de Boston. Sería esta segunda ola, que llegó a su punto máximo en noviembre, la causante de 100.000 muertes en ese solo país. Una tercera y última ola comenzó a principios de 1919, se prolongó durante la primavera y si bien fue grave, no fue tan mortal como la segunda. En el verano de 1920 el virus desapareció tal y como había llegado.
La secuela de muerte fue apabullante. 675 000 estadunidenses murieron haciendo que la expectativa de vida en ese país bajara en alrededor de 12 años, a 36.6 años para los hombres y 42.2 años para las mujeres. En China murieron 30 millones de personas, alcanzando una mortalidad del 40 % de la población en algunas zonas. En el Reino Unido murieron 250 000 personas. Colombia no escapó de los efectos y entre octubre de 1918 y hasta agosto de 1919, alrededor de 3.000 personas murieron principalmente en Boyacá. Venezuela fue más afectada con 25. 000 muertes; Argentina reportó 14.997 decesos, Francia 400.000 e Italia una cifra similar. En la India, en ese momento colonia británica fallecieron 17 millones, y las estimaciones sobre el África subsahariana hablan de 1,5 a 2 millones de víctimas. En Australia murieron unas 80.000 personas y en Fiyi murió el 30 % de la población en sólo dos semanas, mientras que en Samoa Occidental el 40 %.
Un pequeño pueblo costero de Alaska, Brevig Mission, tiene una doble significación en la Gripa Española al ser testimonio de legado mortal y el lugar crucial para el entender el virus de 1918. En el otoño de 1918, allí vivían unos 80 adultos de la tribu Inuits, y en un lapso de solo cinco días, entre el 15 y el 20 de noviembre de 1918, la pandemia cobró la vida de 72 de los 80 habitantes adultos del pueblo. En 1951, un investigador de apellido Hultin obtuvo permiso de los ancianos del pueblo para excavar el cementerio de Brevig Mission con el fin de obtener tejido pulmonar de las víctimas de la pandemia y así estudiar sus características. Sin embargo este primer intento falló por problemas para conservar las muestras camino a la universidad donde adelantaría la investigación. Solo 46 años después, en 1997, Hultin insistió en su intento, esta vez tendría éxito y en compañía de Jeffery Taubenberger, un patólogo molecular, lograron desentrañar los misterios del virus.
Algunos elementos que influyeron en la alta letalidad de la Gripa Española estaban directamente relacionados con los desarrollos científicos y técnicos que se tenían en 1918. No habían descubierto los virus como tal, no había pruebas de laboratorio para diagnosticar, detectar o caracterizar los virus de la influenza. No había vacunas ni medicamentos antivirales ni antibióticos para tratar las infecciones bacterianas secundarias como la neumonía. En cuanto a la planificación ante una pandemia, a principio del siglo XX no existían planes coordinados contra este tipo de enfermedades, aun así varias ciudades implementaron medidas de mitigación como el cierre de escuelas, la prohibición de reuniones públicas y cuarentenas o aislamientos, que ya se usaban en la época del imperio romano. En N.Y. se ordenó el uso de mascarillas y se multaba o encarcelaba a las personas que no se cubrieran al toser.
Hemos convivido con pandemias durante toda nuestra existencia, lo novedoso ahora es que el mundo debería estar más preparado porque si para algo debería servir el desarrollo tecnológico, debería ser para proteger la vida, y no solo para impulsar un consumismo voraz. La historia mostrará si esta vez si aprendimos la lección.
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