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A los ojos de Beckett

Por: Damián Rúa Valencia. Magister en Literatura Francesa comparada Universidad de Estrasburgo – Francia
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Dos hombrecillos mal vestidos circulan de un lado para otro sin saber qué hacer. No pueden salir, aunque lo intenten. No pueden irse porque están esperando y deben hacerlo hasta el final. Cuando uno de los dos se aventura a mirar hacia afuera, el otro le recuerda que no pueden salir. Están encerrados pese a no divisar ninguna reja. No tienen ocasión de ver a nadie o a casi nadie. No más que a un par de personas que pasan ocasionalmente por ahí y que se sienten tan perdidos como ellos. Solos con su espera deben arreglárselas para poblar el tiempo. He ahí el problema: ¿con qué llenar las horas? ¿Moverse? ¿Correr? No hay espacio ¿Platicar? ¿Pero de qué? Los temas de conversación comienzan a escasear cuando uno pasa mucho tiempo en compañía de alguien. Tanto que las palabras pierden sentido y el silencio se llena de alusiones.

Esto, que bien podría ser la descripción de nuestras jornadas desde hace un par de meses, es en realidad el argumento de una de las piezas de teatro más originales del siglo XX. Se trata de Esperando a Godot escrita en francés por el autor irlandés Samuel Beckett.

Debo admitir, para mi vergüenza, que cuando leí por primera vez alguna de sus obras, me pareció la cosa más absurda del mundo. No entendía nada. No comprendía por qué los personajes no podían salir, por qué tendían al silencio, a la inmovilidad, a la incoherencia. Creo que incluso yo, que no suelo devolver los libros, se lo lancé desde lejos con toda la fuerza de mi desprecio a quien se atrevió a prestármelo.

Y, sin embargo, luego de varios años, intentos, fracasos y situaciones varias, volví al él con ojos renovados. Y lo hice por la puerta pequeña. Es decir, no por medio de las grandes obras teatrales (Final de partida, Los días felices, La última cinta de Krapp) ni por sus innovadoras novelas (Molloy, Malone muere y El innombrable), sino por sus más bien desconocidos trabajos para la radio: Todos los que caen, Cenizas, Palabras y música, Cascando. En ellos resuenan como un eco los grandes temas expuestos en sus obras principales y se pueden advertir las obsesiones que dominaron su creación literaria.

Un curioso extranjero

Samuel Beckett es un personaje muy particular en el panorama literario. No sólo ejerció casi todos los grandes géneros (novela, teatro, poesía, cuento), sino que además incursionó en otras artes: radio, televisión, cine. Escribió sobre pintura y era, además, pianista. Nacido el 13 de abril de 1906 en la periferia de Dublín, redactó sus primeros trabajos en inglés, al mismo tiempo que aprendía francés e italiano y aspiraba a una carrera universitaria. Luego de varios viajes por Europa, de desavenencias con su madre y del encuentro con James Joyce en París, decidió abandonar su país y su lengua natal para instalarse en Francia y volverse escritor.

Todo en él, no sólo sus creaciones literarias, parece obedecer a leyes inexpugnables: su vida discreta, su silencio mítico, su absoluto desinterés por el reconocimiento. Tanto que cuando en 1969 se le concedió el premio Nobel de literatura, su editor tuvo que convencerlo de aceparlo e ir a Estocolmo a recogerlo, en su lugar. Beckett se negó a dar discursos y entrevistas, como es usual en esas ocasiones. Con mucha razón dijo de él alguna vez Emile Cioran: “No vive dentro del tiempo sino paralelamente al tiempo. (…) Es uno de esos seres que hacen pensar que la historia es una dimensión de la que el hombre podría haber prescindido”.

Estar ahí

A diferencia de su mentor Joyce, que buscaba aprehender el mundo por medio de la acumulación de conocimientos, y sobre todo de la novela realista que situaba a los personajes en un contexto bien definido con el fin de imprimir una radiografía de la sociedad, Beckett encontró en la margen, en el fracaso, en la introspección una fuente de inspiración. Es decir, en el encogimiento, en difuminar los puntos de referencia, en la supresión de toda alusión a la realidad política o histórica y en la negación profunda, casi obsesiva, de cualquier búsqueda de sentido.

¿Qué queda después de que se dejan de lado todos los decorados? Lo esencial. El tiempo. La voz. Por eso, no hay referencias ni a la primera guerra mundial, que a él le tocó vivir, ni a la segunda, en la que él participó activamente como miembro de la Resistencia. Por eso no hay mención del Mayo 68, a pesar de haber vivido cerca de los acontecimientos. Nada. Sus personajes parecen arrojados al mundo desnudo. Están ahí sin ningún motivo para estar ahí. Y lo único que pueden hacer es hablar.

En Esperando a Godot, por ejemplo, Vladimir y Estragón no saben ni dónde están parados. En las indicaciones escénicas sólo se mencionan “Un camino en el campo con un árbol”. Nada más neutro y anodino. En Cenizas escrita para la radio, se oyen solamente el mar a lo lejos y los pasos de los personajes.

Quizá sea esto lo que más inquieta, porque una causa, una razón, es, al final de cuentas, una forma de consuelo. La tragedia se vuelve más profunda, más íntima, cuando queda sin respuesta, sin justificación.

Al margen

Los personajes de Beckett son, en general, seres marginales que buscan reducir su presencia en el mundo: ancianos desencantados, vagabundos, escritores mediocres, enfermos mentales, afásicos. Todos se preguntan por las razones para seguir avanzando, para seguir esforzándose en llevar a cabo los actos cotidianos, como si el mundo se hubiera vuelto extraño súbitamente. Existir no es algo evidente para ellos.

La obra radiofónica Todos los que caen cuenta el periplo casi homérico de la señora Rooney para buscar a su marido en la estación de tren. Es una señora entrada en años a la que le cuesta caminar y que debe pedir ayuda para subir las escaleras. Aunque preferiría quedarse en casa, sale a buscar a su marido, ciego y aún más viejo que ella, para guiar sus pasos de regreso a casa. Sin embargo, a sus ojos, tanto salir como quedarse se vuelven perjudiciales. Ella lo resume en una frase lapidaria que bien podría decir uno hoy: “Salir en nuestros días es el suicidio asegurado. Pero quedarse en casa, señor Tyler, quedarse en casa, ¿qué es? Extinguirse a fuego lento.”

La inmovilidad se radicaliza en las obras posteriores: Winnie de Los días felices está metida hasta la cintura en un montículo de arena; los tres personajes de Comedia se hallan atrapados en vasijas funerarias. En una de sus últimas obras teatrales, No Yo, la actriz incluso desaparece de escena y sólo queda su boca.

Palabras

La relación de Beckett con el lenguaje es problemática. Oscar Collazos, que tuvo ocasión de tratarlo durante una estadía en Alemania, cuenta que parecía un hombre poco apto para el lenguaje oral. Un hombre que estaba más cómodo en el silencio. Dicen que, durante sus reuniones con Joyce, podían quedarse horas sin pronunciar palabra.

Y, sin embargo, sus personajes hablan hasta más no poder. Es casi lo único que hacen. Las tramas de sus obras se centran en ello. En un relato de Textos para nada, el narrador afirma incluso “Mientras haya palabras, no hay necesidad de historia”.

Aunque hablar es lo único que les queda, los personajes se hallan confrontados a la imposibilidad de decir lo que quieren. El lenguaje y la voz dejan de ser naturales y se convierten, no en una extensión sonora del cuerpo en el espacio, un “segundo cuerpo” como diría Merleau-Ponty, sino en algo disociado y moribundo. El marido de la señora Rooney, al escucharla hablar, le replica: “A veces parecería que te debates con una lengua muerta”. Winnie, que no puede dejar de hablar, constata con amargura que “Hay momentos en que las palabras te abandonan”.

Los personajes se dan cuenta de una doble traición: la primera tiene que ver con el carácter impersonal, colectivo y coercitivo de toda lengua, que impone un sistema de normas y de signos. En Final de partida, Clov dice a Hamm: “Utilizo las palabras que me enseñaste. Si ya no quieren decir nada, enséñame otras. O déjame callar”. La segunda nace de la toma de consciencia de la inadecuación entre las palabras y las cosas. Entre el signo lingüístico y su referente. Para decirlo en términos coloquiales: entre el perro que uno ve en la calle y la palabra perro. Por eso Winnie asegura que las palabras “están vacías”. Ya no significan nada.

Es por eso que, aunque locuaces, los personajes buscan con ansias el momento en que podrán quedarse callados. Así en Cascando, un hombre que pronuncia frenéticamente retazos de discurso dice: “historia… si pudieras terminarla… estarías tranquilo… podrías dormir… no antes… oh yo sé… he terminado miles y una… hecho sino esto… esto mi vida”. El silencio equivale entonces a la muerte.

Fuera de la realidad

Se ha dicho muchas veces que las obras de Beckett son abstractas. Pero una lectura, incluso rápida, de cualquiera de ellas, muestra lo contrario. No hay ninguna pretensión de erigir conceptos ni de dar explicaciones. Sólo aparecen los hechos.

Es curioso pensar que, en un siglo marcado por la hiperactividad, por los grandes movimientos históricos, Beckett trasladara los dramas del hombre, la desazón de estar en el mundo, hacia el lenguaje y la vida cotidiana. Que optara por desacelerar nuestro ritmo y diseccionarlo sin ninguna concesión. Aunque perezcan a primera vista personajes decadentes, esquizofrénicos, casos clínicos, tienen en realidad mucho que ver con la vida diaria de cualquiera, pero sin los decorados que solemos ponerle. Por eso, no hay grandes dramas, sólo las pequeñas miserias, de las que nadie escapa. Esos seres errantes y perdidos, en lugar de ser marionetas, son parte de nuestra familia. Para desgracia nuestra.


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