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Humanamente deseamos vivir bien, con abundancia de recursos, tiempo libre y la posibilidad de desarrollar proyectos para nuestro bienestar. En la vida real los recursos son limitados, el tiempo finito y el desarrollo necesita trabajo; es por eso que la economía, como ciencia social, toma relevancia en la administración de bienes para alcanzar el máximo provecho para el mayor número de personas.
Durante la edad media y el renacimiento las monarquías europeas fundamentan su economía en la posesión de metales preciosos, estos se obtenían mediante la conquista y la colonia. Posterior a la revolución industrial se inicia una nueva era caracterizada por el capitalismo y por los monopolios comerciales, además del desarrollo de una economía monetaria que termina impactando el campo político con la aparición de repúblicas.
La escuela clásica nace como un intento científico de explicar el fenómeno macro-económico, su mayor representante es Adam Smith, el cual tiene por paradigma el Iusnaturalismo por encima del Iuspositivismo. Postula que la economía es un fenómeno natural, con un impulso humano propio en donde el estado no debe interferir, “mano visible”, y plantea que el equilibro se da por una reacción en cadena, donde cada individuo en busca en de su propio bienestar termina arrastrando el bien para todos. En esta escuela la propiedad privada es fundamental y su condición natural lo empuja al intercambio de productos especializados.
El capitalismo se fortalece al crear la necesidad de productos, los que compiten en un mercado haciendo que la oferta y la demanda sean fundamentales. Al aumentar el número de vendedores y de compradores crece también la economía, y se logra un mayor nivel de subsistencia.
El trabajo debe ser productivo, el producto debe superar la inversión original, esta utilidad permite la reinversión. Dicho de otro modo el valor aumenta con el trabajo, y por eso “es justo que los capitalistas sean ricos”.
Smith enseñaba que las mercancías varían su valor pero no el trabajo para producirlas. Por otro lado Ricardo postula que el trabajo es variable, y que su variabilidad es la norma para el intercambio.
Durante el siglo XIX aparece el socialismo científico de Karl Marx, más que una teoría económica se trata de una transformación social. Se fundamenta en el materialismo dialéctico y considera que la lucha de clases es el catalizador de un cambio profundo. Acá el valor no está en el trabajo si no en el número de horas usadas por un obrero. El capitalista no puede vivir sin los asalariados y el estado debe regular la economía y la relación entre productor y el consumidor, así como sobre el valor.
La escuela neoclásica plantea que el valor no depende del trabajo, sino de la escasez – utilidad. Lo anterior crea el paradigma de la utilidad marginal, su eje central es la oferta y la demanda. Se inicia el estudio del consumidor, sus preferencias, necesidades, tendencias y con base en esto se elaboran productos que las satisfagan.
Los neoclasistas defienden la propiedad privada, piensan que el valor está en la utilidad. Para Marshall la oferta y la demanda regulan los precios, mientras que para la escuela de Lausana que introduce las matemáticas para lograr un equilibrio casi ecuacional. La propuesta de Chicago va dirigida al libre comercio, compitiendo por precios, poniendo en riesgo la calidad.
En términos generales la propuesta norteamericana es la monetaria, en donde el estado no debe intervenir, y cada empresario es libre de usar a su antojo sus recursos, crear un monopolio es su lema, control total del mercado.
La teoría económica del bienestar, podemos clasificarla como neoclásica, tiene dos pilares fundamentales: la eficiencia económica y el bienestar social. Su postulado busca el bien de cada individuo que conforma una sociedad. Sin bienestar de los individuos no hay bienestar social. Impactando en la microeconomía de las personas impactamos en la macroeconomía.
El bienestar puede ser entendido como económico, pero también desde el principio de Pareto (Igualdad Vs Equidad), todos debemos tener automóvil, pero el que gana más accede a uno de mayor gama; se respetan la preferencias individuales, si puedo elegir entre A y B, y escojo B y nadie se opone y no hay problema.
A mayor producción hay mayor consumo, pero también mayores ingresos, esto lleva a incrementar el bienestar. La teoría respeta las preferencias y al final impacta la eficiencia, mejorando la macro-economía.
Podemos afirmar que la inversión en valor del talento humano trae beneficios para el individuo, para la compañía y para el país. La felicidad mejora la eficiencia, la eficacia y la efectividad, todo lo anterior mejora la competitividad y el producto final será consumido por individuos que también lo invertirán en su bienestar, generando crecimiento económico y más felicidad.
La economía del “Amor” propuesta por el cristianismo primitivo y tan desdibujado en nuestros días, hace referencia al “servicio”, entendido como la especialización y complejización del trabajo. Cada organización, al igual que un organismo vivo, tiene órganos y tejidos que se especializan, pero el fin último es el bien común. Cuando un área no funciona es toda la empresa la que se enferma, todos sufren por qué no todos está bien. “el bien es común a todos”. Un principio ético es “hacer el bien”, uno estético es “hacerlo bello”. Muchos individuos, muchas áreas, muchas funciones, “un solo Espíritu”. Todo lo anterior se consigue con una única experiencia fundante, con un “encuentro”, un encuentro con “El Misterio”. Ese primer encuentro es piedra angular para el siguiente paso, descubrir que cada ser humano es un misterio, es un fin en sí mismo y que al final del día el verdadero valor agregado es la “vida plena” de cada uno de los miembros de nuestra organización. Si no lo logramos habremos fracasado.
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