MEDELLÍN, COLOMBIA, SURAMERICA No. 258 MARZO DEL AÑO 2020 ISNN 0124-4388
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Escultura de José Horacio Betancur
Inclinación magnética de cara al sur, fuerzas barométricas insoportables; necesidades a cubrir, abundantes; posibilidades de vida alienadas, y de muerte todas...
Me vi embarcado en esa pequeñísima nave a contracorriente. Un negrazo de torso monumental nos hacía avanzar a pulso de grito y fuerza. El remo contra el pecho, abrazado por esas manos hechas torpedos, nos hacía remontar la corriente con pasmosa determinación. La promesa era una: hallar una población no identificada aún, desconectada de toda comunicación y libre del contacto civilizatorio.
Ajustaba treinta años viajando de continente en continente, identificando y describiendo rasgos determinantes de esa rara especie de la que también soy hijo: bípedos implumes, dotados de una conciencia semiciega.
Mi último libro, en asuntos comerciales, había sido todo un fiasco, pues con un primer tiraje de 200 copias, 198 me acompañaban en las noches y alimentaban mi chimenea durante el invierno. Comportamientos comunes y diferenciación de rasgos de especie en primates humanos. Estudios observacionales en capitales desarrolladas apenas llegó a los estantes de las librerías, y se postulaba como un gran fracaso, de título rimbombante. Mis publicaciones habían sido criticadas, con tal vehemencia, bajo la premisa de que “toda cultura, habiendo llegando a cierta jerarquía de desarrollo, se comportaría igual y fomentaría en su descendencia la herencia de los rasgos aprendidos por mecánicas invisibles llamadas herencia de principios”, que requería con urgencia la demostración de la pervivencia o no de dichos rasgos en las comunidades tribales desconectadas de todo atisbo de cultura globalizada.
Los datos a cotejar serían mis observaciones reiteradas en las grandes capitales alrededor del mundo, de comportamientos tales como la vanidad inflamada, el ánimo depredador, el egoísmo ciego, el gozo macabro con la crueldad, la necesidad psíquica de un gobernante tirano y de maquillar el miedo al desamparo con las más intrincadas trampas, disfrute sádico con la tragedia del cercano, alta tendencia a dicotomizar en absolutos, ceguera a los matices, incapacidad de representarse las consecuencias, compulsión por lo tanático, desconexión con la naturaleza y el impulso de desintegrar sistemas.
Planeé mi viaje con el corazón roto, pero con la sospecha de que aquellas comunidades alejadas, libres de sistemas económicos con dientes y cola, podrían compartir atributos de talantes más serenos y no depredadores. Con mi importancia personal en el subsuelo y una economía fracturada, liquidé lo poco que me quedaba, cuéntese así: un pequeño auto modelo 1948, del que podría obtener algunos pesos si lo vendía como chatarra, un cuchillo de caza oxidado, mi colección de libros no vendidos —los subastaría por el valor del peso de su papel y no por su contenido—, una vieja lámpara de cirugía y algunas curiosidades y abalorios que había adquirido en mis viajes por el mundo.
Remonté ese tempestuoso río con la ayuda de aquel monumental boga. Fui el plato preferido de hordas de mosquitos carniceros e hice de la quinina la fuente principal de mi alimento. Casildo, que así se llamaba mi compañero de remos, me dejó en una pequeña playa limitada en todos sus extremos por una espesa selva. Cuál fue mi sorpresa, al iniciar la andadura, cuando vi que los animales, fieras y demás me miraban apenas, no huían ni intentaban agredirme. Su disposición era calma, apenas giraban para determinarme y seguir con lo suyo. Aquello me permitía concluir que mi figura, representante de lo humano, no los amenazaba. ¿Sería ese talante producto de la inocencia de un primer encuentro? ¿O que ya conociendo a los míos, no representábamos un peligro para su vida?
Luego de catorce jornadas de trajines hice el primer encuentro con una pequeña comunidad. Eran pequeños de estatura, de esqueleto fuerte y pieles apretadas. Sus rasgos angulosos, de frente ancha y nariz achatada, les daba una apariencia felina. No me fue difícil aprender su lengua, pues, generosos por naturaleza, me acogieron con especial ternura. Sus esfuerzos permanentes para comunicarse se vieron recompensados con mi aplicación para aprender su idioma. Su repertorio lingüístico era rico y cada palabra parecía definir la esencia misma de la cosa nombrada. No aparecía en su lengua ningún tipo de arbitrariedad. No conocían sistemas métricos y su matemática parecía fabricada para la construcción de un sistema armónico, pues allí donde yo pensaba que podría cuantificarse algo, ellos solo celebraban los atributos y la utilidad de la cosa en cuestión. Pensaban que su respiración terminaría siendo el aliento del mundo y que todo lo que volaba, se arrastraba, corría o nadaba, eran órganos de un universo animado. El sol y la luna eran los ojos del mundo, las tormentas su leche, aliento vital que celebraban cantando, y las montañas las arrugas adquiridas en sus tantas vidas. El equilibrio era dado por cada parte y nada sobraba allí. Entendían a la muerte como un evento vital y consideraban a sus muertos como un tipo de honor a la materia verde, que terminaría tapizando sus esqueletos. Toda madre le prestaba a cualquier chico su seno y existía una palabra única para nombrar el parentesco; así pues, todos hacían parte de una única familia, sin jerarquías ni títulos. Vi a chicos siendo alimentados por jaguares y a dantas mamando de pechos humanos. Sus mitos de origen ponían en participación a todo ser de la tierra y cada uno tenía allí un papel primordial. No existía el castigo físico ni la propiedad privada. Todo era de todos y se compartía con un tipo de lógica del cuidado, previniendo cualquier derroche.
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