MEDELLÍN,   COLOMBIA,   SURAMÉRICA    AÑO 6    NO 76  ENERO DEL AÑO 2005    ISSN 0124-4388      elpulso@elhospital.org.co






 

 

Museo de Antioquia,
un acto de fe en la cultura
Hernando Guzmán Paniagua - elpulso@lhospital.org.co
Cuando en 1936 el joven artista Pedro Nel Gómez pintó los once murales del antiguo Palacio Municipal de Medellín, no imaginó que 64 años después ese laberinto de oficinas, corbatas, decretos y resoluciones se convertiría en templo del arte, que más que una co-lección de obras es un patrimonio cultural invaluable y un gran proyecto de ciudad. Tampoco le pasó por la mente a don Francisco Antonio Zea en la época de la Independencia, que su nombre estaría en la puerta de la “Biblioteca y Museo Histórico Francisco Antonio Zea” desde 1881, y que el rótulo sería archivado más de un siglo después para poner en su lugar “Museo de Antioquia”.
Desde los albores del siglo 21, las barequeras, los mineros, las chapoleras, los niños famélicos y demás personajes de los frescos de Pedro Nel, conviven con las exhuberancias de Fernando Botero, con la proscrita Débora Arango, con los claroscurosos de Gregorio Vásquez, con las estampas de la Antioquia ancestral de Eladio Vélez, Rafael Sáenz, Humberto Chávez y Francisco Antonio Cano, con Rodin y su discípulo Tobón Mejia, con Picasso, Siqueiros y Rivera. Además, se han cruzado con Rembrandt en una inolvidable exposición itinerante.
Qué es el Museo
Un día de octubre de 2000, los niños de Medellín entraban triunfalmente al nuevo Museo de Antioquia de la mano de Botero y se apropiaban lúdicamente de sus espacios. Poco antes el maestro había estrechado las manos de venteros ambulantes, fotógrafos callejeros, lustrabotas, estudiantes y desempleados. Varias trabajadoras sexuales del sector de la Veracruz se volvían aseadoras de estatuas y de algunos recintos en la vieja casa del Museo. La gente de Medellín se agolpaba para saludar a Botero el día en que resonaban los aires del Magnificat de Bach y del Himno Antioqueño en la Basílica Metropolitana. El entorno urbanístico comenzaba a cambiar, los negocios tomaban el nombre de Botero, los conductores del Metro anunciaban la ciudadela cultural como un destino importante. La directora Pilar Velilla Moreno piloteaba un modelo de gestión que convertía al Museo de Antioquia en un ámbito donde son tan importantes las pinturas y esculturas como los conciertos, las películas, el mercadeo social, la pedagogía y el mecenazgo, como sentido de pertenencia a nuestra ciudad y a nuestra historia. Así supimos que el Museo de Antioquia es más que un edificio con pinturas colgadas o bodega de objetos del pasado: es una estructura viva donde actúan los vasos comunicantes de la cultura.
El Museo dispone de salas permanentes a saber: las de la donación Botero, una de las cuales alberga 130 obras suyas entre pinturas y esculturas, donadas entre 1977 y 2000, y la Sala Internacional; salas siglos XIX y XX, que reúne pintores y escultores desde fines del siglo XIX hasta hoy; Sala Manuel Uribe Ángel, que contiene retratos y objetos personales del gran escritor, geógrafo, botánico y orador envigadeño; un Salón de la fotografía con obras de sus artistas más insignes; las salas prehispánica, colonial y republicana o “Sala de las tres culturas”, donde hay fósiles de hasta 13 mil años de antigüedad, utensilios, vasijas y objetos de las culturas precolombinas, pinturas de la época colonial, retratos de los próceres neogranadinos y una colección de armas. También es permanente la Sala Carlos Ardila Lulle, donde se exhibe el políptico de Luis Caballero, una de las obras más importantes del arte conceptual del siglo XX en Colombia.
Las salas temporales del Museo de Antioquia funcionan como espacios para diferentes exposiciones que divulgan expresiones nuevas o tradicionales del arte local, regional, nacional o internacional, incluyendo muestras itinerantes. Están ubicadas en la sede principal y en la Casa del Museo (antigua sede), y por ellas han pasado muestras tan disímiles como la itinerante “Rembrandt en Colombia”, “Pierre Balmain, Arquitecto de la Moda”, “Chocó, el Vecino Pacífico”, “El canario y el jabalí: láminas en la memoria de Jorge Julián Aristizábal”, con las láminas del álbum “Historia Natural” de Chocolatinas Jet, y otra de arreglos florales.
Especial relieve adquiere la Sala Virtual, donde jóvenes, niños y adultos utilizan esta herramienta tecnológica para la investigación del patrimonio artístico y para navegar por el ancho mundo del arte universal.
El milagro de la solidaridad
La gestión de recursos en el Museo de Antioquia constituye un modelo sui generis de ingeniería empresarial, una amalgama de iniciativas que coordina la comunicadora social Pilar Velilla Moreno y que es uno de los ejemplos fehacientes de la grandeza paisa. Cuando el Museo de Antioquia parecía un barco a punto de naufragar, Pilar se metió en los recintos de la Asamblea Departamental y del Concejo de Medellín y en las gerencias de empresas importantes, pero no para implorar la ayuda mediante las acostumbradas limosnas. No, ella fue a reclamar lo que en justicia se le debía a la cultura y a la vez a demostrar que el Museo podía ofrecer servicios de alta rentabilidad social y hasta económica. Así se logró después de años de lucha la cesión en comodato del viejo Palacio de Carabobo, sede actual de la institución. El Museo de Antioquia se llama así desde 1984, pero sólo en el comienzo del siglo 21 dejó de vivir de milagro. Se necesitó que surgiera el Programa de Adopciones, mediante el cual las entidades privadas u oficiales patrocinan salas y otros espacios del Museo y obtienen a cambio diversos beneficios en los soportes publicitarios institucionales, lo mismo que en prensa, internet, radio, televisión y otros medios. Este rubro de gestión lo maneja la directora Pilar Velilla.
El Museo de Antioquia es el único que se dio el lujo de ser inaugurado por los niños, antes que por cualquier autoridad.
El patrocinio de exposiciones específicas constituye otra valiosa modalidad del mecenazgo. Si a las adopciones le sumamos la explotación de los derechos de autor, los proyectos de mercadeo social, los eventos especiales, la restauración de obras o colecciones particulares y secundariamente el producto de la taquilla y los recursos que obtiene la “Sociedad de Amigos del Museo”, tenemos el combustible que alimenta la marcha de las grandes áreas de gestión en el Museo de Antioquia.
Anatomía de una ciudadela cultural
A principios de los años 80´s, los periodistas salíamos a media noche (o más tarde si había zafarrancho entre liberales, conservadores y comunistas) de las arduas sesiones del Concejo de Medellín en el viejo Palacio de Carabobo. Ahora salimos igual de tarde del mismo lugar, pero después de asistir a veladas más agradables, como la inauguración de la exposición “Rembrandt en Colombia”, la entrega de la Sala internacional, la muestra del Chocó, la de las caricaturas de “Mico” o de funciones de música, teatro y cine.
El área cultural que dirige la locutora e intelectual Aura López, comprende programas de tanto calado social como las visitas guiadas -en especial los que llevan las comunidades barriales periódicamente al Museo a disfrutar de intensas jornadas de arte y recreación dirigida -, seminarios, conversatorios, conciertos de música, el Jueves de Cine en video y otros servicios de la Sala de proyecciones. Y la Escuela del Museo es el mecanismo agrupador del cúmulo de actividades culturales y didácticas, la mayor parte de las cuales funcionan en el Ala Experimental o antigua sede; valiosos instrumentos educativos son el Plan Maestros que pone las salas al servicio de los colegios, las vacaciones escolares y la Biblioteca Jaime Hincapié Santamaría. En tanto, el Fondo Editorial representa a su vez un apoyo a la labor investigativa, científica, cultural y divulgativa del Museo de Antioquia.
Más que un anticuario o un edificio con pinturas colgadas, el Museo es una estructura viva donde actúan los vasos comunicantes de la cultura.
Con su enorme conocimiento del mundo del arte y la aguda intuición para el manejo del espacio, el arquitecto Alberto Sierra dirige el área de curaduría. Le toca depurar las obras que integran la colección del Museo de Antioquia, determinar sus exposiciones, definir la logística de iluminación, ubicación, cuidados y demás aspectos para el aprovechamiento de un área que representa más de la mitad de los 14.000 metros cuadrados que tiene el complejo artístico.
El taller de conservación y restauración que orienta Martha Isabel Isaza sirve para el tratamiento preventivo de las obras del Museo, para el almacenamiento de las obras no exhibidas, servicios a entidades y particulares, y para el apoyo a instituciones culturales sin ánimo de lucro, como el museo religioso Francisco Cristóbal Toro de Santa Fe de Antioquia y el Museo Histórico del municipio de El Peñol.
Como si fuera poco, el Museo de Antioquia tiene un área de eventos a cargo de Carmenza Angulo Misas, quien organiza los distintos certámenes institucionales, como el “Festival de la Plaza Botero”, “Gala con un Propósito”, concierto de aniversario, actos inaugurales, y fuera de esto, las recepciones, cenas y diversas reuniones sociales para particulares, que constituyen otro importante rubro en los ingresos del Museo.
Un viaje por el arte
Sólo ocho mil pesos para el público en general o cuatro mil para los estudiantes, cuesta el pasaporte para viajar por un túnel que nos saca del tiempo y nos mete en ese caleidoscopio que es la historia del arte. Bienaventurados los niños menores de doce años, porque de ellos es el reino de las luces y las sombras, los pinceles y los cinceles, gratis y sin perder la inocencia.
En este recinto han vivido desde el inmortal Rembrandt hasta el jabalí de las “Chocolatinas Jet”.
Cualquier sala es buena para iniciar el periplo. Unos empiezan por la Sala Virtual para darse una idea global del Museo de Antioquia, otros por la Casa del Museo con sus evocadores patios y los vibrantes óleos de Ramón Vásquez, otros arrancan en orden por las salas siglos XIX y XX, otros se dejan llevar por el instinto visual como los caballeros andantes por el capricho de sus caballos. Bien se puede arrancar por la figura patriarcal de Uribe Ángel; por don Carlos Coriolano Amador (el que trajo el primer carro a Medellín) en su pose augusta con bastón de mango tallado y sombrero de dandy; por Gonzalo Vidal y la banda del Regimiento Ayacucho; por María Cano, la “Flor del Trabajo”, en su estampa juvenil de 1916; por Epifanio Mejía en su decadencia mental; por Melitón Rodríguez y Benjamín de la Calle vistos por sus propias lentes, para prosegujir con “El Piropo” de Coriolano Leudo, el estremecedor “Desnudo” de Georges Brasseur, el patético “Dante y Virgilio en el infierno” de Pedro Alcántara, y darse un reposo con los impecables óleos de Uribe Uribe y Rafael Núñez pintados por Francisco Antonio Cano, lo mismo que sus conmovedores cuadros del “Cristo del Perdón”, “Rebeca”, el clásico “Horizontes” y “La Última Gota”, versión paisa de la “Maja Desnuda” de Goya.
Para el Museo de Antioquia son tan importantes las pinturas, como el cine, la lúdica y el mecenazgo como sentido de pertenencia a la ciudad.
Continúa el viaje con el cultísimo artista santarrosano Marco Tobón Mejía; maestros de tanto oficio como Horacio Longas, Bernardo Vieco, Jesús Maria Zamora, Luis Alberto Acuña y Ricardo Borrero; los bienamados Eladio Vélez, Humberto Chávez, Rafael Sáenz, Pedro Nel Gómez, Carlos Correa y José Restrepo Rivera; la valiente Débora Arango, y el ilustre mejicano Diego Rivera. Las vueltas del caleidoscopio nos llevan al salón nuevo, excelente reunión de vanguardias pictóricas y escultóricas, donde brilla la presencia de Picasso, Siqueiros, Justo Arosemena, junto a Alejandro Obregón, Aníbal Gil, David Manzur, Enrique Grau, Luis Caballero, Oscar Jaramillo, Leonel Estrada, Ignacio Gómez Jaramillo, Ethel Gilmour, Sergio Trujillo, la aterradora serie de serigrafías “La Danza de la Muerte“ de Pedro Alcántara, tan subversiva como la “Bandeja Paisa” de Juan Camilo Uribe o la “Naturaleza en Silencio”, creación neo- surrealista de Thomas Orthman. Para el Museo de Antioquia, la apertura de la sala internacional en tan sólo 7 meses significó un récord, habida cuenta de la dispendiosa curaduría que exigió el montaje de las 32 obras donadas por Fernando Botero y que incluyen la preciosa estatuilla “Iris” de Augusto Rodin, junto con creaciones de reconocidos artistas, entre ellos Wilfredo Lamm de Cuba, Rufino Tamayo de Méjico, Max Ernst, Antoni Tàpies de España, Richard Estes de Estados Unidos y Roberto Matta de Chile.
La Sala Botero es harina de otro costal: la voluptuosidad de la forma, el colorido como explosión vital, la vida cotidiana que nos envuelve en sus pliegues, la historia que nos involucra en sus páginas. Un deleite para el espíritu, desde la glamorosa “Mrs. Rubens No. 4” hasta el terrorífico cuadro de “La Noche” con sus demonios volantes, pasando por los satíricos “Familia colombiana”, “Nuestra Señora de Colombia”, “Visita de Luis XVI y María Antonieta a Medellín”, los expresivos retratos de Cezanne y Velásquez, las testimoniales “Muerte de Pablo Escobar”, “Carro - bomba” y la serie de la Tauromaquia, amén de sus maravillosas esculturas.

Para los gomosos de la arqueología, la “Sala de las tres culturas” es todo un manjar, con sus entierros milenarios y vestigios de las culturas aborígenes colombianas. La sala colonial ofrece a sus visitantes espadas, arcabuces, trabucos y otras armas en hierro forjado de los siglos XVI y XVII; las venerables pinturas al óleo de Gregorio Vásquez de Arce y Ceballos, Vicente Albán y otros maestros de la escuela santafereña, cultores del tenebrismo criollo; elocuentes retratos de los padres de la iglesia San Agustín, San Ambrosio, San Jerónimo y San Gregorio Magno, obras de las escuelas quiteña y cusqueña. La sala republicana posee valiosas pinturas que representan a los próceres de la Independencia y episodios memorables como la batalla de Boyacá, así como documentos originales.
Es difícil definir en pocas palabras lo que es el Museo de Antioquia. Se le ocurre a uno pensar que es la historia de un acto de fe y la constatación de aquella frase de Jean Cocteau: “El arte nos salvará”.

Donación Paul Bardwell
El ex director del Centro Colombo Americano de Medellín, Paul Bardwell, fallecido el pasado 29 de noviembre, donó al Museo de Antioquia más de 200 piezas artísticas, históricas y etnográficas.
Este viajero incansable del continente africano entregó textiles, máscaras ceremoniales, objetos ornamentales y de uso de las culturas de África.
También comprende la donación objetos asiáticos, pinturas, esculturas, instalaciones y obras gráficas de Luis Caballero, Beatriz González, Carlos Uribe, Ana Patricia Palacio, Freddy Serna y otros artistas nacionales y locales.
 



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