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Cuando en 1936 el joven
artista Pedro Nel Gómez pintó los once murales
del antiguo Palacio Municipal de Medellín, no imaginó
que 64 años después ese laberinto de oficinas,
corbatas, decretos y resoluciones se convertiría en
templo del arte, que más que una co-lección
de obras es un patrimonio cultural invaluable y un gran proyecto
de ciudad. Tampoco le pasó por la mente a don Francisco
Antonio Zea en la época de la Independencia, que su
nombre estaría en la puerta de la Biblioteca
y Museo Histórico Francisco Antonio Zea desde
1881, y que el rótulo sería archivado más
de un siglo después para poner en su lugar Museo
de Antioquia.
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Desde los albores del
siglo 21, las barequeras, los mineros, las chapoleras, los
niños famélicos y demás personajes de
los frescos de Pedro Nel, conviven con las exhuberancias de
Fernando Botero, con la proscrita Débora Arango, con
los claroscurosos de Gregorio Vásquez, con las estampas
de la Antioquia ancestral de Eladio Vélez, Rafael Sáenz,
Humberto Chávez y Francisco Antonio Cano, con Rodin
y su discípulo Tobón Mejia, con Picasso, Siqueiros
y Rivera. Además, se han cruzado con Rembrandt en una
inolvidable exposición itinerante.
Qué es el Museo
Un día de octubre de 2000, los niños de Medellín
entraban triunfalmente al nuevo Museo de Antioquia de la mano
de Botero y se apropiaban lúdicamente de sus espacios.
Poco antes el maestro había estrechado las manos de
venteros ambulantes, fotógrafos callejeros, lustrabotas,
estudiantes y desempleados. Varias trabajadoras sexuales del
sector de la Veracruz se volvían aseadoras de estatuas
y de algunos recintos en la vieja casa del Museo. La gente
de Medellín se agolpaba para saludar a Botero el día
en que resonaban los aires del Magnificat de Bach y del Himno
Antioqueño en la Basílica Metropolitana. El
entorno urbanístico comenzaba a cambiar, los negocios
tomaban el nombre de Botero, los conductores del Metro anunciaban
la ciudadela cultural como un destino importante. La directora
Pilar Velilla Moreno piloteaba un modelo de gestión
que convertía al Museo de Antioquia en un ámbito
donde son tan importantes las pinturas y esculturas como los
conciertos, las películas, el mercadeo social, la pedagogía
y el mecenazgo, como sentido de pertenencia a nuestra ciudad
y a nuestra historia. Así supimos que el Museo de Antioquia
es más que un edificio con pinturas colgadas o bodega
de objetos del pasado: es una estructura viva donde actúan
los vasos comunicantes de la cultura.
El Museo dispone de salas permanentes a saber: las de la donación
Botero, una de las cuales alberga 130 obras suyas entre pinturas
y esculturas, donadas entre 1977 y 2000, y la Sala Internacional;
salas siglos XIX y XX, que reúne pintores y escultores
desde fines del siglo XIX hasta hoy; Sala Manuel Uribe Ángel,
que contiene retratos y objetos personales del gran escritor,
geógrafo, botánico y orador envigadeño;
un Salón de la fotografía con obras de sus artistas
más insignes; las salas prehispánica, colonial
y republicana o Sala de las tres culturas, donde
hay fósiles de hasta 13 mil años de antigüedad,
utensilios, vasijas y objetos de las culturas precolombinas,
pinturas de la época colonial, retratos de los próceres
neogranadinos y una colección de armas. También
es permanente la Sala Carlos Ardila Lulle, donde se exhibe
el políptico de Luis Caballero, una de las obras más
importantes del arte conceptual del siglo XX en Colombia.
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Las salas temporales
del Museo de Antioquia funcionan como espacios para diferentes
exposiciones que divulgan expresiones nuevas o tradicionales
del arte local, regional, nacional o internacional, incluyendo
muestras itinerantes. Están ubicadas en la sede principal
y en la Casa del Museo (antigua sede), y por ellas han pasado
muestras tan disímiles como la itinerante Rembrandt
en Colombia, Pierre Balmain, Arquitecto de la
Moda, Chocó, el Vecino Pacífico,
El canario y el jabalí: láminas en la
memoria de Jorge Julián Aristizábal, con
las láminas del álbum Historia Natural
de Chocolatinas Jet, y otra de arreglos florales.
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Especial relieve adquiere
la Sala Virtual, donde jóvenes, niños y adultos
utilizan esta herramienta tecnológica para la investigación
del patrimonio artístico y para navegar por el ancho
mundo del arte universal.
El milagro de la solidaridad
La gestión de recursos en el Museo de Antioquia constituye
un modelo sui generis de ingeniería empresarial, una
amalgama de iniciativas que coordina la comunicadora social
Pilar Velilla Moreno y que es uno de los ejemplos fehacientes
de la grandeza paisa. Cuando el Museo de Antioquia parecía
un barco a punto de naufragar, Pilar se metió en los
recintos de la Asamblea Departamental y del Concejo de Medellín
y en las gerencias de empresas importantes, pero no para implorar
la ayuda mediante las acostumbradas limosnas. No, ella fue
a reclamar lo que en justicia se le debía a la cultura
y a la vez a demostrar que el Museo podía ofrecer servicios
de alta rentabilidad social y hasta económica. Así
se logró después de años de lucha la
cesión en comodato del viejo Palacio de Carabobo, sede
actual de la institución. El Museo de Antioquia se
llama así desde 1984, pero sólo en el comienzo
del siglo 21 dejó de vivir de milagro. Se necesitó
que surgiera el Programa de Adopciones, mediante el cual las
entidades privadas u oficiales patrocinan salas y otros espacios
del Museo y obtienen a cambio diversos beneficios en los soportes
publicitarios institucionales, lo mismo que en prensa, internet,
radio, televisión y otros medios. Este rubro de gestión
lo maneja la directora Pilar Velilla.
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El Museo de Antioquia
es el único que se dio el lujo de ser inaugurado
por los niños, antes que por cualquier autoridad.
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El patrocinio de exposiciones
específicas constituye otra valiosa modalidad del mecenazgo.
Si a las adopciones le sumamos la explotación de los
derechos de autor, los proyectos de mercadeo social, los eventos
especiales, la restauración de obras o colecciones
particulares y secundariamente el producto de la taquilla
y los recursos que obtiene la Sociedad de Amigos del
Museo, tenemos el combustible que alimenta la marcha
de las grandes áreas de gestión en el Museo
de Antioquia.
Anatomía de una ciudadela
cultural
A principios de los años 80´s, los periodistas
salíamos a media noche (o más tarde si había
zafarrancho entre liberales, conservadores y comunistas) de
las arduas sesiones del Concejo de Medellín en el viejo
Palacio de Carabobo. Ahora salimos igual de tarde del mismo
lugar, pero después de asistir a veladas más
agradables, como la inauguración de la exposición
Rembrandt en Colombia, la entrega de la Sala internacional,
la muestra del Chocó, la de las caricaturas de Mico
o de funciones de música, teatro y cine.
El área cultural que dirige la locutora e intelectual
Aura López, comprende programas de tanto calado social
como las visitas guiadas -en especial los que llevan las comunidades
barriales periódicamente al Museo a disfrutar de intensas
jornadas de arte y recreación dirigida -, seminarios,
conversatorios, conciertos de música, el Jueves de
Cine en video y otros servicios de la Sala de proyecciones.
Y la Escuela del Museo es el mecanismo agrupador del cúmulo
de actividades culturales y didácticas, la mayor parte
de las cuales funcionan en el Ala Experimental o antigua sede;
valiosos instrumentos educativos son el Plan Maestros que
pone las salas al servicio de los colegios, las vacaciones
escolares y la Biblioteca Jaime Hincapié Santamaría.
En tanto, el Fondo Editorial representa a su vez un apoyo
a la labor investigativa, científica, cultural y divulgativa
del Museo de Antioquia.
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Más que un anticuario o un edificio
con pinturas colgadas, el Museo es una estructura viva
donde actúan los vasos comunicantes de la cultura.
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Con su enorme conocimiento
del mundo del arte y la aguda intuición para el manejo
del espacio, el arquitecto Alberto Sierra dirige el área
de curaduría. Le toca depurar las obras que integran
la colección del Museo de Antioquia, determinar sus
exposiciones, definir la logística de iluminación,
ubicación, cuidados y demás aspectos para el
aprovechamiento de un área que representa más
de la mitad de los 14.000 metros cuadrados que tiene el complejo
artístico.
El taller de conservación y restauración que
orienta Martha Isabel Isaza sirve para el tratamiento preventivo
de las obras del Museo, para el almacenamiento de las obras
no exhibidas, servicios a entidades y particulares, y para
el apoyo a instituciones culturales sin ánimo de lucro,
como el museo religioso Francisco Cristóbal Toro de
Santa Fe de Antioquia y el Museo Histórico del municipio
de El Peñol.
Como si fuera poco, el Museo de Antioquia tiene un área
de eventos a cargo de Carmenza Angulo Misas, quien organiza
los distintos certámenes institucionales, como el Festival
de la Plaza Botero, Gala con un Propósito,
concierto de aniversario, actos inaugurales, y fuera de esto,
las recepciones, cenas y diversas reuniones sociales para
particulares, que constituyen otro importante rubro en los
ingresos del Museo.
Un viaje por el arte
Sólo ocho mil pesos para el público en general
o cuatro mil para los estudiantes, cuesta el pasaporte para
viajar por un túnel que nos saca del tiempo y nos mete
en ese caleidoscopio que es la historia del arte. Bienaventurados
los niños menores de doce años, porque de ellos
es el reino de las luces y las sombras, los pinceles y los
cinceles, gratis y sin perder la inocencia.
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En este recinto han vivido desde el
inmortal Rembrandt hasta el jabalí de las Chocolatinas
Jet.
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Cualquier sala es buena
para iniciar el periplo. Unos empiezan por la Sala Virtual
para darse una idea global del Museo de Antioquia, otros por
la Casa del Museo con sus evocadores patios y los vibrantes
óleos de Ramón Vásquez, otros arrancan
en orden por las salas siglos XIX y XX, otros se dejan llevar
por el instinto visual como los caballeros andantes por el
capricho de sus caballos. Bien se puede arrancar por la figura
patriarcal de Uribe Ángel; por don Carlos Coriolano
Amador (el que trajo el primer carro a Medellín) en
su pose augusta con bastón de mango tallado y sombrero
de dandy; por Gonzalo Vidal y la banda del Regimiento Ayacucho;
por María Cano, la Flor del Trabajo, en
su estampa juvenil de 1916; por Epifanio Mejía en su
decadencia mental; por Melitón Rodríguez y Benjamín
de la Calle vistos por sus propias lentes, para prosegujir
con El Piropo de Coriolano Leudo, el estremecedor
Desnudo de Georges Brasseur, el patético
Dante y Virgilio en el infierno de Pedro Alcántara,
y darse un reposo con los impecables óleos de Uribe
Uribe y Rafael Núñez pintados por Francisco
Antonio Cano, lo mismo que sus conmovedores cuadros del Cristo
del Perdón, Rebeca, el clásico
Horizontes y La Última Gota,
versión paisa de la Maja Desnuda de Goya.
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Para el Museo de Antioquia son tan importantes
las pinturas, como el cine, la lúdica y el mecenazgo
como sentido de pertenencia a la ciudad.
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Continúa el viaje
con el cultísimo artista santarrosano Marco Tobón
Mejía; maestros de tanto oficio como Horacio Longas,
Bernardo Vieco, Jesús Maria Zamora, Luis Alberto Acuña
y Ricardo Borrero; los bienamados Eladio Vélez, Humberto
Chávez, Rafael Sáenz, Pedro Nel Gómez,
Carlos Correa y José Restrepo Rivera; la valiente Débora
Arango, y el ilustre mejicano Diego Rivera. Las vueltas del
caleidoscopio nos llevan al salón nuevo, excelente
reunión de vanguardias pictóricas y escultóricas,
donde brilla la presencia de Picasso, Siqueiros, Justo Arosemena,
junto a Alejandro Obregón, Aníbal Gil, David
Manzur, Enrique Grau, Luis Caballero, Oscar Jaramillo, Leonel
Estrada, Ignacio Gómez Jaramillo, Ethel Gilmour, Sergio
Trujillo, la aterradora serie de serigrafías La
Danza de la Muerte de Pedro Alcántara, tan subversiva
como la Bandeja Paisa de Juan Camilo Uribe o la
Naturaleza en Silencio, creación neo- surrealista
de Thomas Orthman. Para el Museo de Antioquia, la apertura
de la sala internacional en tan sólo 7 meses significó
un récord, habida cuenta de la dispendiosa curaduría
que exigió el montaje de las 32 obras donadas por Fernando
Botero y que incluyen la preciosa estatuilla Iris
de Augusto Rodin, junto con creaciones de reconocidos artistas,
entre ellos Wilfredo Lamm de Cuba, Rufino Tamayo de Méjico,
Max Ernst, Antoni Tàpies de España, Richard
Estes de Estados Unidos y Roberto Matta de Chile.
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La Sala Botero es harina
de otro costal: la voluptuosidad de la forma, el colorido
como explosión vital, la vida cotidiana que nos envuelve
en sus pliegues, la historia que nos involucra en sus páginas.
Un deleite para el espíritu, desde la glamorosa Mrs.
Rubens No. 4 hasta el terrorífico cuadro de La
Noche con sus demonios volantes, pasando por los satíricos
Familia colombiana, Nuestra Señora
de Colombia, Visita de Luis XVI y María
Antonieta a Medellín, los expresivos retratos
de Cezanne y Velásquez, las testimoniales Muerte
de Pablo Escobar, Carro - bomba y la serie
de la Tauromaquia, amén de sus maravillosas esculturas.
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Para los gomosos de la
arqueología, la Sala de las tres culturas
es todo un manjar, con sus entierros milenarios y vestigios
de las culturas aborígenes colombianas. La sala colonial
ofrece a sus visitantes espadas, arcabuces, trabucos y otras
armas en hierro forjado de los siglos XVI y XVII; las venerables
pinturas al óleo de Gregorio Vásquez de Arce
y Ceballos, Vicente Albán y otros maestros de la escuela
santafereña, cultores del tenebrismo criollo; elocuentes
retratos de los padres de la iglesia San Agustín, San
Ambrosio, San Jerónimo y San Gregorio Magno, obras
de las escuelas quiteña y cusqueña. La sala
republicana posee valiosas pinturas que representan a los
próceres de la Independencia y episodios memorables
como la batalla de Boyacá, así como documentos
originales.
Es difícil definir en pocas palabras lo que es el Museo
de Antioquia. Se le ocurre a uno pensar que es la historia
de un acto de fe y la constatación de aquella frase
de Jean Cocteau: El arte nos salvará.
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Donación Paul
Bardwell
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El ex director del Centro
Colombo Americano de Medellín, Paul Bardwell, fallecido
el pasado 29 de noviembre, donó al Museo de Antioquia
más de 200 piezas artísticas, históricas
y etnográficas.
Este viajero incansable del continente africano entregó
textiles, máscaras ceremoniales, objetos ornamentales
y de uso de las culturas de África.
También comprende la donación objetos asiáticos,
pinturas, esculturas, instalaciones y obras gráficas
de Luis Caballero, Beatriz González, Carlos Uribe,
Ana Patricia Palacio, Freddy Serna y otros artistas nacionales
y locales.
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