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Feliz
cumpleaños Ley 100
o una década de incertidumbre
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Cuando se pide que
se evalúe lo sucedido en los diez años que tiene
el sistema de seguridad social, hablando específicamente
en salud, inmediatamente se echa mano de los indicadores económicos.
Esta acción de por sí revela que nuestro sistema
tiene un fondo y tiene una visión económica.
Los indicadores de carácter no económicos existen
y su evaluación no es una tarea imposible. Ellos contienen
elementos que dan información muy interesante de las
verdaderas y propias condiciones de la salud de nuestras gentes.
La operación de los servicios de salud, en el contexto
de lo que se ha denominado pluralismo estructurado, refiriéndose
a la aparición y a la acción de la competencia,
en este caso en el medio asistencial, es un cambio muy grande
que introdujo la Ley 100 de 1993. Pero no es el único,
aunque si uno de los factores que más presionó
a otros, en el ejercicio de la medicina. Producto de esa competencia
manejada, son las exigencias de protocolos médicos
de atención y el seguimiento estricto de ellos; las
limitaciones en la formulación de determinados medicamentos
e incluso la no formulación de otros; los bajos salarios
a los médicos, la subcontratación de ellos y
la aparición del trabajo ocasional en la profesión
medica; la oferta de coberturas adicionales al plan obligatorio
de salud; y en otros campos, el aumento en las cotizaciones,
o sea un encarecimiento en los costos de los planes con contraprestación
en la cobertura familiar; un mayor porcentaje de participación
de los costos de salud en el Producto Interno Bruto -PIB-;
la intermediación con el consecuente retardo en la
velocidad del flujo de dinero del sistema, entre otros elementos
que no se tasan pero que cuentan en el resultado final.
No obstante lo anterior, lo más inconveniente que trajo
el actual sistema de seguridad social es el endurecimiento
del corazón de todo el personal de salud, incluidos
los médicos, las enfermeras, los administradores, y
en una palabra, de todos. En miles de momentos y en cientos
de campos, esa actitud es abiertamente antipática,
discriminadora y odiosa para muchos enfermos. El cambio en
el personal de salud está evidenciado en todas las
entidades y en todas las circunstancias de la vida ordinaria
de ellas. Ha sido manifestado por colegas y por pacientes,
por familiares de los enfermos y por observadores del quehacer
institucional. Ese cambio ha sido infortunado y hasta fatal
para el ejercicio de la buena medicina y para el impacto de
ella en las posibilidades de recuperación del paciente.
Esa búsqueda incesante de la manera de controlar los
costos, cambió el modo de mirar el enfermo y a la enfermedad,
y el modo de hacer las cosas de toda la gente de la salud,
y para ellos, por fuerza de las circunstancias, todos los
pacientes se volvieron idénticos y sujetos de ser forzadamente
acomodados entre protocolos y estándares. Este es el
mojón que señala el punto cero para el inicio
del fin de la individualidad del ser humano y de la pérdida
de su intimidad.
Por esta misma vía, y establecida de manera implícita
una supuesta igualdad de resultados en todos los pacientes
y partiendo de una condición que se establece como
típica para todos ellos, se lastimó seriamente
su libertad y la de los profesionales, pero, de manera triunfalista
perece leerse entre líneas que sí, que se tocó
la libertad pero que prevaleció la igualdad, como si
este precio fuese poco, sabiendo que la igualdad, hablando
de pacientes, simplemente no existe.
En estas condiciones el médico quedó señalado
inocentemente como final responsable de los resultados económicos
de la empresa intermediaria a la cual sirve.
Pero todo no paró allí. Como consecuencia de
la competencia por los recursos por parte de los profesionales,
de las clínicas y de los hospitales, se desató
un efecto discriminatorio en contra de los pacientes de escasa
condición económica, no cubiertos por diferentes
circunstancias, por el sistema de seguridad social que lo
prometió todo en este sentido, si se le daba un plazo
que venció en el año 2000.
En realidad las cosas están así planteadas,
en parte porque no se ha resistido con entereza, con coraje
y con persistencia el embate de la acción envolvente
de la economía en la salud, del discurso que la apoya,
de la moda, de la innovación, de las fuerzas del mercado,
de la publicidad, de la competencia, de los monopolios, de
las privatizaciones, de lo financiero, de la intermediación,
de la oferta, de los clientes que siempre tienen la razón,
del precio, del tecnicismo, y en fin, de las mil y una herramientas
de las que se ha valido el hombre para extraer del hombre,
dinero y sólo dinero.
Después de diez años de recorrido de la Ley
100, hay que hacer una evaluación de ella desde la
perspectiva de los pacientes, como prioridad de todo propósito
de cualquier sistema de salud, de la gente de la salud, de
las instituciones y del país como un todo. El gobierno,
los defensores a ultranza del sistema actual de seguridad
social y quienes sólo lo evalúan con indicadores
económicos tienen la palabra, y estamos seguros de
que con honradez y seriedad, tienen mucho tema para hablar
y muchas cosas que corregir del producto de esta década
de incertidumbre. |
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