MEDELLÍN, COLOMBIA, SURAMERICA No. 244 ENERO DEL AÑO 2019 ISNN 0124-4388 elpulso@sanvicentefundacion.com

Tesis inconclusa

Por: Alejandro Londoño
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Solo fragmentos inconclusos y carentes de toda lógica serena. Pedazos de visiones sobre situaciones que aun no entiendo, pero que mi pensamiento de filosofo médico, me obliga intentar comprender con eso adquirido en la vida que llamamos razonamiento.

Los consigné en “Notas y fragmentos inconclusos de Abrenuncio”, texto jamás publicado y del que perdí la mayoría de sus partes, luego de que incendiaron mi biblioteca por mis supuestos tratos con nigromantes, toda vez que algunos moribundos volvieron a la vida luego de mis cuidados. Tales son las respuestas de la ignorancia a eso que yo llamo la ciencia médica. Habiendo sido formado en diferentes escuelas y luego de haber experimentado en carne propia los rigores de la naturaleza, pude percatarme de los cambios que ocurrían en el alma luego del cuerpo ser expuesto a extremaduras. Los comportamientos del vulgo, dan cuenta de lo muy violenta que puede llegar a ser la ausencia de entendimiento de esos estados que aún no descifra la ciencia, pues esta se dedica a dos latitudes que oscilan entre un par de posibilidades.

Hablo de los estados de salud o armonía, contrapuestos a los de enfermedad o desequilibrio. ¿Qué hay entonces de los enfermos de un amor excesivo? pues los he visto en vigilia con sus pupilas dilatadas y sus miradas al infinito en un tipo de arrobamiento místico; o de los danzantes en carnavales, cuando sus pies contra el piso no parecen percibir dolor o ardor algunos, siendo sus llagadas plantas golpeadas contra la tierra con un furor de arrebato; o los santos de encierro que flagelan sus carnes con lastres de plomo, buscando adentrarse en los laberintos de su intimidad; o los tamboreos del Congo, que con sus ojos cerrados golpean con tal ímpetu los cueros de sus instrumentos, que se hace imposible que a tal velocidad operen sus ideas. Consigno notas de observaciones mías, redactadas en trozos de papeles, tapas de libros y aun en telas de mi ropa:

“Tamala, negro duro de furioso acento, 24 años, oficio de alfarero y labrador de tierra. Cuerpo macizo carente de sebo. Lo vi golpear su tambor entre gritos y muecas un total de nueve lunas. Días y noches sin freno y solo alimentado con potaje de harina y un destilado de yuca”.

“Vildena, moza de encierro de apenas 14 años, de cuerpo enjuto y ausente de formas. Mirada siempre al cielo, piel verdosa que deja a las vistas sus delgadas venas. Sus labios no paraban de murmurar un tipo de ensalmo sin fin que por diecisiete días sin respiro canto al infinito. Sin suspender su oración, adoptaba un trémulo bípedo para ir a lamer el limo de los muros, sin detener nunca su eterna retórica”.

“Ovidio, campesino de cordillera, 50 años según calculo en su perfil. Herramienta en mano golpeaba la tierra doblado sobre sí mismo. Canturreante de despechos, vi como se apagaban cigarros en sus labios para luego ser reemplazados por otros humeantes. Se alimentó de tubérculos que arrancaba del suelo, para continuar su labranza por un total de siete días sin paro”.

“Gozo, nadador olímpico en tiempos idos, ya 53 años. De espalda hirsuta y mirada melancólica. Vestido con sogas, descuelga su cuerpo, mientas gruesos haces de fierro le traspasan la carne y lo sostienen en volandas. Su ojos entornados representan la transverberación de Santa Teresa”.

“Igor, cantante de 67 años. Caucásico, pelo lacio y ralo sobre su rostro. Arrugas agrestes de márgenes duras. Raquis doblado y extremidades asimétricas. Tacón ortopédico que suaviza su marcha. Baile convulso y carcajadas contagiosas, movimientos cimbreantes en contra de su edad”.

Todos estados liminales o “estatus intermedios” según mi incompleta tesis carbonizada. Raptos místicos, arrebatos de locura, delirios somatizados, tormentas suprarrenales, todos nombres alternativos y que dan cuenta de apenas una parte de ese misterio que es el limite de lo que llamo humano.


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