MEDELLÍN, COLOMBIA, SURAMERICA No. 237 JUNIO DEL AÑO 2018 ISNN 0124-4388 elpulso@sanvicentefundacion.com

De tinta y balones

Damian Rua Valencia. Magister en Literatura Francesa comparada. Universidad de Estrasburgo – Francia
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A pocos días de esa calamidad planetaria que es el campeonato mundial de fútbol, cíclico como los terremotos y los cometas, y que cada cuatro años paraliza ciudades enteras, agita la economía, permite la promulgación de leyes impopulares y, sobre todo, nos retrasa los proyectos durante un mes, quise recordar, aunque sea a manera de consuelo, que no se trata solamente de embeleco político, holgazanería y marketing internacional. El fútbol es talvez todo eso, pero también es algo más.

Prueba de ello es la fascinación que ha ejercido sobre algunos escritores que desmienten el estereotipo del intelectual impoluto apartado del sudor, la mugre y la tierra. Pese al desdén que ha mostrado (y muestra) un sector de la intelligentsia que quiere llevarnos por el camino de la asepsia física y moral, hay quienes han visto en este deporte popular una escuela de la vida, un espacio de reflexión humana. Hay algunos que le han dedicado comentarios escuetos, otros, páginas, y otros más, hasta libros completos. Y como hay también quienes han descargado toda su furia sobre el balompié, quiero comenzar por estos últimos de manera que este artículo tenga el sabor más de una “remontada” que el de una “derrota de visitante”.

Un deporte vil

Uno de los más ilustres detractores del fútbol, aunque no el más agudo – la verdad sea dicha – es Jorge Luis Borges. En una entrevista televisada se asombra de que no censuren a Inglaterra “por la difusión de juegos tan estúpidos como el fútbol” al que califica de “deporte innoble, agresivo, desagradable y meramente comercial.” Borges recuerda, además, que no es el único “inglés” en detestar el fútbol: ya Shakespeare y Kipling lo habían hecho antes. El primero en un verso del Rey Lear: “You, base football player !” (¡tú, vil futbolista!) y el segundo en repetidas ocasiones.

Otro británico va más lejos en la crítica: George Orwell, después de asistir en 1945 a un duelo entre el Dynamo de Moscú y un equipo británico, publica en la “Tribuna” un análisis despiadado. Para él, el fútbol no tiene nada que ver con el juego limpio. Está lleno de odio y violación de las reglas. “Es la guerra sin disparos”, resume y advierte sobre las pasiones bélicas que despierta en las muchedumbres, sobre todo en el contexto de la guerra fría.

En nuestro país, está el caso de Fernando Vallejo que en varias ocasiones ha dicho no entender el fútbol como espectáculo, mas sí como práctica deportiva. Es decir, ¡allá usted si quiere jugar a eso, pero que no se le dé por montar negocio para embelesar a la gente!

Incluso el joven García Márquez, abrumado por la soledad en la que lo dejaban sus amigos los domingos en la tarde, escribió una Jirafa en 1950 en la que se jacta de su ignorancia futbolística. Para él, no hay nada estético en ver a veintidós adultos vestidos como niños corriendo detrás de una vejiga inflada y demostrándose unos a otros que se pueden hacer mejores cosas con las extremidades inferiores que con la cabeza. Sin embargo, reconoce tener mucho respeto por los hinchas, pues sabe que León de Greiff es uno de ellos y en nada desdeñable.

La mística del balón

Pero León de Greiff no es el único fan en las graderías de las letras: Cepeda Samudio comparaba los conciertos de Vivaldi con las jugadas de Pelé; Eduardo Galeano se declaraba devoto del fútbol desde el nacimiento; Maurice Blanchot al parecer no se perdía partido internacional y Salman Rushdie es un ferviente supporter del Tottenham. Y, para contrarrestar la cita de Shakespeare, mencionemos que la soule, antepasado francés del fútbol, tenía también sus seguidores entre poetas. En un partido en París el rey Enrique II obtuvo la victoria gracias a la buena compañía de Pierre de Ronsard, representante ilustre del grupo La Pléyade a quien se conoce como “príncipe de los poetas”.

Rainer Maria Rilke, poeta astro-húngaro que todos creeríamos alejado de la contaminación deportiva, estaba fascinado por la circularidad del balón y sus múltiples posibilidades. En un poema, describe un saque no sin cierto misticismo: “Sin destino: cuando te elevas / A la vez libre y dirigido / Por el saque – tu curva se termina / Y señala a los jugadores, los ojos levantados / De repente, el lugar de un nuevo sueño / Para alcanzarlo, se vuelven bailarines”.

En un poema titulado Football song, Walter Scott celebra los placeres de un partido de fútbol, al cabo del cual todos brindarán por la vida, por los corazones que han participado en el juego, por los ganadores y por los perdedores. El, incluso, sintetiza las cosas así: “And life is itself but a game at football” (Y la vida no es más que un juego de fútbol).

André Maurois llega incluso a afirmar que el fútbol es la concretización de la inteligencia “c’est de l’intelligence en mouvement. Bien plus, c’est de l’intelligence incarnée” (Es la inteligencia en movimiento. Aun más, es la inteligencia encarnada).

Una metáfora de la vida

¿Pero cómo explicar ese odio y ese amor casi místicos por el fútbol? Quizá la respuesta esté en la novela, que se ha servido en varias ocasiones de él para reflexionar sobre la condición humana. Sucia y a la vez sublime como la vida, la cancha es un lugar donde se desarrollan pasiones, evolucionan personajes y hasta se continúa la guerra por otros medios. Así, la escena de Muerte a crédito del polémico escritor francés Louis-Ferdinand Céline, que describe la soledad del protagonista mientras sus compañeros juegan a la pelota, tiene cierto sabor a batalla, a réplica en miniatura de un combate sangriento.

Y es que en la cancha se muestra el corazón humano en todas sus facetas: la alegría, la exaltación, la impostura, el oportunismo, la injusticia, el rencor, el compañerismo. Ya alguna vez lo dijo Albert Camus, antiguo guardameta del Racing universitario de Argelia: “En realidad, lo poco que sé de la moral, lo aprendí en la cancha de fútbol”. Durante el espacio de un partido en el patio de recreo, el personaje de su libro El primer hombre vive la ilusión de mezclarse con sus compañeros, de compartir y ser aceptado. Que el fútbol sea innoble y agresivo, como afirmaba Borges, nadie lo puede negar. Nada más alejado de las higiénicas y etéreas partidas de golf o de tenis donde no hay contacto físico. Pero tampoco se puede negar que algo de agradable debe tener si se utiliza para vender todo tipo de cosas: desde champú hasta identidad nacional. Lo que nos muestran estos escritores es que el fútbol no es deporte de dioses, es imperfecto como la vida de los seres humanos, y, aunque suene a autogol, digamos que, así como la democracia nos provee los gobiernos que nos merecemos, cada sociedad se forja a su vez les juegos que se merece.


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