MEDELLÍN, COLOMBIA, SURAMERICA No. 263 AGOSTO DEL AÑO 2020 ISNN 0124-4388
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Colombia comienza el sexto mes de la pandemia en el décimo lugar en el mundo en cantidad de casos, posición que no solo no es nada deseable, sino que además preocupa si se consideran variables como el hecho de no haber alcanzado el pico de contagios que ahora se calcula para el mes de septiembre u octubre. Pasamos de un relativo buen comportamiento a ser uno de los países señalado por la Organización Mundial de la Salud como uno de los principales focos del Covid-19. ¿Qué nos pasó?
El ministro de salud y protección social, Fernando Ruiz, ha declarado que este crecimiento era previsible y que incluso era inexorable dentro de un escenario epidémico, en eso tiene toda la razón. Lo que debemos preguntarnos es hasta qué nivel estaba presupuestado ese incremento o si se ha desbordado por causas específicas, y en este último caso, ¿Cuáles fueron esas causas?
El ministro también dijo que la cuarentena se mantuvo el tiempo suficiente y necesario para fortalecer al sistema de salud, especialmente a los prestadores, para poder enfrentar de manera adecuada la etapa más fuerte de la pandemia, y específicamente, aumentar la cantidad de camas de cuidados intensivos e intermedios en el país. Sin embargo esto deja un sinsabor porque querría decir que la principal preparación se focalizó en tener la capacidad para atender pacientes graves, y evitar que aumentaran los contagios se dejó en buena medida a la responsabilidad individual.
Esto último puede ser cierto, cada quien es responsable de su cuidado y el de su entorno familiar, pero en un país como Colombia donde la conciencia social y la obediencia civil no son las principales características de nuestra idiosincrasia, es papel del estado procurar las condiciones para evitar que los comportamientos poco responsables terminen generando catástrofes sociales con implicaciones que desbordan las capacidades de respuesta de las instituciones y del mismo estado.
En otras palabras, si bien era una prioridad fortalecer el sistema sanitario para responder a la enfermedad, y para eso se ganó en tiempo, la contraparte de la medida tenía que ser evitar que los casos se dispararan porque se generaría un escenario donde cualquier preparación quedaría corta, y eso parece ser a lo que nos abocamos.
Regiones como Antioquia y Medellín, que hasta el mes de julio figuraban como ejemplo del buen manejo de la crisis, incluso llegando a portadas y medios internacionales, comienzan agosto evidenciando un giro de 180 grados en los resultados, lo que resulta preocupante si se considera que la estrategia, incluidos los cercos epidemiológicos, tan bien aplicada desde el principio, no ha cambiado, y que la hipótesis lanzada con atrevimiento que señala a la cepa que circula en Medellín de ser nueve veces más virulenta que la original en China, se cae por falta de evidencia científica, entonces de nuevo vale preguntar ¿qué paso?
Las causas pueden ser multifactoriales, y la intención ahora no es buscar culpabilidades sino aprender sobre la marcha para tomar correctivos antes de que sea demasiado tarde.
Los epidemiólogos, y la misma OMS, han declarado que el aislamiento social puede ser la medida más efectiva para detener el avance del coronavirus, sin embargo en Colombia la disciplina que se observó en el comportamiento ciudadano durante los primeros días de aislamiento en marzo una parece ser una anécdota en la crisis.
Tener más de 43 excepciones a la cuarentena la convierten en una figura casi simbólica y mucha de la normatividad expedida sobre la convivencia social, parecen dirigidas a pueblos de otras latitudes por la imposibilidad de controlarlas en la tropical Colombia. ¿Qué agente del orden puede saber cuánto tiempo lleva una persona haciendo ejercicio en un parque, o a cuanta distancia esta de su casa? ¿Cómo verificar que las miles de personas que caminan por la avenida séptima de Bogotá, la quinta de Cali, o la Oriental en Medellín, se encuentran allí porque cumplen alguna de las 43 excepciones? Por esa razón la cuarentena dejó de cumplir su papel de muro de contención contra la Covid-19 y se dejó a la conciencia de cada individuo.
Pero lo grave de esto, es que las autoridades nacionales y locales sienten que están cumpliendo su papel, y tal vez sí lo hacen desde su función de normar comportamientos, lo que al lado de los buenos resultados de los primeros meses frente al Covid-19, pudo generar una sensación de falsa tranquilidad que se extendió al resto de la población. Nos acostumbramos tanto a escuchar desde nuestros líderes que Colombia iba muy bien, que el temor que se respiraba en el aire los primeros días de asilamiento pronto se convirtió en hastío frente al encierro, luego en una calma chicha, y hoy deambulamos por la incredulidad de gran parte de la población hacia una enfermedad que además nos han dicho convivirá con nosotros mucho tiempo.
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