MEDELLÍN, COLOMBIA, SURAMERICA No. 332 MAYO DEL AÑO 2026 ISNN 0124-4388
Terry Eagleton escribió en 1983 que “aun en sociedades como la nuestra, que no tienen tiempo para la cultura, hay momentos y lugares en que de nuevo adquiere significación e importancia, y se ve llena de una significación que la supera”. Creo, no sé si ingenuamente, que estamos próximos a ese momento en que el arte volverá a ser de vital importancia. A inicios de la pandemia, vimos una pequeña luz: encerrados, sin nada más qué hacer que conversar con nosotros mismos y pensar en la posibilidad del fin de mundo, muchos volvieron a aquello que los hacía felices cuando eran niños: volvieron a jugar, a tocar la guitarra, a cantar, a desempolvar el piano, a leer algo de la lista guardada en un post de Instagram que señalaba los 100 libros que deberías leer antes de morir, a dibujar sin ningún sentido, a escribir poemas sobre las calles vacías y el vacío de existir.
Muchos también creyeron que sería el fin de las guerras y que una pandemia nos haría reflexionar sobre la humanidad. Se equivocaron; hoy hasta me da miedo leer las noticias. Somos un desastre al borde de extinguirnos por la estúpida creencia de que hay hombres mejores que otros. “Rechazo la guerra por entero y todo lo que entraña... Yo no la deploro... Ni me resigno... Ni lloriqueo por ella... La rechazo de plano, con todos los hombres que encierra, no quiero tener nada que ver con ellos, con ella. Aunque sean noventa y cinco millones y yo solo uno, ellos son los que se equivocan, y yo quien tiene razón, porque yo soy el único que sabe lo que quiere: no quiero morir nunca” (Louis-Ferdinand Céline, fragmento de Viaje al fin de la noche).
Y sin embargo, en un mundo aficionado a la guerra y al odio, decido creer y hacer una apuesta, la más grande de mi vida, a riesgo de perderlo todo: el arte nos salvará, aquello que, paradójicamente, la mayoría considera que no sirve para nada. Cuando la enfermedad nos respiraba en la nuca y la soledad fue más apremiante que nunca, volvimos al arte y la literatura. Sí, lo olvidamos rápido. ¡Cómo no! Había que trabajar, y trabajar mucho más por lo que no se trabajó. Trabajarás, como manda el que también desdeña el trabajo y llora como niño chiquito en los caminos que se inventa para no llegar a su casa y darse cuenta al abrir la puerta, esa maldita puerta que tanto dinero le valió, que su vida no tiene sentido, aun en esa casa perfectamente organizada, blanca, impoluta, donde no cabe un grito.
Albert Camus le diría que ahí está su error: en creer que la vida tiene sentido. No lo tiene, es absurda, y por eso mismo hay que vivir: “¿Qué necesidad tenía yo de tantos esfuerzos? Las suaves líneas de estas colinas y la mano de la tarde sobre este corazón agitado me enseñan mucho más” (fragmento de El mito de Sísifo). El reloj no retrocede por más vueltas que se le dé, si mucho se detendrá, pero siempre avanzará apuntando hacia nuestra muerte.
No digo, pues, que para ser “felices” (si es posible hablar de felicidad) haya que leer un libro o sentarnos a admirar una pintura, tal vez aquello lo encontremos en el cine o el croché. A lo que me refiero es a encontrar algo que nos haga disfrutar o, por lo menos, nos haga más tranquila la existencia. Bastará con preguntarnos qué haríamos si no tuviéramos que trabajar (exonero, por supuesto, a aquellos que aman su trabajo). Yo no lo tuve tan claro al principio, ahora lo sé: escribiría, no para ser publicada, no para ser reconocida, simplemente por el placer de escribir, por todo el ritual que he construido solo para mí: la silla, la música, el brillo de la pantalla de mi portátil, mi llanto sobre una historia ficticia mientras escucho el movimiento de mis dedos sobre el teclado, la lectura en voz alta por la noche a mi pareja, las palabras que repito, la hoja en blanco. Pero, si he de ser sincera, me enfrento al obstáculo de tener que sobrevivir y aunque estuve en negación, pronto me di cuenta de que la profecía de mi familia y mis amigos y mis enemigos se cumpliría: de escribir no se vive.
Soy, entonces, una apostadora sin dinero, ¿cuánto me darán si gano? Les aseguro que mi apuesta no es infundada (ni tonta que fuera): el arte volverá con fuerza, simplemente, porque lo necesitamos. Como ya lo habrán notado, hago parte del notable sector de las humanidades y las ciencias sociales, y mis días se basan en escuchar a quienes desdeñan (y con razón) el uso de la inteligencia artificial y otros que, con una mirada en el futuro, defienden que debemos aprender a usarla como una herramienta o nos quedaremos en el pasado. Veo, también como todos, cada vez más publicidad hecha con humanos de mentira, con rostros de mentira y voces de mentira; a veces me detengo y me pregunto si lo que estoy viendo es real o no (tan propio de la postmodernidad). Y los humanos, que sí son de verdad, llevan un cansancio acumulado en el rostro y sus pies flaquean, tratando de correr a la misma velocidad que los cambios y comparando su trabajo con el de la IA.
Ante este panorama para nada alentador, vendrá con mayor frecuencia una pregunta: ¿qué es aquello que nos hace humanos?; si la inteligencia artificial puede hacer tantas cosas, ¿qué hacemos nosotros que ella no pueda? Y diré anticipadamente que la respuesta está en el arte. La IA puede escribir, pero no lo hará con la singularidad propia que les ha traído la fama a autores como Cervantes, Shakespeare, García Márquez, Dostoyevski, Víctor Hugo, Saramago…, la lista es infinita. La IA puede hacer creaciones visuales, pero no lo hará con la mano de Frida Khalo, Van Gogh, Salvador Dalí, Débora Arango.
Tenemos estas manos hechas para crear, para tocar, para acariciar; estos pies hechos para caminar y correr; estos ojos hechos para observar, para apreciar, para llorar; estos labios hechos para hablar, para cantar, para comer. Tenemos toda esta humanidad lista para ser entregada, con un corazón nervioso y un alma anhelante.
Mi apuesta es que todavía podemos amar, llorar y reír con el otro; mientras más necesitemos recordar esto, más necesitaremos del arte.
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