MEDELLÍN, COLOMBIA, SURAMERICA No. 332 MAYO DEL AÑO 2026 ISNN 0124-4388
Los niña de 13 años con un tumor hepático que comprometía más del 80 % del órgano y estructuras vitales se convirtió en el primer caso de autotrasplante hepático pediátrico realizado en Colombia. El procedimiento, de altísima complejidad, abre una alternativa con intención curativa en pacientes para los que la cirugía convencional ya no ofrece una salida.
Todo ocurrió en un escenario de máxima exigencia clínica, en el que la intervención requirió la coordinación de más de 30 especialistas y varias semanas de planeación. A nivel global, en 2024 se realizaron más de 42.000 trasplantes de hígado, según el Observatorio Global de Donación y Trasplante, cifra que refleja la expansión y sofisticación de estas intervenciones.
Para entender el caso, el autotrasplante hepático consiste en extraer el hígado del propio paciente, retirar el tumor fuera del cuerpo e implantar nuevamente el tejido sano, lo que permite intervenir cuando la resección convencional no ofrece un margen seguro.
Frente a ese escenario, el doctor Jaime Alberto Ramírez, cirujano de Trasplantes, Hepato-Pancreato-Biliar y Rehabilitación Intestinal, quien lideró este caso, recuerda el momento en que el equipo entendió la magnitud del reto y la naturaleza no convencional de la decisión clínica: “Cuando vimos el caso, comprendimos que no estábamos frente a una cirugía convencional. El objetivo inmediato no era operar, sino garantizar que la paciente pudiera sobrevivir al proceso. A partir de ahí, todo giró en torno a medir con precisión cuál era la masa hepática funcional disponible y si era posible llevarla a una condición operable”.
La cirugía no fue inmediata. El equipo diseñó una fase previa orientada a aumentar el volumen funcional del hígado y reducir el riesgo de insuficiencia hepática posterior a la intervención.
Para lograrlo, se utilizaron herramientas de reconstrucción tridimensional y técnicas intervencionistas destinadas a reorganizar el flujo sanguíneo y maximizar el tejido sano disponible.
El especialista lo resume así: “Necesitábamos primero generar condiciones biológicas que hicieran viable la cirugía. Por eso utilizamos toda la tecnología disponible, incluida la reconstrucción tridimensional, para redefinir con exactitud lo que podíamos conservar y lo que no”.
El procedimiento incorporó herramientas de alta precisión recientemente adquiridas por el Hospital Infantil San Vicente Fundación gracias al apoyo de aliados como la Fundación Fraternidad Medellín y Corbeta S.A. Entre ellas, el aspirador ultrasónico y el separador de Thompson, determinantes la estabilidad de la paciente durante la cirugía, favoreciendo una intervención más segura y precisa.
El doctor Ramírez explica el papel de la tecnología como una extensión directa de la decisión médica: “Cada una de estas herramientas no es solo tecnología; es parte del control del riesgo. El aspirador ultrasónico, los sistemas de autotransfusión y los dispositivos de separación de fluidos nos permitieron operar con un margen de seguridad que, en este tipo de casos, es absolutamente crítico”.
Al mismo tiempo, el procedimiento dependió de una coordinación continua entre oncología, cirugía hepatobiliar, trasplantes, anestesia, radiología intervencionista y cuidado crítico.
De hecho, el grupo operó como una única estructura de decisión clínica en tiempo real: “Este tipo de cirugía no pertenece a una sola especialidad. Es una construcción colectiva donde cada decisión depende de la anterior. En algunos momentos no hay una respuesta única, sino una deliberación en tiempo real, en la que todos los sistemas clínicos tienen que funcionar de manera sincronizada”, narró el doctor Jaime Ramírez.
Bajo ese nivel de complejidad, también hubo momentos de incertidumbre operativa: “Había momentos en los que todos miraban esperando una definición inmediata. Pero, en realidad, lo que estábamos haciendo era evaluar, en segundos, si el riesgo seguía siendo aceptable o si debíamos cambiar completamente la estrategia”, explicó el especialista.
Todo comenzó cuando María Isabel Taborda Bernal llegó a Medellín desde Bogotá por una visita familiar. Un dolor abdominal persistente llevó al diagnóstico de un tumor hepático de gran tamaño.
Su madre recuerda el inicio del proceso: “Pensamos que era algo pasajero, pero el dolor no cedía. Después de varios días, decidimos consultar y ahí empezó todo”.
Desde entonces, la familia destacó el acompañamiento constante del equipo médico, tanto en lo clínico como en lo humano.
La cirugía se realizó el 27 de marzo. Tres días después, la paciente ya caminaba. Hoy continúa en recuperación progresiva.
Más allá del procedimiento, el primer autotrasplante hepático pediátrico realizado en Colombia marca un punto de inflexión en el tratamiento de tumores hepáticos complejos, al ampliar las posibilidades terapéuticas en escenarios antes considerados inoperables.
Aun así, los especialistas insisten en que no se trata de una técnica de uso generalizado, sino de un procedimiento reservado para casos altamente seleccionados y centros con capacidades avanzadas.
Con ello, el caso también refleja el nivel de complejidad clínica alcanzado por el Hospital en cirugía hepática pediátrica y amplía el espectro de abordaje para pacientes que, hasta ahora, no contaban con alternativas quirúrgicas viables.
La intervención también se enmarca en la consolidación de la cirugía hepática pediátrica en el país y en la reactivación de un programa de trasplantes que había permanecido inactivo durante años.
Sin embargo, el impacto del procedimiento trasciende el resultado quirúrgico. El caso dejó instalada una capacidad clínica, tecnológica y humana para enfrentar patologías de máxima complejidad bajo esquemas de trabajo coordinado y decisiones tomadas en tiempo real.
Con la recuperación progresiva de la paciente, el procedimiento queda registrado no solo como un hito quirúrgico, sino como evidencia de hasta dónde puede llegar una estructura clínica cuando distintas especialidades operan bajo una misma decisión médica.
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