MEDELLÍN, COLOMBIA, SURAMÉRICA No. 335 AGOSTO DEL AÑO 2026 ISNN 0124-4388
Hace poco volví a enfrentarme a la temida pregunta que acongoja a cualquiera que haga parte de las humanidades y el arte, ¿qué son y para qué sirven? ¿Qué es la literatura?, fue mi caso específico, una duda que no he podido resolver en los nueve años que he transitado este camino de las letras y que se complica todavía más cuando me pregunto para qué sirve. Hoy, más cansada y menos optimista, me cuestiono: ¿tiene que servir para algo? Me inclino a creer que no y que quizá ahí es donde reside su belleza, como una tarde perdida entre todas las tardes en que sí se hizo algo. Y, sin embargo, quisiera tener una respuesta más sólida y menos sensible, para hacerme creer a mí misma y a los demás que me dedico a algo que hace más valiosa mi vida.
Quisiera tener una respuesta a la pregunta siempre incómoda de un familiar que no veo desde la primera comunión que sé, con toda la seguridad, desencadenará en más: ¿por qué leer y escribir siguen siendo importantes?, ¿qué pasa si alguien no me lee (o peor aún, si no me entiende)?, ¿alguna recomendación sencillita, ojalá fácil sobre el camino al éxito y la felicidad?, ¿de qué viviré, del aire? He estado tentada a responder muy bíblicamente que no solo de pan vive el hombre, pero mi tentación no es suficiente para ocultar una verdad, una verdad tan simple como que desde que existe la inteligencia artificial no he vuelto a recibir una llamada de mi prima, con prisa, para que le ayude a redactar un mensaje de feliz cumpleaños o una carta de amor.
Ya mi prima no tendrá que escuchar cómo me tiembla la voz contándole sobre las cartas de amor que le escribía Juan Rulfo a Clara: “Desde que te conozco, hay un eco en cada rama que repite tu nombre; en las ramas altas, lejanas; en las ramas que están junto a nosotros, se oye. Se oye como si despertáramos de un sueño en el alba”. Quizá la literatura sirve para eso: para amar, porque me temo que las dos palabras que hombres y mujeres siempre han querido escuchar han sido mancilladas. Me encuentro con “te amos” repetidos hasta al cansancio, carentes de significado, que ya solo queda arrojarlos a la basura. Si el amor ya no tiene más palabras, ¿estamos amando de verdad?
Solo hoy por fin puedo entender uno de los poemas de Jorge Luis Borges: “De las generaciones de las rosas / que en el fondo del tiempo se han perdido / quiero que una se salve del olvido / una sin marca o signo entre las cosas / que fueron”. También quiero una palabra que se salve del olvido, una sin mancha, una capaz de sobrevivir al cataclismo de los hombres, dispuesta a volver a nombrar, a ser génesis. Pero tampoco puedo dar una respuesta así sobre por qué sigo en este camino literario, ¿quién podría creerme?, ¿quién podría seguirme a riesgo de ser llamada falsa profeta, pesimista bohemia, narcisista sin empleo?
Me enfrento ante la necesidad de la productividad, de mostrar resultados. ¿Cuáles y para qué?, ¿para esos sí hay una respuesta más aceptable?, ¿qué dirá una cifra que salve al mundo? Mientras tanto, no puedo dejar de sentirme avergonzada por querer pasar mis días entre los libros y la escritura. ¿Quién decidió que vale menos?, ¿por qué ya no podemos sentarnos a contemplar una tarde sin que nada, absolutamente nada, pase? Hacer nada para hacerlo todo, para por fin dejar el cuerpo sentir: el viento, un viento suave y cansado de dar vueltas y que nadie lo sienta; los colores milimétricos, que se escapan entre los instantes, imposibles de detener; la belleza de una paloma que los demás han llamado fea y su arrullo, recordatorio de la maldad del abandono de los hombres cuando la consideraron inútil; el tiempo imperceptible, congelado, donde no existe la vejez. “Pobres, lo que se dice pobres, son los que no tienen tiempo para perder el tiempo” (Eduardo Galeano).
Me decanto, entonces, por una posible respuesta, una dada hace muchísimo tiempo por los formalistas rusos: la literatura sirve para volver a sentir el mundo por primera vez. Tolstói propuso un “procedimiento de singularización”, que consiste en no llamar al objeto por su nombre, sino en describirlo como si lo viera por primera vez. ¿Y eso para qué?, para darnos cuenta de que las cosas que hemos buscado siempre han estado ahí. Como escribió Víktor Shklovski: “La automatización devora los objetos, los hábitos, los muebles, la mujer y el miedo a la guerra [...] Para dar sensación de vida, para sentir los objetos, para percibir que la piedra es piedra, existe eso que se llama arte”.
¿Será acaso esa una respuesta suficiente para los curiosos, los detractores, los que están a punto de caer aquí conmigo? Lo bueno, lo bello, lo útil, lo sublime, la literatura lo comprende todo. En un mundo que da por hecho la lluvia, Cortázar narra: “(…) se queda temblequeando contra el cielo que la triza en mil brillos apagados, va creciendo y se tambalea, ya va a caer y no se cae, todavía no se cae. Está prendida con todas las uñas, no quiere caerse y se la ve que se agarra con los dientes, mientras le crece la barriga (…)”. También yo he olvidado cómo cae una gota en la ventana, he olvidado quedarme observándola hasta desvanecerse. ¿Para qué? Para vivir.
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