MEDELLÍN, COLOMBIA, SURAMERICA No. 255 DICIEMBRE DEL AÑO 2019 ISNN 0124-4388
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La violencia en Colombia, vivida desde hace más de 50 años, ha dejado un sin número de secuelas en la sociedad, conflictos y actos como violaciones, secuestros, desplazamientos y asesinatos que han afectado de manera significativa la salud mental de la población.
Según, Natalia Trujillo Orrego, profesora asociada, y coordinadora del grupo de salud mental de la Facultad Nacional de Salud Pública, hablar de porcentajes de enfermedades mentales en sociedades de conflicto es impreciso, porque la violencia ha afectado a comunidades muy extensas y de diferentes formas, pero según índices publicados por la Encuesta Nacional de Salud Mental, se puede decir que la prevalencia es de dos o tres veces más que en poblaciones donde no ha habido guerra o un conflicto crónico.
Las enfermedades más comunes que se generan a causa de los conflictos en su amplio espectro, son: el trastorno de estrés postraumático (más común entre personas que hayan estado expuestas directamente dentro del conflicto), la depresión (asociada a duelos y estrés agudo causado por un hecho reciente) y ansiedad (miedo o fobia a cosas, pasado el conflicto).
El conflicto armado no solo afecta a las personas que vivieron particularmente los hechos, sino a las generaciones futuras; la coordinadora del grupo de salud mental, indica que tanto la población que vivió, como la que no ha vivido algún conflicto, puede verse expuesta de diferentes maneras.
La primera es la crianza, la manera como los padres los abuelos o las personas que vivieron el conflicto de manera muy activa, educan a sus hijos; la segunda es la dimensión territorial, es decir, como perciben los cambios que tuvo una ciudad o municipio en la estructura a causa del conflicto: la tercera es la dimensión biológica, esta indica que las poblaciones expuestas a situaciones estresantes a lo largo del tiempo, pueden sufrir cambios en la salud mental en las nuevas generaciones, gracias a la transmisión de genes variados que se asocian al estrés que vivieron sus familiares.
Para construir sociedades de paz, Trujillo expresa que el grupo de salud mental ha trabajado desde la línea de deliberación: “nosotros hacemos reuniones en donde hay comunidades receptoras y excombatientes de grupos armados legales e ilegales (ex militares, ex guerrilleros y ex paramilitares) que pertenecen a una misma zona geográfica”, la intención de este ejercicio es que entre las partes se hablen y lleguen a un acuerdo para formar una paz colectiva y se deje atrás el rol y la etiqueta previa que tenían.
Otra forma para educar para la paz, es por medio de la investigación y la extensión, en donde las universidades tienen un papel permanente al investigar diferentes temáticas que permiten entender los fenómenos con lupa y transferir esa comprensión a las comunidades referidas, a través de cursos, talleres y ejercicios educativos.
Además, en ese diálogo entre investigadores y comunidad, Natalia Trujillo Orrego considera fundamental encontrar personas que han sido más resilientes para que sirvan a la comunidad como líderes en sus procesos.
Verónica Andrea Hurtubia Toro, pedagoga y miembro de la Unidad de Investigación sobre Resiliencia de la Universidad Católica de Milán, opina que la resiliencia es esencial para construir sociedades de paz, porque ayuda a las personas a replantearse y adaptarse positivamente ante las crisis o situaciones adversas.
Llevando este tema a sociedades de conflicto, como la colombiana, donde se está viviendo una transición y se habla de paz, la pedagoga, señala tres elementos base para construir una sociedad de paz: el primero la salud mental, el segundo la coexistencia entre los distintos grupos y el tercero el respeto a los derechos humanos.
En cuanto al componente de salud mental, Hurtubia considera importante volver a re significar el conflicto y darle un nuevo sentido al dolor, esto permite que un individuo o una comunidad se proponga nuevos objetivos de cambio y de transformación.
Igualmente indica que la resiliencia se suele confundir con resistencia: “decir yo resisto y sobrevivo a este conflicto, no es suficiente, va mucho más allá, por ejemplo muchas veces estudiando vida resilientes nos encontramos con personas que han vivido abusos sexuales o desplazamiento por años y una vez que resignifican ese dolor, hacen algo para ellas mismas, pero también para su comunidad al abrir centros de ayuda para jóvenes”.
La pedagoga e investigadora, además habló desde la salud mental sobre dos conceptos de resiliencia claves para construir paz en sociedades de conflicto, ellos son: el perdón y la memoria histórica.
El perdón se convierte en pieza esencial, pero no entendiéndolo como olvido, sino como la capacidad de reconocer al otro como una persona y un ser humano, por medio de lo espiritual “claramente todo esto es un proceso largo, estamos hablando que la resiliencia es un proceso, por lo tanto toma tiempo, no podemos esperar que nosotros en tres meses ya podamos perdonar”, explicó.
El segundo y último concepto lo ocupa la memoria histórica, “este proceso narrativo de contar y de sentirme escuchado es fundamental para poder encontrar esta resiliencia que tanto se busca” además, expresa que no solo es contar a una sola persona, sino a una sociedad o comunidad, para que de estas experiencias, emerjan lugares simbólicos de la memoria, como museos que ayudan a conocer y a reconocer las realidades de los conflictos.
De acuerdo con Natalia Trujillo Orrego, para edificar sociedades de paz y bajar la tasa de enfermedades mentales a causa del conflicto en Colombia, es esencial conocer la memoria histórica y conocer desde la academia y la investigación los porqués del conflicto y sus consecuencias, para así poder intervenir en las comunidades de acuerdo con sus necesidades propias.
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