MEDELLÍN, COLOMBIA, SURAMERICA No. 265 OCTUBRE DEL AÑO 2020 ISNN 0124-4388
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Consternación en el convento cuando el futuro, el prometido campeón, el adalid del uniforme violeta, prefirió las artes libres a los hábitos. A quien prometían como prelado, asomó sus ojos a la vida y con la amargura del hallazgo prefirió la desnudez y andar los mundos que tropezarse a tientas entre engaños.
“El pudor y la vergüenza nos condicionaron y fueron los motores para fundar la empresa del calzado”, le dijo al rubicundo fraile, mientras este se persignaba de espanto. “¡Lucidez pagana, hija del diablo y sus designios!”, le gritó el abad cuando lo llevaron a comparecer ante su magnífica excelencia. Castigado con hacer la masa de los panes para un ejército de capellanes, levantado de madrugada a baldados de agua helada, terminó confeccionando una Venus con el trigo. Fue expulsado luego de presentar entre sus ensayos: sobre abalorios y ecos en palacio, como artilugios de sostén del principado.
Se dejó crecer las barbas y el pelo del cuerpo como un montaraz, y cubrió sus vergüenzas a otros con el único objeto de no causar espanto. Mientras el maravilloso Blake anunciaba al mundo su hallazgo —que el universo se contiene en el minúsculo grano de arena—, sumaban ya décadas desde que él, universitario de su cuerpo, había escrito todo un tratado donde demostraba con magistral consistencia “cómo el dedo chico es capaz de contener el origen, la prehistoria del cosmos y hasta el devenir de las galaxias”. Se anticipó al conocimiento de la génesis de nuestro universo siglos antes de que se sospechara la gran explosión fundadora, auscultando los ecos de su carne. Su método era el soliloquio vital, el juego en silencio, el ensayo con sí mismo. No sabía de nigromantes, místicos ni ascetas, pero su sospecha, como torpedo, lo lanzaba a la búsqueda.
Su método, de disonante belleza, nació el día que vio un perro echarse. Tamaño encuentro con ese arte de los canes para buscar el lugar justo a su descanso. Una vuelta, va la segunda, se examina con la tercera, para por fin, luego de ese vuelo terrestre donde parecen planear en busca de su cola, logran hallar el tan anhelado sitio para un perfecto decúbito. Así mismo era el suyo, digo su método, para explorar asuntos y misterios. El camino largo o el terraplén al descampado solía llamar a su peculiar estilo. No ganó un Nobel, pero sí una quijotesca oreja mocha. Consigno, tal cual fueron encontradas, algunas observaciones suyas sobre lo que se atrevió a llamar la anatomía multiplicada.
“La anatomía de la carne es pequeña y carente de sustancia si se la examina únicamente en sus tejidos. Aunque la putrefacción nos muestre su vitalicio principio, en términos de historias y percepción, se queda corta si se la exonera del contexto. El espíritu, bastante más que agente motor de la maquinaria fisiológica, es principio fundamental de origen misterioso. Alma encarnada, aliento amalgamado si se quiere. Si ha de buscarse la verdad del cuerpo ha de explorarse, tamaña paradoja, en la palabra que completa la dinámica de los vitales fluidos”. Añade más adelante: “el sumo principio anatómico defendido por tantos, esto es, la fábrica humana como unidad sin remiendo, es falso si se mira con detenimiento, pues apenas somos fragmentos en simbiosis complementaria. Partículas unidas por hilos invisibles a demás cuerpos y moléculas del mundo. Nos suplementa el cuerpo ajeno, la corteza de los sauces y hasta el vuelo de una abeja. Lo anterior es una obviedad tal que la perdemos por cercana. ¿Acaso la locura no es consolada por la luna y el dolor de otros no se hace propio apenas siendo testigo de sus gestos? Hilillos invisibles unen lo que se piensa tan distante”. Mientras Galeno fundó o reverberó en la anatomía comparada, asimilando las partes de los puercos y los monos con nuestra particular ingeniería, él habló de un tipo particular de cuerpo, ese que se hace cada instante, de ida y venida, con el mundo en tránsito perenne. Una forma de cuerpo hecho texto que va sumando versos con los años.
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