MEDELLÍN,   COLOMBIA,   SURAMÉRICA    AÑO 5    NO 55   ABRIL DEL AÑO 2003    ISSN 0124-4388      elpulso@elhospital.org.co






 

 

En esta edición...

Luis Caballero "Pintar no es hacer cuadros"

Remilgos y jaleas para Don Rafael Núñez

El remolino

Luis Caballero

“Pintar no es hacer cuadros”
Según el hermano del artista, el escritor Antonio Caballero, “es curioso que a los colombianos con talento les va bien si se van del país.” Y recuerda las palabras de Simón Bolívar: “Aquí lo único que se puede hacer es emigrar”. “Eso les pasa a todos, a los escritores y a los ingenieros...”

Portada de la revista colombiana “Cambio 16”, con motivo de la muerte de Luis Caballero el 19 de junio de 1995. A los 51 años había hecho una obra sólida y conmovedora.

Ana Ochoa Periodista, Medellín elpulso@elhospital.org.co

Hace más de 30 años el Museo de Zea, hoy Museo de Antioquia, no quiso comprarle por doce mil pesos un políptico al pintor y dibujante colombiano Luis Caballero. Finalizaba la década del 60 y hoy, cuando el valor de su sólida obra excede los negros ceros, es mejor no hacer las cuentas de los doce mil para no espesar la sangre de los contabilistas. En aquellos tiempos Caballero acababa de ganar la Bienal de Arte Coltejer y, aunque su trabajo no era, aún, el testimonio profundo y conmovedor que alcanzaría a ser después, ya había sido mirado con interés por varios críticos, entre ellos la combativa Marta Traba, que destacaba la libertad del joven, sus cuerpos y su anarquía, tan poco convincentes para los llamados por ella “hidalgos” colombianos, también aterrorizados con las chatarras de Feliza Burztyn y las novedades de Norman Mejía y Pedro Alcántara. Años después Marta Traba ratificaba su entusiasmo: “La obra de Caballero alcanza ese raro poder de 'hecho entero' que tan difícilmente se consigue en el arte”.

Autorretrato, carboncillo.
El caso es que algo le faltaba al joven artista para ganarse el puñado de credibilidad que tan escasamente se otorga en Colombia. Según muchos, aquí no sólo se necesita talento. Y no pocos piensan que, para que a uno le crean, es necesario irse del país, como ha dicho el hermano del artista, el escritor Antonio Caballero. Comentando el caso de Fernando Botero, Antonio Caballero recordaba las palabras de Simón Bolívar: “Aquí lo único que se puede hacer es emigrar”. Y, en su opinión, “eso les pasa a los escritores y a los ingenieros. Es curioso. A los colombianos con talento les va bien si se van. Y en cambio les va mal si se quedan en Colombia... Aunque parezca que tienen éxito a corto plazo y localmente, se ahogan, se hunden. O se los traga la política. Los músicos terminan de cónsules en Panamá, los poetas, de senadores por Boyacá...”
Así que Luis Caballero se fue a vivir a París toda su vida, haciendo una gran obra autobiográfica, honesta como decía él, y de importante reconocimiento. Sus trabajos lograron, como primer y ambivalente fruto, inquietar. Allí estaban sus dibujos, sus pinturas sin bodegones ni nubes ni paisajes, su mundo masculino -y en tercera persona todo es peligroso, decía Jaime Gil de Biedma-, sus cuerpos derrotados, apasionados y terribles, su erotismo y su mística, sus imágenes y sus ideas. Todo eso hizo pensar en la verdad de aquello que repitió siempre: “Pintar no es hacer cuadros”.

Es mucho más y por eso cuesta. Los medios colombianos, persuadidos por las elogiosas informaciones provenientes del exterior y entusiasmados por los galeristas colombianos amigos del artista, hicieron sus noticias y publicaron las pocas entrevistas que el reservado Caballero quiso dar. Unos cuantos medios hicieron buenos trabajos sobre su vida y todos, sin excepción, hicieron un sonoro cubrimiento de su muerte, informando que había muerto de sida.
El artista falleció a los 51 años, el 19 de junio de 1995, y los medios dijeron entonces mil cosas. Que era genial y que, como tal, tenía un singular carácter. Que era un hombre tímido y con ojos azules; un artista nocturno que no iba al mar y que pintaba hasta el amanecer en un viejo apartamento de París -en la rue d'Alesia- lleno de gatos y de falos de piedra precolombinos regados por las mesas. Recordaron hasta las virtudes de su asado de cordero, su afición a las películas del trágico Passolini y su gusto por las veladas nocturnas en las que elegía, sin diplomacias, a quien invitar: “Plinio -le dijo una vez Caballero al controvertido escritor Plinio Apuleyo Mendoza- le doy de comer pero se me va a las 11. Tengo visitas”-. Y siempre su tono descolgador: “Plinio, suba y procure no embarrar el piso... ¿Dónde compró ese abrigo? Parece de una señora.” Y fue Plinio Apuleyo Mendoza quien contó de la relación del artista con sus papás, el escritor Eduardo Caballero Calderón e Isabel Holguín: “Mi mamá era todo para mí... Ella era respetable. Mi papá no. Yo podía tener admiración por él pero no respeto, porque era totalmente ilógico y arbitrario.”

“La técnica es una mano sin alma. No es que se deba prescindir de ella, pero es fácil ver el vacío de un dibujo, aunque sea perfecto”.
Hoy los medios ya han parado de informar. Ya es el confortable silencio de alguna sala solitaria de museo, el que acoge al visitante interesado y lo deja, por los misterios del arte, entrar en comunión con aquellos cuerpos de líneas evaporadas, humanos y a la vez sagrados, rendidos por el deseo y el dolor, que no necesitan títulos ni explicaciones para ser recibidos. Su propósito, decía, era hacer imágenes que se impusieran de golpe, que no necesitaran ser “leídas”. Hacía su obra con el deseo de transmitir la ebriedad del sentimiento puro, la dramática poesía de las emociones, la vida jamás banalizada. Todo lo contrario. “La vida es más importante que el arte y, si arte hay, solamente puede venir de la vida” escribió Caballero en 1982, en el catálogo de la exposición en la Galería Albert Loeb de París. “Trato de poner mi vida en mi pintura, de vivir lo que pinto y de pintar lo que vivo, y pienso que si soy sincero al hacerlo, algo de mis emociones aparecerá forzosamente en mi trabajo.“
Caballero pintaba con modelos, guiado por una clara intención -“pintar sin intención es idiota”-, derivando sus mejores ganancias de la misma vida, con ese ritmo de azar que también entraba en juego en la configuración de la obra. Bacon, que con sus desmembramientos y su horror había impactado a Caballero en los años sesenta, dijo alguna vez que el azar era su guía a la hora de empezar y terminar sus obras. ”Espero el trazo azaroso, intuitivo, que me de la señal”. Y con Caballero se recuerda a veces a Bacon, a veces a Goya, a veces a Miguel Angel, a Pontorno o Bronzino... La historia del arte y los grandes museos fueron parte fuerte de su vida. De niño vivió con su familia en Madrid, luego iría París, en 1963, para estudiar en la famosa academia de la Grande Chaumiére. Allí llegaba luego de haber estudiado un año, de 1961 a 1962, en la Facultad de Artes de la Universidad de Los Andes. Contó su compañera, la artista Beatriz González, que Caballero, el único hombre del grupo, llamó desde el principio la atención de profesores como Juan Antonio Roda, Marta Traba y Luciano Jaramillo. Pero a pesar de esos estímulos dejaría la Facultad e iría a Europa.
A Colombia regresa de París de 1967 a 1968, año en el que ganó la comentada Bienal de Arte Coltejer. Pero a sus 25 años volvió definitivamente a París, a buscar sus verdades más allá de la técnica. En eso era claro: “La técnica es una mano sin alma. No es que se deba prescindir de ella, pero es fácil ver el vacío de un dibujo, aunque sea perfecto”.
Estaban en juego sus convicciones y también sus obsesiones, su vocación de ser de su tiempo pero sin desconocer el pasado rico y accidentado del arte. Ahí estaba también su pasado personal y, siempre, el mundo religioso de su infancia que sería definitivo en su trabajo: “Mientras otros jugaban yo rezaba”. Aquellas imágenes de la Crucifixión, la Pietá, el Descendimiento, el Cuerpo Yaciente ¿Para qué más?, había dicho Caballero. “Con esos temas eternos se ha podido expresar siempre toda la angustia, todo el drama de la relación entre dos seres humanos”.
“Pinto con sinceridad y honestidad. No me pregunto si mi pintura será válida dentro de equis número de años. Creo que la buena pintura no tiene no tiene modas ni tiempo, si se exceptúa el natural balanceo del péndulo de la historia. Pero yo soy un hombre del presente momento y el motivo básico para pintar es el placer que el arte me produce, el impulso violento, la imposición que burbujea en el corazón y en la mano”.
De sus grandes sombras, de sus “cuadros negros” se filtra la subterránea luz de esos “momentos de gracia” y de placer perfecto que él decía sentir a la hora de estar solo frente al cuadro. Uno, con el torpe ojo extraviado entre los ires y venires de una sala de museo, percibe apenas un hilo esquivo de aquella luz, que es la emoción pura del artista. Una muchacha pasa y mira con sorpresa ese cuadro negro que a unos ilumina y a otros enceguece.
Óleo / Papel - Firmado 1980
Ocioso lector
Remilgos y jaleas para
Don Rafael Núñez
En el siglo XIX los fogones colombianos hervían sin mayores pretensiones. Pero en la helada Bogotá, mientras se bebía recio chocolate, algunas personas como el político y malquerido poeta -imposible e impasable según Klim- Rafael Núñez, resolvieron sazonar con novedades el parco recetario criollo. Y es que, según versiones de Lácydes Moreno, las ollas virreinales, con sus viandas indígenas y españolas, habían surtido las mesas de monótonas mazamorras y severos caldos, agraciados, cuando mucho, con la sangre del sabroso ají.
Pero en 1868 Núñez, siendo Secretario de Hacienda y Fomento, impulsó la publicación de una curiosa obra llamada “El Estuche”. “8.000 recetas y hechos diversos compilados por John Turth”. Este era el seudónimo del caucano Jerónimo Argáez, médico, comerciante e ingeniero educado en Europa quien, por cierto, sería el fundador en 1886 del primer diario, no oficial, bogotano llamado El Telegrama. El Estuche, en sus cinco volúmenes, traía más de 700 fórmulas de dulces y otras tantas recetas. Allí se enseñaba a adobar gallinas y pichones, a consumar caldos y confitar frutas calentanas y a efectuar laboriosas tareas como la de construir zurrones para guardar la miel o el aguardiente. El esnobismo de los viajeros hizo que se incluyeran instrucciones para servir la mesa “a la rusa”, como era la moda, o recomendaciones para que los criados tuvieran las uñas limpias y los manteles no colgaran más de media vara por debajo de la mesa.
Entre fórmulas de merengadas parisienses o gelatinas de Burdeos, encontramos instrucciones insólitas para cocer huevos viejos, para hacer 20 buñuelos diferentes, deliciosos bocadillos de Vélez, mojicones dormidos, suspiros de monja, leches aplanchadas, avisperos, masatos Londoño, mordiscos sabrosos, caramelos a fuego manso, empanadas de viernes y... quién lo creyera, chicha europea y arepas helénicas.
Luego de las instrucciones para mudar los platos, encontramos recomendaciones para no defraudar a los invitados que comparten la mesa. El éxito, se asegura, está en saber manejar “el arte de la conversación, esencial a cualquier persona que desee mezclarse en sociedad”.
Al lado de las antiguas recetas de “mojicones dormidos” o de “masato Londoño”, nos advierten que los estúpidos son enemigos muy asiduos.

Entre las lecciones reproducidas por Editorial Voluntad, encontramos algunas cosas más ácidas que el dulce popayanejo.
“En la conversación el amor propio de los demás debe ser respetado
Un filósofo francés dice que en conversación la franqueza tiene mayor parte que el ingenio. Pero esta máxima es errónea.
No ocupemos a nadie de nuestras enfermedades, de nuestras cuitas, ni de las gracias de los niños, ni del mal servicio doméstico.
No es permitido altercar delante de señoras.
Los cuentos e historias demasiado largas son muy cansadas.
Si alguna persona adopta un tono desagradable hacia alguno, este no debe darse por notificado, hágase como que no ha caído en cuenta y ese será su peor castigo.
La chanza y el estilo de broma son agradables pero muy peligrosos: la gente estúpida puede imaginarse que se les ridiculiza, y ya se sabe que los estúpidos son enemigos muy asiduos”.

Cuentos de adúlteros desorientados es el libro que prepara el periodista y escritor español Juan José Millás a quien se recuerda también por su novela “La soledad era esto”, premio Nadal en 1990. De su nuevo trabajo sólo se anticipan, hasta ahora, los sugestivos títulos de sus historias, entre ellas la llamada “Pasiones venéreas”.

Después de su éxito con la película El Padrino, Francis Ford Coppola dedicó parte de las ganancias a producir vino. En sus 800 hectáreas en el Valle de Napa, California, nació su elogiado Rubicom, el mejor vino tinto de la Nuebaum-Coppola. Nombre que también comparte su bar-café-restaurante italiano en Palo Alto, California. A su vez, el actor Gerard Depardieu está dedicado a la producción de vinos de uvas nobles en Francia..

Las lecturas predilectas de Alvaro Mutis, según dijo hace poco en México, siguen siendo: La Isla del Tesoro, de Stevenson; Don Quijote de la Mancha, de Cervantes; Grandes esperanzas, de Charles Dickens; Ensayos, de Miguel de Montaigne; la obra poética de Antonio Machado; En busca del tiempo perdido, de Proust; los poemas de Saint John Perse y Residencia en la tierra, de Pablo Neruda.

Una de las más extensas bibliotecas personales colombianas fue la de Alfonso Palacio Rudas. Sus 41.457 volúmenes pueden consultarse en Bogotá en la bella Casa Gómez Campuzano, llamada así en honor del artista cuyas obras permanecen exhibidas. En la calle 80 # 8-66 reposa esta voluminosa colección bibliográfica para quienes estén interesados, principalmente, en temas monetarios y económicos.

En los premios Oscar un tradicional huipil y unas enaguas mexicanas hicieron su teatral aparición. La antropóloga y cantante oaxaqueña Lila Downs, cantó con el brasileño Caetano Veloso la galardonada canción de la película Frida. Lila, hija de una cantante mixteca y un profesor de cine de la Universidad de Minnesota, es reconocida también en el mundo del jazz porque sus composiciones e interpretaciones tienen el color de los cantos indígenas y los sones populares.



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