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En
esta edición... |
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Luis
Caballero
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Pintar no es
hacer cuadros
Según el hermano del
artista, el escritor Antonio Caballero, es curioso que
a los colombianos con talento les va bien si se van del país.
Y recuerda las palabras de Simón Bolívar: Aquí
lo único que se puede hacer es emigrar. Eso
les pasa a todos, a los escritores y a los ingenieros...
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Portada de la revista colombiana Cambio 16, con
motivo de la muerte de Luis Caballero el 19 de junio de 1995.
A los 51 años había hecho una obra sólida
y conmovedora.
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Ana
Ochoa Periodista, Medellín elpulso@elhospital.org.co
Hace
más de 30 años el Museo de Zea, hoy Museo de
Antioquia, no quiso comprarle por doce mil pesos un políptico
al pintor y dibujante colombiano Luis Caballero. Finalizaba
la década del 60 y hoy, cuando el valor de su sólida
obra excede los negros ceros, es mejor no hacer las cuentas
de los doce mil para no espesar la sangre de los contabilistas.
En aquellos tiempos Caballero acababa de ganar la Bienal de
Arte Coltejer y, aunque su trabajo no era, aún, el
testimonio profundo y conmovedor que alcanzaría a ser
después, ya había sido mirado con interés
por varios críticos, entre ellos la combativa Marta
Traba, que destacaba la libertad del joven, sus cuerpos y
su anarquía, tan poco convincentes para los llamados
por ella hidalgos colombianos, también
aterrorizados con las chatarras de Feliza Burztyn y las novedades
de Norman Mejía y Pedro Alcántara. Años
después Marta Traba ratificaba su entusiasmo: La
obra de Caballero alcanza ese raro poder de 'hecho entero'
que tan difícilmente se consigue en el arte.
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Autorretrato, carboncillo.
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El caso
es que algo le faltaba al joven artista para ganarse el puñado
de credibilidad que tan escasamente se otorga en Colombia. Según
muchos, aquí no sólo se necesita talento. Y no
pocos piensan que, para que a uno le crean, es necesario irse
del país, como ha dicho el hermano del artista, el escritor
Antonio Caballero. Comentando el caso de Fernando Botero, Antonio
Caballero recordaba las palabras de Simón Bolívar:
Aquí lo único que se puede hacer es emigrar.
Y, en su opinión, eso les pasa a los escritores
y a los ingenieros. Es curioso. A los colombianos con talento
les va bien si se van. Y en cambio les va mal si se quedan en
Colombia... Aunque parezca que tienen éxito a corto plazo
y localmente, se ahogan, se hunden. O se los traga la política.
Los músicos terminan de cónsules en Panamá,
los poetas, de senadores por Boyacá...
Así que Luis Caballero se fue a vivir a París
toda su vida, haciendo una gran obra autobiográfica,
honesta como decía él, y de importante reconocimiento.
Sus trabajos lograron, como primer y ambivalente fruto, inquietar.
Allí estaban sus dibujos, sus pinturas sin bodegones
ni nubes ni paisajes, su mundo masculino -y en tercera persona
todo es peligroso, decía Jaime Gil de Biedma-, sus cuerpos
derrotados, apasionados y terribles, su erotismo y su mística,
sus imágenes y sus ideas. Todo eso hizo pensar en la
verdad de aquello que repitió siempre: Pintar no
es hacer cuadros.
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Es mucho más y por eso cuesta. Los medios colombianos,
persuadidos por las elogiosas informaciones provenientes del
exterior y entusiasmados por los galeristas colombianos amigos
del artista, hicieron sus noticias y publicaron las pocas
entrevistas que el reservado Caballero quiso dar. Unos cuantos
medios hicieron buenos trabajos sobre su vida y todos, sin
excepción, hicieron un sonoro cubrimiento de su muerte,
informando que había muerto de sida.
El artista falleció a los 51 años, el 19 de
junio de 1995, y los medios dijeron entonces mil cosas. Que
era genial y que, como tal, tenía un singular carácter.
Que era un hombre tímido y con ojos azules; un artista
nocturno que no iba al mar y que pintaba hasta el amanecer
en un viejo apartamento de París -en la rue d'Alesia-
lleno de gatos y de falos de piedra precolombinos regados
por las mesas. Recordaron hasta las virtudes de su asado de
cordero, su afición a las películas del trágico
Passolini y su gusto por las veladas nocturnas en las que
elegía, sin diplomacias, a quien invitar: Plinio
-le dijo una vez Caballero al controvertido escritor Plinio
Apuleyo Mendoza- le doy de comer pero se me va a las 11. Tengo
visitas-. Y siempre su tono descolgador: Plinio,
suba y procure no embarrar el piso... ¿Dónde
compró ese abrigo? Parece de una señora.
Y fue Plinio Apuleyo Mendoza quien contó de la relación
del artista con sus papás, el escritor Eduardo Caballero
Calderón e Isabel Holguín: Mi mamá
era todo para mí... Ella era respetable. Mi papá
no. Yo podía tener admiración por él
pero no respeto, porque era totalmente ilógico y arbitrario.
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La técnica
es una mano sin alma. No es que se deba prescindir de ella,
pero es fácil ver el vacío de un dibujo, aunque
sea perfecto.
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Hoy
los medios ya han parado de informar. Ya es el confortable silencio
de alguna sala solitaria de museo, el que acoge al visitante
interesado y lo deja, por los misterios del arte, entrar en
comunión con aquellos cuerpos de líneas evaporadas,
humanos y a la vez sagrados, rendidos por el deseo y el dolor,
que no necesitan títulos ni explicaciones para ser recibidos.
Su propósito, decía, era hacer imágenes
que se impusieran de golpe, que no necesitaran ser leídas.
Hacía su obra con el deseo de transmitir la ebriedad
del sentimiento puro, la dramática poesía de las
emociones, la vida jamás banalizada. Todo lo contrario.
La vida es más importante que el arte y, si arte
hay, solamente puede venir de la vida escribió
Caballero en 1982, en el catálogo de la exposición
en la Galería Albert Loeb de París. Trato
de poner mi vida en mi pintura, de vivir lo que pinto y de pintar
lo que vivo, y pienso que si soy sincero al hacerlo, algo de
mis emociones aparecerá forzosamente en mi trabajo.
Caballero pintaba con modelos, guiado por una clara intención
-pintar sin intención es idiota-, derivando
sus mejores ganancias de la misma vida, con ese ritmo de azar
que también entraba en juego en la configuración
de la obra. Bacon, que con sus desmembramientos y su horror
había impactado a Caballero en los años sesenta,
dijo alguna vez que el azar era su guía a la hora de
empezar y terminar sus obras. Espero el trazo azaroso,
intuitivo, que me de la señal. Y con Caballero
se recuerda a veces a Bacon, a veces a Goya, a veces a Miguel
Angel, a Pontorno o Bronzino... La historia del arte y los grandes
museos fueron parte fuerte de su vida. De niño vivió
con su familia en Madrid, luego iría París, en
1963, para estudiar en la famosa academia de la Grande Chaumiére.
Allí llegaba luego de haber estudiado un año,
de 1961 a 1962, en la Facultad de Artes de la Universidad de
Los Andes. Contó su compañera, la artista Beatriz
González, que Caballero, el único hombre del grupo,
llamó desde el principio la atención de profesores
como Juan Antonio Roda, Marta Traba y Luciano Jaramillo. Pero
a pesar de esos estímulos dejaría la Facultad
e iría a Europa.
A Colombia regresa de París de 1967 a 1968, año
en el que ganó la comentada Bienal de Arte Coltejer.
Pero a sus 25 años volvió definitivamente a París,
a buscar sus verdades más allá de la técnica.
En eso era claro: La técnica es una mano sin alma.
No es que se deba prescindir de ella, pero es fácil ver
el vacío de un dibujo, aunque sea perfecto. |
Estaban en juego sus convicciones
y también sus obsesiones, su vocación de
ser de su tiempo pero sin desconocer el pasado rico y
accidentado del arte. Ahí estaba también
su pasado personal y, siempre, el mundo religioso de su
infancia que sería definitivo en su trabajo: Mientras
otros jugaban yo rezaba. Aquellas imágenes
de la Crucifixión, la Pietá, el Descendimiento,
el Cuerpo Yaciente ¿Para qué más?,
había dicho Caballero. Con esos temas eternos
se ha podido expresar siempre toda la angustia, todo el
drama de la relación entre dos seres humanos.
Pinto con sinceridad y honestidad. No me pregunto
si mi pintura será válida dentro de equis
número de años. Creo que la buena pintura
no tiene no tiene modas ni tiempo, si se exceptúa
el natural balanceo del péndulo de la historia.
Pero yo soy un hombre del presente momento y el motivo
básico para pintar es el placer que el arte me
produce, el impulso violento, la imposición que
burbujea en el corazón y en la mano.
De sus grandes sombras, de sus cuadros negros
se filtra la subterránea luz de esos momentos
de gracia y de placer perfecto que él decía
sentir a la hora de estar solo frente al cuadro. Uno,
con el torpe ojo extraviado entre los ires y venires de
una sala de museo, percibe apenas un hilo esquivo de aquella
luz, que es la emoción pura del artista. Una muchacha
pasa y mira con sorpresa ese cuadro negro que a unos ilumina
y a otros enceguece.  |
Óleo / Papel - Firmado
1980
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Remilgos y jaleas
para
Don Rafael Núñez |
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En el siglo XIX los
fogones colombianos hervían sin mayores pretensiones.
Pero en la helada Bogotá, mientras se bebía
recio chocolate, algunas personas como el político
y malquerido poeta -imposible e impasable según Klim-
Rafael Núñez, resolvieron sazonar con novedades
el parco recetario criollo. Y es que, según versiones
de Lácydes Moreno, las ollas virreinales, con sus viandas
indígenas y españolas, habían surtido
las mesas de monótonas mazamorras y severos caldos,
agraciados, cuando mucho, con la sangre del sabroso ají.
Pero en 1868 Núñez, siendo Secretario de Hacienda
y Fomento, impulsó la publicación de una curiosa
obra llamada El Estuche. 8.000 recetas y
hechos diversos compilados por John Turth. Este era
el seudónimo del caucano Jerónimo Argáez,
médico, comerciante e ingeniero educado en Europa quien,
por cierto, sería el fundador en 1886 del primer diario,
no oficial, bogotano llamado El Telegrama. El Estuche, en
sus cinco volúmenes, traía más de 700
fórmulas de dulces y otras tantas recetas. Allí
se enseñaba a adobar gallinas y pichones, a consumar
caldos y confitar frutas calentanas y a efectuar laboriosas
tareas como la de construir zurrones para guardar la miel
o el aguardiente. El esnobismo de los viajeros hizo que se
incluyeran instrucciones para servir la mesa a la rusa,
como era la moda, o recomendaciones para que los criados tuvieran
las uñas limpias y los manteles no colgaran más
de media vara por debajo de la mesa.
Entre fórmulas de merengadas parisienses o gelatinas
de Burdeos, encontramos instrucciones insólitas para
cocer huevos viejos, para hacer 20 buñuelos diferentes,
deliciosos bocadillos de Vélez, mojicones dormidos,
suspiros de monja, leches aplanchadas, avisperos, masatos
Londoño, mordiscos sabrosos, caramelos a fuego manso,
empanadas de viernes y... quién lo creyera, chicha
europea y arepas helénicas.
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Luego de las instrucciones
para mudar los platos, encontramos recomendaciones para no
defraudar a los invitados que comparten la mesa. El éxito,
se asegura, está en saber manejar el arte de
la conversación, esencial a cualquier persona que desee
mezclarse en sociedad.
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| Al lado de las antiguas recetas
de mojicones dormidos o de masato Londoño,
nos advierten que los estúpidos son enemigos muy asiduos. |
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Entre
las lecciones reproducidas por Editorial Voluntad, encontramos
algunas cosas más ácidas que el dulce popayanejo.
En la conversación el amor propio de los demás
debe ser respetado
Un filósofo francés dice que en conversación
la franqueza tiene mayor parte que el ingenio. Pero esta máxima
es errónea.
No ocupemos a nadie de nuestras enfermedades, de nuestras
cuitas, ni de las gracias de los niños, ni del mal
servicio doméstico.
No es permitido altercar delante de señoras.
Los cuentos e historias demasiado largas son muy cansadas.
Si alguna persona adopta un tono desagradable hacia alguno,
este no debe darse por notificado, hágase como que
no ha caído en cuenta y ese será su peor castigo.
La chanza y el estilo de broma son agradables pero muy peligrosos:
la gente estúpida puede imaginarse que se les ridiculiza,
y ya se sabe que los estúpidos son enemigos muy asiduos.
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Cuentos de adúlteros
desorientados es el libro que prepara el periodista y escritor
español Juan José Millás a quien se recuerda
también por su novela La soledad era esto,
premio Nadal en 1990. De su nuevo trabajo sólo se anticipan,
hasta ahora, los sugestivos títulos de sus historias,
entre ellas la llamada Pasiones venéreas.
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Después
de su éxito con la película El Padrino, Francis
Ford Coppola dedicó parte de las ganancias a producir
vino. En sus 800 hectáreas en el Valle de Napa, California,
nació su elogiado Rubicom, el mejor vino tinto de la
Nuebaum-Coppola. Nombre que también comparte su bar-café-restaurante
italiano en Palo Alto, California. A su vez, el actor Gerard
Depardieu está dedicado a la producción de vinos
de uvas nobles en Francia..
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Las lecturas
predilectas de Alvaro Mutis, según dijo hace poco
en México, siguen siendo: La Isla del Tesoro, de
Stevenson; Don Quijote de la Mancha, de Cervantes; Grandes
esperanzas, de Charles Dickens; Ensayos, de Miguel de Montaigne;
la obra poética de Antonio Machado; En busca del
tiempo perdido, de Proust; los poemas de Saint John Perse
y Residencia en la tierra, de Pablo Neruda.
Una de las
más extensas bibliotecas personales colombianas fue
la de Alfonso Palacio Rudas. Sus 41.457 volúmenes
pueden consultarse en Bogotá en la bella Casa Gómez
Campuzano, llamada así en honor del artista cuyas
obras permanecen exhibidas. En la calle 80 # 8-66 reposa
esta voluminosa colección bibliográfica para
quienes estén interesados, principalmente, en temas
monetarios y económicos.
En los premios
Oscar un tradicional huipil y unas enaguas mexicanas hicieron
su teatral aparición. La antropóloga y cantante
oaxaqueña Lila Downs, cantó con el brasileño
Caetano Veloso la galardonada canción de la película
Frida. Lila, hija de una cantante mixteca y un profesor
de cine de la Universidad de Minnesota, es reconocida también
en el mundo del jazz porque sus composiciones e interpretaciones
tienen el color de los cantos indígenas y los sones
populares.
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