|
|
Todos
los caminos
conducen a Roma
|
Si todas las personas
realmente tuvieran acceso a los servicios de salud y hubiera
una evidente oportunidad para atender sus necesidades, después
de 10 años no se mantendría la discusión
sobre las bondades de la Ley 100, muchas de ellas traídas
de los cabellos, o de todas sus inequidades, que saltan a
la vista y son padecidas no solo por los enfermos sino también
por el personal de salud que a diario en servicios de urgencias
y en consultorios, se ve en encrucijadas irreductibles o en
los laberintos de la normatividad.
Gran parte de la discusión estriba en lo enunciado,
y es de aquí precisamente de donde brota. Es el caso
común ya, del adulto que está excluido de los
beneficios de la prometedora ley o es la mujer que como tal
o como madre no encuentra la debida respuesta en las salas
o quirófanos, sino que por el contrario, desde la mismas
puertas de los hospitales y clínicas, escucha lo que
en realidad ya sabe frente a la necesidad de atención
y a su escasez de dinero, porque a falta de un carné
del Sisbén o de una EPS, en todo caso, bien sirve el
dinero.
La discusión nunca terminará. Ampliación
de cobertura o no, accesibilidad o no, promoción y
prevención o no, progreso en la calidad de la atención
o no, exclusión o no, en fin son decenas los temas
en los cuales discurrirá el tiempo tratando de convencer
al opositor y de demostrar a toda la ciudadanía que
ahora es mejor que antes. Pero pasarán meses y años
antes de que exista una declaración de conformidad
por parte de todos los estamentos de la comunidad que ha vivido
lo que ha vivido.
El modelo teórico de seguridad social en salud es atractivo
y novedoso; pero en la práctica es excluyente, insuficiente
y atiborrado de reglamentaciones que parecen un intento de
poner en marcha lo que la ley misma por cualquier razón
no contempló o le quedó corta, o lo que ha debido
decir y no dijo. Aquí si cabe el aforismo popular que
dice que del dicho al hecho hay mucho trecho. La práctica
ha sido muy diferente a la acuarela que se nos pintó
por allá a finales del año 93.
No vamos a hacer en este texto un recuento de todos los inconvenientes
que se le han visto al sistema después de cerca de
una década de su puesta en funcionamiento, pues además
ya acá hemos señalado muchas inconsistencias
e injusticias. Vamos a plantear algo diferente y en verdad
más preocupante y más de fondo. Lo más
inquietante y grave del modelo no está en lo dicho
en escenarios y artículos, en estadísticas y
curvas, en los gráficos de barras y/o en las relatorías.
El sistema de aseguramiento mostró quienes son los
que tienen capacidad de cotización, y en consecuencia
y por exclusión, identificó a quienes no tienen
ese derecho. Estableció una ala paralela que llamó
régimen subsidiado, con la que también dejó
por fuera de ese segmento a otra gran cantidad de personas,
y para ellos creó la denominación de vinculados,
que según algunos defensores del tricéfalo,
son los que pueden lograr mejores beneficios del sistema;
claro que está por demostrarse el hecho de que sin
querer hacer una cosa, quede mejor hecha que la que se desea.
Pero el cambio sustancial en realidad se dio en el alma de
la gente. Se dio en el sentimiento de los ejecutivos y directivos
de clínicas y hospitales, en los médicos, en
las enfermeras y en los auxiliares de todos los quehaceres
médicos. Su conciencia, que inicialmente se resistió,
cambió y su corazón se endureció. Por
su parte, el nuevo personal que se está formando y
que se ha formado dentro del parecer del régimen, lo
encuentra todo aceptable y hasta correcto.
El cambio más grande, más trascendental que
introdujo la política neoliberal en la salud, no fue
en lo operativo del sistema, en la idea de cobertura, afiliación,
identificación, cotización y demás, sino
en la apreciación que la gente de la salud tenía
frente a lo que entendía por deber, solidaridad, moral
y ética.
La ola de cambio en la operación de los sistemas de
salud va llegando por estos días a otros países,
dictada desde los estamentos del BID, el FMI y el Banco Mundial
y demás organismos que tienen en sus manos, por estar
en prenda, la libre determinación de los países.
Claro que ellos tienen sus agentes incluso nacionales que
venden la idea y convencen con sus argumentos y estadísticas
a los propios. Pero otra cosa es lo que se vive en los barrios
marginales, en los centros locales de salud o aún en
los servicios de urgencias de las grandes ciudades. Eso hay
que verlo y esa sería la mejor referencia que pudieran
tener los gobiernos y los ejecutivos de los países
que están a puertas de dar el paso al modelo de aseguramiento
que se les piensa instalar.
Siempre existe el riego de que terminaremos pensando como
se obra y, lamentablemente, no al contrario. He ahí
lo más grave, lo más delicado y lo más
doloroso. Hemos oído que algo tiene este lamento de
la pérdida del ingreso de los médicos. Pero
no, no es así. Porque también han sido los odontólogos,
enfermeras, sicólogos y demás trabajadores de
la salud los que han perdido, ellos sí, de pronto un
poco más en silencio. No, no es plata lo que se ha
perdido, ni es con ella que se recupera lo lamentado. La esencia
es otra y es trágica. Ese es el verdadero adjetivo
que refleja lo sucedido en el sector. Es una tragedia y no
puede catalogarse de otra forma, la pérdida de los
sentimientos y el cambio en los conceptos de respeto, solidaridad
y servicio. Ojalá que los países que ahora se
someten por voluntad ajena a los ajustes recomendados desde
los entes que dictan las políticas a los países
subdesarrollados, analicen otros indicadores diferentes a
los meramente técnicos. Pero el destino parece inexorable
y el modelo de aseguramiento ensayado en Colombia se impondrá,
todo parece indicarlo. Parece que todos los caminos conducen
a Roma. |
|
|
|
|
|
|
|
|
|