MEDELLÍN,   COLOMBIA,   SURAMÉRICA    AÑO 5    NO 55   ABRIL DEL AÑO 2003    ISSN 0124-4388      elpulso@elhospital.org.co

La salud en el Plan
Nacional de Desarrollo

Jairo Humberto Restrepo Zea Profesor e investigador Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad de Antioquia
jairo@catios.udea.edu.co

Por primera vez en la historia de Colombia un plan nacional de desarrollo hace explícito en su título el término Estado: “Hacia un Estado Comunitario”; se trata del plan propuesto por el actual gobierno, el cual tiene como antecedentes, desde la Constitución de 1991, la Revolución Pacífica, el Salto Social y Cambio para Construir la Paz. Se nota entonces que los objetivos de este plan descansan sobre la construcción de un nuevo tipo de relaciones entre Estado y sociedad, como base para superar el desarrollo, a diferencia de los anteriores que partían de una visión sobre el desarrollo, mientras el Estado era concebido como instrumento para alcanzarla.
A pesar de la declaración de su título, en las bases del plan no hay un concepto claro sobre lo que es el Estado Comunitario, enunciando propósitos comunes que hacen parte de la misión del Estado y de un estilo de gobierno: “Un Estado participativo que involucre a la ciudadanía en la consecución de los fines sociales. Un Estado gerencial que invierta con eficiencia y austeridad los recursos públicos. Y un Estado descentralizado que privilegie la autonomía regional con transparencia, responsabilidad política y participación comunitaria.
Las propuestas
En cuanto a política de salud, las propuestas del Plan giran en torno de 4 estrategias esenciales: en primer lugar, fortalecer e incrementar la cobertura de aseguramiento, con una meta de cinco millones de nuevos afiliados al régimen subsidiado. Sorprende la timidez con la que se trata el régimen contributivo, estimando un incremento de un millón de afiliados que resulta inconsistente con la meta de empleo, o, por el contrario, enseña que se mantendrá la mala calidad del empleo. Así las cosas, si es que se alcanza la cobertura prevista, al finalizar el cuatrienio se tendrán más personas en el régimen subsidiado (16 millones) que en el contributivo (15.1 millones), lo cual parece poco viable.
No es claro cómo financiar este aumento de cobertura y tampoco se toca en profundidad el equilibrio financiero en el régimen contributivo. Es importante insistir en la necesidad de adelantar una reflexión sobre la estrategia de aseguramiento y recordar que ella es una estrategia para garantizar el acceso y no un objetivo de política. Se requieren proyecciones de población según sus condiciones de ingreso, pobreza y otros determinantes del acceso a la salud, para establecer estrategias diferenciadas o, si los resultados así lo indican, reforzar la estrategia del aseguramiento.
En otras palabras, es la oportunidad para incorporar en la ley del plan una actualización de la meta consagrada en el artículo 157 de la Ley 100 que no se cumplió “A partir del año 2000, todo colombiano deberá estar vinculado al Sistema a través de los regímenes contributivo o subsidiado, en donde progresivamente se unificarán los planes de salud”, la cual era consistente con el objetivo asignado al sistema en el artículo 152 de la misma ley: “crear condiciones de acceso de toda la población al servicio en todos los niveles de atención”.
En segundo lugar, sobre la sostenibilidad financiera se plantean algunas estrategias que ya fueron contempladas en el plan del gobierno anterior o que son funciones de la dirección del sistema de seguridad social, como es el caso del monitoreo, evaluación y ajuste de la Unidad de Pago por Capitación (UPC) y el contenido del plan de beneficios; la operación del sistema integral de información; la definición de variables técnicas par la operación de empresas aseguradoras; la conformación de zonas de operación regional para el régimen subsidiado; y la eliminación de regímenes especiales. Como aspecto preocupante, se destacan las presiones sobre hogares y entidades territoriales para moderar el desequilibrio financiero en los dos regímenes.
En tercer lugar, como elemento destacado, en el plan se plantea la estrategia de mejorar acceso y la prestación de servicios de salud. Se observa de nuevo la poca asociación que se establece entre aseguramiento y acceso, de modo que no se habla de EPS y ARS como quienes buscan facilitar el acceso, refiriéndose exclusivamente a las IPS. Uno de los puntos que merece la mayor atención se refiere a la manera como se profundizan barreras al acceso impuestas por los aseguradores, ya que éstas disponen de su propia red y en muchos casos están alejando a los usuarios de los servicios.
Acaso la reestructuración y capitalización de hospitales (incluyendo la posibilidad de que las Empresas Sociales del Estado -ESE- se transformen en sociedades de economía mixta) ayude a liberar recursos para que se mejore el acceso, pero, de nuevo, esto es un medio y no un objetivo per se. Es importante, como lo señala el propio plan, definir modalidades de pago para remunerar a los hospitales en función de resultados o producción de servicios (hay que tener en cuenta que en muchos casos se podrían generar incentivos perversos que lleven a incrementar la producción de manera innecesaria).
Y en cuarto lugar, el plan establece acciones prioritarias en salud pública. Se destaca el interés por elevar la cobertura de vacunación al 95%, así como desarrollar programas que reduzcan la incidencia del embarazo en adolescentes, sida, malaria y cáncer de cuello uterino. Eso está muy bien, aunque sigue faltando una mirada integral e institucional que enseñe la manera como estas propuestas puedan ser viables y efectivas; por ejemplo, hay que hacer explícito la formulación de un Plan de Atención Básica -PAB- cuyos contenidos y acciones involucren a varios sectores, además de salud (en especial medio ambiente y educación), al mismo tiempo que se avance en la coordinación interinstitucional, con liderazgo de las entidades territoriales, para adelantar programas muy efectivos y de alcance universal sobre promoción y prevención.

Reflexión del mes
Extravío del cosmos económico de la salud
“Los sistemas médicos están entrelazados con los militares y económicos. Mientras los médicos se concentran en la lucha contra la muerte, el paciente ha devenido, primero, en un objeto residual y luego, en un constructo tecnológico. La concentración masiva de recursos que reúnen: entrenamiento académico, instrumentos, laboratorios y hospitales, han terminado por aislar la medicina para, finalmente, marchitarla. Las medicinas, los genes, el estrés, el envejecimiento y el sida no constituyen más temas médicos: son asuntos sistémicos. Ellos han alterado enteramente nuestra autopercepción. Hoy, ellos deciden por nosotros. La vida es hoy un objeto que resulta de las políticas de salud"
Ivan Illich (1995), "Death undefeated", British Medical Journal, 311:1652-1653 (23 de diciembre)
Ivan Illich (1984), Némesis Médica, Joaquín Mortíz/Planeta, México.

 

Bioética

¿Qué puede hacer el ciudadano de bien para encender una luz en medio de las tinieblas del conflicto que nos aqueja? ¿Qué podemos hacer Usted y yo que no hacemos parte del gobierno y, por lo tanto, no tenemos injerencia en la toma de decisiones estratégicas? Esta es una pregunta que con certeza nos habremos formulado en alguna ocasión. Hoy, estimado lector, quiero hacerle una propuesta, extenderle una invitación a reflexionar sobre un tema en el que tal vez no haya pensado y que podría ser una de sus contribuciones para la construcción de una Colombia y un mundo en paz.
¿Se ha puesto a pensar alguna vez en su manera de hablar? ¿En las palabras que pronuncia y el tono en que las dice? Sin darnos cuenta empleamos un vocabulario violento que introduce divisiones y sinsabores y va minando la armonía familiar y social. Por ello lo invito a «desarmar» su lenguaje y a acordar la paz lingüística. Vayamos concretando. Casi todos anhelamos un país en orden y en paz y quisiéramos luchar contra la violencia y la corrupción, ¿no es así? El propósito es muy laudable, pero dése cuenta que hemos usado la palabra lucha. Nuestro vocabulario usual contiene muchos términos y expresiones violentas que proferimos sin detenernos a pensar en sus efectos.
El filósofo y moralista español José Luis L. Aranguren, en El futuro de la Universidad y otras polémicas, escribió que «no basta intentar renunciar a la violencia; es preciso evitar el vocabulario de la violencia, la violencia como metáfora». Sería interminable la lista de expresiones «bélicas» que usamos desprevenidamente y que al interiorizarlas deterioran la sana convivencia: ira divina, Dios de los ejércitos, guerra santa, lucha contra el cáncer, frente sindical, batalla contra el sida, brigadas de la salud, rearme moral, cruzada ética, victoria aplastante, cerrar filas contra, atrincherarse en su condición de, bombardeo de preguntas, escudo humano, estrategia publicitaria, campaña agresiva, tácticas pedagógicas, explosión de colores, derrotar la ignorancia, cohorte de postgrado, deserción estudiantil, exterminio de la injusticia, banda marcial, asaltar en la buena fe, militancia política, contienda deportiva, combate futbolístico, disputarse el título mundial, jugar a la ofensiva, disparo de la inflación, esgrimir un motivo, farmacia de guardia, conquista amorosa, tener en la mira un objetivo, dar en el blanco, «sin novedad en el frente», «matar el tiempo», «la venganza es dulce», catapultar una persona a una posición de privilegio, duelo político, profesional competente, situación explosiva, mujer de armas tomar, guerra de almohadas, etc., ejemplos todos ellos de una cierta violencia verbal.
Podría objetarse que son tan sólo palabras, tópicos que se repiten irreflexivamente; sin embargo, vocablos como estos introducen, por el rodeo lingüístico, la agresividad en el seno mismo de la vida y nos intoxican de belicismo, pues la violencia no es sólo de índole física, también verbalmente se puede violentar a alguien. El eufemismo puede ser connivencia con la injusticia, el engaño falaz y especioso es una forma de atropello, y el insulto equivale a una bofetada; además, toda palabra posee una carga emotiva, es decir, comunica al oyente el dolor, la alegría, la cólera, la tristeza o el desánimo del emisor. No hay palabra, por puramente emotiva que parezca, que no comunique alguna información, ni la hay tan fríamente descriptiva, que no proyecte un cierto halo emocional.
El lenguaje no es, por consiguiente, aséptico, no puede declararse neutral ni descomprometido moralmente. Esa ha sido la gran lección de la sociolingüística en el mundo de hoy, al señalar la imposibilidad de distinguir entre una sociedad y su lengua. En efecto, la sociedad puede, mediante el uso de los diversos lenguajes, conformar el modo de ser de las personas y hacer de ellas casi lo que quiera. Por eso, ser hombre es haber aceptado un papel en el teatro de la vida social, que es un relato, una madeja de palabras bien o mal intencionadas, un cúmulo de imaginerías y un circuito de significaciones y sin-sentidos. Por esa razón nos cabe una alternativa ética: rechazar los «guiones» violentos y decidirnos por los que mejor se ajusten a nuestra dignidad humana. En la próxima entrega meditaremos sobre las tres dimensiones del lenguaje con el fin de saber de qué manera será posible alcanzar lo que nos proponemos. Por ahora queda invitado, estimado lector, a revisar las palabras que usa y el modo como lo hace y, desde luego, a leer la segunda parte de este artículo.

NOTA: Esta sección es un aporte del Centro Colombiano de Bioética, CECOLBE.

 











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