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La salud en el Plan
Nacional de Desarrollo
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Jairo
Humberto Restrepo Zea Profesor e investigador Facultad de
Ciencias Económicas de la Universidad de Antioquia
jairo@catios.udea.edu.co
Por primera vez en la historia de Colombia un plan nacional
de desarrollo hace explícito en su título el
término Estado: Hacia un Estado Comunitario;
se trata del plan propuesto por el actual gobierno, el cual
tiene como antecedentes, desde la Constitución de 1991,
la Revolución Pacífica, el Salto Social y Cambio
para Construir la Paz. Se nota entonces que los objetivos
de este plan descansan sobre la construcción de un
nuevo tipo de relaciones entre Estado y sociedad, como base
para superar el desarrollo, a diferencia de los anteriores
que partían de una visión sobre el desarrollo,
mientras el Estado era concebido como instrumento para alcanzarla.
A pesar de la declaración de su título, en las
bases del plan no hay un concepto claro sobre lo que es el
Estado Comunitario, enunciando propósitos comunes que
hacen parte de la misión del Estado y de un estilo
de gobierno: Un Estado participativo que involucre a
la ciudadanía en la consecución de los fines
sociales. Un Estado gerencial que invierta con eficiencia
y austeridad los recursos públicos. Y un Estado descentralizado
que privilegie la autonomía regional con transparencia,
responsabilidad política y participación comunitaria.
Las propuestas
En cuanto a política de salud, las propuestas del Plan
giran en torno de 4 estrategias esenciales: en primer lugar,
fortalecer e incrementar la cobertura de aseguramiento, con
una meta de cinco millones de nuevos afiliados al régimen
subsidiado. Sorprende la timidez con la que se trata el régimen
contributivo, estimando un incremento de un millón
de afiliados que resulta inconsistente con la meta de empleo,
o, por el contrario, enseña que se mantendrá
la mala calidad del empleo. Así las cosas, si es que
se alcanza la cobertura prevista, al finalizar el cuatrienio
se tendrán más personas en el régimen
subsidiado (16 millones) que en el contributivo (15.1 millones),
lo cual parece poco viable.
No es claro cómo financiar este aumento de cobertura
y tampoco se toca en profundidad el equilibrio financiero
en el régimen contributivo. Es importante insistir
en la necesidad de adelantar una reflexión sobre la
estrategia de aseguramiento y recordar que ella es una estrategia
para garantizar el acceso y no un objetivo de política.
Se requieren proyecciones de población según
sus condiciones de ingreso, pobreza y otros determinantes
del acceso a la salud, para establecer estrategias diferenciadas
o, si los resultados así lo indican, reforzar la estrategia
del aseguramiento.
En otras palabras, es la oportunidad para incorporar en la
ley del plan una actualización de la meta consagrada
en el artículo 157 de la Ley 100 que no se cumplió
A partir del año 2000, todo colombiano deberá
estar vinculado al Sistema a través de los regímenes
contributivo o subsidiado, en donde progresivamente se unificarán
los planes de salud, la cual era consistente con el
objetivo asignado al sistema en el artículo 152 de
la misma ley: crear condiciones de acceso de toda la
población al servicio en todos los niveles de atención.
En segundo lugar, sobre la sostenibilidad financiera se plantean
algunas estrategias que ya fueron contempladas en el plan
del gobierno anterior o que son funciones de la dirección
del sistema de seguridad social, como es el caso del monitoreo,
evaluación y ajuste de la Unidad de Pago por Capitación
(UPC) y el contenido del plan de beneficios; la operación
del sistema integral de información; la definición
de variables técnicas par la operación de empresas
aseguradoras; la conformación de zonas de operación
regional para el régimen subsidiado; y la eliminación
de regímenes especiales. Como aspecto preocupante,
se destacan las presiones sobre hogares y entidades territoriales
para moderar el desequilibrio financiero en los dos regímenes.
En tercer lugar, como elemento destacado, en el plan se plantea
la estrategia de mejorar acceso y la prestación de
servicios de salud. Se observa de nuevo la poca asociación
que se establece entre aseguramiento y acceso, de modo que
no se habla de EPS y ARS como quienes buscan facilitar el
acceso, refiriéndose exclusivamente a las IPS. Uno
de los puntos que merece la mayor atención se refiere
a la manera como se profundizan barreras al acceso impuestas
por los aseguradores, ya que éstas disponen de su propia
red y en muchos casos están alejando a los usuarios
de los servicios.
Acaso la reestructuración y capitalización de
hospitales (incluyendo la posibilidad de que las Empresas
Sociales del Estado -ESE- se transformen en sociedades de
economía mixta) ayude a liberar recursos para que se
mejore el acceso, pero, de nuevo, esto es un medio y no un
objetivo per se. Es importante, como lo señala el propio
plan, definir modalidades de pago para remunerar a los hospitales
en función de resultados o producción de servicios
(hay que tener en cuenta que en muchos casos se podrían
generar incentivos perversos que lleven a incrementar la producción
de manera innecesaria).
Y en cuarto lugar, el plan establece acciones prioritarias
en salud pública. Se destaca el interés por
elevar la cobertura de vacunación al 95%, así
como desarrollar programas que reduzcan la incidencia del
embarazo en adolescentes, sida, malaria y cáncer de
cuello uterino. Eso está muy bien, aunque sigue faltando
una mirada integral e institucional que enseñe la manera
como estas propuestas puedan ser viables y efectivas; por
ejemplo, hay que hacer explícito la formulación
de un Plan de Atención Básica -PAB- cuyos contenidos
y acciones involucren a varios sectores, además de
salud (en especial medio ambiente y educación), al
mismo tiempo que se avance en la coordinación interinstitucional,
con liderazgo de las entidades territoriales, para adelantar
programas muy efectivos y de alcance universal sobre promoción
y prevención.
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Reflexión del mes
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Extravío del
cosmos económico de la salud
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Los sistemas médicos
están entrelazados con los militares y económicos.
Mientras los médicos se concentran en la lucha
contra la muerte, el paciente ha devenido, primero,
en un objeto residual y luego, en un constructo tecnológico.
La concentración masiva de recursos que reúnen:
entrenamiento académico, instrumentos, laboratorios
y hospitales, han terminado por aislar la medicina para,
finalmente, marchitarla. Las medicinas, los genes, el
estrés, el envejecimiento y el sida no constituyen
más temas médicos: son asuntos sistémicos.
Ellos han alterado enteramente nuestra autopercepción.
Hoy, ellos deciden por nosotros. La vida es hoy un objeto
que resulta de las políticas de salud"
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Ivan Illich (1995), "Death
undefeated", British Medical Journal, 311:1652-1653
(23 de diciembre)
Ivan Illich (1984), Némesis Médica, Joaquín
Mortíz/Planeta, México. |
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Bioética
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¿Qué puede hacer el ciudadano de bien para
encender una luz en medio de las tinieblas del conflicto que
nos aqueja? ¿Qué podemos hacer Usted y yo que
no hacemos parte del gobierno y, por lo tanto, no tenemos
injerencia en la toma de decisiones estratégicas? Esta
es una pregunta que con certeza nos habremos formulado en
alguna ocasión. Hoy, estimado lector, quiero hacerle
una propuesta, extenderle una invitación a reflexionar
sobre un tema en el que tal vez no haya pensado y que podría
ser una de sus contribuciones para la construcción
de una Colombia y un mundo en paz.
¿Se ha puesto a pensar alguna vez en su manera de hablar?
¿En las palabras que pronuncia y el tono en que las
dice? Sin darnos cuenta empleamos un vocabulario violento
que introduce divisiones y sinsabores y va minando la armonía
familiar y social. Por ello lo invito a «desarmar»
su lenguaje y a acordar la paz lingüística. Vayamos
concretando. Casi todos anhelamos un país en orden
y en paz y quisiéramos luchar contra la violencia y
la corrupción, ¿no es así? El propósito
es muy laudable, pero dése cuenta que hemos usado la
palabra lucha. Nuestro vocabulario usual contiene muchos términos
y expresiones violentas que proferimos sin detenernos a pensar
en sus efectos.
El filósofo y moralista español José
Luis L. Aranguren, en El futuro de la Universidad y otras
polémicas, escribió que «no basta intentar
renunciar a la violencia; es preciso evitar el vocabulario
de la violencia, la violencia como metáfora».
Sería interminable la lista de expresiones «bélicas»
que usamos desprevenidamente y que al interiorizarlas deterioran
la sana convivencia: ira divina, Dios de los ejércitos,
guerra santa, lucha contra el cáncer, frente sindical,
batalla contra el sida, brigadas de la salud, rearme moral,
cruzada ética, victoria aplastante, cerrar filas contra,
atrincherarse en su condición de, bombardeo de preguntas,
escudo humano, estrategia publicitaria, campaña agresiva,
tácticas pedagógicas, explosión de colores,
derrotar la ignorancia, cohorte de postgrado, deserción
estudiantil, exterminio de la injusticia, banda marcial, asaltar
en la buena fe, militancia política, contienda deportiva,
combate futbolístico, disputarse el título mundial,
jugar a la ofensiva, disparo de la inflación, esgrimir
un motivo, farmacia de guardia, conquista amorosa, tener en
la mira un objetivo, dar en el blanco, «sin novedad
en el frente», «matar el tiempo», «la
venganza es dulce», catapultar una persona a una posición
de privilegio, duelo político, profesional competente,
situación explosiva, mujer de armas tomar, guerra de
almohadas, etc., ejemplos todos ellos de una cierta violencia
verbal.
Podría objetarse que son tan sólo palabras,
tópicos que se repiten irreflexivamente; sin embargo,
vocablos como estos introducen, por el rodeo lingüístico,
la agresividad en el seno mismo de la vida y nos intoxican
de belicismo, pues la violencia no es sólo de índole
física, también verbalmente se puede violentar
a alguien. El eufemismo puede ser connivencia con la injusticia,
el engaño falaz y especioso es una forma de atropello,
y el insulto equivale a una bofetada; además, toda
palabra posee una carga emotiva, es decir, comunica al oyente
el dolor, la alegría, la cólera, la tristeza
o el desánimo del emisor. No hay palabra, por puramente
emotiva que parezca, que no comunique alguna información,
ni la hay tan fríamente descriptiva, que no proyecte
un cierto halo emocional.
El lenguaje no es, por consiguiente, aséptico, no puede
declararse neutral ni descomprometido moralmente. Esa ha sido
la gran lección de la sociolingüística
en el mundo de hoy, al señalar la imposibilidad de
distinguir entre una sociedad y su lengua. En efecto, la sociedad
puede, mediante el uso de los diversos lenguajes, conformar
el modo de ser de las personas y hacer de ellas casi lo que
quiera. Por eso, ser hombre es haber aceptado un papel en
el teatro de la vida social, que es un relato, una madeja
de palabras bien o mal intencionadas, un cúmulo de
imaginerías y un circuito de significaciones y sin-sentidos.
Por esa razón nos cabe una alternativa ética:
rechazar los «guiones» violentos y decidirnos
por los que mejor se ajusten a nuestra dignidad humana. En
la próxima entrega meditaremos sobre las tres dimensiones
del lenguaje con el fin de saber de qué manera será
posible alcanzar lo que nos proponemos. Por ahora queda invitado,
estimado lector, a revisar las palabras que usa y el modo
como lo hace y, desde luego, a leer la segunda parte de este
artículo.
NOTA: Esta sección es un aporte del Centro Colombiano
de Bioética, CECOLBE.
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